Mucho se dice de la batalla del abismo de Rotciv, tanto que es ya una
leyenda, sin embargo nadie hay que lo cuente de primera mano, pues sólo
tres personas salimos de aquella matanza, y ahora, cuando ya la vida se me
escapa, he decidido relatar lo que vi, pese que nadie lo creerá.
Me uní al ejército de Acateza, al mando del General Ernest (ya saben,
el traidor) más de un año antes de la famosa batalla. En aquella época eran
todavía pocos los hombres que se atrevían a ir en contra de los demonios, y
el ejercito estaba formado en su mayoría por joven idealistas (como yo),
impulsados por las leyendas que escuchábamos del famoso Caballero Dragón.
Sí, el mismo Caballero Dragón que participó en la batalla y al todos
consideran un "héroe". Ya era una leyenda viviente entonces: el único
humano que había retado a los demonios y ganado, un poderoso hechicero y
único capaz de vencer a un demonio andante sin ayuda.
El ejército se había formado en la ciudad amurallada de Quelis, y de
ahí había salido al exterior cuando el Caballero Dragón primero retó a los
demonios. Siguieron su rastro, deshaciéndose de los demonios que él dejaba
vivos a su paso (no demasiados) y el ejército fue creciendo por cada aldea
que pasaba. Así fue que me uní, como un muchacho idealista y listo a
probarme a mí mismo.
Debo decir que el ejército no era lo que en un principio pensé. Tras
casi un año de acompañarlos y someterme a la rígida estructura militar
(algo nuevo para mí, acostumbrado a trabajar la tierra), apenas contaba con
el rango de cabo, lo que significaba que tenía casi todas las
responsabilidades de un oficial, pero sin los derechos de éstos.
Fue por entonces que lo vi por primera vez: El Caballero Dragón decidió
presentarse en nuestro campamento para hablar con Ernest. Yo había
escuchado mucho acerca de éste hombre: había quienes decía que no se
trataba de un hombre, y todos quienes lo describían lo pintaban alto como
un roble e igual de fuerte, de pecho amplio y marcados músculos, alguien
cuya presencia intimidaba, y cuyos ojos parecían lanzar fuego y hielo en
cada mirada. Ésta es la misma descripción que se le da actualmente, pero la
verdad es otra.
Llegó montado en su cabalgadura, y los guardias por poco lo atacan ,
pues creyeron era un tipo de demonio desconocido hasta entonces, o peor
aún; un dragón. Y es verdad que su cabalgadura asemeja a un dragón, aunque
al examinarla de cerca (mientras hablaba con el General) pude ver que era
mecánica, accionada probablemente por una poderosa magia.
El hombre que montaba no era grande como un roble y su complexión no
dejaba ver la fuerza por la que fuera famoso. Sus movimientos eran ágiles y
ligeros, y no creo haber sido el único que pensó que podría derrotarlo sin
dificultad. Llevaba la barba y el pelo largos y desaliñados, negros como la
pez, y sólo sus ojos respetaban la descripción, uno podía sentir que se
quemaba en esa mirada, o congelarse de espanto al ver el odio que emanaban.
En fin, fue aquella primera visita la que inició todo. No se quedó más
de un momento, dejando la tienda del General con violencia y retirándose
sin decir palabra. Todos nos sorprendimos, pues pensamos que aquellos dos
hombres, ambos leyendas vivientes llegarían a un acuerdo para convertirnos
en el más poderoso ejército humano en existencia.
Pues es importante decir que por aquel entonces el General Ernest
estaba considerado como el mejor general que el ejercito hubiera tenido.
Todos reconocíamos su superioridad estratégica y su capacidad para
mantenernos unidos y obligarnos a luchar cuando las circunstancias así lo
requerían.
La apresurada salida que el Caballero Dragón hizo de nuestro
campamento fue el primer golpe a la reputación del General, una que nadie
detectó, pero todos, sin saber siquiera lo que habían discutido, le dimos
la razón al Caballero Dragón y temimos la enemistad del Caballero Dragón.
Es difícil aceptar una leyenda cuando se convive con él, que idealizarlo
cuando sólo se han escuchado sus hazañas.
