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Engañada.
Por Miss SorrowRating: R
Advertencia: Este relato contiene violación e incestoSi eres sensible ante estos hechos, por favor, abstente de leer esto. Estás advertido/ a
Sumario: Paula, por causa de la enfermedad de su madre, tuvo que visitar el Cementerio. Un joven apuesto la sorprende y la seduce. Ella no sabía que aquel hombre, lo único que quería era venganza... No debemos confiar en los extraños.
La diligencia se detuvo en las afueras del pueblo.
Era la última parada: el Cementerio, y todas las personas que viajaban en ella rápidamente se bajaron. Unas, a sus respectivos trabajos y otras, a visitar a sus queridos difuntos.
Entre esas personas se encontraba Paula, una adolescente de diecisiete años que iba a visitar a su padre que había muerto en circunstancias sospechosas.
Paseaba silenciosa y meditabunda por las lápidas y se detenía, de vez en cuando, a leer los nombres de los muertos que se encontraban allí sepultados. Todo era monótono para ella, pero le había prometido a su madre que iría y así hizo.
Una brisa ligera la sorprendió. Paula se detuvo a mirar hacia el cielo: éste se encontraba cubierta de una espesa manta grisácea. Probablemente llovería. Se apresuró a llegar a la tumba de su padre: no quería regresar a casa empapada y con resfrío.
Nunca le había gustado los cementerios, siempre le habían inspirado miedo. Era un lugar colmado de tristeza, resentimientos, desesperación y rendición. No les gustaba esos lugares, ella prefería ir a un lugar alegre, donde sabría que podría pasarla bien, no a esos lugares donde, cada vez que volvía de ellos, llegaba a casa temblando y muy acongojada: era duro ver a las personas que quería ahora convertidas en huesos y enterradas allí donde permanecerían por toda la eternidad.
Siempre que podía, se abstenía de ir hasta el cementerio. Siempre lo hacía su madre pero esta vez, debido a su enfermedad, no podía dirigirse hasta allí. Además no tenía hermanos así que no podía delegar la tarea de ir hasta allí a otra persona. Debía ir y cumplir su promesa.
El sonido de un fuerte trueno la apartó de sus pensamientos; era mejor apresurarse y dejar el ramo de claveles rojos que había comprado.
Finalmente, luego de tanto caminar, llegó y se arrodilló frente a la tumba de su padre. Rezó unos momentos y en ese mismo instante en que se levantaba para dejar los claveles en la lápida, una mano tocó su hombro. Paula volteó sobresaltada: era un joven.
Él sonrió de forma extraña y ayudó a Paula a levantarse. Cuando los dos estaban a la misma altura, pudo observar que el joven era muy atractivo. Tenía el pelo negro azabache, como ella, y los ojos verdes. Si no hubiese sido por los ojos, podría decirse que eran hermanos-Paula tenía los ojos azules- sin embargo, sus facciones eran muy parecidas a las de ella.
La única diferencia era que el joven parecía ser musculoso y fuerte, mientras que Paula era de contextura chica y medía un metro sesenta; él era muy alto, mas o menos mediría un metro y ochenta y cinco y parecía tener más o menos la misma edad que la joven. En ese momento estaba sonriendo.
-Discúlpame por asustarte. – dijo mirándola a los ojos. – déjame que me presente. Mi nombre es Federico. – y tomó su mano, y galantemente se la besó.
-Mi nombre es Paula – replicó la chica algo cohibida.
-Hola Paula – saludó el joven cordial - ¿a quien has venido a visitar?
-A mi padre - respondió la chica mientras dejaba los claveles – él murió cuando yo tenía catorce años.-
-Lo lamento – se disculpó sinceramente Federico – Yo también vengo a ver a mi padre. Él murió cuando hace cuatro años atrás.
Ahora fue el turno de disculparse de Paula. – lo siento – dijo débilmente.
-No importa – declaró Federico sin darle importancia – lo conocí muy poco así que... No le doy importancia. ¿Quieres ir a tomar algo?
