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DRAGON NEGRO
La noche estaba serena y la neblina se asentaba perezosa sobre el paisaje. Los picos de las montañas sobresalían como islas de un etéreo mar. Los pálidos rayos de la luna iluminaban el blanco paisaje. Una pincelada multicolor quebró la nítida superficie, soberbio, arrastrando tras de sí la espumosa neblina. Su cuerpo, cubierto por fantasmal brillo, danzaba sensualmente al compás de la música nocturna; provocando, rozando apenas la estática superficie.
El Castillo de la Reina de las Nieves refulgía magnífico en lo alto de la Montaña Blanca y sus murallas de cristal reflejaban los colores de la aurora naciente. Un mágico paisaje sólo para las platinadas estrellas que brillaban aquí y allá, como Dragón jugueteaba en la húmeda atmósfera, en silencioso vaivén. Cuando pasaba cerca de las copas de los árboles escuchó un sonido, como el de un ciervo herido y prestó atención por ver si encontraba el lugar de donde provenía. Luego de asegurarse descendió con cautela y comenzó a explorar. No era mucho lo que podía ver entre la neblina del bosque, a veces el sonido era tan débil que perdía el camino.
Por unos instantes la luna iluminó claramente el lugar y sus rayos se reflejaron vagamente sobre un objeto metálico. Se acercó despacio y allí, tirado entre las hojas, tiritando, encontró un joven. Tenía atravesado en su costado una daga, cuya hoja se había deslizado por entre las planchas protectoras de su armadura. Apenas podía respirar y cada vez con menos fuerza. Dragón se compadeció de inmediato. Con cuidado lo tomó entre sus garras y lo llevó hasta su cueva. Allí lo calentó con su propio fuego, sacó la daga y con su aliento curó la herida. Cuando finalmente vio que el joven respiraba más acompasadamente se echó en la entrada de la cueva y se dispuso a tomar una larga siesta.
El joven no despertó en todo el día y Dragón le dejó descansar. Temprano en la mañana, Dragón salió a buscar el desayuno por lo cual el joven no supo dónde se encontraba cuando despertó. Se sentía débil aún y de repente pensó que se hallaba en una enorme caverna, mientras más tiempo pasaba tenía la sensación de hallarse en la cueva de su más terrible enemigo. Más reaccionó luego que su enemigo ya le hubiese dado muerte por el odio que albergaba. Pero definitivamente le parecía que aquella cueva pertenecía a un dragón; de sólo pensarlo se estremeció.
Apenas se hallaba meditando en ello cuando repentinamente Dragón apareció en la entrada de la cueva. El susto del joven le hizo palidecer aún más de lo que estaba. No podía escapar, estaba perdido. Dragón se acercó lentamente pero sólo lo necesario para dejar caer ante el joven frutas y bayas del bosque. Nunca imaginó el joven que semejante bestia pudiera ser responsable de tal acto, pero aceptó lo que el animal le ofrecía por miedo a enfadarlo. Dragón se complació de verlo comer pues había escogido la fruta más dulce del bosque.
Mientras el joven comía, Dragón lo observaba detenidamente. Podía sentir el miedo que le provocaba y no lo culpaba, su sola presencia hacía temblar el bosque. Mientras más lo observaba más claro tenía que no podía ser uno de esos caballeros a la caza de aventuras. En sus modales lo intuía. Aunque un poco desaliñado, se notaba cierta nobleza en sus gestos. Sus cabellos castaños, apenas rizados y bien cortados. Sus ojos como el color de la miel que gotea del panal en la mañana y se ilumina con los rayos del sol. Transparentes, dorados y muy brillantes.
El joven por su parte disfrutaba el desayuno que se le había ofrecido, pero con cierta cautela. Observaba a Dragón disimuladamente. El pecho cubierto de enormes escamas, como escudos que reflejaban un oscuro espectro de colores. Las garras encorvadas y filosas, los dientes en aserrada fila y los cuernos curvados hacia el cielo. El calor que emanaba de su cuerpo lo reconfortaba del frío que reinaba en la cueva. Cada ala de Dragón comenzaba y terminaba con un afilado cuerno, haciéndolas más peligrosas. Su cuerpo de apariencia pesado, pero de formas ágiles, todo cubierto de escamas. Era impresionante ver tan de cerca a tan terrible animal. Pero ya cerca del anochecer, el joven había perdido parte de su miedo.
