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De espantajos y tedio.
¿No les ha pasado alguna vez, que se sienten asfixiar en sus casas, o en compañía de las personas de siempre? ¿No les pasa que se sientan a estudiar con todas las ganas del mundo, optimistas y decididos, para luego acabar descubriendo que han leído diez veces el mismo párrafo y no han comprendido ni jota?
Bueno, así más o menos estaba yo el día de ayer. Habiendo acabado de rendir esos horrendos exámenes la semana pasada, el fin de semana me la pasé de celebración, luego dormí como lirón, y luego me hallé a mí misma sin nada que hacer. Los amigos están con exámenes todavía y yo aquí, buscando algo que me sirva de distracción cuando menos hasta el sábado, día en que por fin todos seremos libres.
Había pensado en leer alguna novela, algo que me sacara de este mundo de matemática en que vivo, algo más mundano y entretenido. Media hora me llevó decidirme, y después no pude acabar ni medio capítulo, y no es que la novela fuera desagradable, sino que había perdido todo poder de concentración. Luego, que me dolía el cuello, que no hallaba posición, que me dio hambre, y luego sed, y luego ganas de ir al baño. Había leído dos páginas cuando tocaron el timbre, y era el cartero, minutos más tarde sonó el teléfono, y era la novia de mi hermano, que no lo podía encontrar y andaba histérica, y la muy maleducada que lo empezó a criticar y a hacer el papel de indignada... ¿Pero quién se cree que es? O mejor dicho, ¿por quién carambas me toma? Yo no sé de dónde sacó que somos amigas, la verdad es que me cae tan bien como una patada en el estómago.
¿Qué hace mi hermano con ese espantajo después de haber andado con chicas diez veces más lindas y más simpáticas? No es que tome a mi hermano como algo muy superior, la verdad es que no sé que le ven las mujeres, pero pudiendo elegir algo mejor, no me explico que siga soportando al monigote ese...
Y nada, que me cansé y le corté el teléfono sin decir agua va, me despedí de la novela, tomé mi abrigo, mis llaves, y salí de casa justito cuando el teléfono volvía a sonar. Cerré la puerta y me quedé unos segundos escuchando. Y era ella de nuevo, la muy torpe se pensaba que se había cortado la comunicación, me llamó algunas veces y supongo que luego colgó. Supongo, porque yo me fui y la dejé pegándole gritos al contestador.
El día estaba precioso, tanto como puede estarlo un día de invierno en Buenos Aires. La verdad es que me gusta el invierno de aquí, frío y soleado. En días así puedo caminar por horas sin detenerme, sin darme cuenta. Y eso es lo que suelo hacer cuando pierdo la concentración, salir a caminar.
Ayer fui hacia el Sur, a ver en que estado estaban esos lugares que veía siempre desde el colectivo (entiéndase como autobús) cuando iba al colegio. Estaba todo cambiado, más lúgubre. Yo pensaba, viendo la zona en que vivo, que las cosas no estaban tan cambiadas, que después de semejante estallido social estábamos llegando a un período de calma y de estabilidad... Y es así, pero las repercusiones han sido de proporciones mayores a las que había considerado.
Negocios cerrados, otros abandonados, otros convertidos en quilombos...
Y ahí andaban las "mujeres de la vida", enseñando más de lo debido en medio de ese frío. Las miradas lascivas y libidinosas de los miserables, posadas en ellas, con descaro. ¡Qué asco!
¿Cómo se me ocurrió caminar hasta allá?
Había salido a mirar las casas viejas, a descubrir alguna plaza nueva ahora que el gobierno de la ciudad se la da de recuperador de espacios verdes... Había salido a buscar algo de inspiración y me encontré con pura porquería.
Y ahí andaba yo, con mi habitual inexpresividad en el rostro, caminando muy tranquila, por donde no debía. Cuando llegué a la Plaza Constitución, apenas si la vi desde enfrente, estaba alfombrada de ebrios... Luego seguí hasta el mercado y al entrar descubrí que ese sí estaba como antes, sólo que los puesteros ya no eran los mismos. Fue toda una decepción.
La estación de trenes estaba atestada de gente, habían mudado las boleterías a una construcción más moderna, que contrastaba asquerosamente con el estilo inglés tan bonito de la construcción original, con sus elevadísimas arcadas bien decoradas, los graníticos solados, los mármoles de las paredes y los detalles en bronce de los herrajes... ¡Que cuelguen al arquitecto que estropeó todo eso! Yo me pregunto: ¿De dónde cuernos los sacan? ¿O quién es el imbécil que los contrata y los deja hacer esas barbaridades?
Fui al Sur porque el Norte me tenía aburrida. Siempre las mismas vidrieras, los oficinistas vestidos como muñecos de torta, las señoras con sus niñitos paseándolos en sus carritos... ¡Cómo detesto esos carritos! O mejor dicho, a quienes los conducen, te pisan, te empujan, se detienen a mitad de la vereda impidiendo el paso. A veces pienso que se creen con derecho a todo, nada más porque llevan un carrito de bebé, hasta de cruzar la calle con el semáforo en rojo. ¿Quién demonios los ha educado?
