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Fiction » Fantasy » la maldición del pastel de chocolate font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: When wizards dream
Fiction Rated: K - Spanish - Supernatural/Humor - Reviews: 6 - Published: 01-10-04 - Updated: 01-10-04 - id:1494127

Esta tontería tiene su propia historia... es un castigo que nos impuso, el año pasado, la hija de la maestra de civismo por pericos "tendrán que escribir algo - cualquier cosa, receta de cocina o historia - de 2000 palabras sobre el pastel de chocolate" fueron exáctamente las instrucciones. Y, helas aquí, 2000 palabrotas (nunca antes había escrito algo tan largo!). Me las encontré hace poco, en la basura, y me gustó la cosa, aunque bastante tonta y jalada tiene un "algo" que me provoca quererla publicar. Damas y Caballeros, sintiéndome... un poco ridícula, a decir verdad, les presento

La maldición de…

El Pastel de Chocolate

Nunca me llevé bien con el pastel de chocolate. No es que no me guste, a mí el chocolate en cualquier forma me gusta, simplemente que, este pastel en especial, nunca quiso cooperar en nuestra amistad. No me digan loca, no hablo con pasteles ni los llevo al parque a andar en bicicleta. Simplemente algo había entre nosotros que nunca funcionó. Pero quizás te estoy confundiendo, así que mejor te cuento mis trágicas experiencias por las que nunca más me acercaré demasiado a un pastel de chocolate.

El primero de estos extraños sucesos tuvo lugar precisamente el día en el que nací. Fue una tarde lluviosa, donde la melancolía obligaba a las personas a comerse algo, si no querían ponerse a oír lentísimas marchas fúnebres y recordar los viejos tiempos. Mi madre, una de esas mujeres que por más esbeltas que estén siempre serán gordas en el fondo de su alma (seres de los que, si pudiera, escribiría toda una novela), no dudó en pedir un pastel de chocolate a la enfermera del hospital. Éste le fue negado, tenía que estar en ayunas por lo de la anestesia. Entonces, dijo con retumbante voz mi progenitora, que lo pongan a mi lado durante el parto. Tal fue la insistencia, que hasta los doctores tuvieron que ceder. Y, quién sabe por qué, lo primero que vi al salir del útero de mi madre fue el pastel ya varias veces mencionado. Inmediatamente después, mi padre, que había conseguido presenciar el parto, empezó a estornudar frenéticamente. Poco a poco nos fuimos dando cuenta – yo también, aún puedo ver la escena al cerrar los ojos – que cada vez que estornudaba se encogía cinco centímetros. Creo que todavía lo tenemos guardado en alguna caja de cerillos.

Pero ese fue solo el principio. A los cinco años, la cosa empeoró bastante. Mi madre decidió hacerme una fiesta de cumpleaños (ya estás suficientemente grandecita, me dijo) y, claro está, no pudo faltar el pastel de chocolate con cinco velitas en forma de los personajes de plaza Sésamo, así lo quise. No quería que vinieran niños, pero mi tío Lucas hizo tal escándalo que tuve que invitar a Robertito, niño destinado a ser un poco raro el resto de su vida, empezando por su extraña afición por los lápices labiales. Todo pasó de maravilla, hasta llegar a la hora del pastel. Quiero la barbie “a tu tamaño” que anuncian en la tele, fue lo que pensé antes de soplar las velitas. Algunos minutos después, a Robertito le empezaron a brotar cabellos largos y güeros, los ojos se le tiñeron de azul, y su cara sufrió ligeras variaciones, al igual que su cuerpo. Pero preferí botar mi nueva barbie, por si las moscas.

Tuve mi primer novio (del que francamente no vale la pena escribir más de seis líneas) a los siete años, fue un lindo morenito al que corté rápidamente, por tres razones: porque era demasiado aburrido y buena gente, porque no me gustaba su acento francés, y porque murió con una cuchara meticulosamente colocada en su estómago, después de haberme invitado uno de los ahora letales pasteles de chocolate.