Sin embargo no nos ganamos la enemistad del Caballero Dragón, pues
regresó a los pocos días, de nuevo para hablar con el General. Al parecer
traía noticias importantes de los movimientos de los demonios, y el General
lo recibió amablemente. En aquella y otras ocasiones no se retiró, sino que
aceptó la hospitalidad del campamento y se quedó con nosotros por un par de
noches, para retirarse a la vanguardia después.
Debo admitir que utilizó sus periodos de estadía sabiamente, pues no
sólo nos demostró por qué era una leyenda viviente, sino que nos convenció
de su superioridad en todos los terrenos, incluso aquellos donde el General
había sobresalido. Me sorprendió el que nunca abandonara su espada larga,
la cual cargaba en la espalda, y siempre demostrara sus técnicas con la
espada corta de la cintura. Fue con esa espada que derrotó en dos
movimientos a nuestros mejores guerreros, desarmándolos y tirándolos sin
problemas. Mientras que podía contra tres de nosotros (soldados rasos) sin
siquiera desenvainar un arma.
Una vez que el Caballero Dragón se presentaba con el pelo y la barba
cortados, usando ropajes limpios y elegantes bien podía pasar por un noble
cuya espada no fuera sino decoración. No bebía, pero era afecto a reír con
los hombres en la cantina mientras contaba sus encuentros con demonios e
incluso con dragones. El General era el único que no encontraba tiempo para
escuchar dichas historias, y eso lo aprovechó el Caballero Dragón: El
General era como un padre para nosotros, y él se convirtió en nuestro mejor
amigo, al tiempo que nos hacía alcanzar la edad en que se deja de escuchar
al padre.
Pero no sólo fueron las obvias demostraciones de fuerza y capacidad que
nos dio el Caballero Dragón lo que nos hizo desear la acción. Fue él quien
nos contó los movimientos de los demonios, de cómo un Señor Oscuro
movilizaba sus siervos y cada vez el avanzar era más complicado. Nos hizo
ver cómo nos necesitaba y nuestro General se negaba a que entráramos en
batalla. Ninguno de nosotros se preguntó siquiera los motivos del General,
éramos como corderos para él, y nos dirigió a su voluntad.
Tuve la suerte de estar aposentado de centinela fuera de la tienda del
General cuando el Caballero Dragón realizó su última visita oficial a
nuestro campamento:
-Hola Ernest.- Saludó cordialmente el Caballero Dragón.
-¿A qué vienes ahora, Drak?- Respondió el General, muy poco contento
con su visitante.
-A planear el ataque, Ernest. El señor oscuro, como lo llaman, comienza
a prestarme atención, y necesito un ejército para enfrentarlo, no puedo yo
sólo.-
-Ni nosotros.- Lo interrumpió el General. -Por lo que me has dicho se
trata de un muy poderoso demonio, mi ejército no podría siquiera con las
tropas que has visto, mucho menos con todas las que debe tener escondidas.-
-¡No es verdad!- rugió el Caballero Dragón. -El señor oscuro no nos
considera suficientemente importantes, no tiene a su disposición más de
cuatro mil demonios. Tenemos más del doble de hombres, debemos aprovechar
la oportunidad antes que el señor oscuro se refuerce.-
-¡Se necesitan cinco hombres para derrotar a un demonio! ¡No somos lo
suficientemente fuertes para enfrentarlo, y no enviaré a mis hombres a
morir!- reclamó el General.
-¡Se hará lo que yo diga!- Bramó entonces el Caballero Dragón, luego
continuó, casi en un susurro. -¿A quién crees que seguirán si se los pido?-
Siguió un silencio sepulcral, y tiempo al pensar la mirada que hubo de
resistir el General.
-¿Estás seguro que ganaremos?- Preguntó al fin Ernest. Y recuerdo que
me sentí aliviado al saber que el General había aceptado, pues sabía que
dado el caso yo seguiría al Caballero Dragón, aunque no deseaba desertar de
mi ejército.
-Nunca entro a una batalla que no esté seguro puedo ganar. Y puedo
asegurarte, Ernest, que ningún demonio saldrá vivo de esta batalla.- Afirmó
el Caballero Dragón, casi riendo.
Discutieron muchas cosas más: enviar a todas las tropas, aún a aquellos
que no habían terminado su entrenamiento, la organización de los soldados y
lo que se nos permitiría llevar para el trayecto hasta el Abismo de Rotciv.