Sin embargo, no creía que aquella bestia fuera tan mansa como aparentaba. Tenía la firme creencia que los dragones eran crueles y destructivos, un animal cuya apariencia era tan siniestra tenía que ser malévolo. Pero tenía algo que no armonizaba con aquella fiereza. Algo muy dentro de su mirada que hipnotizaba, una mezcla de ternura y picardía.
La tarde fue cediendo a la noche y las nubes rosadas de bordes dorados se fueron apagando. Lentamente el frío bajó de la helada cumbre de la montaña y penetró en la cueva. Dragón se echó cerca del joven y su calor entibió la cueva.
El joven no podía dormir, pensaba en todo lo que había pasado y se culpaba por los errores que había cometido. Quizás no tendría enemigo si no se hubiera dejado llevar por la insensatez. Su padre se lo había advertido y ahora no tenía más que su recuerdo. Todo lo que amaba y recordaba ya no existía, todo por un tonto deseo de poseer lo que no le pertenecía.
Esos eran sus pensamientos todas las noches, mas esta noche era diferente. Aún podía quedarle un rayo de esperanza, su enemigo quizás le perdonaría aunque era una idea muy remota. Era la primera noche que descansaba; desde que cometió aquel gran error había sido perseguido día y noche sin descanso. Poco a poco el sueño le venció y ya no pensó en nada.
El amanecer sorprendió a Dragón aún dormido, ronroneando cual si fuera un gatito. El joven se había levantado temprano y lo observaba. Se sentía mejor y se estaba en pie, muy cerca de Dragón. Se hallaba absorto contemplando las fuertes escamas del animal, que si en la tarde habían reflejado un oscuro espectro de colores ahora reflejaban los espléndidos colores de la aurora.
Un rayo de sol despertó a Dragón, trató de cubrirse con sus alas pero el calor del sol le instaba a levantarse. "Vaya dragón perezoso", pensó el joven. Al fin Dragón se levantó y estiró las alas. Al darse vuelta y ver al joven en pie, quiso cerciorarse de que estaba bien. Se le acercó y lo olisqueó, el joven temblaba al sentir aquellos dientes tan cerca, más Dragón sólo curioseaba. Pensó que ya era tiempo de regresarlo al bosque.
Dragón se acercó un poco más y así como avanzaba el joven retrocedía, pues quizás la bestia no era tan mansa como pensaba. Dragón lo tomó con cuidado entre sus garras, se acercó a la entrada de la cueva y como si el viento le obedeciera se remontó en la brisa. Ya sobre el bosque descendió suavemente en un claro y allí lo dejó libre. El joven y la bestia se miraron unos instantes, como diciéndose adiós. Entonces el joven musitó: "Ni siquiera sé si puedes entender lo que digo, pero de todas formas, agradezco tu ayuda. Mi nombre es Loup Du Soleil y siempre estaré en deuda contigo". Dicho lo cual se internó en el bosque.
Dragón sonrió para sus adentros y se dispuso a recorrer su amado bosque. Luego de haber pasado el lago en medio del bosque, un fuerte presentimiento lo detuvo y le hizo regresar para cerciorarse de que Loup estaba bien. Era la sensación de que algo no andaba bien en el bosque.
Escuchó como si alguien corriera por el bosque y se apresuró. Cuando finalmente llegó al lugar Loup se hallaba en el suelo y un caballero de negra armadura levantaba su espada para dar el golpe fatal. Entonces Dragón salió de su escondite y de un zarpazo quebró la espada. El caballero estaba asombrado pero no por eso retrocedió. Con la daga en mano le hizo frente al animal.
Dragón se molestó y trató de atraparlo entre sus garras, pero el caballero era muy escurridizo. Loup trató de hacerle frente al caballero más no tenía las fuerzas suficientes. Aquel caballero era casi tan fuerte como Dragón. En sus ojos sólo se reflejaba una furia incontenible. Dragón parecía contagiarse con aquella mirada y se enfurecía cada vez más. Por unos instantes lo tuvo en el suelo pero se le escurrió como una serpiente. Ya se estaba cansando de tan pequeño adversario, luego de lanzarle una bocanada de fuego que lo aturdió, tomó entre sus garras a Loup y se elevó, dejando al furioso caballero en el suelo.
