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Ella
Bea La Borde y el del metro
—¡Ten cuidado como andas!
—Estoy procurando no caer...
Jóvenes, frescos, llenos de vida y de perdición; corriendo rápidamente por la estación del metro francés mientras cierta mirada de repugnancia de una mujer mayor los observa.
Con una peluca de cabellos rojizos llenos de tonos brillantes, gafas negras, pintalabios rojo en sus labios, pantalón de lona, playera blanca a punto de romperse, gabardina café y una guitarra sostenida en su espalda va ella.
Con una peluca rubia, con un beso de mujer en su mejilla, un pantalón de lona, una camisa rota, una chumpa negra y una bufanda va él.
El metro se detiene enfrente de sus ojos.
—¡Apúrate que hace un frío desgraciado! —con una sonrisa él la avienta a ella dentro del metro.
Ambos se ríen desquiciadamente, entrando luego él, mientras las miradas de todos los del metro se dirigen hacia ellos.
Una señora sacando su rosario espera que no sean ladrones, un niño que se había entretenido jugando con su pelota se convierte todo su mirar para ellos mientras su madre le intenta tapar los ojos, y la mirada gris de un joven de cabellos negros se dirige hacia ellos.
Se nota el rostro molesto de aquel muchacho al ver como se sientan justo detrás de él aquellos dos, con un suspirar intenta ignorar sus risas estúpidas y alguna que otra palabra obscena.
—Odio irme en metro —piensa el muchacho de cabellos negros, mientras prefiere leer unos documentos que posee en sus manos.
Bien abrigado se encuentra aquel muchacho, con su gabardina café, suéter negro, pantalón de vestir negro, guantes, tennis, su rostro destella de blancura por el frío inmenso que se vive en esa época en el país.
—¡No, déjame!
De repente se empieza a quejar la muchacha, aquel chico intentaba de besarla en el cuello, mientras no tenía control sobre sus manos.
—¡Déjame ya! —le insistía la muchacha a su compañero.
—¿Quieres dejarla? ¿Sí?
Intervino de repente el muchacho de cabellos negros en la escena de las dos vidas perdidas.
—Por favor, hay un niño aquí y gente que quiere que sus oídos descansen de los chillidos de esta mujer...
—¡Pero que tipo! —se separa el muchacho de peluca rubia de la muchacha, mientras ésta observa sorprendida a su defensor—. ¿Cómo me lo vas a impedir metido? ¡Esto es entre ella y yo!
—Ella, tú y el metro... No impido que hagan sus porquerías, pero no dentro de este metro y menos detrás mío... ¿Sí? —aquella forma sarcástica de hablar era única de aquel muchacho.
—¡Jajajaja! —ríe en tono sarcástico el muchacho—. ¿Y qué vas a hacer para detenerme? ¿Vas a llamar a la policía o qué niño de mami?
De repente el chico de peluca rubia recibe un puñetazo por parte del chico de cabellos negros que de una vez lo deja inconsciente en el piso del metro ante la mirada sorprendida de los presentes.
—No necesito de un policía... —serio el muchacho se pone de pie, ya era su parada—. Y no soy hijo de mami... Buenas noches...
Sale del metro con pesar, lleva un maletín café entre sus manos, se congela del frío aún no puede entender como esos chicos pueden andar en esa vida tan perdida.
—¡Espera!
La muchacha de pronto empieza a seguirlo, mientras el muchacho no puede evitar tener cara de desesperación y procurar ignorarla.
—¡Lo que hiciste fue fantástico! —la muchacha más rápida que él lo alcanza para estar a su lado—. Eres el primero que logra dejarlo inconsciente...
—Tumbar a un drogado no es fantástico, créemelo... Mejor no te metas en problemas y déjame en paz...
—¿De qué hablas? Cuando despierte estará furioso conmigo, mejor me quedo contigo y asunto arreglado.
—Yo no me quedo con perdidas, lo siento...
