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Hasta en sueños he creído tenerte devorándome
y he mojado mis sábanas blancas recordándote
y en mi cama nadie es como tú
no he podido encontrar ese ser
que dibuje mi cuerpo en cada rincón
sin que sobre un pedazo de piel ay ven
Devórame otra vez, ven devórame otra vez
ven castígame con tus deseos más
que mi amor lo guardé para ti
Ay ven devórame otra vez, ven devórame otra vez
que la boca me sabe a tu cuerpo
desesperan mis ganas por ti.
Devorando.
Lo primero que vio luego de recibir el primer -agonizantemente lento- Cruciatus de Lord Voldermort fue un par de ojos azul marino, como lapislázulis. Sentía el cuerpo roto, y el sabor de la sangre en su boca le hizo saber, sin lugar a dudas, que debía de haberse mordido los labios, y quizá hasta la lengua. Era nueva, apenas llevaba una semana con el tatuaje de la calavera y serpiente en su brazo, pero había estado todo ese verano entrenándose con los mejores: Severus Snape para las pociones, Lucius Malfoy para el Aveda Kadevra, Hugo Montague para la necromancia. Espionaje, venenos, el Imperio, el Cruciatus... había estudiado más que incluso estando en Hogwarts, todo lo que podría serle útil, aprovechándose de todos los contactos que tenía su padre..
Y esa noche, lord Voldermort había decidido que quería comprobar el nivel de lealtad de sus nuevos reclutas.
Ella estaba entre ellos.
No importaba que su padre fuera uno de los mariscales del Lord Oscuro. Sólo importaba comprobar si ella era leal. Y lo era.
Fue la última en recibirlo. Y quizá fue sólo su imaginación, pero lo sintió mucho más fuerte, más punzante, más ardiente. No grito, y no cerró los ojos, pero sus manos se cerraron en puños, rompiendo la suave piel y empapando sus manos de sangre. Apretó la quijada tanto que sintió que su quijada se rompería en pedazos, y cayó de rodillas, el dolor quemándole las entrañas, pero no se convulsionó como los demás. Sólo otro joven había resistido, también de rodillas, y se había sangrado los labios al morderlos, pero no grito.
Su amo y señor pareció alegrarse ante eso.
Felicitó a su padre, que la veía con obvio orgullo en sus suaves ojos violeta, por tener una hija que supiera cuál era su lugar. Alexander Tyler le agradeció la gentileza a su Lord, y luego los más antiguos de los Death Eaters se retiraron, dejando a los casi todos los desfallecientes novatos en diversos estados de conciencia. La joven de cabello castaño y ojos verde hierba nunca se sintió más orgullosa.
Había logrado alegrar a su padre, y honrar a su Lord, su próximo salvador de la manera más antigua y más sincera que podía pensar: dolor. Les había ofrendado su dolor, y había sido aceptado su sacrificio, y apreciado.
Cassandra Tyler esperó hasta que su cuerpo dijo basta para desmayarse.
No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente. Horas, probablemente, pero todo seguía siendo oscuro. Se preocupó un poco al pensar que podía ser otro día. Sabía que su madre, a pesar de todo, estaría preocupada por ella y por su padre. Aunque su madre apoyaba el movimiento para acabar con la escoria muggle que el Dark Lord promovía, siempre se preocupaba por cuando salía su padre, temiendo que algo pudiera pasarle.
Ella lo había visto, y ahora que ella también era parte de ese movimiento purificador, también se aumentaba a la preocupación que Skye seguramente tendría. Cuando giró la cabeza, se sorprendió un poco al sentir otra presencia. Abrió los ojos con cuidado, sintiéndose peor que la vez que se había bebido todo el Firewhiskey de su padre, peor que el día siguiente de su graduación, cuando se había emborrachado con los Slytherin Pride hasta que cayó inconsciente.
Al verlo, sus ojos se encontraron. Era el otro Death Eater que no había sucumbido a los gritos que el Cruciatus usualmente generaba.
