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Estaba yo dibujando un dragón, aquella mañana. La maestra de Inglés, una
mujer ya entrada años, había renunciado ayer, así que teníamos hora libre.
Aunque muy libre no era, cuando nos mandaban a la prefecta Casiopea a cuidarnos:
nadie se puede cambiar de lugar, nadie puede hablar, prácticamente moverse.
Pero apenas estaba yo en las alas, cuando se abre la puerta. Un hombre alto,
treintón, si no es que de veinticinco, de pelo castaño claro, entró.
Casiopea salió apresuradamente, murmurando algo así como "gracias a
dios".
- Hola - se presentó el individuo - me llamo Gustavo Refo, y soy su nuevo
profesor de Inglés. Queda muy poco tiempo, no alcanzará para darles ni media
clase, solo quiero que cada quien diga su nombre.
Vino el desfile de nombres, ya conocido para mi. Apunté el mío en la palma de
mi mano, como si se me fuera al olvidar. Siempre me pongo nervioso cuando me
preguntan cosas, aún si es algo tan sencillo como mi nombre, que no corre el
riesgo de ser olvidado.
Así que, cuando me tocó el turno, heché una mirada rápida a mi mano, y
después dije "Federico Lopez" en un susurro. Unas risitas ahogadas me
indicaron lo ridículo que me veía, pareciera que fuera yo el nuevo. El maestro
me sonrió, y, según me contó Emilia, yo me sonrojé. Sonó la
campana, y me apresuré a salir.
- ¿Como te fue en la escuela, Fede? - fue lo primero que dijo mi mamá cuando
llegué a la casa.
- Bien - contesté. Estuve a punto de contarle lo del nuevo maestro, pero me
contuve, sin saber bien porqué.
Esa noche no pude dormir. Más bien, no me atreví. Cada vez que cerraba los
ojos, me imaginaba que él estaba abajo de la cama, o en el closet, desnudo, a
punto de salir. Y no sé si fue miedo lo que me dio, u otra cosa, el caso es que
no pegué el ojo asta las dos de la mañana. Luego caí rendido sin remedio, y
sin maestro que me atacara por la espalda.
Cuando me desperté me sentí tan estúpido que me dieron ganas de pegarme en la
cabeza: por culpa de una fantasía idiota me iba a estar durmiendo toda la
mañana.
Lo bueno es que no estoy al frente de la clase, y pude pasar desapercivido en la
mayoría de las clases.
Cuando vino la hora de Inglés, me sentí tan nervioso que se me quitó el sueño por completo, y vigilé inquieto la puerta, esperando la entrada del maestro. Pero cuando la puerta se abrió, bajé la mirada al cuaderno. Oí las risas de Emilia, atrás de mi. Luego me mandó un papelito:
"Apoco te gusta el maestro?"
- Federico, ¿que tienes en la mano?
- No, nada - respondí, tratando de ocultar el papelito. Pero mis torpes manos
me delataron, y tuve que entregarle el papelito al maestro Refo. Mis
orejas ardían, y me hubiera escurrido abajo del pupitre cuando leyó el
papelito (gracias a dios que no fue en voz alta), y cuando lo guardó en su
bolsillo.
- Te daré tu castigo al final de la clase - dijo, y siguió dando el curso,
como si nada.
Yo preferí no participar por el resto de la hora, y me quedé viendo el reloj,
anotanto vagamente lo que nos pedían que apuntáramos.
Al sonar la capana, sentí unas ganas terribles de orinar, que aumentaron cuando
el maestro me pidió que me quedara un momento. El giño pícaro de Emilia no
ayudó mucho tampoco.
Cuando todos salieron, Gustavo Refo cerró la puerta. Las persianas también
estaban cerradas, y sentí un poco de claustrofobia. Él se acercó, y yo cerré
los ojos. Sus labios tocaron los míos, nuestras lenguas se afrontaron, y nos
quedamos así durante algún tiempo, explorando la boca del otro. Yo no quería
separarme de su cálido aliento, sobre todo porque no sabía qué podría decir
o hacer cuando termninara.