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Author: Kini-chan
Fiction Rated: T - Spanish - Fantasy/Angst - Reviews: 2 - Published: 01-21-03 - Updated: 04-10-03 - id:1191865
¡Mira qué bonito! Un lugar donde puedo poner mis propias creaciones , qué felicidad U (Kini-chan está muy, muy feliz , ja,ja).
Bueno, quiero aclarar que esta pequeña historia forma parte de otra mucho más gigantesca, pero la pongo aquí porque, a parte de que se me hace que lo merece, creo que tal vez a alguno le pueda gustar... digooo... si alguien lee originales ..'
Advertencias: Esto no es yaoi, pero si tiene una amistad muy fuerte, si no le gusta, mi querido lector, que los hombres se demuestren tanto afecto, mejor no la lea, pero, repito, no es yaoi (relación amorosa entre hombre-hombre (y no tengo nada en contra de estas relaciones, es sólo que esta no lo es )).

Los personajes que aparecen aquí me pertenecen en su totalidad (excepto uno, quien es de su creador... aunque no menciono su nombre y depende de ustedes averiguar quién es, je, je, ya que no está en el papel que desempeña en la serie en la que sale, ya que yo le hice una nueva vida y personalidad .), así como la historia. Pero me encantaría que me dijeran cuál personaje les gustó más.

Sin más por agregar:

Kini-chan

PD: Eleni, esta historia te la dedico a ti... ¡para que sepas más de tu niño !

AÚN QUEDA ALGO

1.- Tú eres mi única esperanza

"El mundo cada día es más frustrante... quisiera simplemente... no despertar...".

El frío era cortante afuera, pero al menos aún se sentía algo. Las ventanas estaban heladas... tal vez, con un pequeño golpe. No. Lo intentó. Seguían tan rígidas como siempre. La nevada estaba cada vez peor. Pronto sería una tormenta.

Una mujer trataba desesperadamente de poner a sus dos pequeños a salvo en un edificio abandonado, pero les negaban la entrada.

Alcanzó a escuchar las palabras. "Sin dinero no hay hospedaje.".

Por un momento pensó en ayudarles. En abrir las puertas de la fortaleza y ofrecerles protección, su habitación, algo para comer... Luego lo declinó. Ya era suficiente. Se estaba permitiendo demasiados pensamientos... Sentimientos.

La pobre mujer se alejó de nuevo, abatida y él de nuevo se preguntó si, tal vez, podría ayudarla...

- Sabes que es inútil, Fausto.

El joven de cabellos castaños salió de sus pensamientos para volverse y fruncir un poco el ceño sin pensarlo demasiado.

- Tú no sabes nada.

El otro sonrió, divertido. Su pasatiempo favorito era torturar a Fausto... el favorito...

- Vamos, mi querido Fausto... pequeño...

- Cállate, Legorell...

Cuando estuvo a punto de retirarse, el rubio le impidió el paso.

- El Maestro quiere verte... rápido.

Con la mirada baja, asistió despacio, sin que el otro lo viera, lo que provocó su enfado.

- Nunca me respondes. ¿En serio te desagrado tanto, querido Fausto?

- Te detesto.

La risa se mezcló con los pasos apresurados del chico. Odiaba que le ganaran, pero eso pasaba muy a menudo.

Se llamaba Fausto. No apellidos. Los apellidos se habían perdido en ese mundo tan vanal, en donde lo único que importaba era el dinero y el poder. Sí, el maldito poder.

Físicamente era lo que las chicas llamarían "un hombre apuesto". Su cabello era castaño oscuro, y sus ojos verde esmeralda y era bastante alto. A sus 21 años de edad, aún tenía algunas facciones de adolescente, pero tenía la madurez necesaria como para dirigir las tareas que le eran asignadas...

Fausto seguía por el camino acostumbrado hasta el salón del Maestro. El Maestro... ¿cómo demonios se había ido a meter en esto...?

Las puertas se abrieron apenas se paró enfrente del majestuoso cuarto.

- Buenas tardes, Fausto... entra, por favor...

Pasó con la mirada baja, evitando a toda costa el contacto visual.

- ¿Te sucede algo...?

- Es incorrecto, señor, y usted lo sabe...