Hubo una época en la que a las tienditas del cine les dio por vender pequeños pedazos de un pastel de chocolate. Y justamente en esa época fui, como todas las morbosas niñas de doce años, al estreno de Psicosis. No me di cuenta de lo de los pasteles hasta que tuve a un niño gordo al lado de mi devorando uno ávidamente (y asquerosamente, por cierto). Y ya no supe si el suspenso de la película era mayor al de la realidad, sobre todo porque ya me estaba dando cuenta de que lo que sucedía con los pasteles de chocolate no era bueno… Decidí que lo mejor era ignorarlo, quizás si me concentraba mucho en la película no pasaría nada. Pero en la escena de la regadera, la mano pegajosa del gordito fue a parar en la mía, y la repugnancia le ganó a mi sentido común. ¡Ya déjame, gordo asqueroso! El pobre niño se puso a llorar desconsoladamente, y terminó por inundar la sala. Hasta lástima me dio el pobre, mientras nadaba hacia la salida de la estancia.

Mi segundo novio fue bastante más interesante que el primero. Era un chico rebelde y greñudo que tocaba la batería y besaba bien. Salimos varias veces, al cine, a tiendas, o simplemente vagabundeábamos por la plaza, mientras platicábamos de la injusticia de los padres y de cuándo nos fugaríamos de nuestras casas para irnos a vivir en un pequeño departamento. Aunque Gerardo era un chico bastante más grande que yo (el tenía veintiséis, yo quince), nos llevábamos muy bien. Incluso me enseñó a fumar. Pero nuestro noviazgo no duró mucho. Un día, llegó a mi casa con un pastel de chocolate hecho por su madre (porque aunque muy independiente, no podía prescindir de su cocina). Y yo no lo quise dejar entrar. Ya habíamos hablado de esto, le dije, no quiero ver ningún pastel de chocolate cerca de nosotros. Gerardo me vio con una sonrisa burlona y acercó el pastel todavía más a mi ventana, intentando introducirlo a mi cuarto. Era el colmo: yo que trataba de protegerlo, y él me hacía esto. Y con un impulso repentino, sujeté la charola y le estrellé el pastel en su cara, bien se lo tenía merecido. Por lo menos déjame entrar a limpiarme, me pidió, y yo accedí. Pero por más que trató, el pastel no se quitó. Así que se fue furibundo y hasta refunfuñando. No me atreví a reírme, pero la verdad es que se veía muy gracioso.

Varios años pasaron desde entonces, sin que ningún pastel de chocolate me arruinara la tarde. Es más, un día en el que estaba sola y sin nada que hacer hasta pedí uno en un restaurante y no pasó nada (no me enteré hasta mucho después que el mesero que me atendía se calló y se convirtió en parte del piso). Así que me fui relejando poco a poco con lo que había sido en mayor problema de mi vida. Tanto que terminé por olvidarlo. Me convertí en una ilustradora bastante conocida, y viajé por todo el mundo haciendo ilustraciones de los más hermosos cuentos. Ya sabes que cuando uno tiene tanto en la cabeza no se da tiempo para pensar.

Por eso mismo fue que no se me ocurrió que el pastel que le estaba haciendo a mi nueva cita era todo un peligro. Me quedó realmente monísimo, con su cerecita en medio y todo. Ya estaba yo pensando en casarme y tener una vida más tranquila. Desafortunadamente, a mi cita le salieron escamas, su cuello se alargó un poco… y en unos cuantos minutos, un camaleón gigante salió de mi casa diciendo “la cena estuvo deliciosa, querida”.

Fui a parar a la cárcel. Un policía vio la escena de la extraña despedida, y, después de llamar al zoológico (no soy un camaleón, soy un ser humano! fue lo que gritó mi cita), me arrestó por tener un espécimen como ése en mi casa. Dos años en prisión. No te preocupes, me susurró un chico que pasó al lado de mi mientras íbamos caminando hacia mi condena, te traeré algo para que no mueras de hambre… pasteles de chocolate. Maldita sea. ¿Cómo iba a sobrevivir en un lugar tan chico lleno de pasteles de chocolate? Y entonces me calló el veinte: quizás, si yo lograba controlar los poderes del pastel, hasta podría salir de ahí antes de lo esperado. Y podría deshacerme de las personas indeseables en mi vida. Esperé algunas horas, y luego me fui impacientando. La cárcel era muy aburrida, y no me llegaba nada. Así pasé los dos años, aferrada a mi descabellado plan que no pudo darse.

