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“Tú que entiendes ... no entiendes...”, fue lo último que dije después de la serie de preguntas y reproches que le había hecho.
Por mis mejillas rodaban ardientes lágrimas. Sentía como mis ojos ardían y me quemaban después de tanto llorar. Ahí, frente a él, contenerse era imposible.
Sentí que mi pecho colapsaría por el dolor contenido. La opresión era mayor; ni las lágrimas lograban aminorar el peso. Era como si el mundo entero se derrumbara dentro de mi. Llorar, eso era lo único que podía hacer. Tratar de desahogar ese fuego convertido en lágrimas que me quemaba por dentro. Dolor, ¡Horrible dolor!.
¿Era posible sufrir tanto?, antes jamás lo hubiera pensado.
Lo mire de nuevo. La vista nublada me impedía verlo con claridad, pero sabía que me miraba también.
“¿Acaso me entiendes?, ¿Acaso puedes saber lo que siento?”, le pregunté casi en un susurro, consecuencia de que me faltara el aliento por tanta emoción que pugnaba por salir de mi, haciendo que mi garganta quedara hecha un nudo.
Y la única salida posible, mis ojos, quedaban abarrotados de lágrimas que parecían no tener fin; como si todo el cuerpo se desahogará por ellos, sabiendo que llorar era la única forma en que podría fluir toda esa presión, sin que yo pudiera hacer algo al respecto.
Era tanto lo que pasaba por mi mente, que la cabeza comenzaba a dolerme amenazando con explotar en una horrible jaqueca, causada por aquel martirio, que parecía no tener fin.
Me estremecía en sollozos, no importándome que alguien me viera llorar. A estas alturas, eso era lo de menos.
Tuve la impresión de que todo mi ser no aguantaría la presión excesiva y colapsaría causando que mi cuerpo diera contra el piso. Una chispa de razón en mi cabeza me hizo ver que debía calmarme.
Estremeciéndome aún a causa del llanto, intenté respirar lentamente llenando de aire mis pulmones, tratando de controlar toda la pena y el desconsuelo, que en esos momentos me inundaban.
Cansada, me senté en la banca tras de mi.
Era grande el esfuerzo para lograr controlar mis sentimientos pero la quietud de aquel lugar me ayudaba un poco.
Con la cabeza agachada, los ojos hinchados, sollozando tratando de controlar mi respiración y con un pañuelo en la mano, la imagen que proyectaba no podía ser más triste y patética.
Levante la vista y me encontré de nuevo con sus ojos. Su mirada era serena, mezcla de impasibilidad y consuelo.
Sintiéndome abatida y acongojada volví a bajar la cabeza, tratando de no romper en llanto otra vez.
Esa mirada era lo que me perturbaba, después de todo lo que había dicho y pensado, él seguía mirándome de esa forma.
“Tal vez me entiendas, no lo sé, pero ¿acaso mi dolor es poco?, ¡¿Puedes recriminarme por comportarme como lo he hecho?!”. Por toda respuesta recibí la misma mirada serena y creí ver una leve sonrisa de comprensión en su rostro. ¿Comprensión?, ¿podía ser posible que me comprendiera?, después de todo lo que le dije ... de cuestionarle recriminándole que no me entendía, después de todo... ¿me comprendía?.
Volví a verle, y con su misma mirada, me hizo entender que todo lo que pensaba era cierto.
“¡¿Cómo dejaste que te dijera todo esto?, ¿Cómo no acallaste mi retahíla de críticas y recriminaciones?!... ”
No pude decir más, bajé la vista avergonzada. Mi mente comenzaba a aclararse, y la pequeña chispa de razón que brillo hace unos instantes en mi cabeza, parecía iluminar mis ofuscados pensamientos.
Turbada, no pude levantar de nuevo la cabeza. ¡¿Cómo pude ser tan inconsciente?!. Él no era el causante de lo que me pasaba, y sin embargo, me había desahogado con Él, diciéndole toda una serie de cosas sin sentido, y mostrando una absoluta irracionalidad, cuando lo único que había hecho era escucharme.
La cabeza me dolía, consecuencia de todo lo que había llorado.
Claro, ¿Cómo no iba a ser posible, que mi cuerpo resintiera todo aquello? ¡Tanta desolación y desconsuelo dentro de mi!. Noté que las fuerzas me abandonaban. Me sentía completamente exhausta.
Después de lo que pareció un largo silencio; cabizbaja, arrepentida de haberle hablado así, quise enmendar mis errores.
“Sé, que no tienes porque arreglar mi vida; sé también que si hubiera sido posible, habrías evitado el dolor que me embarga, y sé además, que a pesar de todo lo que te he dicho y lo mal que me he portado contigo, jamás me guardarás rencor. Sabes que no había nadie más a quien podía recurrir. El dolor que siento es profundo, pero todo es a causa de las elecciones que hice, aunque algunas cosas estuvieran fuera de mi control. Se que tu tampoco querrías verme sufrir a propósito, pero lo que pasó, pasado es, y no hay vuelta de hoja.”
“Solo espero que estés junto a mi ahora, como siempre lo haz hecho, aunque no haya sabido apreciar tu compañía, y espero también que sigas teniendo la misma paciencia conmigo, ya que soy ... una cabeza dura”.
Agachada como me estaba, tuve la sensación que sonrió a causa de lo que dije, y sintiéndome reconfortada y alentada por lo que interpreté como una señal de buen humor, me decidí a levantar la mirada.
Ahí estaba Él, mirándome. Sus ojos destellaban paciencia, consuelo, tranquilidad y serenidad. Estuve a punto de comenzar a llorar de nuevo por el cariño con que sentí me miraba, pero ese mismo afecto me hizo sentir fuerte y me repuse nuevamente.
“Ahora veo más claramente todo, necesitaba desahogarme, y aunque el dolor no haya desaparecido, se que podré superarlo, seré fuerte y lo lograré ... con el tiempo y tu ayuda ...”.
De repente, sonó una campana, otra, hasta completarse ocho. No era tarde pero había que volver a casa.
Me enjugue las últimas lágrimas y me puse de pie. Respire profundo llenando lentamente mis pulmones, al tiempo en que creí recuperar completamente el control que había perdido.
Musité un: “Gracias por todo”, arrodillándome en el reclinatorio frente a mi.
Levanté la vista, y ahí estaba: la imagen de Jesucristo resplandeciendo con ademán de bienvenida, rodeada de flores y veladoras; con esa mirada benevolente y serena, que me había inspirado la fuerza que necesitaba hace apenas unos momentos.
Hice la señal de la cruz y salí de aquella iglesia.
Me sentí mucho mejor al sentir el aire en la calle, pero también, porque llevaba conmigo un poco de la paz y quietud que en aquel lugar había encontrado.
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Hice esto pensando en momentos difíciles en los que me he encontrado, (en específico ninguno) llegando a la conclusión, de que no hace falta un milagro para que las cosas marchen mejor y se arreglen, tan solo se necesita un leve empujoncito para seguir adelante.
Aunque tal vez ese empujoncito, nos lo podamos dar nosotros mismos ... inspirándonos en alguien. O tal vez ese alguien es el que nos lo da. Llámese Dios, fuerzas superiores, o como lo quieran llamar.