Paula frunció el ceño, sorprendida. ¿Invitarla a tomar algo? ¿ Recién se habían conocido y la invitaba? ¿ A ella? Paula nunca había salido con ningún chico. La costumbre era siempre, que el padre o tutor le consiguiera un marido con mucho poder adquisitivo para así, poder mantenerla a ella y a los hijos que tuviere. Le había sorprendido muchísimo que Federico la haya invitado a tomar algo.
Recordó súbitamente el consejo de su querida madre: “ No hables con extraños”. Pero lo ignoró. Se sentía segura con aquel joven, no sabía por qué. Federico le inspiraba mucha confianza así que, contrario a lo que diría su madre, con una sonrisa aceptó la invitación del joven.
En el mismo momento que ella dijo que sí otro trueno sonó haciendo estremecer a los dos jóvenes.
Paula pensó que, llovería pronto y que era mejor apresurarse a llegar a la taberna y Federico sonrió maliciosamente mientras Paula miraba para el cielo gris. Ya la había convencido, ahora le tocaba a él hacer el trabajo.
-¿Qué te parece si vamos? – propuso Federico tomándole suavemente la mano – No quisiera que te mojaras.
-Si, esta bien – aceptó Paula mientras se levantaba su largo vestido celeste para no resbalarse en las mojadas e inseguras baldosas del cementerio.
Salieron de la mano del Cementerio, caminaron unas cuadras y se toparon con la fachada de una elegante taberna.
La taberna se llamaba “Buen Viaje” y a Paula le inspiró mucha confianza. Entraron de la mano y vio que Federico le sonreía al tabernero. “Seguramente se conocerían” – pensó - mientras se sentaba en una mesa alejada de la barra con Federico. Éste vino después a la mesa con dos vasos de vino. Le ofreció uno a Paula y sonriendo se sentó junto a ella en la mesa. Él empezó contándole de su vida mientras Paula bebía.
-Mi madre me crió – contaba – a mi padre no lo conocí hasta los trece años. En ese momento no sabía que él era mi padre. Me entere cuando ella le reprochaba que él no viniese a verme y que siempre estuviese con sus otros hijos y no conmigo. Él me abandonó cuando mi madre estaba embarazada.
-¿tu padre tenía otra mujer con hijos? – preguntó Paula. Pero al segundo después se arrepintió: una dama no debía hacer preguntas indiscretas y se disculpó – lo siento, no quise...
-esta bien- la atajó Federico con una sonrisa- no importa. En ese momento me enteré. Yo no sabía de la existencia de mi padre. Cuando era chico, mi madre me dijo que había muerto. Y por ahora, trabajo en mi finca de mi madre y la administro ya que ella no puede hacerlo.
-Ah – dijo Paula comprendiendo – a mí me pasa mas o menos lo mismo, mi padre murió cuando yo tenía catorce. Me enteré a la mañana siguiente. Lo encontraron muerto en el arroyo que está cerca de la taberna de la Ciudad, muerto. Los gendarmes supusieron que murió en una riña callejera. – suspiró- Ahora hasta que no me case tendré que ocuparme de la administración de la finca junto al administrador. Y... - un bostezo ahogó sus palabras – lo siento, me siento muy cansada.
-esta bien, Paula no importa – dijo él sin darle importancia – sígueme contando – pidió y sonrió cordialmente.
-Pues así es mi vida – prosiguió la chica- Trabajando duro, yendo a cabalgar y ocuparme de la cosecha que dejó mi padre, por supuesto con la ayuda de mi madre pero - otro bostezo- lamentablemente, ella no puede ayudarme mucho y aquí no tenemos más familiares.
Federico asintió. Al ver que su acompañante estaba con los ojos entrecerrados, le preguntó si quería más vino. Ella negó con la cabeza y él pudo ver, sonriente, que el sueño la vencía.
Siguió contándole anécdotas sobre su vida, algunas inventadas; otras ciertas, y pudo ver, una hora después, como su cabeza se golpeaba suavemente contra la mesa. La joven estaba dormida.
Chasqueó sus dedos y dos hombres acudieron de la nada. Levantaron a la muchacha y la llevaron entre los dos, a un cuarto que se encontraba arriba de la elegante taberna. Federico los siguió, con una sonrisa macabra adornando su cara.