El Maestro no era para nada un hombre anciano. Era bastante joven, aún y cuando su cabellera larga hasta la mitad de la espalda tuviera un tono plateado. Veía a Fausto con aire paternal, tratando de desentrañar el significado de aquel reclamo... aunque, el chico se quejaba prácticamente por todo...

- Fausto... en realidad no sé a qué te refieres...

- Las personas se mueren de frío, Maestro. Deberíamos de darles asilo.

- Alimañas. No hacen ningún bien para la sociedad - agregó el hombre, con un gesto de enfado, ese que sólo Fausto le podía sacar con sus "ideales justicieros".

- Pero, Maestro. ¡Son seres humanos! Merecen vivir. Tanto como usted o como yo.

- Eres un malagradecido. Si no fuera por mí... no vivirías... y lo sabes...

Fausto de nuevo bajó la mirada... Era cierto. A medias.

El Maestro sonrió con ternura al ver la reacción del joven. Era encantador verlo tan preocupado por los débiles. En este mundo no había ya de ese tipo de personas... tal vez, él era el único...

Se acercó con cuidado. Puso una mano sobre la cabeza del chico, quien se estremeció un poco. Pero no retrocedió. Aceptó un poco el gesto afectuoso... aunque sólo un poco.

- Piénselo, por favor...

- Ay, Fausto... sólo lo haré porque tú me lo pides...

Los ojos verdes de Fausto se iluminaron un poco. Reprimió un suspiro. No podía hacerse demasiadas ilusiones... después de todo... había muchas promesas en el aire, mas pocas eran cumplidas.

De pronto reaccionó. Había sido llamado para algo.

- ¿Me necesitaba, señor?

- Ah, sí, sí...

El Maestro se paseó por la habitación, siendo seguido detenidamente por los ojos del chico... aunque su mente divagaba... como siempre, en otras cosas...

"Quisiera no... no despertar... si... si fuera por... mi única esperanza" una pequeña sonrisa asomó en su rostro "mi pequeña esperanza... me mantiene con vida... en este mundo...".

La voz del otro hombre presente en la habitación lo jalaba a la realidad así que se propuso a ponerle atención de una vez por todas.

- Fausto... mántelo a raya, por favor, sólo a ti te hace caso... se pone muy difícil a veces...

- Sí - asistió, aguantado la risa...

- Confío en ti.

Fausto hizo una pequeña reverencia (como se acostumbraba en un pequeño país que era un archipiélago hace mucho tiempo, lo cual ahora era ilógico... ¿cómo podía existir eso antes?) antes de salir.

"¿Mántenerlo a raya? No estamos hablando de un animal... sólo de un...".

Se detuvo. Indeciso siquiera de pensarlo...

- Un espécimen...

Espécimen. Ese término era brutal para él... tan sólo de pensar que todavía existía ese tipo de esclavitud. Porque eso era. Esclavitud.

Verán. Los espécimen son unos seres creados con el mero objeto de servir a su amo. Lo que su dueño demande, sea lo que sea, el espécimen ha de obedecer. Lo más impresionante de estos espécimen es su aspecto. Humano. Ya sea por capricho del creador por la satisfacción del cliente, en su mayoría tenía aspecto humano.

- Pero...

Las lágrimas que siempre se esforzaba en retener hasta la llegada de la noche, cuando estaba ya encerrado en su cuarto, se negaban a esperar... cada vez que pensaba en eso. No, no se podía tratar de un espécimen... Era demasiado...

- ¿Tú? ¿Llorando?... Pensé que lo de "justiciero andante" lo hacías para quedar bien con el Maestro.

Nuevamente. Su persona menos favorita en el mundo frente a él. Legorell lo miraba burlón desde el otro lado del pasillo, mientras Fausto trataba de limpiar las lágrimas con la manga de su camisa.

- ¿No tienes nada qué hacer o qué? - trató de pasarlo de largo, pero el otro lo detuvo.

- ¿Vas a verlo?

- El Maestro me lo pidió.

- Tú siempre tan sacrificado cuando se trata de la "mascota".

Se estaba enfureciendo. Y con mucha razón.

- No te voy a permitir que le faltes el respeto.

- Yo no te permito que me faltes el respeto a mí rebajándome al nivel de "esa cosa".

No apoyaba la violencia... Pero aquello ya era demasiado.

- Retira lo dicho ahora o si no...

- ¿O si no qué? ¿Me golpearás tú, querido Fausto?

- Te lo advierto una vez más...

