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LOCA
Era tan hermosa... jamás en la vida había visto un ser tan perfecto; es más, no creía que pudiera existir. Tan hermosa... tanto que alguna celosa deidad quiso estropear de alguna manera aquella maravilla... ella, tan hermosa, tan perfecta, tan pura...
¿Pero qué monstruoso ser querría destruir algo así?, ¿qué maquiavélica mente planeó hacer tal cosa?. Jamás sabré la respuesta, sólo sé que una mañana al ir al despertarla no me oyó, traté por todos los medios de hacerla reaccionar, pero su mirada cristalina, la dulce expresión de su rostro estaba vacía.
No me miraba, no me sonreía, no me hablaba... yo la estrechaba con fuerza, pero por primera vez no me rodeaba el cuello con sus esbeltos brazos ni se me echaba encima para hacerme cosquillas como cada mañana...
Tenía la mirada perdida en el vacío, su cuerpo sin vida y su rostro, siempre sereno, ahora mostraba un gesto de dolor. ¡Y yo no pude hacer nada!
Estaba loca.
La veía allí, cada día, en su cama... en su habitación ahora no entraba la luz ya que, intuía, la hacía de sufrir. Tanta alegría, tantos sueños... perdidos, irrecuperables. Veía cómo se le escapaban sus días de juventud, su vida...
Es curioso, pero a pesar de su patético estado, aún irradiaba esa belleza deslumbrante, y los médicos que acudían a ver si su mal tenía cura, salían llorando de la habitación; se sentían impotentes, insignificantes y se lamentaban por no poder curarla...
Pasó el tiempo, ya notaba como la vida me iba dando de lado, los años no perdonan, no a los seres mortales; pero su belleza y lozanía seguía sin marchitarse, intacta como el primer día. Cruel ironía, el Destino se reía de ella en su cara, le había otorgado una juventud eterna pero le había arrancado el Alma...
Cuántas noches me despertaba creyendo que oía su voz, corría a dónde se encontraba y... allí estaba: mirada perdida, gesto de espanto y hermosa, tanto que dolía. Sin duda esa belleza no era posible, no Podía ser humana... no, no, ¡no!
Y yo me desesperaba, la Vida se me escapaba, el Tiempo se escurría entre mis dedos arrugados y ella seguía impasible, serena, eternamente joven... eternamente inmóvil como si de una ninfa de mármol se tratara.
Mi mayor miedo era, como se puede suponer, que la Muerte llamara a mis puertas; no por mí (yo ya no temo a nada), sino por ella: ¿qué iba a hacer cuando yo le faltara?, ¿quién cuidaría de ella?
Y un buen día ocurrió. Enfermé de gravedad y sin remedio, aún entonces no descansé para asegurarle un futuro a la Bella de Porcelana, pero de nuevo sentía que la vida no me quería dejar descansar en Paz.
Ya en mi lecho de muerte, todo perdido para Siempre, encomendé su Futuro a quién me quisiera escuchar y mientras las lágrimas de tristeza nublaban mi rostro, exhalé mi último suspiro y me despedí de mi niña y de su eterna juventud.
Un día me quedé dormida. No desperté hasta que el Sol vino a besarme a mi cama; me extrañó mucho ya que siempre había venido a despertarme y a hacerme cosquillas (porque sabía lo que me enfadaba y que era la única forma de que tuviera un buen día).
Fui a su habitación y me lo encontré abrazado a una vieja muñeca llorando mientras le susurraba al oído algo que no entendía. Me acerqué y le pregunté que qué ocurría; su respuesta me dejó helada: dijo que su pequeña ya no le quería hacer cosquillas.
No sabía qué hacer. Día y noche no paraba de hablar de su hermosura, me hizo vestir la muñeca y tratarla como a una persona más. Los médicos que venían salían destrozados por la cruel realidad: se había vuelto loco.