Dragón decidió llevar a Loup al Castillo de la Reina de las Nieves, allí estaría a salvo hasta que aquel caballero abandonara el bosque. Dragón se elevó cada vez más, hasta alcanzar a ver la punta de la montaña, allí se encontraba el castillo. Se erguía espléndido, con sus murallas de cristal reflejando la luz en matices tornasolados.
Los rosales de la Reina estaban florecidos con su eterna primavera y su perfume llenaba la atmósfera encantada. Allí sus amigos los recibieron con alegría, ya sabían que Dragón no podía evitar ser tan cariñoso y lo abrazaban todos a la vez. Ellos hubiesen querido que Dragón se quedara desde la primera vez, pero el prefería su inaccesible cueva.
Sin hacer preguntas recibieron a Loup y lo llevaron a la torre norte para que descansara, desde allí se veía todo el bosque hasta sus confines. Pero Loup no se percató de mucho pues apenas se recostó quedó profundamente dormido. Dragón por su parte pasó el resto del día con sus amigos. Todos estaban ansiosos por saber de sus aventuras más sabían que él no podía contarlas.
Nuevamente la noche se fue haciendo dueña del cielo, esta vez con matices de oro y púrpura. Dragón se despidió de sus amigos y regreso a su cueva. El bosque se llenó de sombras y la neblinosa marea se adentro entre las frondas. La luna se dejo ver tímida y en el castillo todo quedó en silencio. Era cerca de la medianoche cuando una sombra se deslizó hasta la torre norte del castillo. Un estruendo despertó a los habitantes del castillo, algo los atacaba.
En el castillo no había guardias, nunca los habían necesitado, aún así trataron de repeler el ataque. Para sorpresa de todos, lo que atacaba el castillo no era humano, era un dragon, que en su furia destruía todos a su paso, incluso las torres de cristal. Su objetivo era la torre en donde se hallaba Loup quien continuaba dormido a pesar del ruido, sin sospechar que su mortal enemigo le había encontrado.
La Reina estaba muy asustada al igual que sus súbditos, pero ninguno podía contra aquella bestia. Las doradas garras del animal refulgían con las bocanadas de fuego que arrojaba a todos los que se le acercaban.
Pero algo detuvo a la furiosa bestia. Era Dragón, que al no poder dormir había decido asegurarse que todo estaba bien. Ambos dragones se enfrascaron en una colosal batalla. Dragón tenía cierta ventaja por ser más grande y fuerte, pero a la otra bestia la guiaba un odio avasallador. Se elevaron por los aires y continuaron luchando. Las garras del dragón que atacaba el castillo chispeaban al chocar contra las duras escamas de Dragón. El cielo nocturno comenzaba a llenarse de una densa humareda y el aire se volvió asfixiante.
A pesar de la magnitud de la batalla, ninguna de las bestias había logrado hacerse daño. A Dragón le parecía haber visto aquellos ojos, aquel mismo odio en alguna otra parte. No pasó mucho tiempo cuando los dos dragones, cansados, cayeron al suelo, haciendo temblar los cimientos de la Montaña Blanca y todo el castillo.
Al caer al suelo comenzaron a cornearse, provocando inmensas olas de energía. Dragón nunca había hecho aquello, toparse con un adversario, por lo que a la primera quedó algo aturdido. En ese instante, la bestia aprovechó para abrir un hueco en la torre norte, pero Dragón la volvió a atrapar y la arrastró lejos. Rodaron por el suelo atacándose furiosamente.
Justo cuando parecía que ambos dragones derrumbarían el castillo, se escuchó una voz. Era Loup, quien le suplicaba a la bestia que no continuara destruyendo el lugar, que se entregaría sin ofrecer resistencia. La bestia se detuvo momentáneamente y de un resuelto golpe dejó a Dragón aturdido en el suelo. Luego se acercó al joven y al hacerlo su lengua siseaba como la de una serpiente a punto de morder. Sin piedad lo arrebató de la torre y se elevó al escape.
Cuando Dragón pudo reponerse del golpe ya la bestia iba lejos, sin embargo no se desanimó y se elevó para perseguirla. Volaron toda la noche sin descanso, casi hasta el amanecer. Entonces el otro dragón descendió en lo que parecían ser las ruinas de un gran castillo en lo alto de un monte.
