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Capitulo 34
La carnada
"Ha muerto... no va a volver... no importa lo que haga... no importa cuantas veces intente evitarlo... siempre pasa lo mismo... no puedo evitar que te arrebaten de mi lado... no me puedo perdonarme a mi mismo... soy un inútil... no valgo nada..."
"...No te merezco..."
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La mirada del alado negro era implacable. Estudiaba a Kidlybeth detenida y altivamente sin dejarla respirar de los nervios que le provocaba. En ese mundo, ningún ser le había hecho sentir así. ¿Era su imaginación o desde que había regresado todo se sentía más real?
Y no sabía que esperar, no tenía idea de que hacer y no sabía que iba a suceder si no decía algo inteligente... y rápido.
– Me han dado la misión de buscarlo – tentó la hechicera pausada y entrecortadamente y el alado alzó una ceja – tengo que encontrarlo y…
– Creí que los guerreros del otro mundo habían sido convocados en el Imperio del Sol – dijo el alado negro y Kidlybeth frunció el ceño.
– Así es – dijo Kidlybeth de inmediato – pero eso es para los que siguen al juego, o quien sea que ha intentado manipularnos – dijo algo sofocada – Dixon, mis amigos y yo, somos los guerreros del Príncipe Hermod – dijo sintiéndose ligeramente avergonzada por nombrarse de esa manera – el Protector del equilibrio entre Mictlán y Abilene, por ello mi deber era evitar esta inútil batalla y pedirles que bajen sus armas y se unan a nosotros, el conflicto es más grande que solo una batalla entre Abilene y Mictlán…
Al terminar de hablar, Kidlybeth volvió a sentirse intimidada por la mirada del Alado, quien no terminaba de decir nada. Fue entonces cuando una voz acabó con el contacto visual entre el alado negro y la hechicera.
– Mi ejército no atacará si ustedes no atacan, estoy dispuesto a que hablemos esto en un sitio más adecuado y lleguemos a un acuerdo que siga los intereses de ambos reinos – dijo de pronto Paris y Kidlybeth vio en su expresión una sonrisa de sorna, algo como “para que se note quienes son los civilizados”
– No confiaré en las palabras de una rastrera criatura de la noche – dijo el alado negro con su voz tranquila, sin ningún asomo de disgusto o desagrado.
Por su parte, Paris no parecía ofendido.
– No tienes porque confiar en mi, yo tampoco confío en ti, pero si creo en la Guerrera Kidlybeth – dijo apuntándola a ella con la mano – Mi persona y mi ejercito estamos aquí para seguirla y ayudarle a cumplir su misión.
El alado no mostraba emociones, pero Kidlybeth podía sentirlo tan asombrado como ella. Parecía que Paris estaba dispuesto a ayudarla de verdad a pesar de lo que había hecho antes.
– ¿La cual es? – pronunció el alado y esta ves se dirigía a Kidlybeth.
Tardó en responder, el cuestionario la tenía un poco cansada.
– Acabar con la guerra, devolverle el equilibrio a la relación entre los países de este mundo y la tranquilidad a sus Reyes, – dijo ella lo más seria posible – son los deseos del Príncipe Hermod..., los mismos que compartió con la alada Niké – agregó.
Esto hizo que muchos alados se sorprendieran y agitaran. Estaban conmocionados, parecía que no habían oído hablar de Niké en mucho tiempo.
– La vi en el momento en que Atón, el Rey Sol la derrotó – dijo Kidlybeth bajando la mirada – también me derrotó a mi, por eso he vuelto, debo derrotarlo a él y a quien sea que lo esté manipulando... y por eso necesito a Dixon.
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Luego de un potente "Déjenlos pasar" del alado negro, y de dar una elegante vuelta en el aire para retirarse, Paris ordenó a sus dragones descender en ese mismo sitio para descansar y Kidlybeth lo ayudó a elevarse para llegar a la estructura gigantesca que conformaba el Templo de Tawhiri en el Monte Chinook.
