Ya cae el rocío de la mañana. Es cuando más frío hace, cuando más me gusta caminar. Es un camino de tierra, que se pierde en arbustos y malezas. La tierra desnuda siente frío también, y se cubre de pasto. Y el pasto se siente melancólico, y pareciera que el rocío fuera en realidad lágrimas que brotan de las hojas. O de mi cara. Y cada vez más espeso, hasta que ya no se vé más que unos metros. Niebla. Perfecto.
Y el pasto se retrae arrepentido, y ahora es barro lo que mis pies azotan. Y la niebla se torna más densa, y se oscurece y se hace lúgubre. Y el cielo ya no es negro azulado. Y la Luna ya no es misteriosa. Los árboles murmuran entre ellos, árboles raquíticos y desnudos, árboles muertos y descompuestos. Y el rocío ya no brota de las hojas, porque éstas ya no existen. En su lugar, brota del suelo, o de las ramas callosas de los árboles. Pero el rocío ahora es rojo oscuro. El aire se entibia, pero sólo un poco, y se puede sentir a lo lejos una fragancia a muerte. Una asquerosa peste a podredumbre, y bajo mis piernas bailan ahora ratas negras, como todo lo demás, que chillan, que comen cadáveres de animales de formas extrañas, exóticas. Distraído y absorto, pateo un cráneo blanco y brillante. Mis ojos se sobresaltan al ver la expresión de agonía, como si aún esos huesos fueran carne y tuvieran facciones.
Sigo caminando, ahora exaltado por la atmósfera. Ropas roídas, manos apestosas, cabellos mugrientos y grasosos, y un líquido verde y altamente intoxicante mana de los cadáveres más jóvenes, y aves carroñeras bajan a darse un festín en las carnes que todavía saltan a la vista.
Me invade una sensación de inseguridad, de creerme alucinante. Con gesto de repugnancia, me acerco a uno de los muertos, y lo muevo con mi pié izquierdo, sólo para ver cómo se desprende la cabeza y rueda en pendiente hacia atrás. Pero las manos... Se mueven! Agarran mi pié con fuerza, forcejean hacia el cuerpo decapitado, y lucho por zafarme, y en la desesperación caigo de espalda al barro, y me alejo de golpe, con una mano todavía colgando de mi calzado. Mierda! Estoy siendo presa del terror, risas graves y guturales salen de los árboles, que ahora son enormes y no me dejan ver la Luna. Me levanto, enchastrado, y corro por el sendero que se desdibuja a ratos en las sombras. Y cada vez más muertos, cada vez más peste.
Y de súbito, me detengo. Hay alguien dormido ahí. Me acerco vacilante, y alrededor suyo no existe la peste, ni el terror negro. Es blanca, de piel tersa, labios púrpuras; tiene un vestido blanco, inmaculado y reluciente, una cintura suave y curva, y unos senos que se dejan ver a medias, redondos, pequeños y perfectos. Abundante cabello lacio, negro azabache, larguísimo, se esparce por sus mejillas pálidas y sus brazos delgados. Parece de porcelana, parece estuviera a mi alcance. Me acerco y un velo me rodea, y su cara brilla. Su cuello es suave y frío, igual que sus labios, que ahora se acarician con los míos. Y mi cabello es ahora también largo, pero mugriento, y cae en su cara arruinando su brillante perfección. Y entreabre los ojos, y pronuncia palabras inentendibles. Pero su pecho no se expande para respirar, y su sangre no se mueve por sus venas. Y sus dientes quieren morder mis labios, y sus manos buscan mi cintura, y se cierran en torno a ésta. Y se quiere mover suavemente, excitando todo mi cuerpo, y me apresa cada vez con más fuerza. Ahora lucho por respirar y por no entregarme a mis instinctos, ahora quiero despegarme de su escencia que me tiene embriagado. Pero no puedo, me apresa con más fuerza, y se dibuja una sonrisa en sus labios de terciopelo, y sus ojos se desorbitan, y todo se hace negro con violencia. Mis manos se contorsionan sobre su cuello, y hacen fuerza para poder zafar. Su cuello se astilla y se quiebra, y mis dedos están cubiertos con un líquido violáceo que me quema, y en la agonía logro levantarme y ya antes que ella pueda seguirme, mi pié revienta contra su cabeza, que estalla igual que su cuello... hueca, pero llena otra vez de ese líquido espeso y oscuro. Y corro. Corro hasta que no puedo seguir, entonces camino, o me arrastro, hasta que el cansancio me vence. Y cuando estoy por caer rendido, cuando de mis ojos caen lágrimas rojas, y de mi frente brota sudor rojo, y mi boca se llena de ese sabor metálico, herrumbrado y delicioso, entonces... Llego.
Es una casa en medio de la nada, sin luces, antiquísima. Luego me doy cuenta de su inmensidad y de su impecable lujosidad. También de que la puerta está abierta.
Me recibe un gran hall, con un piso pulido de madera que sufre cada una de mis pisadas barrosas y malolientes.
Aquí sí, puedo caer de bruces.
Alguien aparece. No puedo distinguir sus facciones. "Lo estábamos esperando. Aséenlo y déjenlo dormir. Mañana en la noche..."