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Un triste trato
El señor Bogundo Returiel era un cocinero prestigioso: poseía tres
restaurantes diferentes, era chef en una pastelería y preparaba las cenas más
maravillosas que pudieran existir (después de lo cual veía el fútbol mientras
las deglutía).
Ese día era uno de los sábados sociales, como él solía a llamarles. Era el
cumpleaños del dueño de la pastelería. Bogundo abrió el clóset, y sacó su
mejor traje.
- No te vayas, quédate conmigo.
Bogundo se sobresaltó. Luego, al ver a la pequeña forma acurrucada entre la
ropa, sonrió.
- ¿Y tú crees que me voy me voy a quedar aquí sólo por ti?
El hada protestó, indignada.
- No me gusta cuando me dejas sola.
El señor Returiel se limitó a cerrar la puerta agresivamente.
Maldito, pensó el hada, furiosa. ¿Quién le había dado el don de la cocina?
Ella. ¿Quién había reducido la gorda panza de su amo? ¿Quién lo había
vuelto un apuesto hombre digno del deseo de cualquier mujer? ¡Ella! Y, aún así,
tenía que quedarse allí, encerrada, cumpliendo las órdenes del bruto ese. Y
pensar que había accedido a ese trato por amor.
Amor a un hombre gordo y feo.