De repente, náuseas. Probablemente se había terminado dañando el estómago. Se dio la vuelta, y el hombre la sostuvo, apartándole el cabello del rostro mientras ella volvía sangre. Le puso una mano en la espalda, y a pesar de que él también debía de estar golpeado y adolorido, fue una fortaleza ante su flaqueza.
Era muy joven. Había cumplido los diecisiete el quince de febrero, y se veía en su carita élfica, que aun conservaba algo de los rasgos infantiles y casi de muñeca. Tenía un cuerpo suave y curveo, delicado y cuidado. Su cabello, muy oscuro, casi negro pero no tanto, antaño largo, ahora apenas rozaba sus hombros. Tenía la piel muy pálida, piel de leche que se quemaba en lugar de broncearse, y los ojos que habían sido de corderito ahora eran de sierpe. Dolorosa fragilidad en su cuerpo de niña educada, que por desgracia conocía demasiado bien el dolor.
Acababa de terminar sus estudios en Hogwarts, Head Girl, con mención honorífica en Leyes Mágicas, Pociones, Historia y DADA. Su cuerpecito había sido ágil para el quidditch, y había jugado de Chaser. Ese verano empezaría a estudiar periodismo. Pudo haber tenido una beca, pero siendo que era una Tyler, una familia que viajaba hasta 1200 si se le pegaba la gana de magos sangre limpia, era completamente innecesario.
Tosió cuando dejó de volver, la boca ensangrentada. El hombre la ayudó a sentarse, y con un gesto extraño le tendió un vaso con agua, del que la joven bebió con cuidado, a pesar de que moría de sed. Lo menos que quisiera provocar sería otra ronda de encontrarse con todo lo que no había comido.
- Gracias... – le susurró con una pequeña sonrisa.
- De nada. – un poco de acento en su voz profunda.
Era mayor que ella, pero no tanto como su padre. Tendría unos veintisiete, treinta años, máximo, y no los aparentaba. Si acaso por su serio y hierático rostro no demostraba menos, estuvo segura que si sonriera se vería mucho más joven.
El cabello negro azulado caía en rizos desordenados hasta los hombros. Tenía los ojos muy azules, azul añil, que destacaban aun más una piel blanca. Una barbilla fuerte, hombros anchos, y un físico que demostraba ejercicio.
Cassandra se encontró admirándolo más que reconociéndolo, sorprendiéndose un poco.
Ella era declarada lesbiana, ciento por ciento segura, y sólo había tenido experiencias con mujeres, porque esa no contaba. Y aunque podía reconocer belleza masculina, si es que la veía, nunca había visto a nadie así, impresionándola tanto. Incluso cuando había conocido a Lucius ‘Sex Appeal’ Malfoy, no había terminado tan impresionada.
La ayudó a levantarse, y la castaña vio disgustada su túnica, arruinada y llena de sangre. Los demás apenas empezaban a salir de su inconsciencia, y con una última inclinación, el mortifago salió, las manos en la túnica.
Ignorando su comportamiento de dama, Cassandra salió corriendo detrás de él, agradeciéndole a su padre en silencio, que le recomendó llevara zapatos de piso en lugar de los tacones altos, muy, muy altos, que solía usar, y logró quedar al paso del otro mortifago.
Se sentaron en silencio, y fue ella quien lo rompió, girando un poco en su lugar, las manos suaves en su regazo, e hizo una inclinación de cabeza.
- Encantada. Cassandra Tyler Stanish.
- Debrick Mulciber.
Una brillante sonrisa de la castaña al pelinegro, que la miró con una mirada indecible en sus ojos. Luego, como una niña, metió la túnica a la bolsa y sacó dos paletas. Abrió una de un movimiento por años perfeccionado, y le tendió la otra.
- ¿Gustas?
Los ojos azul marino muy abiertos, extrañados. Y Cassandra soltó gorgoritos de risa, al verlo así.
Fue tan fácil como eso. Inmediatamente luego de eso, se hicieron amigos.