Dragón descendió cauteloso y recorrió las ruinas en busca del joven, finalmente lo encontró. Se hallaba tirado en medio de una especie de plazoleta y su cuerpo parecía inerte. A Dragón le pareció escuchar una risa resonar entre las ruinas, una risa cristalina, decididamente femenina.
Decididamente algo andaba mal en aquel lugar, todo parecía estar recién destruido. Dragón continuó acercándose, el lugar parecía un laberinto de escombros, paredes y murallas semidestruidas. Al pasar bajo uno de los arcos que rodeaban la plazoleta, un polvillo dorado lo cubrió.
De inmediato sintió un escozor en las escamas, como si ardiera. La risa se escuchó más cerca, aunque no podía ver de dónde provenía. Un leve dolor en las entrañas le molestaba y la cabeza le daba vueltas. Le pareció que todo se hacía enorme y cayó al suelo aturdido. Sin que Dragón se percatara de lo que sucedía, sus escamas se suavizaron y sus alas se achicaron hasta desaparecer. De repente se sintió tan indefenso que se acurrucó en el suelo y cerró los ojos con fuerza.
Sentía nauseas, quizo rugir pero no pudo. Cuando finalmente todo se detuvo, se encontraba tirado en el suelo. Trató de ponerse en pie, pero quedó a gatas. Buscó sus garras y en vez de eso encontró que tenía cinco, suaves y rosadas. Sentía la cabeza muy ligera pues en vez de cuernos algo suave le hacía cosquillas en la frente.
La risa se escuchaba muy cerca y sintió que alguien lo cubría con un manto. Al levantar la vista vio frente a sí a una esbelta muchacha. Tenía los cabellos largos y negros y reía complacida como quien hace una travesura. Le pareció muy bonita, pero en su rostro había una expresión dura. Cuando finalmente todo dejó de darle vueltas y su mente pudo pensar con más claridad, la realidad le vino como un balde de agua fría. Se había convertido en un ser humano, al instante se le hizo un nudo en la garganta y se le humedecieron los verdes ojos. Ya no quedaba nada de Dragón.
Todo lo que conociera le parecía extraño y hostil. Al pensar en lo indefenso que estaba ahora se acurrucó nuevamente en el suelo. Ya no escuchaba la risa de la muchacha.
Finalmente ella dejó de reir y lo observó complacida, Dragón estaba a sus pies. "Mi nombre es Suisei, ven conmigo." Pero Dragón no se movió. La muchacha se agachó y suavizó la voz, llamándolo nuevamente. Dragón continuó sin moverse, realmente no podía seguirla, no sabía siquiera cómo aunque hubiera querido.
Suisei se le acercó y tomando el rostro de Dragón entre sus manos lo observó detenidamente. "Lamento haberte convertido en humano, pero eres un adversario muy persistente." Dragón no le creyó una palabra y así se lo expresó en su mirada recelosa. Aquella muchacha le era conocida de cierta forma. Aquella mirada llena de odio que tanto le desagradaba, sus ojos parecían brillar maquiavélicamente.
De un tirón le ayudó a ponerse en pie. La cabeza aún le daba vueltas y le era difícil mantener el equilibrio por lo que tuvo que apoyarse en ella mientras caminaban hacia el interior de las ruinas. Para Dragón, la sensación de estar cerca de Suisei era algo molesta. Sin sus escamas como protección podía sentir hasta la más mínima brisa y Suisei estaba demasiado cerca para su gusto.
Poco a poco llegaron hasta lo que parecía ser la nave central del derrumbado castillo. Allí había armas y escudos aún relucientes, listos para la batalla. Además había ropas de seda y otras prendas. En un instante Suisei había vestido a Dragón. Extrañamente, ninguno de los dos sintió bochorno. "Vamos." le animó Suisei. "Quiero mostrarte algunas cosas y enseñarte cómo sobrevivir por el momento."
Lentamente subieron unas escalinatas medio destruidas que conducían a la única torre que continuaba erguida. Dragón comenzaba a caminar un poco mejor, la idea de caminar en dos patas se le iba haciendo más fácil. Al llegar a la punta de la torre Suisei le ofreció una espada.
En un principio Dragón se rehusó a tomarla, pero a insistencias de ella no pudo menos que aceptarla. Pasaron toda la mañana practicando con aquella arma. Dragón aprendía rápidamente gracias a su naturaleza de dragón. Mientras luchaba con ella, Dragón recordó finalmente dónde la había visto, ella tenía que ser el caballero del bosque, y de alguna manera, ella era también el dragón que había atacado el Castillo de la Reina de las Nieves. Lo que Dragón no entendía era el odio que emanaba del corazón de Suisei.
