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Fiction » Romance » Revolución de la Muerte y la Resurrección font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Anairb Black
Fiction Rated: K+ - Spanish - Angst/Supernatural - Reviews: 2 - Published: 11-15-03 - Updated: 11-15-03 - id:1448050

Revolución de la Muerte y la Resurrección – Prólogo

Por: Anairb Black

a/n: Este es el prólogo de mi novela, “Death and Reborn Revolution” (Revolución de la Muerte y la Resurrección). Por ahora, es todo lo que tengo escrito acerca de esta novela, y lo más probable es que no suba todo lo demás (que son, créanme, montones de capítulos...). La novela es exageradamente larga y necesita muchas modificaciones, por eso es que no me comprometo a publicar capitulos. Todo lo que tengo, por ahora, es su prólogo. Es una historia de amor entre un demonio inmortal y una princesa, que mi hermana Sabrinna y yo inventamos hace 7 años. Muy triste, por cierto. Espero que les agrade, aunque sea muy poco el material que estoy publicando. Si alguien desea saber más sobre todo esto, pueden escribirme un email y yo con mucho gusto les informo.

Existe una sola cosa completamente pura en mi vida. Pura, me refiero, a que es celestial, blanca, y grandiosa en su totalidad; sólo una cosa en mi vida. Una. Con número o con palabra.

Y mi trayecto a sido largo, oscuro, y no hace mucho tiempo, también era eterno.  He vivido - o transcurrido - dentro de este universo por millones de años, por no decir, desde el origen del mismo. He visto generaciones enteras pasar ante mis ojos: generaciones no de un planeta, sino de centenares de ellos. He visto como algunos prosperan a través de las desgracias, sobreviviendo a sus propias guerras, a los estragos del ambiente, y a la masacre de su gente, y también he visto cómo otros se desmoronan repentinamente, cómo la sangre derramada corre a través de su superficie. También he visto el nacer y el morir de una estrella, y sé de memoria todos los acontecimientos que ocurren en el espacio. He vivido lo que muchas personas anhelan y lo que otras temen: la eternidad. Y aún así sigo vivo.

Esta manera de vivir... no la he elegido yo. Soy un ser que ha nacido sin voluntad propia, y que fue creado en contra de la voluntad de su madre. Mi madre era una virgen y pretendía serlo hasta el fin de los días de su existencia. Pero el Universo tenía que enviarme a mi de alguna manera. Ella sólo fue la mujer que fue elegida para traerme al mundo. Parecerá que mi llegada ha sido una bendición para esto que la gente llama "Universo", "vida", o "existencia"... pero no soy un bien, no soy un milagro o un deseo hecho realidad. Soy el fin, el apocalipsis. Estoy incluído en millones de profecías y soy el terror del que todos hablan.

Pero... existe algo. Existe aquella luz pura en mi vida. El resplandor que todos dicen tener... yo lo tengo. Lo conservo dentro de mí. Se trata de una niña, la creadora de mi corazón.

Antes de ella, puedo decir que no tenía ni alma ni corazón. Mi vida, mi existencia, ha tenido un sólo propósito desde el día en que aparecí: éste es el de matar. No a una, a dos, o a tres personas; matar a todas y cada una de las pequeñas existencias que hay en el espacio. Ese es mi deber; a nacido, crecido, y nunca morirá conmigo, puesto que yo estoy destinado a nunca morir. Y presisamente éste último es mi castigo... el no morir. La muerte es lo que deseo y lo que jamás podré tener.

Claro, al principio, la pregunta que todos hacemos alguna vez se repetía en mi cabeza sin cesar, sin dejarme dormir en paz... "¿por qué yo?". Es una pregunta estúpida, en realidad, y no le encuentro ahora ni el menor objetivo. ¿Por qué alguien es alguien, y no alguien más? ¿Acaso tiene algun sentido preguntarnos el por qué de lo que somos, de dónde, por qué y cómo venimos? Las explicaciones podemos encontrarlas de cualquier manera y con distintas palabras... la génetica, el destino, la reencarnación. Todas son diferentes y cada una se ajusta a la manera de pensar de cada persona. Siempre habrá algo para alguien.

Así que soy el Apocalipsis. El mismo final del mundo. Soy el fin, el destructor con alas. Odio mis alas. Me hacen lucir... como un ángel. No suelo mostrarlas al público. Creerían que soy un milagro, algo divino, y los haría sonreír con las sonrisas más dulces que su rostro pudiera emitir. No me gustaría que malgastaran sus sonrisas en algo que es una mentira. Yo no soy un milagro, y mucho menos un ángel. Soy un demonio.