~*~*~*~*~*~
Nunca nadie podía entender como era que se habían hecho amigos. Debrick, que era todo hielo y seriedad, brazos cruzados y bella estatua de frialdad, mientras que Cassandra era tibia belleza que mezclaba estaciones: una noche de otoño su pelo, con ojos de verano, la piel de invierno y labios de primavera. Debrick, que rara vez hablaba, y Cassie, la hermanita favorita de todos, que llegaba con galletitas para las reuniones y preguntaba por los problemas familiares, pero que podía matar tan bien como el que más.
Todos decían que eran amantes desde el principio.
No fue así. Al principio, sus primeras pláticas, eran meramente profesionales. Y luego, cuando cada fueron encontrando coincidencias, y descubrieron que largas vigilias tenían que pasarlas juntos, pasaron a lo personal.
Debrick fue a la única persona a la que Cassandra le contó el porque de su odio a los muggle. Ni siquiera sus padres lo sabían, y sin embargo, se lo terminó diciendo, riendo lágrimas, envuelta en su histerismo.
La había tenido que abofetear, para que sollozando, se le abrazara.
Ella y Janna Coscio, dulce inocencia del primer amor, besos dados a escondidas en los salones, acariciarse mientras compartían cama y habitación, el cabello dorado de su mejor amiga y el suyo casi negro uniendo al día y a la noche. Se habían conocido desde los tres años, y se enamoraron a los nueve. Su primer beso a los once. Cassie pidiéndole que fuera su novia a los doce. La primera vez que habían hecho el amor a los trece.
Una aventura, ellas que nunca desobedecían a sus padres, perfectas damitas Slytherin. Se escaparían un día para ir a un concierto muggle, y regresarían, tan tranquilas como si nada hubiera pasado.
Horas encontrando el atuendo perfecto, y salieron, las dos riendo y casi volando, tomadas de la mano, inocencia aun en sus ojos, porque nunca sus cuerpos se habían tocado con algo que no fuera amor.
Pero todo acabó esa noche. Esa noche en que Cassandra sintió por primera vez entre sus piernas el rígido miembro de un hombre, y gritó de dolor, de vergüenza, de rabia por no poder hacer nada mientras le alzaba las piernas. Gritos de ayuda mientras veía como le hacían lo mismo a su querida Jana, y la golpeaban, su suave piel llenándose de cardenales.
La vio caer, y trató de tomar su mano, mientras veía la sangre escapar del suave cuerpo de su amiga. Trató de estirarse, aun con ese bruto montándola tan fuerte que pensó que sus caderas se romperían. Lágrimas en los ojos verdes, y una súplica.
*Alguien... por favor... quién sea...*
Y quedó en la inconsciencia, sólo viendo una luz verde, para que el cuerpo que apestaba cayera sobre el suyo.
Para este punto, Debrick ya había empezado a acariciarle el cabello. La joven parecía más niña y más asustada con cada palabra que decía, y él entendió cuando ya no continuó. No hacía falta ser un genio.
A cambio de su confianza, le contó su propia historia. Su infancia en Durmstrang. Sobre su esposa y su hijo. Pero sobre todo, de su hijita. Y lo dijo todo con el mismo gesto y la misma voz, pero mientras Cassandra lo escuchaba hablar sintió claramente el amor que tenía por esa pequeñita.
Logró, incluso, que el serio y frío death eater riera cuando le contaba los corajes que su hermanito Christopher le hacía pasar.
La primera vez que se besaron, habían estado recostados, viendo estrellas luego de una masacre que ellos solitos habían llevado acabo, y que les había valido un ‘bien hecho’ de Voldermort. Como niños satisfechos habían sonreído, y ahí estaban recostados, ella contra el pecho de él, con confianza.
Deberían de haber ido a sus casas y sin embargo había algo suave y dulce de estar en la compañía el uno del otro. Él jugueteaba con los mechones de su pelo, y cuando Cassandra giró un poco para decirle una tontería cualquiera para verlo sonreír, se le congeló el pecho.