Era cerca del mediodía cuando Suisei decidió que estaba listo para su primer intento por lo que comenzó a atacarlo con menos consideración. En un principio Dragón eludió todos los ataques, pero en cierto momento, la espada de Suisei le rozó el pecho levemente. Dragón no supo qué le sucedió en ese momento, fue como si un rayo le hubiera pasado por todo el cuerpo. Se enfureció como nunca lo había hecho y en ese momento se olvidó que era humano, su sangre de dragón lo asfixiaba.
De un solo golpe desarmó a Suisei y la tomó del cuello contra la pared. Le parecía estar respirando azufre y le ardían los ojos. Pero al ver la sonrisa de Suisei se percató de lo que estaba sucediendo y horrorizado cayó de rodillas, temblando.
Suisei se enojó. "Nunca podrás vencer a un cazador con ese sentimentalismo. Te matarán antes de que te des cuenta." Dragón la miró sin entender y Suisei bajó de la torre.
Se sentía extraña, como si Dragón fuera su responsabilidad. Decidió ir a la plazoleta y terminar con la vida del joven que tanto odiaba, Loup Du Soleil. Aquel que la había convertido en lo que era, que la había perseguido desde el momento mismo en que la vio. Llegando lo suficientemente bajo como para buscar aquel polvo maldito que la hacía sufrir cada mañana y cada tarde. Ella no lo mostraba, se hacía la fuerte, pero cada transformación la mataba lentamente. Ella no quería ser humana en ningún momento. Le desagradaba sentir la más mínima brisa, el saber que, aunque seguía siento fuerte, una simple flecha al corazón podría matarla.
No, es no podía seguir siendo su vida. Para su sorpresa, cuando llegó al lugar donde había dejado al joven, este ya no se encontraba allí, había escapado. Sin embargo, el rastro que había dejado era fácil de seguir. Estaba muy herido y no podría estar lejos. Comenzó a seguir el rastro pero el silbido de una flecha la detuvo.
Pasó muy cerca de donde estaba. Eran los cazadores, los habían encontrado. Echó a correr, tratando de alejarlos de las ruinas para que no hallaran a Dragón. Podía sentirlos muy cerca, casi rodeándola mientras huía entre los arbustos del jardín. Los cazadores tenían un fuerte instinto para encontrar dragones, pero no eran tan astutos como para atraparla, Suisei era tan escurridiza como una serpiente. Cuando pensaba que los había perdido, se petrificó al escuchar una voz que la llamaba. Era Dragón y de seguro los cazadores lo encontrarían pronto. Tenía que alejarlos de él. Pero cuando llegó era muy tarde, ya los cazadores tenían a Dragón encadenado y lo llevaban a su campamento.
Dragón iba con ellos sin sospechar lo que le esperaba. Tan sereno estaba que los cazadores comenzaron a dudar si sería una de aquellas temibles bestias. Los dragones encantados se reconocían por la mirada, pero por más que intentaban, no encontraban maldad en los ojos de Dragón, sólo ternura. Algunos cazadores pensaron en dejarlo en libertad, pero otros decían que no correrían riesgos. Finalmente la mayoría estuvo de acuerdo en matarlo antes del anochecer.
Suisei los escuchaba entre la espesura del bosque sin ser vista. Tenía que hacer algo antes del anochecer, quizás un pequeño trato con los cazadores, sólo para distraerlos el tiempo suficiente. Pero tendría que esperar justo antes del anochecer.
El sol comenzó a ocultarse lentamente entre las doradas nubes, con ese brillo amarillo que ciega la vista. Los cazadores arrastraron a Dragón hasta una enorme fogata que habían preparado. En ese momento apareció Suisei, ataviada con su armadura. Les gritó que eran unos tontos, que no sabían distinguir entre un dragón y un simple hombre.
Los cazadores se enojaron y le preguntaron qué sabía acerca del hombre que tenían prisionero. Ellos no adivinaron que quien les hablaba era Suisei, la confundieron con un caballero que pasaba. Suisei continuó dando razones, hilando frases mientras el sol continuaba su descenso sobre el horizonte.