Los hombres dejaron a la chica sobre la cama y rápidamente se retiraron.
Federico entró y se sentó en la silla, esperaría que ella despertara: no podía hacerla sufrir cuando ella estuviese dormida. Aseguró la puerta para que no intentase esperar y se sentó.
Pacientemente, esperó hasta que ella despertara.
Ya tenía al objeto de su venganza en sus manos. Ella pagaría por todo su sufrimiento y el de su madre, pagaría y sufriría; sufriría como él sufrió cuando su familia se deshizo... por su culpa., por su maldita culpa.
Odio. Sentía odio hacia la figura que dormía. Resentimiento. Resentimiento, porque ella pudo tener una vida feliz y él; él cuando necesitó a su padre nunca lo tuvo... Gracias a ella y a la perra de su madre.
La odiaba, la odiaba con todas sus fuerzas; quería estrangularla, golpearle cada uno de sus miembros hasta que muriese; tomar una daga y cortarle parte de su cuerpo y que muriera desangrada.
Tenía muchos planes para su venganza, pero por el cual él se había decidido sería muy efectivo... y si la gatita luchara, hasta placentero.
Escuchó a la chica desperezándose: estaba despertando.
Había sido una buena idea lo del vino. No se imaginaba llevándola hasta la habitación y que ella se resistiera y quizás echara a perder el plan.
La vio abrir los ojos y, fingiendo sorpresa, se acercó hasta ella. Le sonrió cálidamente y le preguntó como había dormido.
-Dormí muy bien – respondió Paula y preguntó inocentemente - ¿pero por qué me trajiste aquí? -
-Cuando te dormiste, pensé que no sería cómodo que durmieras en la silla – respondió él una sonrisa seductora - ¿no te gusta que estemos aquí... los dos solos?
Aquella indirecta hizo sonrojar a Paula. Nunca había estado con un hombre, ¡y menos a solas y en una habitación! ¿Qué haría? ¿Cómo se comportaría?
Pero, esos pensamientos se esfumaron cuando sintió la presión de los labios de él en los suyos. Su boca capturó la suya e hizo someterla a su beso. Como Paula nunca había besado a un hombre, torpemente le respondió.
Cuando el beso terminó, Federico se encontraba sobre el cuerpo de Paula, aplastándola, inmovilizó sus brazos tomándola de las muñecas y sacando de la nada una soga para atarlas al respaldo de la cama, la miró de manera extraña, penetrante.
No dijo nada y procedió ahora a besarle el cuello y darle pequeños mordiscos a aquella piel blanquecina.
Paula tuvo miedo y trató de zafarse de las atenciones del hombre, pero no podía, el gran peso de él la aplastaba y empezó a gritar: -¡suéltame, suéltame! –
El hombre se detuvo y tapó la boca de la chica con su mano. Estaba jadeando por la excitación del momento, y ahora el odio lo dominaba. No era más aquel chico simpático que ella había conocido en el Cementerio. Era un criminal, un violador.
-Cállate perra – le espetó furioso mientras trataba de despojarla de sus ropas – te callarás y harás lo que yo te digo. ¿Entendido? ¡ Y silencio!
Paula asintió entre lágrimas. ¡ Por que había sido tan ilusa! Si su madre siempre le había dicho que no confiase en extraños – más lágrimas bañaron sus mejillas- ¡siempre se lo había dicho!
Federico ya le había sacado el vestido dejándola solo con la enagua y el corsé.
-¿¡por que me haces esto?! – le preguntó mientras el hombre la daba vuelta bruscamente para sacarle el corsé-
-porque te odio, ¿por qué más, maldita? – le respondió entre dientes- te odio y quiero verte sufrir, como yo he sufrido por tu culpa–
La colocó boca arriba y desgarró su enagua; ahora Paula solo tenía puesta la ropa interior, la cual él rompió sin miramientos segundos después, dejando a la muchacha completamente a su merced.
-¿por tu culpa? –preguntó la chica sin entender - ¿qué he hecho yo?