Los alados miraban con el ceño fruncido al vampiro mientras aterrizaba junto a Kidlybeth en una pequeña plataforma circular, cuyos pisos estaban decorados con baldosas de cerámica de colores sobrios y diseños muy elaborados y simétricos. Allí fueron recibidos por un escuadrón de casi 10 alados de mirada desconfiada que los comenzaron a guiar a pie a través de varios pasillos.
– Zolvac no se creería esta – le susurró Paris de forma divertida a Kidlybeth cuando estuvo a la sombra de un pasillo y decidió quitarse la capucha de la capa.
Algunos alados lo miraron mal.
– Tenemos suerte de que nos dejaran pasar – dijo la chica nerviosa – me muero de ganas por verlo... quiero saber que ha hecho en todo este tiempo...
Paris le volteó la cara después de ese comentario. A partir de ese momento era como si las paredes fuesen más interesantes que Kidlybeth, pero eso no la molestó, tenía la cabeza hecha un mar de pensamientos y no quería que los comentarios de Paris la distrajeran.
La estructura del templo era amplia y de techos altos, con grandes ventanales en los pasillos exteriores y cortinas oscuras que prácticamente vivían en desuso. Los pisos estaban todos decorados con cerámica en diseños simétricos, y habían candelabros de pie separados a intervalos en todos los pasillos.
No había pasado mucho tiempo cuando finalmente los alados hicieron pasar a Kidlybeth y a Paris a un salón amplio. A penas entraron, Paris soltó un chillido parecido al siseo de una serpiente y se cubrió el rostro con la capucha.
La extensa sala a la que habían ingresado estaba en lo más alto del templo, además, no habían paredes, solo columnas que sostenían el techo. Para desgracia de Paris, la luz solar inundaba cada rincón. En el fondo podían verse cuatro asientos, dos pequeños a los lados de uno grande que estaba por encima de los otros y uno más pequeño justo a un lado de la triada.
La risa de un hombre corpulento aun resonaba aun después de que Paris estuviera cubierto nuevamente por su capa. La hechicera y el vampiro se acercaron al frente de las cuatro personas mientras comenzaba a verse un asomo del atardecer.
No fue hasta que estuvo lo suficientemente cerca que pudo verles las caras a las cuatro personas. Justo en el centro estaba el alado negro, con el cabello moviéndose por la brisa tras la espalda, a su lado derecho estaba un anciano de alas grises y barba larga, muy delgado y alto, con el cabello largo y liso como el alado negro pero de color gris. Al lado izquierdo del alado negro, había un alado rojizo y corpulento que tenía una barba cuadrada y violentos ojos ambarinos que sonreía de manera altanera y justo al lado...
– ¡Dixon! – exclamó Kidlybeth al ver al joven sentado mirándola con los ojos vacíos.
– Un momento – la interrumpió el alado negro y Kidlybeth se detuvo en el acto, mirando a Dixon unos segundos antes de devolverle la mirada al alado negro.
Kidlybeth no entendía, si había pasado tanto tiempo en ese mundo ¿Porque siendo Dixon como él era no se había levantado a recibirla?
La mirada del muchacho estaba perdida al frente, como si no tuviera conciente de que habían 5 personas a su alrededor hablando de él, como si no supiera que había algo al rededor y solo se dedicara a estar allí sentado.
– ¿Que le ha pasado? – demandó saber Kidlybeth y el alado la miró con su misma mirada seria.
– Ha pasado mucho tiempo desde que el joven Dixon se ha unido a nuestro ejercito de alados, son muchas cosas las que debes saber sobre los trabajos que ha pasado, pero primero, debes saber donde estas, y quienes somos.
Kidlybeth intentó calmarse, pero le era casi imposible. Respiró hondo un par de veces antes de asentir y centrar toda su atención en el Alado negro, bueno, casi, pues cada segundo desviaba su mirada a Dixon para estar segura de que no se había levantado para decirle que solo era un chiste... uno de muy mal gusto...