Ante la boca abierta de la muchacha aquel hombre se adelanta, pero sin detenerse lo sigue con rapidez.
—¡Mi nombre es Beatriz La Borde! —vuelve rápidamente a su lado—. Pero me puedes decir Bea.
—Ah, que bueno...
—¿Y tú cómo te llamas?
—“No te he visto, no te conozco, no existo, punto”
—¡Que nombre tan largo!
Ambos terminan saliendo de la estación del metro, parecía Bea un tipo de garrapata ante aquel muchacho, pero en fin, cuando ella se empeña en algo no es fácil que desista.
—Yo quiero ser cantante, así, una cantante muy famoso, he compuesto unas canciones... ¿Quieres oírlas?
—No, gracias, me abstengo del honor.
—Hoy fui a una disquera, pero me rechazaron, así que me fue con Zoe, mi ex amigo a este paso, y fuimos a una fiesta, tú sabes...
—No, no sé.
—¿No vas a fiestas?
Se detiene el muchacho en una pequeña tienda en la cual atiende un señor gordo y de cabellos rojizos, con varios tatuajes en sus brazos y una expresión de “o compran o se largan” única.
—¿Me vende unos cigarrillos?
—¡Yo tengo unos! —interviene Bea mostrándole unos dos que poseía—. Es lo mínimo que puedo darte por haberme salvado.
—¿De qué hablas?
—¿Los quiere señor? —pregunta el de la tienda ya molesto.
—Sí señor, discúlpela, no la conozco... —así el señor se dirige hacia los cigarrillos.
—¿Por qué no quieres aceptar? —pregunta Bea entristecida.
—Te debería de demandar, me estás ofreciendo droga narcotraficante...
—¿Narcotraficante?
—Aquí tiene —interrumpe el de la tienda.
—Gracias... —pagándole se retira el muchacho siendo seguido por Bea.
—¿Es droga? —pregunta Bea toda idiota—. Ya decía yo...
—Déjame en paz o te vas a perder —el muchacho se detiene dirigiéndole una mirada de odio total.
—Te seguiré infinitamente...
—Pues al próximo lugar que irás será la cárcel si no me dejas en paz...
—¿Por qué? ¡Negaré todo lo que digas en mi contra!
—Verás... —serio el muchacho saca de su gabardina su billetera, así la abre enfrente de ella y le muestra claramente su placa, provocando una sorpresa inigualable en Bea—. Soy policía, trabajo en la zona de detectives y pondré una demanda contra ti Beatriz La Boba por ofrecerle droga a un policía... Si te quedas aquí paradita, me dejas ir y luego te largas no habrá tal demanda para ti y tu canción se oirá en emisoras de radio, no en la cárcel... Buenas noches...
Sin decir más el policía se da la media vuelta, dejando paradita a Bea que sólo lo observa partir mientras hace pucheritos por haberlo perdido.
—¡Ni te esmeres en huir que no lo lograrás! —le grita Bea quedándose sin movimiento, mientras el policía sólo la ignora—. Ya te encontraré y no escaparás...
Era de mañana, la luz le pegaba justo en la cara para hacerla de despertador, su departamento estaba hecho un lío, todo tirado, su ropa en cualquier parte, sus pinturas aplastadas, papeles en general y lleno todo de polvo.
Se lleva las manos a la cabeza, ni siquiera se había metido entre las sábanas, se había quedado con la misma ropa de aquel día, lentamente Bea La Borde se fue levantando de su cama.
—Maldito Zoe... —maldice a su amigo, mientras intenta que sus ojos observen bien todo lo que hay su alrededor—. Ayer no estaba de humor para drogarme...
Se pone de pie, mientras termina de aplastar sus pinturas y deja los papeles llenos de huellas, se dirige a su refrigeradora, saca licor y se lo coloca sobre su cabeza.
—Está helado... —dice mientras intenta que el dolor de cabeza se le pase—. Ay, ay, ay, ay...
