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FRIJOLES FRITOS
Lágrimas recorrían su rostro, mientras picaba la cebolla. De la trastera tomó una cacerola que puso en la estufa. Tenía que estar caliente antes de agregar el aceite. Los frijoles se habían cocido, y esperan por ser fritos. Así siempre era desde que podía recordarlo. ¿Cuántas veces no vio a su madre seguir el mismo procedimiento, cada vez que cocinaba frijoles? Así fueran negros, pintos o de cualquier otro color; estos siempre pasan por dos cacerolas antes de ser servidos en un plato.
El aceite casi estaba caliente. Siguió picando cebolla. Por sus mejillas seguían rodando lágrimas que le escocían los ojos. Debía echarle una buena proporción de cebolla picada a la cacerola, para que se sazonara bien antes de vaciar los frijoles. Con la vista nublada,agrególa cebolla a la cacerola. El crujir de la cebolla en el aceite caliente y el consecuente olor le siguieron despertando recuerdos sobre aquel procedimiento.
Cuando miraba a su madre hacerlo, ella siempre le decía que era importante no dejar quemar la cebolla, sólo había que acitronarla lo suficiente antes de agregar los frijoles. Le decía que no se veían bien trocitos de cebolla quemada “nadando” entre los frijoles; podían parecer moscas. Le decía que a nadie le agradaba ver algo parecido a una mosca, flotando en su plato de frijoles.
Recordaba aquello y vigilaba bien que no pasara.
Estando en su punto, vació los frijoles cocidos, que chirriaron al entrar en contacto con el aceite caliente, y despidieron un vapor denso que se dispersó rápidamente, mientras que un delicioso aroma inundó la cocina.
-No sabía que podías hacer eso, ... y no debiste hacerlo -escuchó una voz detrás suyo- debiste esperar a que lo hiciera.
Era su tía, hermana de su madre que había entrado a la cocina. Pareció no inmutarse; dio la vuelta y depositó la olla vacía en el fregadero. Volteó a verla con ojos enrojecidos. Una lágrima se veía en aquel rostro joven y moreno.
-Los hombres no hacen estas cosas, anda, ve a la sala con los demás.
Le habló concariño, y con suavidad lo cogió del brazo dirigiéndolo fuera de la cocina.
- No pude evitarlo tía- balbuceó mientras se dejaba llevar- Los frijoles en la estufa … me recordaron mucho a mi mamá.
Su voz se quebró al pronunciar la última frase. Se detuvieron casi en la puerta de la cocina. En el rostro de la mujer se dibujó una sonrisa de comprensión y en sus ojos asomó una mirada cristalina. Cayeron dos lágrimas. Una en el rostro del muchacho, y otra en el rostro de la mujer.
El muchacho comenzó a sollozar quedamente; sintió el abrazo de su tía, mientras oía que los frijoles comenzaban a hervir; y recordando que su madre, a partir de esa mañana, reposaba para siempre, pálida y con rostro sereno, en el Panteón de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.