– Mi nombre es Ícaro; como has adivinado, el sucesor de la guerrera Niké, hija de Odin. Soy el líder del ejercito antes errante que controlaba al mal en el reino de Abilene.
– Soy Kanian el Concejero de Guerra del Líder, el estratega del reino. – dijo el alado robusto y rojizo, con su voz agresiva.
– Soy Sanae el Consejero Sacerdotal del Líder, el encargado de defender nuestras creencias y filosofías en esta sala. – dijo el alado canoso, con una voz débil y cansada.
– Y desde hace meses, Dixon fue otro más de mis concejeros – dijo Ícaro dedicándola una mirada al joven que miraba perdido hacia el frente – determinado a proteger el cristal del viento, el cuarzo de Tawhiri, por el bien de Abilene y del reino de Mictlán... ese se convirtió en nuestro objetivo desde la muerte de mi antecesora Niké, y lo hemos logrado con éxito hasta la fecha, soportando las constantes arremetidas del Imperio del Sol.
Eso no explicaba nada
– ¿Pero que le ocurrió? ¿Por qué está así?
– Para que lo entiendas, necesitarás calmarte, la historia es extensa – dijo Ícaro con su mirada seria y la chica, a regañadientes, tuvo que volver a frenarse.
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El viaje entre el Castillo de Mármol de Abilene y el Castillo de Metal de Mictlán era muy extensa, por suerte, habían métodos para evitar un viaje tan largo.
– Bienvenido sea nuevamente, su majestad – dijo una joven elfina vestida de azul al recibir a el Príncipe Hermod en un edificio pequeño a la mitad de un tenebroso bosque, en el pie de un árbol gigante y horroroso de raíces llenas de moho que se elevaban por encima de cualquiera en ese bosque oscuro.
El príncipe anduvo sin guías, ya que conocía el camino de memoria. Subió a un gran cesto gigante que funcionaba como un ascensor que era elevado a través del interior del tronco del gigantesco árbol. Este ascensor funcionaba gracias a un contrapeso en el exterior del árbol que bajaba lentamente para ayudar a subir el cesto.
Luego de varios minutos, Hermod llegó a la cima del árbol, donde fue recibido por otra elfina vestida de azul, quien lo condujo a través de una plataforma inmensa, sobre la que descansaban un trío de aves gigantescas que eran alimentadas por varios elfos.
La elfina los llevó hasta una especie de choza pequeña que en su interior tenía acomodados varios asientos con cinturones de seguridad. Ese día, el transporte estaba vacío, porque era un vuelo privado, pero Hermod en una situación diferente, hubiese preferido subirse a una clase comercial, para poder ver a otras personas.
Luego de un par de minutos y de un aviso, una de las gigantescas aves caminó hasta la choza en la que estaban Hermod y Vulpes, la tomó con sus patas y se elevó con un constante aleteo hasta que, luego de un despegue exitoso, alcanzara altura y se estabilizara.
Hermod adoraba volar. Le gustaba hacerlo por sus propios medios, pero le gustaba mucho más cuando lo hacía de esta manera porque podía recorrer una distancia mayor sin cansarse... además, a través de este extenso vuelo se podía ver la frontera entre Abilene y Mictlán, una de las cosas que, a pesar de que lo hacía sentir algo triste, lo maravillaba mucho.
En una zona bien marcada, el terreno, como por arte de magia dejaba de ser seco, gris y muerto para ser fértil, verde y vivo. Ese abrupto cambio, además de marcar la frontera entre los dos países, era un símbolo. Era el símbolo del poder que tenía su padre, tan increíblemente grande que era capaz de dividir un mundo en dos, literalmente.
Pero ese día, la frontera además de todo tenía un espeluznante adorno que hacía sufrir a Hermod.
Lejana a la zona que el ave gigante recorría, el cielo estaba invadido de nubes de tormenta y conflicto. Si se apreciaba bien, se podían ver las campañas de los ejércitos, y si tenías la vista prodigiosa de un Semi Dios como Hermod, podías ver perfectamente la sangre manchando el prado que pisaban los guerreros que estaban atrapados en la guerra entre sus dos hermanos mayores...
