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Fiction » Romance » Amor de Lejos font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Alek-sc
Fiction Rated: T - Spanish - Romance - Reviews: 3 - Published: 07-01-04 - Updated: 07-01-04 - id:1653720
Amor de lejos

La vio en el balcón, sola, mirando las estrellas. Sintió un escalofrío pero se obligó a acercarse. Ella lo vio venir y le dirigió una mirada desinteresada.
- Veo que lo conseguiste - le dijo él.
- Sí, y sin tu ayuda - respondió ella.
El hombre sonrió ante el comentario despectivo. Sonrió porque no sabía hacer otra cosa, y porque esa máscara de confianza y seguridad era extremadamente efectiva contra ella.
La mujer, por su parte, decidió desviar la mirada hacia el balcón y las luces de la ciudad. Sabía que el hombre adoraba admirar su figura creyendo que ella no lo notaba, era un juego de seducción que jugaban los dos casi sin darse cuenta.
Hacían una buena pareja. Él era un tipo alto y fornido, de al menos treinta años. Una barba prolija y el cabello corto adornaban su cabeza, y un destello de inteligencia brillaba en sus ojos. Ella aparentaba veintinueve, pero él sabía que tenía treinta y tres. Algunas indecentes canas se dejaban ver entre los rizos de su cabello. Tenía una boca grande y expresiva, pómulos prominentes y ojos castaños. Los dos estaban vestidos para la ocasión: saco de vestir para él y un vestido largo rojo para ella.
Él prendió un cigarrillo y se apoyó en el balcón a su lado. Le ofreció uno.
- Dejé de fumar hace un año - respondió ella sin mirarlo.
- Te felicito. Siempre supe que eras capaz de todo si te lo proponías -
"Otra vez los halagos" pensó ella "¿es que no sabe hacer otra cosa?".
- ¿A qué viniste? -
- A verte, ¿no es obvio? -
"El mismo imbécil de siempre" pensó ella.
- ¿Cómo supiste que estaba acá? -
- Por un contacto en la editorial. Me dice el flaco: "no sabés la mina que hace de intérprete del yanqui.". No te voy a contar en detalle cómo te describió, pero por lo que me dijo adiviné que era vos. Y acá estoy -
Ella dejó escapar una risita pícara. La fiesta en honor al contingente norteamericano había salido en todos los diarios, y el nombre de ella figuraba entre los anfitriones. Por supuesto, a Daniel le gustaba exagerar sus relatos.
Ahora que la sorpresa del encuentro había pasado Tanya podía pensar con mayor claridad. Habían pasado más de seis años desde la última vez que se habían visto, y no fue una despedida agradable. Los dos vivieron una relación tempestuosa y llena de altibajos, con vaivenes de pasión, odio, desconfianza y amor.
Tanya se mantuvo en silencio por un momento, tomando decisiones en su mente. Había jurado no volver a pensar en Daniel, mucho menos dirigirle la palabra. Pero su presencia la perturbaba, y no sabía si rendirse a la emoción o mantener esa postura regia que tanto admiraba Daniel.
- Creo que verme no te alegra tanto como pensé - comentó Daniel como al pasar.
- Creo que fui clara cuando te dije que no quería volver a verte -
- Sí, lo fuiste. - murmuró él mientras fumaba nerviosamente su cigarrillo. Ella lo notó por las cenizas.
- Entonces ¿por qué estás acá? Esto no le hace bien a nadie -
Daniel la miró, y en sus ojos ella vio la chispa de burla de aquél que sabe que ya perdió y, por ende, no le teme al fracaso.
- Siempre fuiste tan inteligente. tan inteligente y audaz. ¿cómo puede ser alguien inteligente y audaz?. No te entiendo -
- Yo soy la que no te entiende a vos. - Tanya levantó la mano y le mostró un reluciente anillo de oro. Había frustración en su voz - Llevo dos años de casada. ¿No lo sabías? ¿no te lo mencionó tu 'contacto de la editorial'? -
Tanya clavó sus ojos en él, todavía con la mano levantada. Ese anillo se entrometía entre ellos tan metafóricamente que Daniel imaginó una muralla, o un abismo profundo y silencioso. Antes había sido igual. Lo que empezó como un romance juvenil se convirtió en un tire y afloje de sexo adulto y discusiones infantiles. "¿En qué fallamos?" se preguntó Daniel, mientras se dejaba devorar por los ojos de Tanya. Tiró el cigarrillo, sacó un papel de su bolsillo y, lentamente, tomó la mano de ella y le entregó el papel.
- ¿Eso qué tiene que ver? - dijo al fin con una sonrisa - No vine con la intención de reconquistarte. Creí que lo nuestro había terminado, ¿o es que todavía estás interesada en mí? -
Ella retiró su mano de inmediato.
- Sos un imbécil - respondió con odio y abandonó el jardín.