Fueron muchos puntos, todos propuestos por el Caballero Dragón, y que
finalmente el General aceptaba, con reticencia. Yo estaba silenciosamente
de parte del Caballero Dragón, como supongo lo estaba el resto del
ejército, y eso fue lo que el guerrero solitario utilizó para obligar al
General a aceptar todas sus demandas sobre la batalla.
Saliendo de la tienda del General, el Caballero Dragón se dirigió a la
taberna, donde comunicó su versión de la plática con el General a las
tropas. Se dedicó a subir la autoestima y a dar varias órdenes disfrazadas
de consejos para que la batalla se desarrollara tal como él la había
previsto, pues estoy seguro que desde entonces ya sabía exactamente cómo
iba a resultar todo.
El General se apegó a las instrucciones del Caballero Dragón, apresuró
el entrenamiento de las tropas y creó los mejores planes de batalla que
pudiera en el terreno que el Caballero Dragón había elegido para el
encuentro. Por nuestra parte, eso nos tenía sin cuidado, si el Caballero
Dragón estaba seguro que ganaríamos, entonces lo lograríamos, y casi todos
estábamos más que ansiosos de entrar en combate.
Debo reconocer que al menos el Caballero Dragón se encargó de que
estuviéramos lo mejor preparados que era posible, de nuevo sin decirlo, y
sin que pareciera que lo hacía. Durante sus anteriores visitas nos había
mostrado cómo pelear, nos había dado consejos dentro de sus anécdotas de
cómo atacar a éste o aquel demonio específico. Una vez supimos que
entraríamos en batalla nos dedicamos con toda nuestra energía a practicar
aquello que el Caballero Dragón nos había mostrado, dejando de lado el
resto de nuestro entrenamiento y, muchas veces, la disciplina.
El General hizo lo que pudo para mantener el orden y la línea de
comando intacta. De no haber sido por él, el ejército se hubiera
desmembrado sobre sí mismo mucho antes de llegar a la batalla, lo cuál,
viéndolo en retrospectiva, tal vez hubiera sido mejor. Pero ya no vale la
pena quejarse por eso.
Durante el mes que siguió el ejército cambió más de lo que había
cambiado en el resto de su existencia. Muchos fuimos promovidos sin la
experiencia necesaria, y algunos oficiales fueron degradados para calmar a
las tropas.
Y así es que me encontré, con el rango de Coronel y medio centenar de
hombres a mis órdenes, ante el Abismo de Rotciv. Era un lugar extraño, muy
frío y seco, tanto que parecía que el aire se pegaba a la piel e intentaba
arrancarla. Las armaduras que usábamos eran ligeras, pues ninguna armadura
puede proteger de la espada de un demonio, y es mejor ser capaz de moverse.
El Abismo de Rotciv había sido el lecho de un gran río, hasta que
alguna catástrofe levantó montañas bloqueando el cauce y creando una
cazuela árida y aislada del resto del mundo. Hay quienes dicen que un
terremoto hizo que se levantaran las montañas, pero la mayoría está de
acuerdo que fue obra de la magia, de un dragón que necesitaba agua para su
guarida, por lo que desvió el río.
Mientras el ejército comenzaba a bajar por un estrecho camino hacia el
fondo del cañón, comprendí por qué el General no deseaba pelear aquí: el
estrecho camino que andábamos ahora era el único transitable hacia o desde
el fondo del cañón por éste lado, y era tan estrecho que nadie podría huir
si acaso era necesario retirarse.
Recuerdo que mientras bajaba dudé un momento del Caballero Dragón,
sobre todo cuando vi por vez primera el ejército de demonios, que se
preparaba a entrar al abismo desde el otro lado. Eran horribles, aún a
tanta distancia, menos numerosos pero mucho mayores que nosotros, y sus
gritos de batalla podía escucharse a la distancia. Muchos de nosotros
hubiéramos corrido al instante, de no ser porque el Caballero Dragón iba al
frente.
Y él era quien nos guiaba, el General Ernest había llevado al ejército
hasta el borde del abismo, donde el Caballero Dragón nos esperaba, ahí tomó
el mando, no oficialmente, pero claro, todos lo seguimos sin dudar,
mientras el General se quedaba al borde del cañón, viendo a su ejército
bajar. Debí comprender que algo malo ocurría cuando no nos siguió, pero
estaba demasiado maravillado y excitado ante la perspectiva de pelear lado
a lado con el Caballero Dragón para prestarle atención.