El atardecer no mejoraba la visión. El día estaba por terminar, y la tristeza comenzaba a inundar el corazón del joven príncipe... la impotencia lo ahogaba... estaba decepcionado de si mismo, por ser incapaz de cumplir con su deber, su único deber... proteger el equilibrio.
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Las campañas del ejercito de Mictlán estaban armadas y el hombre cerdo, quien andaba al mando después de Paris, vigilaba al ejercito alado que había aterrizado sobre sus propias murallas y permanecía vigilante.
Entre tanto, en el interior del templo de Tawhiri, el Líder de los alados había comenzado a explicar lo que había ocurrido luego de que Kidlybeth fuese expulsada del juego, luego de que Niké hubiese caido en batalla.
– Una ves que me eligieran a mi como nuevo líder y que Dixon nos explicara lo ocurrido y lo que ocurriría si el cristal cayera en manos de la muchacha de los espejos.
– Kala – susurró Kidlybeth y el hombre asintió.
– Nos centramos por completo en el objetivo de defender este templo. Vivimos en una batalla casi constante contra los ejércitos del Rey Sol y Dixon siempre estuvo a nuestro lado para ayudarnos. Incluso nos proporcionó ayuda para construir mecanismos de guerra que nuestros ingenieros desarrollaron, como catapultas, que utilizamos contra las naves aéreas del Rey Sol.
– Ciertamente fue una gran ayuda ese muchacho – dijo Kanian, el alado rollizo – ayudaba aquí a crear estrategias y ayudaba en el campo de batalla a acabar con los ejercidos del imperio del sol.
– Pero hubo una batalla de la que no regresó como él mismo – dijo lúgubremente Sanae, el alado anciano – una en la que participó la guerrera de los espejos.
Kidlybeth entendió de inmediato lo que había ocurrido y corrió frente a él.
– El nos explicó que la habilidad de esa jovencita era la de atrapar personas en otros mundos – continuó Sanae – deducimos que eso había ocurrido, pero nada de lo que hemos hecho lo ha ayudado a salir de ese mundo.
– ¿Desde hace cuanto tiempo está así? – preguntó Kidlybeth de inmediato.
– Meses – susurró Ícaro – unos 9 meses.
– Imposible – susurró Kidlybeth – la ves que nos atrapó no estuvimos allí más que un par de horas...
– Tal ves el conjuro que realizó la muchacha fue más fuerte para él en su condición...
– ¿Condición? – preguntó la muchacha aterrada.
Los alados la miraron un par de segundos.
– El vivía deprimido – dijo Sanae simplemente – no comía, no dormía y no le preocupaban sus heridas... nos contó de que sus amigos posiblemente habían muerto y que no regresarían más, y que tal ves él tan bien moriría... nos dijo que luchaba por ayudar, pero que no tenía esperanzas de nada.
Kidlybeth se quedó ensimismada mirando al muchacho, que en ese momento seguía mirando hacia el frente perdido, con el cuerpo relajado y la quijada caída. Aun portaba parte del uniforme de policía espacial que solía usar, pero ya no llevaba el chaleco antibalas, ni el cinturón con sus armas láser.
– Dixon – susurró Kidlybeth llena de tristeza. No sabía como sacarlo de donde sea que estuviese, pero tenía que hacerlo.
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"... Otra ves no... no puedo volver a pasar por esto... todo va a ser igual... morirá... no voy a poder salvarla..."
"...No puedo... No puedo..."
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La Guardia de la Paz había llegado a un pequeño pueblo para abastecerse. Habían pasado horas desde que se habían internado en ese desierto y ahora le daban gracias a Dios por un lugar donde pasar la noche, ya que el atardecer se adueñaba del cielo.
Luego de cumplir con su misión, los miembros de la guardia se habían ido a descanzar al sitio que les habían proporcionado los habitantes del pueblo en agradecimiento por apresar a todos los vagos y ladrones que se habían estado aprovechando de ellos debido a la falta de un poder que controlara el crimen.