La miraba intensamente, fuego en esos ojos profundos. La tomó de la nuca y acercó el rostro de la jovencita al de él, sin importar los años de diferencia, o que él estaba casado y que ella tenía preferencia por las chicas.
Se besaron con labios no inocentes, y al separarse, él le sonrió mientras se disculpaba.
Cassandra le dijo que si volvía a disculparse por eso, le lanzaría el Crucio.
Besos robados, cuando estaban en silencio y solos. Caricias sobre la ropa, abrazarse. Dormir algunas horas abrazándolo.
Fue luego de que el mismo Dark Lord les dijo que estarían a cargo de su propia división que sus cuerpos se amaron por vez primera. Debrick fue todo lo gentil que pudo, calmó los temblores del cuerpo delicado de Cassandra, y la hizo convulsionarse mientras su mano acariciaba con adoración el sexo. Curó aquellas heridas invisibles que le quedaron, y Cassandra le entregó su primera vez, porque era la primera vez que hacía el amor, dijeran los demás lo que dijeran. Se entregaron con inocencia, sabiéndose iguales, él viniendo de una esposa que no lo amaba y a quien no amaba, y ella con ese vacío carcomiéndola.
Infinidad de noches en el departamento que Alexander le había puesto a su primogénita. Infinidad de veces con ella recostada contra él, hablando de todo y de nada, a veces sólo escuchando su corazón. Hicieron planes, miles, todos disparatados, casi todos esperando que se pudieran hacer. Era perfecto, y nunca se amaban con más pasión que cuando regresaban de una misión.
A veces, no llegaban a la cama. Sólo de entrar al apartamento, él la levantaba y la ponía contra la pared, arremolinándole la túnica y la falda en la cintura, y desabrochando sus pantalones la penetraba dulcemente contra la pared, besando su cuello, y ya hundido en ella hasta el fondo iba agonizantemente lento en su ritmo, para desabrocharle la blusa suavemente, y besarle los senos.
Demasiado lento, la hacía alcanzar el clímax infinidad de veces antes de que él, con un gruñido y un suspiro, la llenara con su semilla.
Todo era perfecto, aun en medio del caos. Pero no duró.
Una misión. La más difícil de todas. Estaban preparándose cuando él, en un gesto raro porque no solía ser cariñoso cuando había alguien más que pudiera verlos, la abrazó.
- Vete.
- ¿Qué?
- Es muy peligroso... vete.
- Debrick, ¿te golpeaste la cabeza? ¿Cómo voy a irme? ¡Me acusarían de traidora!
- No si vas a distraer.
- ¿Por qué voy a querer hacer eso?
- Cassandra, estamos hablando de una emboscada mayor. Si te atrapan.
- Todos estamos corriendo el mismo peligro.
- ¡No seas necia, por Merlín! ¡No hagas teatritos de niña berrinchuda!
La joven se cruzó de brazos, alzando una ceja en arrogancia diciéndole claramente que eso no era nada, y que si quería le montaría una obra completa con tres actos, y hasta un musical.
Mucha educación y mucha clase: cuando Cassandra quería, podía ser más necia que una mula.
- ¡No me iré sin ti, Debrick!
Tenía veintiún años. Veintiún años, y ya había perdido a su primer amor. Veintiún años y quería seguir disfrutando al segundo, sin importarle nada, ser por unos momentos normal... aunque él tuviera otra familia. Sabía que él adoraba a su hijita. Sabía que él la amaba. Ellos podían escaparse, irse.
Él tomar a su hija, ella dejar a su familia, e irse lejos, seguir sirviendo al movimiento, pero desde otro lugar... poder ser ellos una familia, no tener un pasado, y sólo tener el presente.
Una sonrisa en los labios de su amado. El extraño viento frío de esa noche le había dado un poco de color a sus usualmente pálidas mejillas, y movía su cabello negro, haciendo que golpeara su cara. Los ojos azul marino que había visto desde esa primera vez la vieron fijamente, ya no hielo pero si amor, pasión y dolor.
