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UN DESTINO INCIERTO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO
EL HOMBRE ESTÁ HECHO DE ARROGANCIA Y OTROS GÉRMENES ( I )
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David llegó a la casa de Lars a últimas horas de la tarde, luego de un día bastante agitado en que había andado y desandado la ciudad entera por lo menos unas tres veces, y había acabado por pensar que Kortomarov era en verdad un tipo peculiar cuando en el estado en que se hallaba era capaz de escurrírsele tan diestramente sin proponérselo siquiera.
Y es que andar por ahí con nada menos que un par de costillar rotas además de magulladuras varias, no sería cosa sencilla para nadie. En fin, que dos semanas era menos que poco tiempo para lanzarse por ahí como si nada, y ciertamente todo habría resultado más simple si no hubiera tardado tanto en desenmarañar el embrollo que había creado André. Si lo hubiera planeado, no le habría salido mejor.
El ambiente en aquella casa no era el mejor. Qué va, la tensión que se percibía era casi tangible. Todo mundo estaba de mal humor desde lo de André, y Bianca la primera. Nunca la había visto así, ni se la había imaginado así, completamente irascible. Por aquellos días no era muy saludable acercárcele, y su "nueva" faceta explosiva le recordaba bastante al común mal humor de André en sus mejores épocas de "déspota del hogar". Aunque vale la pena tener en consideración que, cuanto menos, ella procuraba mantener su genio a buen recaudo dentro de los límites de "sus dominios" con una suerte de tácita advertencia de acérquese bajo su responsabilidad.
Claro que esas nimiedades a David no le representaban verdaderos obstáculos ni por asomo, y la "cosa" le divertía bastante, a pesar de la vergüenza. Porque nunca nadie había creído a André capaz de tales actos; se sabía que era... como era, pero no que era capaz de mentir tan descaradamente. Él podía gritar, golpear, maldecir, pero siempre se hacía cargo de sus actos... o más bien, solía hacerlo hasta entonces.
En cambio David, que de un tiempo a esa parte se había vuelto más observador si se quiere, no se había sorprendido tanto, tal vez porque, como quién dice, se la había visto venir.
—Ni modo, —se dijo—, el amor y la obsesión definitivamente no deben mezclarse.
"Al menos esta vez se decidió a importunar a alguien más...", había observado Mijaíl. "Lo mío no ha sido más que mala suerte."
Bueno, debía reconocer que semejante apreciación de su parte era un gesto por demás noble, aunque sospechoso... Lástima que toda su buena voluntad se fuera al diablo ni bien se enterara de la comedia que había montado su adversario, ¡y ni qué decir de que Bianca le hubiera "cuidado" en su "convalecencia"!
Ah... Ni hablar. A nadie le gusta que le quiten lo que es suyo... ni tampoco lo que considera suyo o pretende que lo sea.
Cosa rara... ¡Y no podía ser que él no lograra enterarse de ello! Si hasta había logrado mantener una conversación diríase incluso que amistosa con ese hombre, cuestión que lo tenía algo sorprendido de sus propias capacidades, y aún así, no lograba averiguar qué era lo que había pasado entre esos dos... ¡Y estaba seguro de que algo había pasado!
De algún modo también sabía que ella se deshacía por saber de él. No se lo había dicho precisamente con palabras, pero se lo había expresado en cierta forma, y con bastante claridad. Y por supuesto, como todo tiene un precio, no pensaba presentarse ante ella así nomás y soltarle todo cuanto sabía, sino que iba a conseguir que ella le hiciera las preguntas adecuadas... ¡Ah...! Definitivamente, él era un sujeto que vivía, aunque inconscientemente, de la estima en que se le tenía, y nada mejor que el voluntario intercambio de información, digamos que para afianzar la confianza, ¿cierto? Bueno, y también el ego, para qué negar lo evidente.
Cuando Bianca lo vio desde el jardín, parado en el umbral, le dedicó una sonrisa forzada y lo saludó con un gesto de la mano, al tiempo que lo invitaba a acercarse y a tomar asiento frente a ella.