-¡ que has hecho tú! – exclamó el hombre - ¡ todo! ¡ Me dejaste sin familia, Paula! ¡ Sin un padre! ¡ Por tu culpa soy un hijo ilegítimo! ¡ y no tengo propiedades, nada!
Paula no se movía; el peso del hombre la aplastaba y la inutilizaba. Mientras él, nuevamente, procedía a besarle el cuello. Ella le susurró con voz trémula.
- ¿tu, un hijo ilegitimo? ¿tus propiedades? ¿Qué tiene ver conmigo eso?
-¡niña ilusa! – gritó Federico mientras le propinaba un puñetazo - ¡Tú – la señaló con el dedo jadeante - ¡por culpa tuya y de tu perra madre, me dejaste sin padre! ¡Sin el amor de una familia! ¡ Destruiste a mi madre! ¡ Me hiciste infeliz!
-pero tu habías dicho... - aventuró Paula con sus mejillas bañadas en lágrimas. – que tu padre había muerto y...
- ¡ Sí! ¡ Murió! – reconoció él - ¡ yo maté a mi padre, a nuestro padre!
-¡que! –gritó Paula - ¡cómo que nuestro! ¿Por qué?
-Ya te lo dije, Paula – contestó irritado el hombre – Él me abandonó a mí y a mi madre cuando nací, por tu culpa.
La esposa, que era tu madre, estaba embarazada. Mi madre lo sabía pero pensó que él no iba a olvidarse de nosotros ¡pero lo hizo, maldito sea! Tu tuviste a tu padre toda a tu vida... yo preguntaba a mi madre por uno. ¡ Él no se ocupó de nosotros! Y una noche... en un callejón, cerca del lago, lo maté a puñaladas. ¡Yo lo maté, Paula! ¡Yo lo hice! ¡ Y ahora te mataré a ti! ¡Tendrás una muerte larga y dolorosa! ¡ Te lo juro por mi vida!
Siguió acariciando, ávidamente su piel hasta que se topó con los pechos redondeados de la muchacha. Lamió, mordisqueó y chupó aquellos pezones, que ya se encontraban erectos. El deseo ya se había apoderado del muchacho y ya casi era el momento para hacer lo que había venido a hacer: vengarse y hacer sufrir a la muchacha, su media hermana, hacerla sufrir por todo lo que él había sufrido por no tener un padre; como él había sufrido al ver desmoronarse a su madre y morir en sus brazos. Sufriría ¡y como sufriría!
Paula no sabía que hacer, estaba aterrada, en un estado de shock. Se le hacía imposible la historia que él le había contado, como imposible que ahora ella se encuentre allí, sometida por su medio hermano, encaminándose hacia el sendero de muerte. Él había prometido sufrimiento, y lo estaba cumpliendo. La estaba humillando, deshonrando, valiéndose de su odio hacia su padre, valiéndose de la venganza.
Ahora las manos de Federico se encontraban en el bajo vientre de la joven. Iba a empezar a acariciar su intimidad cuando ella lanzó un sollozo. Ignoró el sollozo de la joven y se levantó de la cama. Se quitó la camisa negra, el pantalón de mismo color, las medias y los zapatos. Sacó de un bolsillo una pequeña daga de plata y se dispuso a observar el esbelto cuerpo desnudo de la muchacha con una sonrisa lujuriosa.
“Así que mi padre no perdió el tiempo – pensó- mi media hermana es muy hermosa -Sintiendo el deseo en su entrepierna siguió admirando su belleza. – someterla va a resultar muy placentero”
Paula veía el cuerpo desnudo del joven cohibida y sonrojada. ¿Por qué había caído en esa trampa? ¿Por qué su medio hermano la usaba para vengarse? ¿¡Por que?! ¡¿Por qué estaba siendo presa de un maniático... de un enfermo!?
Gritó con todas sus fuerzas esperando que alguien la rescatara. Pidió socorro. Tenía que escapar... tenía que hacerlo. Gritó y gritó, pero nadie acudía. Observó a Federico que la miraba con una sonrisa burlona.