Dragón, encadenado al pie de la fogata, sentía una molestia en las entrañas. Pronto comenzó a retorcerse y a gritar, transpiraba mucho y sentía que la cabeza le iba a estallar. De inmediato comenzó su transformación, sin que los cazadores lo notaran. Suisei tardó un poco más, los cazadores no sabían lo que sucedía, pero al ver a los dos dragones comprendieron el engaño.
Pero antes que pudieran hacer nada, Suisei y Dragón se elevaban por el aire, libres. Subieron muy alto y se quedaron a descansar sobre las montañas de piedra que rodeaban el castillo, inaccesibles a los cazadores. Antes del amanecer regresaron al castillo y se transformaron nuevamente en humanos. Dragón paseó un rato por el castillo y descendió en al jardín, allí encontró bayas y otras frutas para desayunar.
Suisei sólo pensaba en que Loup Du Soleil había escapado y ahora que Dragón estaba con ella no le sería fácil encontrarlo. Al recordar a Dragón se sintió preocupada, tal vez los cazadores estuvieran aún cerca del castillo. Decidió ir a buscarlo. Lo encontró despreocupadamente dormido sobre la hierba del jardín. El corazón le latió a prisa sin saber por qué.
Desde que Suisei era mujer, nunca había tenido esa sensación. Se había dedicado al odio y a la venganza. Aquel sentimiento era nuevo para ella. Realmente, aquella era la primera vez que estaba con otro dragón puesto que los cazadores exterminaban a la mayoría aún jóvenes. Ella estaba viva por su astucia.
Bajó hasta donde estaba Dragón profundamente dormido. Había comido bayas silvestres hasta satisfacer el hambre y descansaba. El sol se reflejaba en el cabello de Dragón en suaves destellos dorados. Suisei arrancó una florecilla del césped y le hizo cosquillas en las mejillas sin saber por qué lo hacía. Dragón entreabrió los ojos y sonrió levemente, luego volvió a dormirse.
Estaba confundida y no sabía qué le provocaba aquella leve sonrisa. Un ruido extraño captó su atención y despertó a Dragón. De entre la arboleda surgió el joven que tanto odiaba Suisei. Sus ropas estaban desgarradas y ensangrentadas. Los cazadores lo habían encontrado y poco faltó para que terminaran con su vida, la mañana lo había salvado. A duras penas había llegado hasta el castillo y estaba exhausto.
Suisei lo miró con desprecio. El joven por su parte, se apoyó en uno de los árboles y lentamente se sentó en las raíces. Respiraba con dificultad y era obvio que su vida terminaría pronto. Pero Suisei no se perdería de terminar con aquella vida. Lentamente fue desenvainando su espada y con ella al descubierto se acercó al joven. Loup no dijo nada cuando Suisei levantó su espada sobre su cabeza, parecía suplicar perdón con la mirada, pero nada más. Esperaría paciente la furia de la bestia.
Pero Suisei no pudo llevar a cabo su deseo, Dragón le quitó la espada con firmeza y la quebró en varios pedazos. Suisei estaba furiosa y se desquitó con Dragón. Estuvieron apenas unos segundos forcejeando silenciosamente. Cada momento aumentaba el furor de ella pero Dragón era más fuerte y no podría vencerlo. Le era mejor buscar otra forma de cumplir su deseo.
Loup no se movió del pie del árbol, allí se quedó inmóvil mientras Dragón vigilaba de lejos y Suisei también. Sabía que mientras Dragón estuviera allí nada podría hacer. Esos pensamientos le revolcaban el fuego en las entrañas a tal grado que parecía que respiraba azufre. De repente en su rostro se dibujó un gesto maquiavélico.
Sin que Dragón sospechara se internó en las ruinas. Cuando regresó Dragón aún vigilaba al joven que parecía dormir, más estaba inconsciente. Nunca imaginaría por qué Suisei lo odiaba tanto. El rencor de ella lo entristecía.
El sol matizó el cielo con pinceladas de azul y rosado, bordando encajes de oro en las nubes según las rozaba en su descenso. Fue entonces cuando Suisei apareció, se acercó desarmada a Loup, teniendo cuidado de no levantar sospechas en Dragón. Sin embargo, Dragón dudó de ella por la forma en que se movía hacia el joven, como las serpientes cuando acechan a su presa.