Pero a los ojos de mi niña... yo era su ángel, aun sabiendo que era algo mucho peor, muchísimo más tenebroso, yo era su ángel. Estando ahí desde el principio, soy la primera imagen que registra su mente y su corazón. Y ella prefiere llamarme ángel, y siempre ha pensando en mi como una divinidad, un regalo que el mundo le ha dado sólo a ella y por el que se siente realizada. Yo sabía que la iba a conocer desde muchísimo antes que ella naciera. En algún lugar de mi, desde el comienzo de mis días, sabía que en mi camino largo y eterno algún día tendría aquella esperanza...el amor. Amor incondicional por una persona. Al principio sólo era un deseo, una imagen en mi cabeza como si se encontrara dentro de un espejo. De pronto, se hizo realidad.

Caminé en sus sueños y me quedé dentro de ellos todas las noches. La encontré dentro de sus laberintos, la guié a través de sus pesadillas más oscuras. Ella no sabía quién era yo. No fue sino hasta que empezó a identificar sus sueños cuando se dió cuenta de que yo había estado habitando en ellos todo ese tiempo. Sabía de alguna manera que la estaba observando; la cuidaba en cada momento de su vida. Lo tenía muy presente, porque toda su niñéz fue la niña más risueña, más hermosa de la Tierra.

Cuando empezó a reconocerme, entonces empezó a mirarme de vuelta en sus sueños. Cuando yo la miraba, ella me miraba también. Con ojos desconcertados pero traviesos, en sus sueños corría por todo aquello que soñaba, intentado alcanzarme. Si mi niña soñaba un bosque, yo estaba detrás de los árboles, y ella corría detrás de mi con la esperanza de encontrarme. O bien, si soñaba una habitación, yo era el reflejo del espejo al que ella intentaba tocar. No sabía con certeza si aquello le causaba miedo o emoción, pero me parece que era una mezcla armoniosa de ambos sentimientos. Lo que veía en sus ojos parecía ser una súplica para que yo siguiera apareciéndome en sus sueños; una súplica innecesaria, pues yo jamás la dejaría sola.

Llegó el momento de conocernos en la vida real. Yo no la busqué; ella me encontró. Sabía que así sería. Ella, por siempre tan sonriente, porque por fin me había encontrado, había encontrado a su ángel. Ante ella, ante sus ojos, yo era su única gloria: era alguien que la necesitaba desesperadamente, era un inocente.

Y no estaba equivocada sobre una cosa: yo la necesitaba. Sin ella no podía existir, puesto que mi niña se había convertido en la razón de mi existencia, aquel vínculo profundo que enciende la llama dentro de uno mismo y que arde dentro del cuerpo. La necesitaba más de lo que ella se puede haber imaginado, en sus dieciséis años de vida. La creadora de mi corazón... la amé con toda el alma. Ella era la única cosa, la pequeña semilla que yo cultivaba con amor. El único deseo, la única esperanza... el único fuego y mi único amor. La amo aún por sobre todas las cosas... aún sobre la muerte. Mucho más, aún por encima de la muerte. Yo le quité la vida... la maté.

Con tanto amor que le tenía, es increíble decir que así como la vi nacer la vi morir, y murió bajo mis manos y por decisión mía. Cualquiera podría decir que soy un completo desgraciado, y no estaría nada equivocado. El haberla matado... tiene su explicación, pero no hay perdón para ello. No lo hice porque estoy loco, lo hice porque era el deber de mi vida, la montaña que cargo sobre la espalda y que me hace sangrar. Odié tanto mi vida, que quise dar la mía para salvar la suya... desafortunadamente eso fue imposible.

Esa noche le dije que la amaba y se lo probé. Aquel beso que le dí, el único y el último, me dejó con su sabor en la boca, pero a la vez con la tortura de que jamás volvería a tenerla. Ella no quiso dejarme ir. Se aferró a que yo debía quedarme con ella, que no debía irme, pero ella no lo entendía. Se acercaba el fin del mundo, y ella me suplicaba que me quedara a su lado. Lo que no sabía era que yo mismo era ese final. Quise irme para evitar que llegara, porque pensé que si me marchaba y yo mismo me aniquilaba, el Universo no tendría por qué llegar a su fin. Pero qué equivocado estaba.

Terminé regresando a ella en poco tiempo ,cuando ya todo parecía perdido y la gente pedía a gritos la Salvación, buscando entre ellos mismos a El Salvador. El Salvador... ese título me correspondía a mí. El Salvador sería aquella persona destinada a detener el apocalipsis cuando éste llegara, el ser que salvaría a todos los humanos de la más tenebrosa destrucción. Yo soy El Salvador. Lo trágico fue que ninguno de ellos sabía qué clase de salvación era necesaria.