—¿Y qué es lo que vienes a negociar a estas horas?
David fingió sentirse ofendido y frunció el ceño, se puso cómodo y suspiró regodeándose en la incertidumbre que generaba con tan simple actitud.
—"Negociar", has dicho...
—Es lo que mejor sabes hacer, —replicó ella, con desdén.
—De acuerdo, no voy a negarlo, pero convengamos en que no merezco que te desahogues conmigo. —Bianca lo miró con ojos brillantes y se encogió de hombros en actitud despreocupada. —Ah... Veo que el malhumor también te hace perder los modales... No eres ni la mitad de lo controlada que había esperado que fueras.
Bianca bostezó sin el menor decoro. —¿En verdad tienes algo para decir, David? No quiero pensar que sólo has venido a regodearte con mi "miseria".
—Esta tarde he visto a Kortomarov.
Si ella experimentó alguna especie de emoción ante sus palabras, David no lo notó, hecho que acabó sorprendiéndolo a él.
—¿Y has venido a hablarme de él? —Bianca se incorporó en su silla y siguió hablando en voz muy baja y controlada. —Sabes bien que no tengo intención de seguir gastando mi tiempo con asuntos de bárbaros.
—No sabes lo que dices, Bianca... ¿Acaso esperabas que se dejara golpear sin siquiera defenderse?
—¿De qué estás hablando?
—De que escuches las dos campanas, mi querida, antes de sacar conclusiones erróneas. Tú sabes que pelearon, pero no tienes la menor idea de cómo se sucedieron los acontecimientos.
—De modo que Kortomarov te contó una historia y tú se la creíste así sin más...
—Ya déjate de necedades... —David empleó el mismo tono glacial que ella había empleado anteriormente.
Bianca exhaló y se dejó caer contra el respaldo de su silla.
David se le acercó y prosiguió con actitud de total confidencialidad. —Kortomarov no está bien, Bianca... André lo tomó por sorpresa...
—¡¿Qué?!
—Digamos que pegó primero y tomó la ventaja...
—Pues, por el estado en que André volvió a la casa, yo no diría que fue mucha.
—No tienes la menor idea. —Le dirigió una mirada cargada de reproches. —Mira, para empezar, Kortomarov no le puso un sólo dedo encima a André. —Bianca abrió los ojos de par en par. —¡Ah...! Veo que al fin estás cayendo...
—Entonces, ¿quién...?
—Eso todavía no lo he averiguado. Lo siento, pero no sé nada de lo que pasó después a André... Y Kortomarov tampoco puede decirme nada. Verás, tal parece que André lo sorprendió a unas pocas calles de aquí, precisamente cuando ustedes se despedían, entonces le salió al paso y, sin más, le asestó tremendo puñetazo en medio de la cara... El pobre de tu amigo ni siquiera supo qué fue lo que le pasó... Al parecer perdió el equilibrio y cuando lo recuperó estaba de pie en medio de la calle... un vehículo lo golpeó...
Bianca se puso de pie de un salto, pero de su garganta no salió el menor sonido.
—No te alarmes. ¡Hoye! —exclamó David, que comenzaba a preocuparse. Se incorporó y fue a sostenerla justo cuando las piernas comenzaban a flaquearle. —Escúchame bien, Bianca, no hay de qué preocuparse.
—¿Cómo puede ser...?
—Sh... Está bastante magullado, pero créeme que no corre ningún peligro; te lo digo yo que lo he visto esta misma tarde y que conversé con él.
Entonces, Bianca se puso repentinamente rígida.
—André... maldito sea... ¿qué derecho tenía para hacer lo que hizo? —dijo con voz ahogada de rabia e indignación.
—Fue un accidente, el mismo Kortomarov me lo dijo.
—Eso no redime a André de ser un traicionero... un falso, mentiroso, repugnante...