Al fin logré salir, con muchos esfuerzos, mucho papeleo y muchas mordidas. Fue una salida gloriosa, sentí que hasta el sol me daba la bienvenida. Pero mi cabeza ya no estaba del todo cuerda, y mi mente solo se concentraba en una cosa, encontrar un pastel de chocolate. Pero, ¡oh, desgracia! En un periódico tirado, se veían los titulares:

Escasez mundial de pasteles de chocolate

“¡Ajh!” fue la única palabra que pude pronunciar ante tal desgracia, “¡ajh!”

- ¡Pst! Por aquí.

Seguí la voz que me llamaba, y descubrí que una puerta muy bien camuflada se abría cauelosamente. Entré rápidamente, y cerré la puerta tras de mi. La oscuridad solo me permitía ver una figura que caminaba. La seguí. Conforme avanzábamos, el túnel se fue iluminando por luces tenues que parecían no venir de ningún lugar. También pude distinguir mejor la figura que estaba delante de mi: era una persona encapuchada, con pantalones cafés y zapatos plateados. Se me ocurrió pensar que parecía un pastel de chocolate.

- Tiene usted toda la razón.

Sentí un escalofrío. ¿Estaba acaso aquella persona leyendo mis pensamientos?

Pronto llegamos a una amplia sala redonda. Alrededor de la pared yacían otras figuras encapuchadas y sentadas en sillas de plata. En medio, una escultura magnífica de un majestuoso pastel de chocolate.

- Bienvenida, extraña. Ahora estás en la secta de los pasteles de chocolate.

Abrí la boca, pero ningún sonido salió de ella. Preferí cerrarla.

- Sabemos lo que estas planeando – dijo el más sabio de todos los de la secta – nosotros podemos ayudarte. Pero primero tienes que jurar ante la Biblia Pastelocochoideusa que no revelarás la existencia de esta secta, ni nada que de ella aprendas.

- Lo juro – dije yo, algo confusa.

- Muy bien. Esto es lo que vas a hacer: solo quedan cuatro pasteles de chocolate en el mundo. Y uno de ellos está aquí, en esta ciudad. Es inmensamente caro, claro está, y ni el más rico de los hombres podría comprarlo. Además, está muy bien guardado, es imposible robarlo. Pero tú puedes conseguirlo.

- ¿Cómo?

No pude oír las larguísimas instrucciones que me dieron, solo un zumbido que me decía vete, corre, huye. Obedecí. Solo pude estar tranquila cuando estuve lo suficientemente lejos de aquél lugar.

¿Y ahora qué? te preguntarás. ¿Qué inventará esta niña para llenar las 310 palabras que le faltan? Pues bien, te contaré el final de mi trágica historia. La secta de los pasteles de chocolate se deshizo, pues la crisis pastelichocolatosa solo duró un día (los pasteleros aceleraron la creación de nuevos pasteles que salieron al mercado al día siguiente). En lo que respecta a mi pequeño problema con estos pasteles, procuro no estar cerca de ninguno, pero estoy tranquila. Sé que muchos accidentes de este tipo seguirán ocurriendo, haga lo que haga, así que me resigno a evitarlos si puedo. Y si no pues ni modo.

Epílogo


Muchos le han dado poderes místicos al chocolate. Algunos dicen que es afrodisíaco, otros que te protege de los malos espíritus o te ayuda a resolver tus penas. Y supongo que el pastel de chocolate, al tener chocolate, tiene estas propiedades, más las del huevo, la harina, la leche, y todos sus demás ingredientes. De hecho, ahora que lo pienso, podríamos asignar propiedades místicas a todos los platillos, del más simple al más complejo. Pero, no sé si te has dado cuenta, comer se considera algo totalmente despectivo. Sí, las personas flacas son más bonitas, y están más sanas, pero… ¿qué hay de aquellos cuya alma es gorda, por ejemplo? ¿Ellos no tienen derecho a ser gordos por afuera también? Pero bueno, me estoy desviando del tema. A lo que quiero llegar es a que, con esta moda de las dietas y todo esto, estamos olvidando todo el misticismo de la comida. Y de paso el de los pasteles de chocolate. Pero déjame decirte que, la noche en la que fui concebida, mis padres comieron un pedazo de pastel de chocolate antes de comenzar. Y mira lo que resultó: un divertido personaje que te ha entretenido durante varios minutos con sus historias descabelladas. Algún mérito ha de tener que tener eso…

Aquí se termina esta loca loca historia.



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