Tomando su rostro suavemente entre sus manos, inclinó el rostro y la besó larga, profundamente. Sus labios sabían al café negro que adoraba tomar, y sus manos eran cálidas contra su rostro. Sintió la cercanía de su cuerpo y su aroma a menta jugueteando con el suyo a violetas, recordándole a los campos en primavera, su lengua y la de él acariciándose, y todo estaba correcto, aunque fuera por unos instantes...
Debrick apoyó su frente contra la de Cassandra, y ambos estuvieron en silencio unos momentos. Fue la voz profunda de él la que volvió a escucharse.
- Vete, Cassandra. No te preocupes por mi, estaré bien... sólo protege a mi Melian si es que algo pasa...
Un beso en su frente. Y antes de que la castaña pueda decir algo, desapareció.
Con horror descubrió que había roto su varita, y que esta yacía a sus pies.
Tomó la primera que encontró. Le costó más trabajo poder llegar, pero finalmente lo hizo, descubriendo con un temor mordiéndole la boca del estómago la terrible batalla. Sabía que su padre no estaba ahí, porque estaba cuidando a su hermanita, pero si está Debrick.
Si está y tiene que encontrarlo, porque tiene una pequeña que lo está esperando, y tiene que volver con ella, porque le ha contado que su hijita no duerme hasta verlo llegar, para curarles las heridas demasiado grandes para un hechizo tan sencillo como el asclepio. Tiene que volver porque dijo que le presentaría a su hija, y le prometió que un día iría con ella para presentarlo con su familia oficialmente, diciéndole que estaba segura que sus padres entenderían que se amaban, que eran algo que no se podía ocultar, por más que se quisiera.
Corrió como posesa, lanzando hechizos sin darse cuenta si todos daban en el blanco, sólo lo suficiente para poder encontrarlo. Y entonces lo vio caer.
Gritó. Un grito enloquecido, ensordecedor. Un grito de dolor mientras lo veía caer, y a pesar de la batalla su grito fue tal que varios mudblood-lovers la encontraron.
Instinto de supervivencia. Así fue como pudo moverse, porque su mente se había quedado en la figura de su Debrick, mientras lo veía luchar. Un Arrow charm! Le atravesó el costado, pero no lo sintió. Se desapareció al primer lugar que pudo pensar, y terminó por regresar a la base, pero quedó en el lugar donde se reunían los mayores.
Su profesor, Snape la vio, ojos de obsidiana sorprendido y la sostuvo mientras caía. No sentía dolor pero la sangre que se le escapaba de la herida la hacía ver doble.
Sólo una palabra escapó de sus labios.
- Em...bos...cada....
Debió de haber muerto en esos momentos, pero sólo se desmayó. La llevaron a su casa, y ahí su padre y Snape trataron de salvarla, mientras los demás trataban de salvar a los mortifagos. Ella, a pesar de que no le habían dado nada (ni se habían acordado, preocupados por ver si le herida le había dañado algo importante) no gritó, y siguió viendo a su hermanita desde los brazos del señor Tiamat, diciéndole, en su delirio, que no se preocupara, que ella iba a estar bien porque ella y Debrick tendrían una encantadora casita cerca de un acantilado de donde verían los atardeceres, y que ella debía ser muy buena con la hijita de Debrick, que tenía su edad, y que aun así iba a ser como su hija.
Luego de un rato, parecieron notar que tenía fiebre, y le dieron una poción que la dejó benditamente inconsciente, sin sueños.
El Profeta.
CAPTURAN GRUPO DE DEATH EATERS:
Por: Lance Smith.
* Aurores detienen masacre.
* Se captura uno de los líderes.
En la madrugada de este jueves, un equipo de aurores comandado por Frank Longbottom ha logrado detener lo que sin duda alguna hubiese sido la masacre más grande desde que Aquel-Que-No-Debe-Nombrarse se ha dado a conocer.
Gracias a un informante, los aurores pudieron estar alertas, y para cuando llegaron los Death Eaters a un pequeño asentamiento muggle a las afueras de la capital, donde se da mucho el caso de matrimonios entre muggles y magos, se encontraron superados en número.
