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Fiction » Humor » Ensayo sobre la ardilla font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Relicto
Fiction Rated: K - Spanish - General/Humor - Reviews: 2 - Published: 01-06-04 - Updated: 01-06-04 - id:1490714

~ Ensayo sobre la ardilla ~

I

Es bien  sabido que, de las criaturas mejor adaptadas al modelo urbano, ninguna le confiere a su entorno un aire tan delicioso como la ardilla.  Este roedor burlesco prolifera tanto en las plazoletas céntricas, donde fisgonea discreto a las parejitas encariñadas, como en los jardines universitarios de nuestras instituciones más renombradas, donde vive, sin importarle un bledo, al lado de las eminencias de nuestro país.

Mi infancia vive en Tampico, ciudad generosamente abastecida de plazas, y aún conservo vagos recuerdos carcomidos de las expediciones al Centro Histórico, donde uno compraba bolsa tras bolsa de cacahuates con el único fin de alimentar a las ardillas para ver como ametrallaban el suelo con los restos diminutos de la comida a medio masticar.  Había un esparcimiento inefable en dicha actividad, lo cual no deja de suscitar asombro, puesto que jamás me dio por contemplar a la perra que tuvimos mientras se embarraba el hocico de su embutido especial.  La perra se llamaba Blondie, era pequeña, lanuda y blanca, de raza indeterminada y de buen carácter.  Nos llevábamos bien.  Puedo decir de nuestra relación que fue mucho más afectuosa que la que sostuve largas horas con roedores desconocidos en la Plaza de Armas.  Sin embargo, en los paseos infantiles, algún impulso traicionero dentro de mí investía a las ardillas de un hálito seductor muy por encima de la lealtad y las payasadas del mejor amigo del hombre.

Para no sembrar enemistades entre los románticos, le reconozco de una vez a la ardilla su gracia, su belleza y hasta su ternura.  Para evidencia me basta mencionar el día que J. R. y yo caminábamos de nuestra habitación estudiantil a la conferencia de Peter Singer sobre los aspectos éticos de la globalización y nos detuvimos junto a unos arbustos desde donde una ardilla de ojos pávidos nos observaba inmóvil.  Al cabo de unos momentos, emprendimos nuevamente la marcha.  Súbitamente, sin indicios previos, este ser, que ni entonces ni ahora tiene la menor idea de la justificación utilitaria del intervencionismo económico en los países del tercer mundo, se proyectó por los aires casi medio metro, para colgarse de una rama superior que se sacudió impactada, sorprendida de la insensatez suicida del animal temerario, y que de milagro no sucumbió al tirón repentino del bulto.  Yo, por el contrario, aunque me memorice a pies juntillas las obras de Smith, Marx, Engels, Keynes, Hayek, Friedman, Bowles, Lucas, Barro, Laffer, Schultze y Blinder, de cualquier forma no podré saltar una tortilla.  Hay atletas más talentosos que yo, pero es innegable que en la acrobacia, el hombre parece junto a la ardilla un ladrillo de arcilla en la Gran Muralla, perdonando el trabalenguas, que como ser humano, el lector logrará pronunciar sin excesiva labor, cosa como muchas otras que una ardilla, pésele a quien le pese, no puede hacer.

La ardilla es tierna por su apariencia desprotegida, como los ancianos y los bebés.  Esto parece evidente, pero para mí no se volvió indisputable sino hasta que descubrí su rastro en la nieve.  En la primera nevada decembrina del año pasado, una semana antes del receso universitario, mientras me apresuraba al centro estudiantil para aliviar el frío, discerní en el manto lechoso del camino unas huellas breves y angostas, que semejaban las de un recién nacido, suponiendo, claro está, que pudiera andar a pie.  Me imaginé un angelito descalzo huyendo del aliento glacial de la tormenta y la impresión me avivó el paso.  Veinte segundos más tarde, un bólido rojizo y peludo esclareció el misterio de las pisadas y me dejó en claro que una criatura con huellas tan delicadas inevitablemente recolectaba merecida compasión.

El encanto magnético de la ardilla se impone aun sobre el juicio más atinado, como si el hombre instintivamente buscara contagiarse de irracionalidad.  Es más: la gente puede creer un sinnúmero de sandeces absurdas si se las oye a la ardilla, como sucedió cuando Dan y yo difundimos en broma el rumor de que habría una conferencia sobre el animal en cuestión en el auditorio principal de la universidad.  Dan elaboró un cartel con la imagen cautivante de una ardilla y el texto en letrotas imponentes, que anunciaba un coloquio del departamento de ingeniería genética, en el cual se analizaría la viabilidad de desarrollar una raza de ardillas anaranjadas “para hacerle compañía a las ardillas negras de la universidad y alimentar el espíritu cohesivo de la comunidad estudiantil”, puesto que los colores oficiales de la institución son el negro y el naranja.  El profesor Franz Hals (un retratista holandés del siglo diecisiete) iba a hacernos el honor de moderar la plática, que estaba programada para el viernes 21 de noviembre a las ocho de la noche en el célebre Alexander Hall (la fecha, hora y lugar de una presentación de “Titus Andronicus”).  Hasta abajo, para mayor información, el cartel ofrecía una página de Internet en letras minúsculas, o sea muy pequeñas, para que a nadie se le ocurriera visitar el sitio ficticio.