Luego están las madres que durante las vacaciones de invierno salen a pasear con sus niños, que ya afortunadamente, no viajan en carritos de bebé... Y esos casos son aún peores, porque los "niniosss" se les salen de control, y andan desperdigados por las anchas veredas, zigzagueando cual obstáculos móviles. Hay de los que salen a la carrera y te llevan por delante, hay de los que se caen al suelo aparatosamente antes de la colisión, y estallan en llanto...
¡Niños! ¡Niños, niños y más niños! ¡Niños por todas partes!
Ir al cine en vacaciones de invierno es tirar el dinero a la basura, no entiendes nada y te la pasas renegando porque esas criaturas sin control nunca cierran la boca. Yo no sé por qué las madres los llevan a ver películas que no entienden... Y por eso no fui al cine ni a las peatonales, ni a las plazas de siempre, ni a ningún otro lado en que pudiera ser emboscada por los "cachorros".
Luego están aquellos que concurren a la escuela primaria: enanos que pretenden ser adultos. Y los peores de todos: los alumnos de secundaria. Todos se visten iguales, escuchan la misma música, se peinan como lo hacen esos "ídolos pop de turno", fuman como chimeneas, invaden las noches hasta ponerse ebrios como cubas, causan desmanes y pretenden medirse a golpes con el primero que se les cruza...
¡Y pensar que hace cerca de tres años, yo me contaba en la categoría! ¡Parece que fue hace diez años, y no tres!
Será posible... me hacen sentir vieja... Porque mis compañeros de aquella época eran un tanto salvajes, pero sus excesos no tienen comparación con las cosas que veo hoy en día. Al lado de estos pequeños delincuentes, mis compañeros de secundaria bien podrían ser tomados por monjes de un monasterio. Si parece mentira cuan vertiginosa es la degradación de la sociedad conforme nos vamos "modernizando".
Yo que me lamento, y mi conciencia que me advierte acerca de lo mal que he hecho las cosas en su momento... Sin ir más lejos, esta misma tarde. Si cierta persona se llegara a enterar de por dónde anduve hoy, creo que me encerraría en mi habitación o me amarraría a un poste... en tanto que a los "hombres de blanco" les da tiempo a llegar.
Y la principal razón por la que ayer fui hacia el Sur, hacia donde no debía, y no hacia el Norte, que es mucho más seguro... ¡Todo es por culpa del monigote ese, la novia de mi hermano! ¿Saben porqué? Porque es un perfecto exponente de esas criaturas a las que hago referencia más arriba, y en las ediciones anteriores. Es de esas que salen los sábados por la noche a "bailar" y acaban borrachas, tirándose de los pelos con alguna otra de su calaña.
¿Qué cómo lo sé? Pues porque lo he visto con estos ojitos que Dios me ha dado, la "bendita" noche en que me dejé arrastrar por mi hermano y uno de sus amigos... ehem... sí, el chico estaba bastaaante bien y era gracioso... pero mejor dejemos de lado lo referente al muchacho, que no fue nada en realidad. El caso es que presencié todo lo bajo que se puede caer cuando se es "así de tonta". Esa noche hasta se peleó con otra chica nada más porque "le pareció" que observaba mucho a mi hermanito... La otra pobre, estaba tan bebida que dudo mucho que mirara en realidad algo, más bien diría que andaba con la mirada perdida, o tal vez fija en algún punto azaroso para no marearse y acabar devolviendo el estómago delante de todo mundo. Pobre, hasta pena me dio. El espantajo le dio una sacudida que no se la desearía a nadie, lo hacía con tanta furia que hasta ella misma acabó en el suelo, víctima de su propio desvarío.
Mi hermano la recogió del suelo con una sola mano y sin hacer el más mínimo esfuerzo, cual muñequita de trapo, y se la llevó afuera a que tomara un poco de aire... a ver si se le pasaba un poco la histeria antes de que la devolviera a su casa...
¡Nunca más! ¡Ni que me presenten al tipo más guapo del mundo, vuelvo a aceptar una salidita de esas! Y es que esas cosas no me hacen ninguna gracia. ¿Acaso es demasiado pedir, un mínimo de sentido común? ¿Alguien me puede explicar en dónde está la gracia de beber hasta perder el sentido?... y en cima, a sabiendas de que se hacen los ridículos más gigantescos. Si eso me llegara a pasar, no volvería a probar una sola gota más de alcohol, y por si las mocas, me fijo bien con quien bebo...