La pelea no duró mucho. Se ha identificado al líder como a Debrick Mulciber, empleado del Ministerio. Mulciber ha aceptado los cargos, diciendo que el Lord Oscuro y su odio a los muggle, nacidos muggle y half-blood es completamente justificado.
Como suele hacerse en casos cuando el acusado acepta los cargos, no se llevará acabo un juicio. Mulciber será llevado a Azkaban la tarde del....
Un sollozo. Un gemido bajo. Un ‘nooo...’ que le destrozó el corazón.
Alexander dejó de leer, y vio con tristeza a su hija: Aun demasiado débil por la pérdida de sangre, no tenía permitido levantarse. No había querido decirle, pero la joven sabía que era seguramente lo que pasaba. Debrick podía estar o muerto, o atrapado.
Era difícil saber cuál era mejor.
Su hija se cubrió el rostro con las manos, y notó como sus hombros empezaban a temblar, un sollozo creciendo en el iluminado cuarto, antes que Alexander fuera a donde su hija, y la abrazara fuertemente, como había hecho antes, cuando se pelaba una rodilla, pero ahora el llanto era mucho más real y doloroso.
Y Cassandra, más niña y pequeña que nunca, olvidó su orgullo habitual, y lloró como bebé durante horas, su pensamiento yendo hasta donde estaba el death eater..
~*~*~*~*~
- Tyler, carta.
La recibió con la mano derecha, sin ver de quien era y dejándola en su escritorio, ocupada como estaba tratando de terminar la reseña del concierto y entrevista que le había hecho a Arlequín, en su último concierto en Londres. Una breve sonrisa mientras recordaba que era la fascinación de su hermana (en especial el rubio vocalista), pero para ella, aburrido.
Aunque claro, luego de hacerla de corresponsal durante años en la guerra, cualquier otra cosa parecía poco entretenida.
Terminó, y con una muy pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos se lo entregó a una muchachita que la miraba con ojos de adoración, y la observó irse.
Se estiró, sintiendo las vértebras de su espalda tronar, y movió el cuello –que llevaba sus buenas dos horas reclamándole- en círculos, cerrando los cansados ojos un momento.
No había tenido oportunidad de dormir nada. Y ahora todo su cuerpo se lo reclamaba. Pero entre menos durmiera, menos oportunidad tenía de recordar a su Janna y su suave cuerpo dorado, su Scherezada, y menos oportunidad tenía de soñar con los profundos ojos de Debrick.
Tomó la carta y se dio la vuelta, cruzando las piernas en un movimiento suave y elegante que atrajo muchas miradas de parte del equipo de redacción. La minifalda mostraba un esculturar par de piernas, y los sandalias de tacón parecían alargarlas, y la ajustada blusa negra mostraba una figura que muchos decían era transfigurada. Cassandra estaba conciente de que atraía muchas miradas. Su pelo oscuro, rostro élfico, ojos claros y piel clara, más claro, espectaculares medidas, la hacían agradable a la vista.
Sabía bien que si tronaba los dedos, tendría a quien ella quisiera a sus pies, dispuestos a servirle y humillarse como mejor le pareciera, sólo por una caricia, un gesto, algún reconocimiento de la estóica reportera.
Desafortunadamente para ellos, eso casi nunca pasaba.
Sonrió al reconocer la letra de su hermanita, y sacando una paleta de su bolso la metió a su boca, mientras rompía el sello. El coraje de que su querida Crystal hubiese quedado en Gryffindor se le iba poco a poco, sobre todo porque su padre le había dicho que la dulce niña les había suplicado en una carta que la cambiaran a Slytherin.
Cassandra estaba más que segura que era un terrible error que su hermanita hubiese estado en otra casa, y ahora el miedo le latía por las venas. No era suficiente con que Christopher adorara las cosas de esos sucios muggle, y que no le importara tener contacto con los mudblood...