—Ya, ya... —trató de calmarla él, y se interpuso en su camino adivinando que ella planeaba ir directamente a enfrentarse a André. —Lo peor que puedes hacer es ir ante él en estas condiciones.
—Pero es que yo...
—Tú no vas a discutir con él ahora, Bianca, porque yo no te dejo. Además, ¿qué piensas conseguir con una nueva pelea? —Bianca bufó. —¿Por qué no me acompañas mejor a ver a tu amigo?
—¿Y eso para qué? —inquirió con apenas un hilo de voz.
—Primero, para que caminemos los dos un buen tramo así te despejas; segundo, para que te convenzas de que todo ha sido un accidente...
—¿Todo?
—Bueno, casi —concedió él.
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Abandonaron la casa por la puerta de servicio, y al poco tiempo estuvieron a sólo unas calles de la casa de Kortomarov.
En todo el trayecto apenas hablaron y Bianca no hizo más que darle vueltas a la historia que David le había contado. A duras penas lograba creerle, y si lo hacía era nada más porque confiaba en él. Además, había muchas otras cosas que no atinaba a explicarse, entre ellas el estado en que André había llegado a la casa unas semanas antes, golpeado y tambaleándose. ¿Y porqué David había decidido intervenir de aquél modo? Por un lado dejaba en claro que André había sido el causante de la repentina salida de escena de Kortomarov, y por el otro no quería que ella le echara a la cara lo que pensaba de él... Y eso de que en cierto modo excusara a Kortomarov... Claro que André nunca había reconocido el haber peleado con aquél... tal vez fueran ciertas sus excusas...
—David, ¿por qué me traes aquí?
—Ya te lo dije, porque...
—No, David. Lo que yo quiero saber es por qué tú me traes aquí.
David suspiró. —Porque quiero dejar de verte con esa cara... —miró de soslayo la expresión severa de Bianca. —¿No? Bueno, la verdad es que no estoy muy seguro; en una de esas es porque André me da un poco de pena a pesar de todo, o porque Kortomarov me cae bien... Bianca, los dos sabemos que me conoces lo suficiente como para saber que soy endemoniadamente curioso... —volvió a suspirar— quiero saber qué es lo que está pasando en tu vida y, en la medida de mis posibilidades, ayudarte a resolver lo que sea, lo mejor posible... o lo mejor que me dejes hacerlo.
—No entiendo.
—Mira, durante mucho tiempo me has ayudado a sortear ciertos obstáculos... —Bianaca asintió con la cabeza—, y lo has hecho con plena conciencia de mis intenciones; todo lo que pasó después no fue más que una mala interpretación de los propios sentimientos. Supongo que nos acostumbramos a estar juntos y acabamos confundiendo los términos. Luego discutimos, nos distanciamos, pero siempre pudimos aclarar nuestras cosas, y yo volví a necesitarte, y tú estuviste dispuesta a colaborar con mi causa... Pues es por eso que quiero colaborar con la tuya ahora.
—David... gracias...
—No te apresures a agradecerme nada, que bien sabes cuales son mis honorarios. —Se detuvo y le indicó con un gesto que ya habían llegado a su destino. —Condición número uno: no te demores; número dos: no te demores; número tres: de regreso a casa de Lars, tendremos tú y yo, una conversación impostergable; números cuatro, cinco, seis y siete: no te demores, Bianca, o entraré a buscarte, y la escena que tendrá lugar no te va a gustar nada.
Merez salió a la luz del porche y en su expresión Bianca pudo vislumbrar la sorpresa mal disimulada de aquél hombre que le era poco menos que un misterio. ¿De dónde lo habría sacado Kortomarov?
Como en la primera oportunidad, el anciano la invitó a pasar sin hacerle la menor pregunta. "Buenas noches, señorita”, dijo, "si me hace el favor de seguirme...”
La acompañó hasta las mismas puertas de la que era la habitación de Mitia, y una vez allí, se limitó a retirarse, no sin antes hacer una ligera reverencia ante ella, gesto que Bianca no supo muy bien cómo interpretar, ya que más se parecía a un gesto de condolencia que a una muestra de respeto o servilismo.