¡Yo lo intenté! Y no cesaba en mi empeño para hacerle ver que sólo era una vieja muñeca de porcelana, pero él insistía y me trataba de malos modos. La rabia me consumía, ¡¡yo le necesitaba!!.
Poco a poco se fue aislando del mundo exterior, siempre sentado frente a la muñeca llorando por su belleza serena, por la juventud perdida... al principio pensé que la confundía conmigo por cómo describía su personalidad, pero después me di cuenta que era otra persona.
Los años pasaron y yo me fui de allí. Formé una familia y traté de llevar una vida normal; de aceptar que estaba loco y que nunca volvería a ser como antes, que no me volvería a despertar con sus risas, que no me volvería a contar cuentos...
Pero cuando iba a verle y le encontraba hablando de su hermosa muñeca... no podía evitar llorar y desesperarme.
El tiempo pasó para todos y él se iba deteriorando en soledad, junto a ella. Constantemente maldecía a la vida y al destino; según él eso había sido obra de los celos de alguna diosa (fruto de su pasión por las mitologías).
Un día empezó a sentirse mal: el cáncer había elegido a su siguiente víctima. Yo sabía que era consciente de ello, pero su única preocupación era ella: la muñeca; de hecho me llegó a suplicar (¡a mí!, ¡de rodillas!) que me hiciera cargo de ella.
La locura no quiso abandonarle ni en el final. Ésta le negó una muerte tranquila, serena, en paz... en lugar de ello, murió sufriendo por el destino de la muñeca; al menos eso pensaba yo.
Años después, ahora que soy una anciana, voy a visitarlo a su tumba y me parece que aún llora por la muñeca... he tardado mucho en darme cuenta, no era la muñeca la Perfección de la mirada perdida. Se trataba de alguien que su imaginación había creado.
Todo fruto de la locura.
- Sí, es una verdadera lástima lo de tu ahijada...
- ¿De qué habláis, mamá?
- ¡Ya te he dicho muchas veces que no debes escuchar conversaciones ajenas!
- Pero...
- ¡Déjale!, ya se está haciendo un hombrecito.
- Tienes razón, de nada sirve ocultarle la verdad... ¡es tan listo!
La habitación estaba a oscuras ya que la niña-mujer no soportaba la luz. El niño se acercó a ella; había jugado con ella desde que tenía uso de razón y le sorprendió enormemente que no saliera corriendo a darle un abrazo como siempre.
- ¿Qué le pasa?
- No lo comprenderías...
- ¡¡¡Dímelo!!!
- ¡Mira que eres terco!... está bien: ella ya no puede jugar
- ¿Por qué?
- Porque está enferma
- ¿Por qué?
- ¡Es que no lo ves!
Él le cogió de la mano, pero seguía inmóvil. Pasó su mano por delante de sus ojos, pero su mirada seguía mirando al vacío y entre sus brazos sostenía una muñeca, la misma que tantas veces ella le hizo acunar jugando a las casitas. Le dio un beso en la mejilla, pero no dulcificó su gesto torcido.
Entonces el niño se echó a llorar (la madre tenía razón, era muy listo) y comenzó a gritar que estaba loca; que la Bella estaba loca.
Se hizo un joven hecho y derecho, pero seguía visitando a la joven loca. Cada vez la encontraba más bonita, más encantadora. Su madre empezó a temer que se hubiera enamorado de ella y no se había equivocado.
Para evitar males mayores, mandaron al joven a estudiar lejos de allí con unos parientes. Pero el no se olvidaba de la joven.
Un día recibió una mala noticia: la tuberculosis había acabado con la vida de su joven de mármol. Pasó mucho tiempo llorando su pérdida, pero el tiempo cura las heridas: él siguió con su vida, se casó y tuvo una hija; pero en el fondo de su corazón sabía que nunca la olvidaría.
Fue una cálida mañana de sol cuando recibió un misterioso regalo. Al abrirlo se quedó helado; se trataba de una vieja muñeca de porcelana de la que nunca se separaba la joven y hermosa loca.