Los guerreros del otro mundo habían recibido el trato especial de ser atendidos en su casa por el propio jefe del pueblo, cuya esposa les había servido un gran banquete.
– Gracias por todo – dijo Cámeron luego de la cena y la señora les sirvió algo de té para las chicas y los niños y una bebida más fuerte para Jetborg, Khonsu y el Jefe de la aldea, que era un hombre corpulento pero de mirada cansada.
– Las gracias se las damos a ustedes, señorita, sin su presencia nuestra comunidad no habría podido librarse de esos sujetos...
– Es nuestro deber – respondió Electro-Kim amablemente, con una sonrisa cansada. Era como si hubiese dicho esas palabras tantas veces que habían perdido el sentido para ella.
Khonsu parecía algo dudoso de beber eso que le habían ofrecido, ya que olía muy fuerte. Pero luego de ver a Jetborg beberlo sin problemas y continuar hablando con normalidad no se preocupó más y le dio un trago. Luego de eso perdió el control de la mayoría de sus acciones... No sabía si estaba bien sentado o no porque era como si se fuese a caer y Cámeron se veía tan bonita...
Del otro lado de la mesa, Garymir y Atar parecían enojados porque la esposa del Jefe no dejaba de tratarlos como unos niños, incluso les había traído galletas con chispas de chocolate en forma de muñequitos de postre y les estaba haciendo mimos mientras les ponía leche en el té.
– Este pueblo nos vino perfecto, la verdad es que en la aldea anterior no pudimos abastecernos por completo e íbamos a pasar una muy mala noche en el desierto – dijo Jetborg dándole un trago a su bebida – entonces dimos con ustedes sin haberlo planeado.
– Así sucede todo el tiempo – dijo el hombre con una risa suave – somos tan pequeños que no figuramos en ningún mapa.
– Si no es mucha molestia – dijo Jetborg – sería muy útil para nosotros si nos dijera si existe otro pueblo como este en el camino hacia el Imperio del Sol, necesitamos abastecernos de ves en cuando y...
– ¿Piensan ir al Imperio del Sol? – dijo el hombre poniéndose serio de pronto, incluso su mujer había dejado de mimar a Garymir y Atar – Ese sitio es peligroso... y más en estos días... ¡hemos visto dragones! – dijo alterándose un poco.
– Si, el ejercito de Mictlán – confirmó Electro-Kim, seria también.
– Va a haber una guerra espantosa en ese lugar – auguró el hombre con una mirada llena de temor – aquí estamos seguros, pero la mayoría de los pueblos más cercanos han evacuado sus terrenos, dicen que va a haber una guerra y nadie quiere involucrarse en ello.
– Los entendemos, es normal, pero nosotros somos la Guardia de la Paz, y tenemos que involucrarnos – dijo Jetborg con voz calma. y el hombre se tranquilizó un poco. – además nosotros tenemos nuestras habilidades especiales y armas, todo va a salir bien. – terminó desechando la idea con un además de la mano.
Un poco de silencio reinó en el comedor mientras Jetborg le daba otro sorbo a su bebida, incluso sus compañeros estaban algo dudosos con respecto a su declaración. Khonsu había dejado de beber en ese momento para prestarle más atención al asunto, además ya estaba comenzando a sonrojarse.
– ...Es cierto – dijo pensativo el Jefe, pero con una mirada muy falta de confianza en ello – tienen razón, tal ves ustedes hagan la diferencia, pero deberían apresurarse si están planeando intervenir, la guerra debe de estar por explotar y ustedes están muy lejos aún.
– ¿Sabe la ubicación exacta de los terrenos del Rey Sol? – preguntó Electro-Kim sorprendida.
Entonces el hombre sonrió y se levantó de inmediato.
– Se los daré ahora mismo – dijo el hombre dándose la vuelta para buscar un mapa – me alegra poder serles de ayuda...
– Lo es, señor – dijo Cámeron al verlo llegar – con solo evitar que durmamos en el desierto ya está siendo de mucha ayuda... – dijo riéndose.