La chica clavó la mirada en la puerta cerrada, alzó una mano hacia el picaporte, y la mantuvo a apenas milímetros del bronce por algunos segundos para después dejarla caer con un suspiro de derrota. "Maldito seas, Merez, por confundirme así”, pensó, e inmediatamente después se arrepintió y maldijo en voz casi inaudible a varios personajes que en aquél momento se le antojaban particularmente funestos, a David, a André, y luego al mismo Kortomarov. Comenzó a meditar acerca de llamar antes de entrar, o la posibilidad de que Kortomarov estuviera descansando, o que sencillamente no estuviera de humor para verla...
—¡Ya, Merez, deja de titubear y entra de una buena vez! —bramó una voz desde el interior.
Bianca entró entonces, cerró la puerta tras de sí y luego se lo quedó mirando con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Qué haces tú aquí? —Dijo Mitia con voz amarga. En su expresión no había ni sombra de agrado por verla. Estaba recostado en un enorme diván, tenía el torso vendado, la camisa del pijama desabotonada, y un aspecto general que dejaba mucho que desear, la barba crecida y el pelo revuelto como si se lo hubiera estado jalando. A su alrededor había montones de papeles desperdigados sobre la mesa de café y la alfombra, y sobre una silla, una bandeja con la merienda fría y olvidada.
Bianca decidió pasar por alto el buen recibimiento y se dedicó a estudiarlos a él y a su entorno. En su rostro logró distinguir una zona ligeramente enrojecida, pero en términos generales, y sobre todo a juzgar por las ínfulas del dueño de casa, no estaba tan mal como había llegado a temer. Eso sí, la frustración que debía estar sintiendo por su estado era casi palpable.
—He dicho que qué haces aquí, Bianca —repitió.
—¿Sabe? Su tono no me gusta nada… —dijo ella tentativamente.
Mijaíl le enseñó entonces con su mirada la puerta de la habitación, era un claro gesto de que su presencia no le hacía ninguna gracia.
—Lo lamento por usted, pero declino. —Comenzó a pasearse por la habitación, estudiando cada rincón, y haciendo periódicamente gestos de desaprobación. —Esto no se ve bien, y usted se ve todavía peor que esta habitación… —vaciló ante la expresión asesina que Mijaíl le dedicaba tan abiertamente— sin embargo, debo reconocer que me lo había imaginado… diferente.
—Diferente… —masculló él, por lo bajo.
—Sí. Ha resultado ser un “tipo” bastante resistente.
—Error.
—¿Ah, sí?
—No un soy “tipo” —puso énfasis en la palabra “tipo”— tan resistente como esperas que sea, ni tampoco tan imbécil.
—De acuerdo, de acuerdo, no tengo le menor idea de cómo pedir disculpas… —comenzó a replicar apresuradamente, Bianca— o mejor dicho, no sé como ofrecerle a “usted” mis disculpas… Yo estaba en verdad preocupada y…
—Y al ver que no estoy medio muerto has decidido que ya no merezco que te tomes la molestia, ¿cierto?
—No es así…
—Mira, Bianca, no me importa, de verdad, ya no tiene ninguna importancia —se acomodó en su asiento y fingió que volvía a prestar atención a los papeles que tenía frente a sí— nada más sal por esa puerta y déjame solo con mis problemas, ¿quieres?
—No.
—¡¿Y entonces qué demonios es lo que quieres, Bianca?! —estalló, colérico.
—Yo no sabía…
—¡Contesta! Por lo que más quieras, contesta o sal de mi vista. ¡Y no te atrevas a soltar una sola lágrima, te lo advierto, porque no me vas a conmover!
—No voy a llorar —dijo con voz queda, y contuvo el aliento algunos segundos. —Yo… vine porque, en cierto modo, me obligaron… No, no es cierto… Verá, hasta hace un rato yo creía que usted y André habían peleado…
—¡A ese ni me lo nombres! —la cortó— Bastante tengo ya contigo.