Aunque su padre le hubiera dicho que su hermanita estaba tratando de tener mucho contacto con los Slytherin, y que la nena lloraba porque la cambiaran a la casa que debía de ser la suya, no la tranquilizaba. Le había escrito a Katarina – las familias eran amigas, y se llevaba bien con la chica, aun con la diferencia de edad- diciéndole sobre el dulce corazón de su hermanita. Una de las desventajas de haber crecido tan protegida como lo había sido Crystal, era que su hermana era muy ingenua, inocente.
No entendía la maldad, la estupidez de los muggle. No entendía como podían ensuciar y destrozar y matar. Antes había estado protegida de eso. Si, se le había enseñado, pero Christopher solía arruinar todo, llevándose a la niña a paseos al Londres Muggle, y enseñándole esos estúpidos artefactos. Y le tomaba a ella horas de lecciones de la historia muggle, mostrarle las guerras, los horrores, para que su hermana, aterrorizada, fuera corriendo a los brazos de su padre.
No iba a permitir que algún sucio asqueroso tocara a su hermanita. Le recordaría día, tarde y noche que era Slytherin. Había sido educada Slytherin, preparada Slytherin, nacida Slytherin.
Ya había perdido a dos amores. No soportaría perder a un tercero.
Cassie:
¿Por qué no me dijeron sobre Seraphine antes? ¡me habría gustado tanto conocerla! ¿por qué no vivió con nosotros? ¿Me dirás? ¿Si? ¡Por favoooor!
Hoy fue el primer partido amistoso de la temporada, y fue Slytherin contra Ravenclaw. ¡Fue asombroso!
También fue mi primera detención. Todo por no querer volar en Oakshafts. ¡Ewwwww! ¡Tuve que lavar los postes! ¡Tengo las manos arruinadas! ¡Ewwwww! Pero valió la pena, porque pude ver a Melian.
Detuvo su lectura, ojos hierba que habían sostenido risas sobrios, de
repente, la sonrisa de sus labios carmín borrada.
¿Había leído bien?
Regresó a la lectura, la pose tensa, apretando los labios y sosteniendo la delgada hojita de pergamino con la linda letra de su hermana.
¡Ralph es un tonto! ¿Ya te dijeron papi y mami lo que me quiere obligar a hacer? ¡Quiere que deje de ser amiga de Melian! ¡Todo porque ella es Slytherin! ¡Y es completamente injusto, no me ha dado ni una sola razón! ¡Él debería entender que yo debí estar en Slytherin, y que es bueno que sea amiga de ellos!
Además, nadie en Gryffindor me quiere... en verdad que me siento solita. Todos consienten a Helen, o a Mei, o a Camila, y a mi me ven feo..... no tienen clase, son bruscos y vulgares, y como me llevo con Slytherin.....
¿Ya te he contado sobre Melian? Creo que no. Bueno, si ya lo hice, has de cuenta que no, ¿sí?
Se llama Melian Naia Mulciber Wilkes....
Un golpe en su pecho. Se quedó sin aliento unos segundos, y jadeo, lágrimas en sus ojos que hacía seis años no lloraban.
Melian Mulciber...
*La hijita de Debrick...*
Tragó, y volvió a leer.
Se llama Melian Naia Mulciber Wilkes. La conocí en Hogsmeade, cuando llegaron. No le gustan los animales, y cuando yo me aparté porque el perro de Hagrid estaba sucio, ella lo hizo porque era enorme. Como en ese entonces todavía iba a ir a Slytherin, le pregunté si podríamos ser amigas, y me dijo que ya veríamos. Luego, cuando ese horrible sombrero me dijo ‘Gryffindor’, al día siguiente le pregunté si aun quería ser mi amiga.
¡Y dijo que si!
Melian es muy linda... tiene el cabello negro rizado con reflejos azules a la altura del hombro, y la piel muy pálida. Sus ojos son azul marino, y pueden parecer muy fríos, pero en realidad no lo son. Uno tiene que fijarse bien, pero te aseguro que son muy hermosos. Y al menos conmigo es muy buena.