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Justo sobre una pequeña colina, la solitaria carpa de Kala se erigía en el centro del campamento de los guerreros del Imperio del Sol, aquellos que continuamente batallaban contra los alados del Monte Chinook para obtener el último cristal.
Los soldados que conformaban las legiones de Atóm le servían más por miedo que por verdadera lealtad. Habían visto como el muchachito engatusado con una armadura dorada se apoderaba de las vidas de cientos de hombres al mismo tiempo y habían escuchado tantas aterradoras historias sobre él que no tenían el valor para huir.
Y muchos de ellos ni siquiera tenían una razón para huir ya que sus pueblos y aldeas habían sido arrasados por el mismo Atóm por haberse negado a seguirlo en una primera instancia.
La presencia de esa muchacha de pelo blanco no era menos tranquilizadora. Ella no había matado a nadie frente a ellos ni había intentado hacer algo contra ellos, pero su blanquecina mirada asustaba tanto que no se atrevían a negarse a sus órdenes.
¿Quien sabía que poderes oscuros tenía?
¿Podría matarlos a todos de un chasquido de dedos como Atóm?
Un grupo de soldados se apartaron velozmente al verla aproximarse hacia su carpa a través del campamento, miraba a la nada como perdida en sus pensamientos, y su semblante parecía lleno de preocupaciones. Y así era, Kala no podía dejar de pensar en todo lo que ocurría...
– No es tiempo para estas estupideces – exclamó poniendo ambas manos en sus caderas, siendo tan alta para los dos elfos se veía bastante amenazante – Hemos venido a sacarte del juego a ti y a ese par de idiotas, Karina – dijo la hechicera – ¿Tienes idea de lo que ocurre afuera, niña? – dijo ahora sonando a regaño – es toda una locura para sacarlos de la macro-consola, puedes acabar con daños cerebrales si no te sales rápido…
– ¿Qué dices? – Kala tenía una sonrisa cínica dibujada en la cara – ¿Crees que me van a engañar tan fácilmente con eso otra vez? Estoy muy cerca de vencer a Eliot en este juego, no me voy a dejar convencer de unos perdedores como ustedes.
– ¿Perdedores? – una vena se había prensado en la frente de Circe, pero algo pareció calmarla por dentro antes de volver a hablar – niña, este juego te esta controlando, como a Atar, Khonsu y a mi, si no te detienes algo terrible puede ocurrirte, puede que no vuelvas más nunca a tu vida normal...
"Mi vida normal" pensó ya cuando estaba en la entrada de su carpa, dandole una ultima mirada al campamento del ejercito. Lejos de la fortaleza de Atóm se sentía segura de la constante tensión que ahí habitaba y lejos de Chinook sentía que se podía olvidar del bendito cristal del viento. "quiero regresar a ella" pensó bajando la mirada antes de dar un paso hacia su carpa y de pronto...
– ¡Kala! ¡Amigui! – chilló Hell de pronto abrazándola.
– ¡¿Que coño haces aquí?! – gritó Kala aterrada mientras se la sacaba de encima.
La pálida mujer se separó de ella con toda tranquilidad y se fue hasta un diván blanco en la mitad de la carpa. Esta era amplia y cómoda, decorada con dorados, negros y blancos. Habían muchos espejos y de todos los tamaños, con hermosos marcos decorados con ónice y diamante.
Hell se rió un poco a su estilo de estupida antes de enseriarse de una forma que casi aterró a Kala hasta el punto de retroceder. Era como si la mujer hubiese cambiado de pronto y fuera alguien completamente distinto. Una sonrisa perversa adornaba su rosro.
– ¿Sabes? Siempre me pregunté cual de los dos iba a dejar de servirnos más rápido – dijo y la elfina tuvo un muy mal presentimiento – por un lado – continuó la muchacha – estaba Atóm, con su imperio ya formado y sus ejércitos... y por el otro lado estabas tú con la habilidad de crear esas útiles dimensiones...
– A que... ¿A que te refieres... Hell? – susurró Kala respirando hondo.