—¿Qué quiere decir?
—Que estoy harto de todo esto. Estoy cansado de tener que seguirte el juego para poder estar cerca de ti, hasta la coronilla de andar mendigando tu atención. Bianca, ahora mismo, frente a ti, reconozco que tenías toda la razón, que esto no va a ninguna parte, y que si lo que en verdad quieres es seguir con tu vida como hasta antes de que yo llegara, por mí está bien; puedes hacer de cuenta que yo no existo, porque no te volveré a molestar.
—Pero yo no quiero…
—Yo sí. —Fue su sucinta respuesta. Se pasó las manos por el cabello, como conteniendo otro estallido. —Seamos prácticos, Bianca, yo no puedo ni quiero tener que andar cuidando mis espaldas cada vez que salgo a la calle nada más porque el imbécil ese que tienes por amigo está obsesionado contigo. —Exhaló y su expresión se volvió algo resignada. —Mira, no sé ni me importa lo que pueda haberle pasado; si no fui yo quien le dio esa paliza, nada más fue porque el destino no lo quiso; pero ten por seguro que si algo así se repite no me sé capaz de mostrar piedad, ¿entiendes?
—No tiene porqué volver a pasar.
—¿Y quién lo puede asegurar? ¿Tú?
Bianca se limitó a negar con la cabeza.
—¿Lo ves? No tiene remedio… —meneó la cabeza teatralmente, —así que me retiro del “juego” antes de que las cosas se compliquen demasiado… Lo siento si te privo de tan “sana” diversión, —encogió los hombros— después de todo, no soy tan cínico como habías pensado.
—¿Me está culpando por lo que hacen los demás?
—¿Si?
—No lo entiendo, —dijo casi con desesperación. ¿Qué era exactamente lo que le estaba reprochando? Porque la simple falta de confianza no era el punto en aquella nueva discusión. —No sé qué culpa puedo tener yo.
—¿Ah, no? —Los ojos de Mijaíl refulgían de ira. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos habían perdido el color. Su mandíbula estaba sumamente tensa, y nada más faltaba que comenzara a rechinar los dientes. —¡Pues estás viviendo bajo su techo, Bianca! ¿No te parece que ese pequeño detalle tiene mucho que ver con las atribuciones que se toma?
El rostro de la muchacha perdió el color casi por completo, pero eso a Mitia no lo detuvo. Tenía que decírselo todo, tenía que lanzarle todo ese cúmulo de reproches y dejar de una vez por todas las cosas bien claras. Ya no le importaba lo mal que cualquiera de los dos pudiera llegar a sentirse a causa de una discusión verdadera, y menos cuando era, a su entender, realmente necesaria. Además, era cierto que de aquél modo no podían seguir, porque había más personas involucradas en su vida, cosa que él había analizado con detenimiento en el transcurso de la última semana, cuando sus ínfulas para con su agresor directo se hubieron aplacado un tanto.
—Hay algo que por fuerza tienes que meterte en la cabeza, —siguió— y es que cada concesión que haces, cada gesto amable o amistoso que tienes con él, es causal de malos entendidos. ¿Acaso no te das cuenta de que continuamente le estás enviando mensajes contradictorios?
—Yo siempre he sido clara con él —se defendió ella.
—Pero es evidente que con eso no basta, Bianca.
—¡¿Y qué quiere que haga, maldito sea?! —exclamó. Se sentía impotente y dolida. Su orgullo estaba siendo seriamente dañado con aquella reprimenda que ella bien sabía merecida. ¿Qué podía haber hecho Kortomarov para evitar lo que había pasado con André? Mantenerse a un lado era todo, y lo había hecho… en balde.
—Que te atrevas a tomar una decisión por una vez en tu vida. Pero una de verdad, y no esos intentos que te he visto hacer tantas veces. Quiero que tomes una decisión y que la respetes, sea cual sea.