La fiesta siguió su curso, pero Tanya estaba devastada. No fue hasta un rato después que pudo relajarse y soltar la presión de sus puños cerrados, violetas ya por el esfuerzo. Al abrir su mano descubrió el papel que su ex-novio le dejó.
"Te espero en el jardín, cerca del bebedero de las palomas".
Volvió a estrujar el papel con fuerza, pero ya no era sólo desprecio lo que brillaba en su rostro, sino excitación. "¿Audaz?" se preguntó. "Sí, tal vez sea un poco alocada. Pero no tanto como para tirar al traste mi matrimonio. Ya no soy una pendeja".
"¿Cómo puede ser alguien inteligente y audaz?". Las palabras de Daniel retumbaron en su cabeza y se vio haciéndose la misma pregunta. Desde que terminó con Daniel su carrera profesional fue cada vez mejor. Se casó con un hombre de bien y consiguió trabajo en la Embajada como intérprete y RRPP. Logró todo lo que una vez quiso ser.
Pero ahora el regreso de Daniel la hizo recordar otras facetas de su vida. Facetas que hubiese preferido mantener escondidas, pasiones que era mejor ignorar. Poco a poco fue encerrándose en sí misma, hasta no escuchar nada a su alrededor, hasta llegar a ese escondrijo íntimo que sólo había compartido con un hombre, un hombre que la esperaba en el jardín, junto al bebedero de las palomas.
Se odió por ceder. Se odió por pensar. Se odió por ser tan inteligente y audaz a la vez, por sentir cosas enfrentadas y no poder decidirse. Y odió principalmente a Daniel por obligarla a tomar decisiones difíciles. Pero aún así, salió al patio.

Afuera hacía un clima agradable. Era abril, pero todavía hacía buen tiempo a pesar del otoño. Tanya se internó en el jardín de la Embajada tratando de no hacer ruido. La seguridad estaba concentrada en la entrada y el perímetro, pero el jardín estaba despejado.
Caminó con los zapatos en las manos y disfrutó del agradable masaje que le ofrecía la hierba en sus pies. Llegó al bebedero pero no vio a nadie. "Se cansó de esperar" pensó, entre aliviada y triste.
Entonces alguien la tomó del brazo y la hizo girarse. No llegó a gritar porque Daniel la besó profundamente. Notó su lengua impaciente por recorrer todas las partes de su boca y, sin darse cuenta, la de ella le correspondió.
Pero se separó de él, y con voz atribulada le dijo.
- Vine para hablar, sólo para hablar -
Él le sonrió.
- Entonces hablemos -
Se quedaron los dos en silencio. ¿Qué podrían llegar a decirse? ¿Te amo? Eso era ridículo, cada uno tenía su vida armada y eran lo suficientemente adultos como para saber que no era amor. ¿Una aventura? Era más que eso, porque ambos estaban conectados de alguna manera por el pasado. ¿Entonces qué? ¿Qué podían, en el nombre del cielo, llegar a decirse?.
A veces las cosas escapan al alcance de las palabras. Entonces no queda otra que recurrir al lenguaje de los ojos, al lenguaje del cuerpo. Esta vez fue Tanya la que besó a Daniel.
Hicieron el amor al pie de los árboles, junto al bebedero de las palomas. Durante ese tiempo ninguno de los dos tuvo pasado, presente o futuro. Perdieron el nombre, el apellido y el título, y se convirtieron en dos amantes furtivos. Se envolvieron en una paradoja de tiempo donde el amor era infinito, pero agitado, nervioso y rápido.
Daniel ahogó el grito de placer de Tanya besándola hasta dejarla sin aire. Poco a poco el tiempo fue retomando su ritmo habitual, hasta fluir normalmente entre el ruido de los autos y el coro nocturno de grillos.
Se vistieron y se arreglaron en silencio. Daniel buscó un cigarrillo y se lo puso en la boca, pero no lo encendió.
- Es tarde, tengo que volver - dijo Tanya.
Daniel asintió.
La chica comenzó a irse, pero se detuvo, volvió y besó a Daniel en la mejilla. Él le tomó la mano, pero ya era tarde. Ella se soltó y volvió a la Embajada con paso apresurado.
Una vez solo Daniel prendió el cigarrillo. Ya le había complicado demasiado la vida a Tanya, no quería ser también el culpable de que ella volviera a fumar.



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