– Te confieso... al principio creí que ibas a ser tú... fracasaste muchas veces – sus ojos brillaron peligrosamente en ese momento – eras grosera, irreverente, y no parecía importarte nada más que vencer a Hermes... además, Atóm, sabes... es lindo – dijo riéndose de nuevo de forma estupida antes de continuar – y parecía tenerlo todo controlado... pero al final él no ha querido seguir adelante... y tu siempre fuiste más inteligente y nos has sido más útil... creo que papá siempre supo que iba a ser así... espero que siga siendo así... por tu bien... si te derrotan no va a pasarte nada... pero si algo te pasara aquí...
Entonces Hell se levantó y Kala retrocedió de temor.
– Tu ya sabes que si se van de este mundo no les pasará nada, aparecen en el suyo y ya... lo sabes porque tus amigos regresaron – dijo la mujer con aire casual, acercándose a un espejo y repeinándose el cabello con los dedos se sonrió a ella misma – pero... si algo les pasara aquí no sería lo mismo...
– ¿Algo pasara...? – susurró la peliblanca comenzando a sudar – ¿Algo... como que?
– ¿No lo has pensado? – dijo la chica alzando una ceja – piénsalo bien... es fácil, si ustedes dejan su cuerpo allá entonces sus mentes están aquí... convertidas en datos que se pueden manipular para que tengan habilidades especiales y todo eso... si los derrotan el mecanismo los regresa inmediatamente y no hay problemas... ¿Pero que tal... si la data de sus mentes desapareciera?
Kala no podía articular palabra.
– No volverían a casa porque simplemente no hay nada que mueva sus cuerpos otra vez, sus cuerpos seguirían funcionando como un cuerpo normal... pero no tendrían alma... no existirían y ya... – Hell se detuvo unos segundos para ver a Kala antes de reírse tontamente – no te preocupes, eso no te va a pasar a ti porque ya sabes las consecuencias de tu posible fracaso... ¿Cierto?
Kala asintió lentamente y llena de terror, no podía en lo que estaba metida, su cabeza era un mar de ideas.
– Tom...
– No, a él tampoco debería pasarle nada... – dijo Hell desechando la idea con un ademán de la mano – pero él se está mostrando un poco... lento...no podemos permitir que él pierda su poder porque necesitamos su imperio para lograr nuestros fines, pero parece que ya no le importa mucho y eso si nos puede dar problemas... – dijo la mujer sentándose nuevamente – parece que está pensando darse por vencido para que lo derroten... al principio no importaba si algunos de los de tu grupo salía del juego, no era tan problemático... pero ahora son solo tres los que nos quedan... y te imaginas que no los vamos a dejar ir tan fácilmente... ahora que tienen tanto poder y que saben tanto, no podemos arriesgarnos...
Kala parecía desecha, no sabía que hacer, ni que pensar, solo seguía viendo a Hell con la misma expresión de terror.
– Pero no te preocupes – dijo Hell riendo y acercándose a ella con todo el aire de una amiga resolvedora que está tratando de corromper a su insegura compañera – no va a pasar nada si haces todo lo que te digo, va a ser perfecto y tu también lo vas a disfrutar... como Hermes...
Kala frunció el ceño mientras Hell la conducía a un pequeño sofá y la sentaba junto a ella.
"Hermes" pensó Kala, no debía olvidar eso "Eliot... en que nos metiste"
– Ahora que ya hablamos de lo importante... te tengo una misión, querida Kala – dijo Hell sonriendo divertida y Kala se enserió antes de asentir lentamente.
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– Reúne a la mayor cantidad de hombres que tengo y ármalos para defender al Imperio, que mis avionetas estén listas, es casi seguro que la batalla va a ser aérea y...
– Parece como a alguien le temblaran las rodillas – dijo de pronto una voz burlona y Atóm se volteó para ver a Kala acercarse con cara seria.
– Si, pensé que estabas tan asustada que no ibas a volver – dijo Atóm antes de hacerle una seña a Amenofis para que saliera a cumplir sus ordenes.