-Nadie va ayudarte, Paula – le comentó Federico para espanto de la chica – Aquí son todos amigos míos. Saben que no tienen que meter las narices en mis asuntos. Como tu vas a saber ahora mismo que vas a ser mía y que te mataré.-
-¡Mátame entonces! – pidió Paula desesperadamente y al borde de la histeria – ¡mátame! No puedo soportar tu cuerpo junto al mío. Tus besos... ¡no puedo soportarlo! ¡Mátame! – imploró y lanzó un suspiro mientras continuaba llorando – hazlo, Federico, hazlo.
-Si, si – afirmó Federico – te mataré Paula, pero todo a su debido tiempo.
Se lanzó nuevamente sobre ella y la besó bruscamente, haciendo que saliera sangre de sus labios, aún poseía la daga que la usaría momentos después. Lamió la sangre que se desprendía del labio de su media hermana y, sin miramientos, penetró en ella bruscamente.
Paula lanzó un grito de dolor que retumbó en toda la habitación. Sollozaba fuertemente. Ya la había deshonrado. Ella ya no podría casarse y toda la fortuna que le había dejado su padre se esfumaría pronto ya que era con lo que subsistían ella y su madre. ¿¡Que haría?! ¿¡Que haría ahora!? Morirían de hambre si la pequeña fortuna desaparecería, y ella y su madre morirían de hambre.
Maldijo la hora en que se había encontrado con aquel enfermo que era su medio hermano. Con lágrimas en los ojos y atada, podía observar como aquel enfermo la poseía salvajemente, entrando y saliendo de ella continuamente.
Gritaba y gritaba de desesperación pero el hombre parecía no oírla; estaba absorto en su trabajo: hacerla sufrir lo más posible. No podía hacer nada... ni siquiera pegar puntapiés ni gritar.
Todo era inútil. Aquel hombre había planeado todo muy minuciosamente y no había posibilidad de escapar. Tenía que resignarse a su destino. Finalmente, el hombre terminó su trabajo y se levantó de la cama. Le sonrió malévolamente.
-Has sido buena, hermanita – bromeó mientras se dirigía donde estaba su ropa para vestirse. Su sonrisa continuaba mientras se vestía y, cuando ya estuvieron todas sus prendas en su lugar, se dedicó a observar a la criatura acostada y atada en la cama.
Empezó a reír a carcajadas depravadamente ante el espectáculo de la chica desnuda, incapaz e indefensa que había poseído y de la mancha de sangre que se destacaba entre las sábanas blancas. Lo había hecho: había cobrado su venganza y ahora faltaba la mejor parte
Paula tenía las piernas entumecidas y continuaba llorando ante el psicópata que la había violado. Tenía los brazos atados por una soga que no sabía de donde había aparecido y le dolía muchísimo la cabeza.
No podía pensar ni hablar coherentemente. Solo quería que esa pesadilla terminara y si debía terminar con su muerte estaba bien. No quería sufrir más.
No vio a su medio hermano acercarse; poseía una daga. “ Este es el fin – pensó Paula – que sea pronto, por favor”- rogó.
Federico esbozó una sonrisa y se sentó en la cama junto a Paula. Jugueteando con la daga le preguntó: -¿cómo quieres que te mate? Tengo muchas formas de hacerlo, pero me gustaría que elijas una tú.
Ella no respondió. No sabía como quería que la matase y ni le importaba. Lo único que quería era morir... y pronto.
-¿por qué no quieres decírmelo, Paula? – preguntó Federico meloso mientras le subía la barbilla a la chica y la besaba violentamente - ¡Dímelo, maldita sea! – exclamó al terminar el beso.
-Ahorcada- susurró la chica en voz baja.
-Tus deseos son órdenes, princesa – bromeó Federico, ahora pasando la daga por entre los pechos de la joven y después bajándola por su vientre. La daga continuó su camino hacia sus piernas, donde, después de pasar por allí, se detuvo nuevamente entre los redondeados pechos de la joven.
De repente se guardó la daga en su bolsillo, sacó un pedazo de soga de un bolsillo interno de su saco y se dirigió hacia la cortina beige que se encontraba atrás de la cama de Paula y la arrancó de un tirón. Cuando la tela de la cortina cayó, Federico sonrió con satisfacción: Podría atar la soga a los ganchos que habían sostenido la pesada cortina y luego mover el escritorio que se encontraba a varios metros y ahorcar a Paula obligándola a saltar de él.
