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Fiction » Romance » Mi maestro de inglés font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: When wizards dream
Fiction Rated: K+ - Spanish - Romance - Reviews: 10 - Published: 06-30-03 - Updated: 06-30-03 - id:1344152

Estaba yo dibujando un dragón, aquella mañana. La maestra de Inglés, una mujer ya entrada años, había renunciado ayer, así que teníamos hora libre. Aunque muy libre no era, cuando nos mandaban a la prefecta Casiopea a cuidarnos: nadie se puede cambiar de lugar, nadie puede hablar, prácticamente moverse.
Pero apenas estaba yo en las alas, cuando se abre la puerta. Un hombre alto, treintón, si no es que de veinticinco, de pelo castaño claro, entró.
Casiopea salió apresuradamente, murmurando algo así como "gracias a dios".
- Hola - se presentó el individuo - me llamo Gustavo Refo, y soy su nuevo profesor de Inglés. Queda muy poco tiempo, no alcanzará para darles ni media clase, solo quiero que cada quien diga su nombre.
Vino el desfile de nombres, ya conocido para mi. Apunté el mío en la palma de mi mano, como si se me fuera al olvidar. Siempre me pongo nervioso cuando me preguntan cosas, aún si es algo tan sencillo como mi nombre, que no corre el riesgo de ser olvidado.
Así que, cuando me tocó el turno, heché una mirada rápida a mi mano, y después dije "Federico Lopez" en un susurro. Unas risitas ahogadas me indicaron lo ridículo que me veía, pareciera que fuera yo el nuevo. El maestro me sonrió, y, según me contó Emilia, yo me sonrojé. Sonó la campana, y me apresuré a salir.

- ¿Como te fue en la escuela, Fede? - fue lo primero que dijo mi mamá cuando llegué a la casa.
- Bien - contesté. Estuve a punto de contarle lo del nuevo maestro, pero me contuve, sin saber bien porqué.
Esa noche no pude dormir. Más bien, no me atreví. Cada vez que cerraba los ojos, me imaginaba que él estaba abajo de la cama, o en el closet, desnudo, a punto de salir. Y no sé si fue miedo lo que me dio, u otra cosa, el caso es que no pegué el ojo asta las dos de la mañana. Luego caí rendido sin remedio, y sin maestro que me atacara por la espalda.
Cuando me desperté me sentí tan estúpido que me dieron ganas de pegarme en la cabeza: por culpa de una fantasía idiota me iba a estar durmiendo toda la mañana.
Lo bueno es que no estoy al frente de la clase, y pude pasar desapercivido en la mayoría de las clases.

Cuando vino la hora de Inglés, me sentí tan nervioso que se me quitó el sueño por completo, y vigilé inquieto la puerta, esperando la entrada del maestro. Pero cuando la puerta se abrió, bajé la mirada al cuaderno. Oí las risas de Emilia, atrás de mi. Luego me mandó un papelito:

"Apoco te gusta el maestro?"

- Federico, ¿que tienes en la mano?
- No, nada - respondí, tratando de ocultar el papelito. Pero mis torpes manos me delataron, y tuve que entregarle el papelito al maestro Refo. Mis orejas ardían, y me hubiera escurrido abajo del pupitre cuando leyó el papelito (gracias a dios que no fue en voz alta), y cuando lo guardó en su bolsillo.
- Te daré tu castigo al final de la clase - dijo, y siguió dando el curso, como si nada.
Yo preferí no participar por el resto de la hora, y me quedé viendo el reloj, anotanto vagamente lo que nos pedían que apuntáramos.
Al sonar la capana, sentí unas ganas terribles de orinar, que aumentaron cuando el maestro me pidió que me quedara un momento. El giño pícaro de Emilia no ayudó mucho tampoco.
Cuando todos salieron, Gustavo Refo cerró la puerta. Las persianas también estaban cerradas, y sentí un poco de claustrofobia. Él se acercó, y yo cerré los ojos. Sus labios tocaron los míos, nuestras lenguas se afrontaron, y nos quedamos así durante algún tiempo, explorando la boca del otro. Yo no quería separarme de su cálido aliento, sobre todo porque no sabía qué podría decir o hacer cuando termninara.



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