¡Por Dios, cuánta razón tenía! ¡Y cuántas decisiones a medias había tomado! Todo cuanto le acababa de decir era completamente cierto. Cada vez que se había ido, lo había hecho con toda la seguridad de que podría volver cuando quisiera; cada vez que había discutido o se había enemistado, casi inconscientemente había sabido dar con la manera de reconciliarse. Y era cierto también que había perdonado a André cada uno de sus desplantes, intentando una y otra vez llevarse bien con él, aún a sabiendas de que la amistad entre ellos era tristemente imposible… Él mismo lo hacía imposible cuando a cada concesión se tomaba atribuciones que no le correspondían, e intentaba adueñarse de su tiempo y de su espacio, avasallando… tal y como lo hacía Mijaíl en ese preciso momento…
Con la salvedad de que ella era la que lo había ido a buscar. Era ella la que le había pedido que le diera su opinión. “¿Y qué quiere que haga…?” Las palabras retumbaban en su mente como un eco molesto e insistente… ¿En verdad hacía falta que le hiciera semejante pregunta? ¿Para qué? Ella ya sabía muy bien cual era la decisión que él esperaba que tomara, y si no era favorable, entonces estaba bien claro que no iba a insistir.
Entonces, ¿por qué no lo hacía? ¿Por qué no podía decirle simplemente: de acuerdo, vayámonos de una vez por todas?
Porque era una mísera cobarde. Una cobarde que se aferraba a lo último que le quedaba, y que era el cariño de Samuel Lars, el puerto al que siempre podía volver sin importar qué tan lejos o qué tan largas fueran sus travesías, el único amor incondicional que le quedaba, el de la persona más benevolente que había conocido en toda su vida. ¿Cómo podía darle una respuesta afirmativa a Kortomarov, sin decepcionarlo a “él”? ¿Con qué cara iba a decirle que se iba, otra vez, y que no lo hacía sola, sino en compañía de un hombre? Tal vez estuviera a tiempo de reivindicarse, de volver al camino simple y sin sobresaltos que había sido su vida hasta hacía un par de años… sin embargo…
Sin embargo, por alguna extraña razón no podía hacerse a la idea de despedirse allí mismo de Mijaíl Kortomarov… ¡Y es que las cosas no podían terminar así, tan mal! ¡Tenía que existir alguna manera, alguna excusa para poder seguir teniéndolo cerca! Porque cuando él no estaba, los problemas se tornaban endiabladamente pesados, y los días, largos y aburridos, cada uno demasiado parecido a su predecesor.
Y todo ello, sin causa aparente.
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N/A: Muchos saludos a todos, y mil disculpas por la demora… Esta vez ha sido endiabladamente larga, y al menos para mí, tremendamente complicada. Y es que la segunda parte del año me ha dejado sin tiempo para hacer casi nada; mi PC pasó a mejor vida, e intentó llevarse a su tumba todos mis archivos, la facultad me ha quitado hasta el sueño… y, para serles sincera, lo poco o mucho que he escrito en este último tiempo, lo he destinado a otros fines que nada tienen que ver con esta bendita red de información digital. Más precisamente, me la he pasado escribiendo cuentos, y no sé cómo he desarrollado una rara obsesión por lo árboles, ya que todos ellos se vienen robando el protagonismo de casi cada historia que se me ha ocurrido ’’
Con respecto “Luce”, les informo que, cuando la haya acabado de escribir, corregir y editar, con gusto les enviaré a todos sus lectores una copia del archivo para que puedan leer cómo es que se resuelve; pero quiero dejar en claro que no voy a volver a “subirla” a , por razones que no merecen la pena ser comentadas.
Éste ha sido un capítulo más bien corto, pero es que si lo contaba tooooodo “entero”, se iba a transformar en kilométrico; así que la segunda parte estará lista dentro de una semana más o menos, si no surge nada en medio ¦lt;/p>
Muchas gracias a todos los que enviaron sus comentarios y, otra vez, mil disculpas por la tardanza. Muchos saludos, no se excedan durante las fiestas, y que tengan un 2005 exitoso.
Ana.