- No, lo digo otra vez. "Esa cosa" mancha nuestro nombre como la élite de nuestro país. El Maestro sólo le encarga el trabajo sucio. Recoge y trae. Lo más simple. No tiene cerebro... No tiene otra utilidad más que servir. Para eso es. Un simple peón.

Ya. Oyó bastante. Por una noche y para toda su vida.

Se le fue encima, repartiendo golpes en el rostro del rubio a diestra y siniestra sin saber a ciencia cierta lo que hacía en realidad. Era de lo más obvio que lo suyo no era la pelea...

Una chica de cabello negro iba caminando tranquilamente por el pasillo. Sus ojos azul claro se paseaban por unas hojas.

- Tiene talento - decía la chica, para sí, para luego dibujar una pequeña sonrisa.

Luego, escuchó el escándalo.

Dejó las hojas cuidádosamente en una de las ventanas y corrió hacia el alboroto.

Al llegar se quedó sin habla.

- ¡Fausto-kun! - gritó la chica, sorprendida por completo.

Hizo un esfuerzo sobrehumano para separar a los dos hombres. Se puso luego entre ellos.

- ¡¿Qué pasa?! ¡Explíquenme!

- Ayame-chan...

La muchacha se vuelve hacia Fausto, con las cejas arquedas con enfado.

- ¿Qué te ha pasado? ¡Pensé que al menos tú tenías algo de cordura!

- Yo... lo siento... creo que... perdí el control...

- ¿Lo sientes? ¡¡Pues lo siento más yo!! - dice Legorell, con la mano en el ojo izquierdo - Jamás pensé que pelearas tan bien.

- Yo tampoco - susurró el chico de ojos verdes.

- Vámonos, por favor - suspira Ayame - Está preocupado, Fausto-san. Estás tardando mucho, ¿no crees?

- Sí.

Una última mirada de rivalidad se cruza entre los dos chicos antes de que Fausto se aleje con Ayame.

- No te debería de afectar tanto.

- Odio que le digan ese tipo de cosas...

- Yo también.

Silencio. Ayame bajó la cabeza. Comprendía por qué Fausto estaba tan enojado. Pero estaba segura de que ella no hubiera reaccionado con tanta... ¿convicción?

- ¡Ah! ¡Espera!

Fausto miró interesado como ella iba hacia una de las ventanas y recogía una carpeta con hojas que se veían algo desgastadas.

- ¿Qué es eso, Ayame-chan?

La sonrisa en Ayame era rara y eso Fausto lo sabía. Ella era usualmente muy seria, y sólo demostraba alegría ante él y ante...

- ¡Mira, él los hizo!

El chico observó interesado aquellas hojas. Escritos. Pero no sólo escritos.

- Poemas.

- ¡Sí! ¡Poemas! ¡Los hizo él solo!

- Guau...

"La esperanza... es a veces tan... extraña... Siempre me sorprende..."

- ¿Qué te pasa?

- Nada, nada... Sólo estoy, sorprendido.

- Sí, yo también. Pero, apúrate, vamos a verlo.

- Claro, vamos.

Los dos caminaban más rápido de los normal, casi corriendo. Al fin llegaron.

La habitación o... si se le podía llamar habitación a aquel cuarto frío, oscuro y húmedo... era tan familiar para ellos, e, irónicamente, era más cálido que cualquier otra habitación de la enorme construción.

- ¡Ya venimos a visitarte! ¡Es Fausto! - dice Ayame, muy feliz.

Se escucha un pequeño crujido en el cuarto. Tal vez un escalofrío podría recorrer el cuerpo de los que vieran la escena. Pero a ellos no.

Una voz suave se oye desde el fondo.

- Fau...

- Aquí estoy, mi pequeña esperanza...

Sonrisa. La más hermosa sonrisa para Fausto en todo el mundo.

Continuará

Dios, qué mala soy '. ¿Qué les pareció Fausto? ¿Les ha caído bien? ¿Lo odian? ¿Curiosidad por saber más de su pequeña esperanza? Ja, ja . Dejen review, please U. En el próximo capítulo, más de la pequeña esperanza de Fausto, además de su nombre (ji, ji ññ). ¿Tienen dudas? Mi mail es , por si quieren saber más sobre esta o otra de mis historias. No se preocupen. Esto sigue y sigue ññ'. Nos vemos o.



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