Se quita la peluca de su cabeza, mostrando sus hermosos cabellos rubios, luego las gafas enseñando sus ojos verdes como perlas, tiene un hermoso lunar cerca de su boca que la hace ver más atractiva, mientras su mirada se dirige hacia su guitarra en el piso.
—Si es cierto que ayer volví a fracasar... —se lamenta—. Creo que me doy, no sirvo para eso de ser cantante, mejor me meteré de actriz...
Pero en aquel momento se le viene la imagen de aquel joven policía que la había mandado a volar sin tan solo conocerla... Aunque la primera impresión no había sido muy grata.
—Es cierto que ese policía “No... Punto algo” no me dejo seguirle... Ni tampoco me dijo su nombre y ni siquiera sé en donde baje del metro ni como regresé... ¡Sólo me recuerdo de su rostro! Ay, esto me ocasiona más dolor de cabeza —se lamenta Bea—. ¿Me dijo que yo era una perdida verdad?
El despertador sonó justo a tiempo y fue apagado después de un toque.
Su departamento estaba fantásticamente arreglada, todo puesto en su lugar, un ambiente de tranquilidad único y un tono oscuro inigualable.
Se sentó en su cama mientras se llevaba las manos a la cabeza, pero al fin se puso de pie, tenía puesto un pans y una camiseta blanca.
—¡Dolor de cabeza maldito! —se quejó al levantarse, viendo el reloj, eran las ocho de la mañana—. Maldición, maldición... Esa muchacha me arruinó la noche, me la pase teniendo pesadillas de que venía a drogarme la muy perdida...
—Leo... Leo...
Voz agitada, llena de dolor, respiración palpitante, una mujer lo llama.
Puede oír el policía aquella voz pronunciando “Leo”, es su nombre sin duda, lentamente voltea hacia su espalda, observaba una silla enfrente de su computadora, se pueden distinguir cabellos blancos en la cabecera, más una mano esquelética que está a punto de tocar el piso.
Evidentemente se nota sorprendido, observa hacia su saco que se encuentra colgado cerca de su cama, con rapidez se acerca a el, saca rápidamente una pistola de éste, luego las balas, intenta de cargarla.
Mientras él se dedica a esta acción se voltea la silla con lentitud, aquella silla de rodos, una mujer de cabellos blancos, completamente esquelética, vestida de blanco lentamente se va poniendo de pie, pareciera que los ojos se le fueran a salir.
La mirada de Leo se dirige hacia ella, mientras con dificultad termina de cargar su arma.
—Leo... Leo... Ayúdame... —lo sigue llamando la mujer.
—Demonios, demonios... —maldice Leo mientras apunta con su arma hacia la mujer, parece que sus ojos se empañan de lágrimas mientras una onda de desesperación lo recorre—. ¡Ya déjame en paz! ¡Déjame en paz YA!
—Ayúdame... Leo...
—¡Te lo merecías! ¡Yo no tengo la culpa! ¡Te lo merecías!
Dirige ágilmente su mirada gris hacia su computadora, observaba encima de esta un retrato.
Sin dudarlo dirige rápidamente su arma hacia aquella fotografía, disparando dos veces hacia ella, una bala le da a la computadora y otra al retrato, así este cae de un solo al suelo.
Al dirigir nuevamente la mirada hacia la mujer ya no se encuentra, vuelve la mirada hacia su computadora destrozada, dirigiéndose hacia ella, pero ignora a la pobre máquina y toma el retrato entre sus manos.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —sin dudarlo saca la foto desconocida para nosotros y la lanza en el basurero sin una mirada de lastima o preocupación—. aldición... Tendré que pagar... ¡OTRA reparación a la computadora! Si se puede, claro está...
Fin del primer capítuloClara Aguilar
Notas de la autora al final: ¡Hola! Este es un nuevo campo para mí, así espero por favor que me manden sus reviews dándome su opinión que siempre es grata para mi leer... ¡Por favor no dejen de opinar! Así sabré si alguien lee esto y como continuarlo... Gracias por detenerse a leerlo.
Clara Aguilar.