Imprimimos treinta copias y las distribuimos en los tableros de anuncios de los dormitorios cercanos.  No le comentamos a nadie de nuestra participación; Dan, que fue el de la idea, estaba empecinado en esperar hasta escuchar de boca de otros la mentira que había urdido él mismo.  Su vanidad se vio satisfecha al día siguiente.  Un australiano que vive en el cuarto de al lado mencionó casualmente que recién le habían dicho del coloquio y luego nos informó en tono pedante que algo había leído él de esas investigaciones científicas.  Luego salió de manera muy oportuna, porque no creo que hubiéramos aguantado la risa ni unos segundos más.

Para estas alturas, yo también tenía ganas de platicar con alguien de veras interesado en el foro, porque era sencillamente irrisorio que alguien pudiera pasar por alto lo inadmisible del asunto.  Ese deseo se nos cumplió el martes, a la hora de la cena, cuando un conocido de astucia exigua, pero de buen corazón, nos puso al tanto del evento.  De todos modos no aclaramos nada, ni entonces ni después, pero regresamos al cuarto muy satisfechos y de humor jocoso.  Nos lo encontramos la mañana del jueves, camino a clases, pero ahora se notaba defraudado.  Había intentado visitar la página de Internet, según nos dijo, y todo era un chasco desatento.  El pobre se entregó al embrujo artero de la ardilla, igual que el australiano y otros con quienes no conversamos directamente.  Que se diga en nuestra defensa que no teníamos malas intenciones, que lo hacíamos por divertir a quienes leyeran el cartel.  Si eso no convence, me remito a la apología del embustero y arguyo que cualquiera sin lucidez bastante para entender la broma merece una decepción levecita, para que aprenda.

II

Cuando siente que el invierno se le viene encima, la ardilla abandona su comportamiento deleitoso y se arma de una mezcla paradójica de diligencia y dejadez.  Busca pitanza con más agresividad, pero de tanta prosperidad, engorda.  Si le da por correr, corre más rápido.  Desea compartir comida sólo si ella tiene menos o no tiene.  Si la comida le sobra, la entierra para ingerirla después, o para que no se aproveche otra.  En fin, deja de ser quimera y llega a parecerse al ser humano, al terrenal, al de este mundo.

Aun en invierno le da por pelear.  He visto pelear a muchas ardillas.  Estarán resolviendo pleitos de los que uno no entiende, las ardillas son muy diferentes de nosotros; lo mejor es no meterse, que desenlace positivo no puede haber.

Hace un poco más de un mes, cuando ya se sentía en la sangre el espectro invernal, me dio por involucrarme en la vida de una ardilla.  Los pormenores son irrelevantes.  Estábamos en el jardín del comedor del colegio residencial.  Una tenía en las manos un trozo de pan viejo y endurecido, que roía sin clemencia ante los ojos pedigüeños de otra, que fue la que me conmovió cuando iba saliendo del comedor.  Me quedé pasmado, esperando por primera vez en mi vida con paciencia, hasta que acabó la opulenta de saciar su apetito y se dispuso a enterrar al pie de un árbol el pedazote que le sobró.  Luego se fue.  Mi ardilla no se movía, o se movía imperceptiblemente, así que me aproximé para entregarle los bienes inútiles de la opulenta.  Mi ardilla se dio a la fuga despavorida, temerosa de mí y de lo que significaba, pero no me rendí.  Desenterré lo que, según yo, le tocaba a mi ardilla y se lo puse enfrente.  Sucedió entonces algo que no me explico, que no pude racionalizar de ninguna forma, pese a todo el tiempo que le dediqué.  Se acercó mi ardilla a olfatear la ofrenda, luego con un movimiento brusco se marchó, se disparó hacia el centro del jardín, de pastos todavía verdes, y se tiró a la coladera.

Tomé el trozo de pan y lo inhumé en el lugar original.  No sé si sigue allí, ni me interesa.  Casi seguramente que sí, pero no vale la pena indagar, aunque me quede en el camino todos los días, porque desde el principio fue un error intervenir ciegamente en menesteres que no me pertenecían, creyendo que podía yo aportar algo, hacer justicia o simplemente entender.  Ese día, la ardilla perdió la magia que llevaba en mi corazón desde la infancia, desde antes de que viera la primera, y su encanto feneció.  Ahora tendrá la palabra mi hermano, quien me va a aconsejar que no sea terco y que deje de aplicar cuestionamientos morales a seres hermosos, bellísimos, cuya presencia adorna parajes inhóspitos y cuyo máximo regalo para nosotros es dejarse ver.  Me dirá que comprenda que la ardilla no puede pensar igual que yo y que eso no es bueno ni malo.  Y tendrá razón.  Quizá para la primavera ya tendremos más ganas de convivir, la ardilla conmigo y yo con ella.  Por ahora, es probable que todas mis impresiones sobre la ardilla se reduzcan a su misma preocupación invernal, al mismo desasosiego gélido y temporal del cual se encuentra víctima.

18 de diciembre de 2003 a 6 de enero de 2004



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