No le importa que esté en Gryffindor, y a pesar de que ha pasado muy poco tiempo, ya la quiero mucho! Mami dijo que puedo invitarla a pasar Navidad con nosotras, si seguimos siendo amigas...
¡En verdad que espero que si! Melian puede parecer muy fría, pero lo que pasa es que siente mucho... Yo la adoro, y sólo espero poder ser su amiga siempre.
Tengo que irme, Cassie, tengo que estudiar.
Por cierto! Deimos Malfoy es encantador! Me pidió que me reuniera con él el Lunes! Es muy gentil conmigo, y también está de acuerdo en que yo no debí de ser Gryffindor. Y hoy me sostuvo en sus brazos, mientras volaba... es tan dulce y amable, Cassie...
Ahora si ya me voy! Estoy en la Sala Común, lo más alejada que puedo, y no quiero que puedan llegar a molestar...
Te quiero mucho, y te extraño!! Escríbeme, por favor!!
Con amor...
Crystal.
Casi no pudo leer lo demás de la carta. Sus ojos seguían regresando al nombre de la amiguita de su hermana, a la descripción, y no había ninguna duda.
La hija de Debrick.
La hija de su Debrick era la amiga de su hermanita.
Sentía náuseas. Salió corriendo hacia el baño, y volvió el poco alimento que había ingerido, mientras recordaba las noches de esos tres años en las que no siempre podían estar juntos, pero que aprovechaban cuando podían.
Y su pequeñita estaba en compañía de la pequeñita de Debrick.
Cuando salió del baño, con el sabor a cobre quemándole la garganta, guardó la carta de Crystal con manos temblorosas, y garrapateó una nota para Alexander Tyler, que envío con su lechuza casi inmediatamente.
Papá:
La hija de Debrick es la mejor amiga de Crystal...
Cassandra.
No necesitaba poner nada más, porque sabía que su padre la entendería. Se reportó enferma con el editor y pidió el día libre cuando pensaba que la costra que le acababan de arrancar necesitaría años para volver a mal cerrar, y fue hasta su departamento, casi sin darse cuenta de lo que hacía.
Se tiró en la cama deshecha (la mañana anterior casi se quedó dormida, y como no tenía elfos domésticos no le había dado tiempo ni de hacer un hechizo) y cerró los ojos. Le ardían, y reconoció con horror la quemante sensación de las lágrimas.
No había llorado desde esa vez en que vio que se lo llevaban a Azkaban.
Protege a mi Melian, le había pedido... protégela.
Hacía años había ido con la esposa de su Debrick, y le había pedido que le diera a la niña, y la mujer se había negado. No por amor a la pequeña, no por deber maternal, pero sólo por desquitarse, porque la odiaba. La había amenazado, diciéndole que si se atrevía a acercarse otra vez, no dudaría en hacerle algo a la niña.
Leyó la carta de Crystal, la parte donde describía a su amiga, aunque no necesitaba leer más.
Esa niña parecía ser idéntica a su Debrick. Su querido Debrick, con los labios suaves y manos rasposas que la habían acariciado y sostenido, al que había disfrutado ver en esas pocas ocasiones en que reía.
Abrió un cajón de su buró, y sacó una caja de caoba. La abrió con dedos temblorosos y sacó la única fotografía que tenía de Debrick. Salían los dos abrazados, mientras los demás festejaban: había sido su primera gran victoria, y Voldermort les había subido el rango a todos, en especial a ella y al pelinegro. Mientras todos festejaban y saludaban entusiasmados, ellos seguían viéndose, por la eternidad, sin moverse ni un centímetro.
Casi podía ver una sonrisa en los labios de su estoico amado.
Puso la imagen bajo su almohada, y cerró los ojos.
A pesar de todo el cansancio, no pudo dormir.
Ojos de lapislázuli la persiguieron cada vez que intentaba cerrar los ojos. Un hombre y una niña fundiéndose al mismo tiempo...
Un nuevo sentido en su vida semi vacía.