Ella lo supo cuando yo regresé, y sin decirle ni una palabra, la miré a los ojos. No me atreví a acercarme a ella. Simplemente me miró con sus ojos profundos, confundida, anhelando sentirme a su lado, deseando que yo estuviera con ella. Al principio, todo lo que vió en mi mirada fue el amor que le tenía. Pero luego... mi niña se asustó. Su expresión cambió, y de pronto pudo ver más allá, más alla de mi tristeza... vio su muerte. Y luego el amor... y luego la muerte de nuevo. La muerte y el amor. Dos grandes lágrimas brotaron de sus ojos.

Y entonces... todo terminó. Todo. Fue en un instante, una desintegración total y repentina. Una explosión sin sonido. Simplemente, todo aquello que tenía vida se esfumó. No hay palabras para describir la muerte de un universo completo... lo único que sobrevivió al impacto, lo único que quedó suspendido en el espacio vacío, fui yo.

El dolor... el dolor es incontenible. El dolor, la misma palabra, no puede llegar a describir lo que se siente. Ni el más doloroso grito podía acabar con la frialdad, el ahogo, la muerte que sentía dentro, en el pecho. Nada servía, ningún desahogo podía acabarlo, ni un millón de lágrimas podrían desvanecerlo. Pero era la muerte. Ese era el fin del mundo, aquello que yo tenía que alejar de las demás personas, aquello de lo que las salvé: la muerte en la vida. El sufrimiento de la soledad... la desesperación. Ese es el verdadero final de un mundo, de una vida.

La había perdido. Perdí a mi niña. Pensé que sería para siempre, y aún ahora no puedo extenderme en la descripción de mis sentimientos. Estaba enfermo de seguir recordando, harto y desesperado de los recuerdos y del pasado. Sin poder sacar su imagen de mi cabeza, o su mirada de mi corazón. Incluso quería sacarme el alma, sacarme los sentimientos para ya no tenerlos, y seguir viviendo en la eternidad como una estrella sin sueños ni tormentos.

No puedo describir lo que siguió. No es nada fácil. Teniendo yo el control de la existencia, la existencia que yo misma había eliminado, hice que volviera a nacer. Todo volvió a nacer. Ella misma volvió a nacer. Pero el fin del mundo también volvió a nacer. Todo, todo aquello que se había esfumado para siempre, regresaba hacia mí... esto ocurrió porque yo quería verla de nuevo. Me importó un bledo volver a sentir la muerte un millón de veces, renacer a las personas un millón de veces más; todo fue para volver a verla, ver a mi niña. Y así la vi nacer otra vez, todo de nuevo, en un ciclo sin fin. La historia de nuestro amor volviéndose a repetir...

Y ahora... estoy llorando. Estoy ardiendo en fuego. Las llamas me envuelven, me queman la piel, me queman las alas. Las lágrimas me arden en el rostro y se me deslizan por el cuello. Siento el pequeño cuerpo de mi niña en mis brazos, ardiendo conmigo, y el fuego nos abraza, lamiéndonos el cuerpo en un dolor intenso combinado con un placer infinito.  Nos pertenecemos los dos, el uno al otro, en esta muerte que estamos viviendo, tan intensa, dolorosa pero apasionada. Nos pertenecemos.

¿Estoy muriendo...?

Me has enseñado, mi niña... me has enseñado a vivir, a soñar, a desear, a amar, a llorar... y a morir. Morir en tus brazos, sentir que el fuego nos consume a ambos al mismo tiempo, es lo mejor que mi existencia me está dando. Este es el final que yo he deseado vivir. Contigo. Juntos para siempre.

Eres todo lo que existe verdaderamente en mi corazón. No necesité ser inmortal, no necesité tener alas hermosas para volar... te necesité a tí. Te necesito conmigo. Mi cuerpo arderá y se consumirá con el tuyo, y mis cenizas serán tus cenizas.

Estoy desapareciendo de este Universo, de esta existencia, y todo lo que puedo hacer, encontrandome tan débil, es mirarte a los ojos. La llama del amor resplandece dentro de ti. Aquella chispa que me hace sonreír, te ilumina el rostro... eres tan hermosa. Todavía veo a la princesa... escondiéndose en los bosques de sus sueños, corriendo tras el viento. Todavía te veo en tu balcón, mirándome a lo lejos, hacia el cielo. Ahí estás.

Te amo, mi niña. Te amé, te amo, y siempre te voy a amar. Aún después de la muerte, la muerte no nos va a separar.

No hay nada que pida ahora. Ahora, lo entiendo todo.

No le temo a nada.



© Copyright 2003 Anairb Black (FictionPress ID:58435).


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