El hombre corrió y cerró las puertas antes de que Kala llegara junto a Atóm. Estaban solos, había pasado algo de rato antes de que Hell y Hermes dejaran a el Rey Sol con la tormenta en la cabeza, pocos minutos antes de que Hell dejara a Kala.
– Tengo nuevas ordenes – dijo Kala sentándose en el borde de la fuente dorada para verse en el agua. A veces Atóm creía que ella era capaz de ver cosas en el reflejo que nadie más podía.
– ¿Has venido a compartirlas conmigo? – preguntó el rubio dándole la espalda para centrar su atención nuevamente en las Montañas Chinook.
– ¿Te crees tan importante? – dijo ella de una forma coqueta y divertida que distrajo a Atóm antes de reírse por lo bajo.
Estuvieron unos segundos en silencio antes de que alguno volviera a hablar.
– A veces olvido que esto es un juego – dijo Atóm sonando algo serio y Kala pareció extrañarse, ya sea por el tono o por lo que había dicho, la chica lo miraba con el ceño ligeramente fruncido reclamando respuesta, se arrepintió y continuó – es muy realista... las graficas son muy buenas y... la trama... si... a veces siento como si de verdad hubiese pasado tanto tiempo... – dijo sonando cansado.
– Si.. – dijo la chica ahora sonando extraña, como nerviosa y Atóm se volteó a verla, era como si tuviera algo a punto de salir de su garganta, algo que la atormentara y que necesitara expulsar... no sabía porque, pero sentía que eso era lo que le iba a aclarar todo, sabía que era eso lo que respondería todas sus preguntas.
– Entonces... ¿A que has venido? – dijo tratando de no mostrarse preocupado o interesado.
– Me han ordenado buscar el cristal – dijo ella enseriándose. Atóm iba a hacer otro de sus comentarios burlones cuando ella lo interrumpió – me dijeron que aprovechara cuando te derrotaran y nadie protegiera el cristal.
Silencio.
– ¿Cómo dices?
– Te van a derrotar – dijo la chica – están seguros de ello... – iba a replicar y ella lo volvió a interrumpir – y tu también.
Ahora Atóm se quedó sin habla. Estuvo en silencio mirándola a los ojos tratando de encontrar algo que decir, pero la mirada intensa de Kala lo interrumpía, era como si ella tratara de decir algo más con los ojos, como si no pudiese decir nada en voz alta.
– Es que ya estoy aburrido – resolvió decir cruzándose de brazos – esto ha durado demasiado y quiero aprovechar para perder sin que se vea tan mal...
– ¡No puedes! – exclamó Kala abriendo los ojos asustada – ¿No ves lo que ha estado pasando? Algo no anda bien... – Atóm estaba cada ves más extrañado – ¿Recuerdas quienes vinieron antes, los recién llegados? ¡Era el elfo que había derrotado antes junto con Cámeron, Tobías y Alberto! Regresaron por una razón, dijeron que nada iba bien allá afuera y que...
– Vamos Kala, no me preocu...
Entonces, la puerta gigantesca de la terraza de Atóm se abrió y una figura oscura entró con un paso lento y elegante. Kala y Atóm la miraron asustados, evitando que se les notara la excitación de minutos antes, temían que ella le dijera al jefe lo que habían estado diciendo... pero entonces...
– ¡Tomy, amor! – exclamó Hell sonriente con su voz de pito cuando se apoderó del cuello de Atóm y ambos chicos sintieron como se desinflaban sus estómagos – ¿Que pasa? – preguntó extrañada.
– Me voy – dijo Kala dándose la vuelta – tengo una misión que cumplir.
Solo se volteó un ultimo instante para ver a Atóm y una mirada significante de Hell la cortó. Sabía lo que significaba, sabía lo que era Atóm ahora, y gracias a Dios había podido decírselo a él...
"Ojala y lo tome en serio" pensó la elfa antes de cerrar la puerta tras de si "o estaremos en grandes problemas..."
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