Y es que el Caballero Dragón se mostraba ese día en toda su gloria.
Llevaba puesta su armadura completa, aquella por la que había recibido su
nombre, pues asemejaba a un dragón metálico. Con la armadura se levantaba a
casi dos metros, haciéndolo tan grande como un demonio, y la armadura
relucía en el frío aire casi con luz propia. Cuando primero lo vi, recuerdo
que no comprendí cómo podía moverse dentro de esa cosa, más al ver la
facilidad y agilidad de sus movimientos comprendí que era obra de la magia,
igual que la montura con que nos había visitado al campamento.
Cualquiera que mirara entonces al Caballero Dragón hubiera recuperado
del todo la confianza perdida, recordando que eran los demonios, y no
nosotros, quienes estaban encerrados y sin posibilidad de escape, ya que
éramos dos veces tan numerosos, y cada uno capaz de vencerlos en batalla.
No dudo que todos nos estuviéramos repitiendo eso mentalmente mientras
caminábamos tras nuestro héroe.
Lo que siguió no puedo contarlo fielmente, aunque es la parte más
importante, pues una vez entrando en batalla dejé de ver o sentir, de
pensar; y comencé a actuar por instinto. Recuerdo cuando llegamos al lecho
seco del río, cuando el Caballero Dragón desenvainó su espada larga,
aquella que colgaba de su espalda, que brilló con luz propia al momento que
crecía aún más, hasta alcanzar casi cuatro pies de largo. Y entonces, con
un grito de guerra, las alas de la armadura se abrieron y el Caballero
Dragón se lanzó a la batalla, dejándonos pronto atrás, pese que todos
corríamos tras él, y hacia el ejército de demonios que también se nos venía
encima.
He oído muchas versiones de la batalla, mas sé que ninguna es verdad,
pues sólo tres salimos de ahí, y únicamente Ernest pudo ver lo que
realmente ocurría, ya que él fue el único que no entró a batalla, esperando
al borde del cañón a que la razón regresara a nosotros.
No fue una batalla gloriosa, ni nada que se le parezca. Bueno, eso no
es del todo cierto, el Caballero Dragón era glorioso, y de no ser por él
todos hubiéramos sido aniquilados por la primera línea de demonios. Eran de
esos grandes como toros y blindados como insectos. Pero la armadura del
Caballero Dragón era más fuerte, y su espada más aguda que sus aguijones.
Su arremetida abrió la línea, permitiendo que nosotros entráramos y
atacáramos por detrás, como él nos había enseñado, en los puntos donde son
blandos.
Después venía los demonios guerreros, aquellos creados únicamente para
la guerra, con cabezas pequeñas, enfundados en armaduras indistinguibles de
su piel y con brazos convertidos en dagas o espadas. Reaccioné por
instinto, recordando en el último minuto dar órdenes a mis hombres, y luego
olvidándome de ellos. Todo se confunde aquí en una mezcla de gritos, sangre
roja y negra, cuerpos caídos y cayendo. Blandí mi espada contra todo lo que
se puso frente a mí, olvidando todo, desde el motivo de la batalla hasta mi
bando, todo lo que pasaba por mi mente era el salir de ahí. Una o dos veces
logré ver que el uniforme contra quien iba mi espada era el mío propio, y
me detuve a tiempo, pero no estoy seguro cuántos demonios, si es que
alguno, cayeron bajo mi espada.
No sé cuánto había pasado antes que me diera cuenta que la intensidad
de la batalla decrecía. Por un par de segundos no hubo nadie a mi alrededor
contra quién descargar mi espada, y me di permiso de pensar y mirar
alrededor, a los cuerpos caídos que alimentaban de sangre el lecho seco del
río, como tratando de revivirlo. Pero los cuerpos no eran iguales, había
demonios y había humanos, aunque no los reconocí como compañeros.
Un cuerpo se estrelló contra mí, regresando mi atención a los vivos. A
mi alrededor la batalla seguía, tan cruda como al principio, aunque en
condiciones muy diferentes. Ya no superábamos a los demonios dos a uno,
sino que me parecía que los números se había equilibrado, y entonces
comprendí que no era posible la victoria. Miré hacia atrás, el General
seguía al borde del cañón, esperándonos, mas parecía que ninguno había
intentado regresar, o lo había logrado. Estábamos en una trampa, a la que
habíamos entrado voluntariamente.