Sonrió. El plan era perfecto.
Sin dificultad, movió el pesado escritorio hacia el lugar que antes ocupaba la cortina, dejando un espacio para que él pudiera empujarla y se apresuró a asegurar que la soga estaba bien atada, y después de eso, se dirigió hacia la cama donde estaba su media hermana.
-Ya está todo listo – le avisó mientras se daba el placer de acariciar nuevamente aquellos pechos redondeados.- ¿Quieres decirme algo?
-Te odio – espetó la chica mientras escupía su cara. Esos momentos que él no estaba cerca pudo razonar que le pasaba y sentirse mejor. Ahora pensaba con un poco más de claridad que antes.
Federico hizo una mueca y se enjugó rápidamente el escupitajo. – ¡perra! – exclamó mientras la llevaba a lo que iba a ser su muerte. Ella no replicó. Trató de pegarle una patada pero él la esquivó. La alzó en sus brazos y la obligó a colocar sus piernas en la cadera del hombre, le propinó otro puñetazo para aturdirla y rápidamente la hizo erguirse en el escritorio y le pasó la cuerda por el cuello. Ella pataleaba pero sabía que eso era peor. Si llegaba a resbalarse podría morir. Aunque ese iba a ser su destino, seguramente.
Federico, observándola enfrente de ella, le preguntó.
-¿cuál es tu último deseo? –
¡-muérete! – espetó con furia.
Federico sonrió y procedió a empujarla. Miró con desdén a la chica desnuda que se debatía a metros del suelo. Sonrió maquiavélicamente. Pensaba que hacer con su cuerpo aunque ya tenía más o menos la idea en su mente.
Paula jadeaba a causa de la presión de la soga en su cuello. Era el fin y ni siquiera pudo despedirse de su madre, no pudo hacer nada. ¿¡ como había podido ser tan inocente!? ¿¡Cómo!?
Pronto sintió que se ahoga... la presión era mayor... no había nada que hacer. Miró a su asesino con desprecio; éste le devolvió la mirada con una sonrisa cruel.
Y, finalmente murió.
La sonrisa de Federico se ensanchó. Ya estaba. Había cumplido su venganza. ¡Eso era por su madre! Su santa madre que hizo lo imposible para criarlo y alimentarlo sin importarle las habladurías del pueblo. ¡Sin importarle nada!
Ya amanecía. Federico descolgó el cuerpo inerte de su hermana de la soga y lo tendió en la cama. Sacó nuevamente su daga, e impasiblemente, comenzó a apuñalar el cuerpo de la joven; a descuartizarlo por completo, después; a mutilarlo y que de él no quedase nada ¡Nada!
Así fue su venganza... y la había cumplido. El odio empezó a abandonarlo. Ya todo había terminado. Ahora podía dormir tranquilo... su venganza estaba hecha: había matado a su media hermana.
Y había ganado.
Paula Achaval Costas
- rezaba el epitafio –
14 de Noviembre de 1854 – 28 de Febrero de 1871
Amada hija y amiga
Que Descanse En Paz.
Había pasado un año del asesinato de Paula, y Federico, esa tarde, visitó su tumba. La miró fijamente y sonrió. No sentía el menor remordimiento al observarla y acordarse de ella.: Era tan hermosa... tan pura.
Volvió a sonreír. Que lástima que ella se había cruzado en su camino destruyéndole la vida... Quizás hubieran podido estar los dos juntos casados y felices. Pero el Destino quiso otra cosa... quiso que se vengara y así lo hizo.
Depositó un ramo de claveles rojos y dijo en voz alta, serio, inexpresivo. -Espero que estés descansando en paz – murmuró mientras un trueno resonaba en sus oídos.
Se dirigía a la salida del Cementerio satisfecho por los resultados de su venganza.
No sabía que todo lo malo que hacen las personas vuelve siempre a ellas, y que, muy pronto, el también podría ser parte de una venganza. Una venganza de la que quizás, no escaparía con vida.
FIN