Se levantó lentamente, receloso y se unió a ella en su avance hacia el joven. Pero cuando se percató de que había algo extraño ya era demasiado tarde. Con un rápido movimiento, más hábilmente que la brisa al esparcir el polen, Suisei cubrió al joven con el polvillo dorado.
Dragón se horrorizó por lo que hizo, pero su transformación estaba cerca y no pudo hacer nada. Loup comenzó a transformarse, cuernos, garras y alas brotaron en poco tiempo. Suisei contempló su obra satisfecha, ahora Loup sabría lo que era ser perseguido día y noche por la codicia de otros. Sería un fenómeno entre los humanos y un monstruo entre los dragones.
Dragón le dirigió una mirada de reproche, no imaginaba semejante acto de maldad. Ambos dragones humanizados retornaron a su estado natural cuando el sol se ocultó y se dedicaban a observar al nuevo dragón.
Era más bien pequeño, completamente dorado y en apariencia frágil. Suisei quedó sorprendida por la belleza del nuevo dragón que continuaba dormido como si nada hubiese pasado. Se acercó despacio, pero sus retumbantes pasos despertaron a Loup. Sentía su cabeza pesada y el dolor de sus heridas había desaparecido. Movió suavemente la cola y agitó brevemente las alas. Sus ojos semejaban dos gotas de dorada miel y todo le daba vueltas. Todo le parecía tan pequeño. No atinaba a saber dónde estaba, no recordaba lo sucedido.
Suisei no podía creerlo, era tan hermoso. Sus alas, como fina seda dorada, los cuernos como labor de filigrana de oro y jaspe. Las escamas de Loup se escuchaban como monedas de oro y todo su rostro parecía esculpido y pulido por hábil artesano. Loup no era un monstruo, era un dragón de oro puro. Hasta las garras eran una obra de arte.
Dragón sonrió y Suisei se puso furiosa, su plan había sido frustrado. Trató de atacar al nuevo ahora convertido joven pero Dragón se interpuso y mientras luchaban, Loup extendió sus alas tembloso y se elevó en la negra noche.
La luna aún no aparecía y volaba sin rumbo, de inmediato Dragón y Suisei se elevaron tras él. Loup iba muy a prisa, era más ágil que los otros y no podían alcanzarlo. La suave brisa nocturna lo llevaba sin saber. Estuvo volando toda la noche, casi hasta el amanecer sin sospechar que pronto volvería a la normalidad.
Suisei y Dragón descendieron a tiempo para la transformación pero Loup continuó hasta que el dolor se hizo insoportable y cayó.
El calor del sol le hizo volver de su inconsciencia. Al mirar a su alrededor sólo vio arena, dorada y caliente. El dolor de sus heridas había regresado. Con trabajo logró ponerse en pie y a lo lejos le pareció ver un leve reflejo. Comenzó a caminar hacia él.
Mientras tanto, Dragón y Suisei caminaban en el mismo desierto. También habían visto aquel reflejo y para ellos, caminar sobre la arena no era una molestia, al fin y al cabo, seguían siendo dragones. Aunque su exterior era de humanos su fuerza era la misma. Según se acercaban pudieron distinguir que el reflejo provenía de un hermoso palacio hecho de oro y piedras preciosas como Loup.
Empujaron las puertas de plata y pasaron sin pedir permiso. Recorrieron los amplios salones hermosamente decorados. Podían escuchar murmullos y risas tras las paredes pero no veían a nadie. Finalmente llegaron a lo que parecía ser el salón principal.
Allí, sobre una enorme plataforma de oro y plata estaba Loup. Apenas respiraba y en su cuello había una pesada cadena, demasiado grande para que fuera a su medida.
Suisei se acercó y susurró. "Ahora no debieras llamarte Loup, sino Drakkar." Dragón no comprendió las palabras de ella. No tuvieron tiempo de decirse nada más porque cientos de hombres los rodearon. No eran cazadores, en realidad se veían muy diferentes. Los condujeron hasta lo que parecía ser el jardín interior del palacio. Allí había cientos de personas de todas las edades y de diferentes lugares.
Todos conversaban animados, parecía que algo estaba a punto de suceder. Dragón se acercó a ellos y Suisei se quedó un poco rezagada. Las personas hablaban de algo que sucedería esa noche.