Estaba a punto de lanzarme hacia el General, convencido que no valía
morir ahí, cuando otro cuerpo me cayó encima, tirándome al suelo y
presionándome contra éste. Era un demonio, y uno grande, la más reciente
víctima del Caballero Dragón.
Volví a verlo por primera vez desde que comenzara la batalla, más no
parecía que ésta pasara por él. Su armadura estaba chorreada de sangre, más
ésta no se pegaba al metal, que relucía ante la luz del Sol poniente. Su
espada subía y bajaba como el rayo, demasiado rápido para una espada de ese
tamaño, y el que los demonios me hubieran dejado en paz por un momento era
porque todos se lanzaban sobre él, con la esperanza de detenerlo por
números.
Por un momento mi esperanza renació, pues aún cuatro demonios caían a
sus pies, su espada cortando con la misma facilidad carne, hoja o armadura.
Un par de veces un demonio lograba desequilibrarlo, más su armadura
soportaba los ataques que pasaban la defensa de su espada, era en verdad un
espectáculo impresionante, y tal vez el único recuerdo digno que tengo de
esa batalla.
Con un giro el Caballero Dragón cortó el estómago a los dos demonios
que lo detenían, y entonces miró alrededor. Yo vi sus ojos, dentro del
casco en forma de cabeza de dragón, mas no vi humanidad en absoluto, sólo
determinación.
Lo que sigue es tal vez la única parte de la historia que se cuenta tal
como fue, excepto por un pequeño detalle: El Caballero Dragón levantó su
espada, que aumentó su brillo, y comenzó a decir algo en el lenguaje de la
magia. Al tiempo varios demonios se lanzaron contra él, previendo que
mientras lanzara el hechizo sería vulnerable. De no haber estado yo
atrapado bajo el cadáver, hubiera dado mi vida para ayudarlo, pues aún
confiaba en él, pero me fue imposible.
Los demonios pasaron a mi lado sin verme, casi al momento que el
Caballero Dragón clavaba su espada en el suelo y gritaba la última sílaba
del hechizo. La espada relumbró entonces, cegándome, y un peso muerto me
cayó encima, cubriéndome y sofocándome casi hasta la inconsciencia.
Entonces comenzó el dolor. Un dolor como mil agujas se extendió desde
mi mano de la espada hacia mi hombro. Intenté gritar, más no tenía aire
para hacerlo. Fue un dolor tan intenso que pensé perdería el conocimiento,
pero tan pronto como había comenzado, terminó, quedando todo en silencio,
un silencio tan extraño en la batalla como lo hubiera sido el ruido en la
iglesia.
Intenté levantarme, encontrando extrañado que los cuerpos que me
aprisionaban apenas pesaban, y parecían desmoronarse en polvo sobre mí. Los
empujé y me levanté, incrédulo aún ante el espectáculo que encontré: El
Caballero Dragón se alejaba hacia una única figura que lo esperaba al otro
extremo del cañón, guardando su espada. Miré al otro lado, donde pude ver
al General mientras se daba la vuelta y se alejaba. Entonces dirigí mi
atención al resto del abismo.
Poco quedaba para probar que ahí había habido una batalla, ni que más
de ocho mil hombres y demonios habían sido exterminados en un momento. Todo
lo que quedaban eran las cenizas humeantes de lo que era carne y los restos
carbonizados de armas y armaduras. Incluso la sangre había hervido, y tanto
había consumido el fuego mágico del Caballero Dragón, que en el aire se
olían las cenizas, mas no la podredumbre de la carne, que se había
consumido más allá del hueso.
Miré entonces mi brazo, horrorizado más allá de lo que podía comprender
o sentir. No me sorprendió no encontrarlo, sólo el muñón carbonizado poco
después del hombro. Voltee por última vez hacia el Caballero Dragón, que
casi llegaba a la figura que lo esperaba, reconocí al Señor Oscuro, el
líder de los demonios. Entonces perdí el sentido.
