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El pez azul
Cuando le trajeron la pecera, consideré seriamente aprender a respirar bajo
el agua y mudarme. Era enorme y lujosa, con peces de todos los colores y
tamaños imaginables, con rocas lisas que no me sorprendería si estuvieran
acolchonadas (serían seguramente más cómodas que mi propia cama) y con unos
cuantos túneles para esconderse o simplemente jugar.
La recargaron en la pared del fondo del consultorio, al lado del diván.
Yo estaba en plena sesión cuando la trajeron. Era un regalo de la
universidad para Irma, así podría observar el comportamiento
de los peces. A mi psicóloga no le hizo la menor gracia. "¡Yo trabajo con humanos,
no con animales!"
Iba a comentar que los humanos son animales (especialmente algunos),
pero preferí callarme.
La siguiente sesión, no pude evitar darme cuenta de lo atentos que estaban los
peces mientras hablaba, hasta sentí que me lanzaban miradas de comprensión.
Todos excepto uno, que me dio mala espina. Azul como el agua en la que nadaba, y
no más grande que Pulgarcito, podía pasar perfectamente desapercibido. Pero
algo me decía que iba a llamar la atención más que cualquier otro de los
peces.
El pez de mi psicóloga con un complejo de tamaño, como el de Napoleón...
irónico. El resto de la sesión me dediqué a imaginarme al pez con diversos
sombreros, mientras criticaba a mis padres cruelmente.
No había pasado mucho tiempo, cuando noté una ligera reducción en el número de peces. Al principio pensé en que algunos de los peces eran ya bastante viejos, pero no tardé en sospechar del pez azul. Lo vi perfectamente: se reía en un rincón. Al mes ya era todo muy obvio, la pecera se veía casi vacía. Mi favorito, uno blanco con rayas negras (el pezebra, le llamé), mantenía una distancia constante con el pez malévolo, lo cual acrecentó mi desconfianza. Pensé en decirle a la psicóloga, pero tenía que hablar de cosas más urgentes Como siempre, lo urgente lo le deja tiempo a lo importante.
El pez azul creció y engordó. No me sorprende, después de haberse zampado a más de la mitad de los habitantes de la pecera. No encontré a mi pezebra, hecho que me provocó mucha rabia, y un odio fuerte al pez maloso. Durante otras tres semanas, la mayoría de los peces fueron exterminados. Sólo quedaban unos chiquitos que se refugiaban en los hoyos de las piedras, y dos grandes que, si pudieran, estarían sudando del terror, mientras huían de su ahora voluminoso acecino. Me recordó a Hitler. Esta vez le estuve poniendo bigotes.
Llegó el día en el que el pez, que ahora vivía muy cómodamente en su pecera
personal, tuvo hambre, y no encontró a nadie ni a nada que devorar. Era una
tarde gris, que pronto abriría paso a un ocaso más rojo de lo normal.
Al llegar al consultorio, unas voces me indicaron que algo raro estaba pasando.
Me senté en el sillón de la sala de espera y, curiosa, presté la oreja para
enterarme de qué había sucedido.
- Habrá que llevarla al hospital... - exclamó un hombre ronco, preocupado.
- Que conducta tan interesante para una bestia como tú! - dijo otra voz, más
afeminada.
- ¿Bestia, yo?
- Tú no, idiota, le digo al pez.
- Claro, tú hablas con los peces yo soy el idiota.
- Bueno - intervino un tercer hombre - algo tenemos que hacer... ¿qué tal que
le transmite una enfermedad grave?
No me pude aguantar. Tenía que saber qué estaba ocurriendo. Abrí
la puerta, y me asomé discretamente, para descubrir una situación bastante
extraña: Mi psicóloga lívida, recargándose en un señor (su marido,
supongo), y con un hombro del cual brotaba mucha sangre. Esto me hizo marearme,
así que desvié la mirada. Entonces vi al pez azul, que ahora parecía una
ballena muy pequeña, restregándose en suelo, con la boca roja. Al lado, la
pecera rota.