Por favor, no me malinterpreten, es que ando de mal humor, porque hay "gente" que me anda sacando de quicio por estos días. No es mi intención andar de criticona, pero esos excesos a los que hago referencia me impresionan un poco y me llevan a preservar un poco más mi integridad física. Además, eso de preservar la salud y la integridad física, es todo un tema aparte en mi persona. Por más que quisiera descontrolarme, no podría, o mi vida se acortaría considerablemente, al menos mientras la ciencia no fabrique corazones en serie... Pero mejor dejo este aspecto para otra oportunidad.
Aquella vez, cuando por fin estuvimos en casa, mi hermano me comentó que estaba harto del monigote... pero nada ha cambiado desde entonces, lo que me hace pensar que hacemos demasiadas cosas por simple costumbre, y eso es muy feo. Yo quiero hacer las cosas con ganas, con algún propósito o expectativa, pero no por costumbre, y no quiero pertenecer a estándar alguno. Soy demasiado pretenciosa como para querer parecerme a alguien más o para querer algo parecido a lo que otro tenga.
Yo quiero encontrar a alguien peculiar, incluso me agradaría alguien un tanto excéntrico, quiero encontrar a alguien que no aparente haber sido "fabricado" en serie. Quiero hallar a alguien que no se preocupe demasiado por frivolidades, que esté bien fuera de moda, que ande siempre despeinado, y que coma como glotón. ¡Ja ja ja ja ja! ¡Ni en un millón de años luz podría imaginar siquiera, a mi novio con características semejantes! Y qué pena, porque lo decía en serio. Quiero conocer a un tipo desarreglado y al que le guste Wings... Listo, ya se me volvió utopía el mentado sujeto, ni modo, resignación, y a los "señores de blanco", pues les estoy esperando y no me voy a resistir.
¡Y dale con que me sigo quejando de todo! ¡Y dale con que la culpa de todo es del espantajo ese! Porque vino a interrumpir mi paz, mi ocio. ¿Y saben qué es lo peor de todo? Que me parece que habrá espantajo para una buena temporada.
Estuve de vuelta en casa varias horas después, mi mamá me estaba esperando para tomar mate, y cuando me levanté de la silla para ir a mi habitación descubrí que los pies me mataban (castigo divino). Subí las escaleras haciéndome ilusiones con el baño que me iba a dar... Sonó el timbre, y mi mamá atendió.
¡El espantajo! ¡Otra vez! Esto se me está volviendo una maldición.
Yo que me apuraba a subir, porque escuché la voz de mi mamá diciendo mi nombre entre signos de interrogación... Y entonces Dunia, mi Dogo Argentino, que pasa a la carrera en dirección a la puerta de calle... ¡Noooo! ¡Que mi Dunia, (fiel a su ama, como debe ser porque me quiere mucho), detesta al espantajo tanto o más que yo! Y yo que salvo la integridad física del monigote por enésima vez, no vaya a ser que a mi Dunia le dé una indigestión... (Debería darme vergüenza lo cruel y despiadada que puedo ser a veces, aunque no lo demuestre con palabras, salvo escritas, claro está).
Y nada, que no pude tomar mi baño, mi mamá, que es una santa, la invitó a cenar, y mi hermano que llegó tan feliz de quién sabe dónde, experimentó una suerte de "mutación" en cuanto la vio.
Por suerte él sabe como controlarla con sólo una mirada.
Qué escena más patética.
Si a mí mi novio me mirara así... bueno, para eso está Dunia.
*****
Y listo, mejor no sigo con mis críticas, que ya se están volviendo muy agresivas.
¡Ah! ¡Ya tengo dos lectores! ^__^
Por orden de llegada:
Muchas gracias, Piero por dejar tu "observación". Eso de "la maldición de el que piensa", da mucha tela que cortar... mucho de lo que decís es cierto, y en cuanto a contar con un amigo que sea verdaderamente un par intelectual, pues sí lo tengo, afortunadamente, pero paradójicamente él es la antítesis de lo que yo soy... Ya, no pretendo que entiendas de qué estoy hablando... me complico demasiado. Qué bien que tengas un proyecto con lo de Pedro Arteaga, imagino que eso va a estar bueno... Y, nada, creo, que disfrutes tus vacaciones y no bebas demasiado. Te cuidas, así yo puedo leer acerca de "Pedrín Bombín".
Y muchas gracias, Gabriela, por hacerme saber que lees esto, que no sé que es en realidad, pero que me entretiene bastante, y que va dirigido en primera instancia a las mujeres. Es cierto que la adolescencia no es edad para fracasos amorosos, es edad para equivocarse y para descontrolarse un poco, digo, mientras podemos, pero hay que conservar siempre una pizca de sentido común para no echarse a perder, ¿cierto? Yo ando todavía en eso de llevar a cabo aquello que predico, y aunque, modestia aparte, llevo andado un trecho importante, sé que dejo más cabos sueltos que los que debiera... Bueno, ya "me callo". Muchos saludos, y da por sentado que tendrás mi opinión cuando te decidas a publicar.
Y ya es tarde, y mejor me voy a dormir antes de que me manden a visitar al oftalmólogo.
Leyla
Agosto de 2003