Lloré al despertar en la noche, en una oscuridad absoluta, incapaz de
ver las armaduras carbonizadas. Una vez que no pude lamentarme más, e
incapaz de reconocer los cadáveres de quienes habían sido mis compañeros y
amigos. Comencé a caminar en la oscuridad, tropezando con las armas, los
huesos y las armaduras, hasta llegar a la pared del abismo. No encontré un
camino para salir hasta que ya el Sol amenazaba con salir, pero no lo noté,
sólo lo recuerdo porque pude ver las marcas del fuego que llegaban hasta
las paredes del cañón.
Caminé por días, sin esperanza, sin toparme con nadie, incapaz de
pensar, y sin deseos de hacerlo. Sin embargo me di cuenta que lo que había
ocurrido no había sido del todo una derrota casual. El General lo sabía, y
fue por eso que no entró al cañón. Al principio lo culpé, pero pronto
comprendí que el había hecho todo lo posible por detenernos, y nos había
dado la oportunidad de retirarnos hasta que ya no fue posible hacerlo.
Entonces la verdad me golpeó, y fue un golpe muy duro: Era el Caballero
Dragón quien había planeado todo, él nos había convencido de ir a la
batalla, él había escogido el lugar de la trampa, y finalmente él había
asesinado a sangre fría a todos los sobrevivientes antes que intentaran
huir.
No estoy seguro cuántos días caminé, tal vez uno, tal vez diez, antes
de llegar a un pueblo. Ya no recuerdo su nombre, pero recuerdo la fiesta
que había cuando llegué. Me recibieron con amabilidad y calidez, pues todos
estaban felices. No dije quien era yo, ni cómo había perdido el brazo, ni
ellos preguntaron, pero me contaron una y mil veces el motivo de su
alegría:
-¡Ganamos la guerra!-
-¡El señor oscuro ha sido vencido!-
-¡Los demonios se retiran!-
-¡El Caballero Dragón venció al Señor Oscuro!-
-¡Cuando el ejército fue eliminado, él reunió sus últimas fuerzas para
con un poderoso hechizo derrotar al ejército del Señor Oscuro y, ya débil,
se enfrentó a él y logró matarlo antes de caer rendido!-
-¡El General Ernest abandonó su ejército y escapó al ver la derrota!
¡Abandonó al Caballero Dragón a su suerte!-
Fue ahí que escuché por vez primera la historia que se ha repetido
desde entonces, con aumentos y retiros. Pues parece que no fui yo el único
que sobrevivió al fuego mágico. Un joven soldado también sobrevivió, bien
saben quién es, pues consiguió más fama de la que pudiera querer.
En fin, he tenido mucho tiempo para comprender lo que ocurrió. Desee
con todas mis fuerzas creer que el Caballero Dragón había actuado por
desesperación, que era en verdad el héroe que todos lo consideraban, sin
embargo, nunca pude convencerme.
El odio que tiene, (tal vez debería decir que tuvo) el Caballero Dragón
por los demonios lo demostró claramente antes y después de la batalla del
Abismo de Rotciv. Un odio mucho mayor que cualquier humano podría tenerle a
sus captores. Y sé que haría cualquier cosa por verlos muertos, incluso
matar a todos los humanos, ya que fue eso lo que hizo.
Necesitaba nuestro ejército para que el Señor Oscuro nos considerara
una amenaza y lanzara todas sus fuerzas contra nosotros, fuimos una carnada
para llevar al Señor Oscuro al Abismo y ahí destruirlo. Ahora comprendo que
ese fue el plan todo el tiempo, y que cuando el Caballero Dragón lanzó su
hechizo, no pensó en los humanos, ni en matarlos o en dejarlos vivir, sólo
pensó en matar a los demonios.
Y lo ha hecho muchas veces después, aunque siempre se ha dicho que es
un héroe de la humanidad. A él no le interesa la humanidad, sólo le
interesa ver muertos a los demonios.
En fin, ahora he dicho lo que recuerdo, tal como ocurrió. Ahora puedo
morir en paz, no por haber liberado mi conciencia, no tengo nada que
liberar, sino por la historia que circula actualmente, aquella que dice que
finalmente el Caballero Dragón fue destruido.
¡Qué así sea! Y que se encuentre con todos los que han muerto en su
esfuerzo de destrucción. ¡Y que sufra el dolor eterno de todos los que
confiaron en él y a quienes traicionó!
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