Dentro de su propia mente. Ahí podía hacer lo que quisiera. Volar, nadar, caminar, viajar, inventar, construir, destruir. Ser alguien más. Dejar a Drust Dagonet en Tierra para ir a lugares diferentes, mágicos, increíbles. Solo que nadie comprendía.
Desde tonto hasta autista, pasando por retardado, deficiente, dañado. De todo lo llamaban. Pero, sinceramente, ¿qué querían que hiciera? ¿Necesitaban que dijera algo? De verdad, ¿su opinión era deseada? Lo dudaba. Para los adultos, una deficiencia mental estaba clara, aunque todos los doctores dijeran a gritos lo contrario; al chico le gustaba estar a solas.
Los padres de Drust siempre estaban preocupados. Siempre iban a verlo a su habitación, de la que no salía nunca, y le hablaban como si fuera un enfermo terminal. El chico los escuchaba, pero jamás respondía. Podría haberlo hecho si quisiera, pero no le atraía hablarle a quienes sólo lo visitaban para interrumpir sus pensamientos. Sus padres siempre se rendían. Le besaban la frente y abandonaban su habitación, cuidando que la puerta quedara bien cerrada. Ni cuando por fin sus padres lo dejaban en paz, Drust se movía de su cama. Le era imposible. Un accidente de auto diez años antes lo había dejado completamente imposibilitado para moverse. Y sus padres creían que también había dañado su cerebro. Drust no perdería el tiempo en explicaciones. Nunca lo hizo y nunca lo haría. No mientras pudiera volar, nadar, caminar, viajar, inventar, construir. De forma simple. Dentro de sí mismo.