Al ver a Dragón comenzaron a preguntarle cosas que no entendía. No podía contestarles nada, sólo se limitaba a negar con la cabeza. Uno de ellos le preguntó cuánto tiempo hacía que era dragón. La pregunta lo sorprendió y ante su respuesta todos comenzaron a reír, Dragón había dicho que desde el vientre de su madre.
Suisei lo tomó del brazo y se alejaron. Pasó el tiempo en aquel oasis en medio del desierto. El sol dejó de castigar tan duramente y la noche llegó sin apenas anunciarse. Entonces Dragón comprendió lo que sucedía. Todas aquellas personas estaban encantadas, eran dragones. Pero no eran como él y Suisei, no eran dragones reales.
A una señal todos se adentraron en el palacio y llegaron hasta el salón central. Allí estaba Loup, frente a él un dragón de alas desgarradas se comunicaba con los demás. Finalmente se rompería el hechizo. El anciano le ordenó a Loup que soplara con todas sus fuerzas.
Loup aspiró hasta que sintió que el pecho le iba a reventar y entonces sopló con fuerza. Un polvillo plateado cayó sobre el dragon y de inmediato recuperó su forma humana. Todos los dragones rugieron al unísono. Uno a uno fueron recuperando su forma cada vez que Loup soplaba sobre ellos. Algunos iban y regresaban con más dragones. El palacio se fue llenando de gente.
Cuando ya estaba casi amaneciendo le tocó el turno a Suisei. Ella no quería pararse frente a Loup, aún lo odiaba. Pero Dragón le había insistido y ella no podía continuar negándose. Loup aspiró con fuerza y sopló sobre Suisei el polvillo plateado. Pero no ocurrió nada. Suisei se comunicó mentalmente con Loup.
"En realidad no puedes romper mi hechizo, recuerda que soy un dragón verdadero. El único consuelo que me queda es que tú tampoco podrás librarte del hechizo. Eres el dragón señalado para liberar a los demás y todas las noches vendrán a tí, no podrás ser libre hasta que el último de ellos sea liberado. De ahora en adelante te llamarán Drakkar Du Soleil."
Suisei y Dragón salieron del palacio de oro y se adentraron en las arenas que comenzaban a calentarse con la luz del sol. Caminaron hasta llegar a lo que parecía ser un oasis. Habían palmeras y plantas, pero apenas había agua para beber. Era un oasias casi seco.
Suisei estaba demasiado triste para fijarse en pequeñeces. Dragón por su parte, se sentó en el lecho del oasis, bajo la sombra de una palmera. Miraba a lo lejos, extrañando su amado bosque. Suisei se sentía culpable por haberlo alejado de su hogar, lo miraba y su corzón perdía su acompasado ritmo. Aún no comprendía aquella sensación.
Seguramente debía ser usual para los humanos sentirla pero no para ella. Sin embargo, no podía ignorar lo que sentía. Sin pensar en lo que hacía, tomó las manos de dRagon y le hizo poner de pie. Entonces se arriesgó y lo abrazó con un poco de temor.
Dragón estaba sorprendido, pero hacía mucho que sentía esa extraña sensación cada vez que Suisei estaba cerca de él. Sin saberlo también la abrazó. El suelo a sus pies se estremeció y sin embargo ninguno de los dos parecía darse cuenta. Suisei comenzó a llorar. Algo se había roto dentro de su corazón y era como si un enorme peso cayera con cada una de sus lágrimas.
Lo que le sucedía a Suisei era que ese nuevo sentimiento era más fuerte que el odio y la venganza que la llenaban. Ya no quería destruir, sólo sentía paz, como si finalmente todo su interior se hubiera reconciliado. Seguía llorando y sus lágrimas cayeron sobre el lecho del oasis y la arena se estremeció más fuertemente.
Dragón tomó el rostro de Suisei entre sus manos e hizo algo que nunca había hecho, le dio un beso.
Todo el oasis se estremeció y alrededor de ellos estallaron las fuentes de agua, turbulentas. El oasis se llenó nuevamente y los cubrió parcialmente. Al instante emergieron los dragones, libres del hechizo, hacia el sol de mediodía. Uno al lado del otro, rozando las alas y llevados por la brisa.
La noche los sorprendió cuando llegaban al bosque y la luna ya brillaba en todo su esplendor. La neblina los esperaba entre las frondas y la Montaña Blanca los observaba mientras jugueteaban con la brisa.
Gracias por leer.