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Author: Eliza Rain
Fiction Rated: K - Spanish - Fantasy/Sci-Fi - Reviews: 3 - Published: 03-03-05 - Updated: 03-03-05 - id:1849089

Sólo Postre

Por Eliza Rain

Aquella tarde de otoño la señora Bárbara C., una mujer alta, de cabello negro y corto y ojos un poco rasgados que vivía a un lado del huerto, había ido a comprar una calabaza; una enorme, gigantesca y hermosa calabaza anaranjada que parecía imitar al mismo sol. Iba más que feliz por su compra, ya que no sólo era la mejor de aquel huerto, sino que la había conseguido casi gratuitamente gracias a que la dueña de las calabazas, no sólo era vecina suya, sino también porque enviaban a la misma escuela a sus hijos.

Esa tarde, sin duda, comerían un gran postre de calabaza. “Quizá haga un pastel”, pensó la señora Bárbara mientras abría la puerta de su amplia casa. “O tal vez un dulce”, volvió a pensar al cruzar la sala de estar hasta la cocina, “No, haré el pastel”, resolvió en lo que se ponía el delantal blanco que estaba colgado a un lado de la puerta de la cocina.

Sacó la gigantesca calabaza de la bolsa donde la había puesto y la colocó sobre la mesa. No se dilató mucho en buscar todos los ingredientes para su pastel, seguido hacía dulces y postres de todo tipo para su familia y sus amigos. Los colocó sobre la mesa, al igual que los instrumentos que necesitaría.

Los niños estaban jugando fuera de la casa y su esposo trabajaba, como era de esperarse. Debían regresar temprano a casa, la señora les había advertido que si llegaban tarde no comerían postre, ya antes había cumplido su amenaza.

La señora era famosa en la calle por sus deliciosos postres. Nadie podía resistir una probada de sus moffins de chocolate o sus galletas de nuez. Era por ello que, también tenía visitas con regularidad.

Sacó de un cajón un enorme cuchillo, lo bastante afilado para cortar aquella calabaza. Con un paño limpió la acanalada piel color naranja brillante del fruto.

Tomó nuevamente el cuchillo y, cuando ya iba a acercarse a cortar la calabaza, ésta comenzó a brillar tenuemente. La señora Bárbara no le prestó mucha atención, tal vez era simplemente el reflejo de la luz. No obstante, al irse acercando a la cáscara, más se iluminaba. Al darse cuenta se apartó bruscamente y dejó de emanar esa extraña luz. Estaba asombrada. De nueva cuenta, con su diestra acercó el cuchillo y se iluminó aún más. Los ojos de la señora, habitualmente rasgados se abrieron de manera sorprendente.

Detuvo un momento el corte que planeaba hacer y después apartó el cuchillo, dejándolo nuevamente sobre la mesa.

Se pellizcó para asegurarse de que no se trataba de ningún sueño y al sentir dolor, salió corriendo de la cocina dando grandes zancadas, lo único que quería era apartarse de esa cosa lo antes posible.

Se devolvió al huerto para reclamarle a la mujer que se la había vendido, una mujer bajita que tenía el cabello largo, color avellana y trenzado con listones rojos. La vendedora se sintió ofendida, pero aún así se echó a reír; obviamente era imposible creer una historia así.

La señora Bárbara C., desesperada, se agachó y, como pudo, tomó del brazo a su vecina y la jaló hacia donde estaba su casa. La puerta estaba abierta, la mujer estaba tan pasmada y asustada que ni siquiera se molestó en cerrarla. Cruzaron ambas mujeres la sala, descuidando otra vez la puerta principal, y sin más preámbulo la señora Bárbara tomó el cuchillo y lo acercó a la calabaza para mostrarle a su aún incrédula vecina aquel extraño espectáculo.

La vecina ahogó un grito tapándose la boca con las manos y, del mismo modo que su compañera, salió corriendo en busca de ayuda, tan apurada que, inclusive, los listones que sostenían su cabello se soltaron. La voz se corrió rápidamente por todo el pueblo, ¿una calabaza brillante?, nadie podía creerlo, sino hasta verlo con sus propios ojos.

En cuestión de minutos, la casa se llenó de mirones intrusos que querían ver aquel fantástico fenómeno. La prensa llegó de inmediato, nadie se explicaba el por qué de aquel brillo. Comenzaron a especular, algunos comentaban que era a causa de químicos tóxicos que reaccionaban con el metal, otros culpaban a la vecina- Probablemente estaba usando fertilizantes químicos para hacerlas crecer de aquella manera-, otros estaban convencidos de que los extraterrestres eran los culpables de la calabaza brillante.

Fueron al huerto en busca de más calabazas iguales, pero no tuvieron ningún éxito.

Varios días pasaron y no se podía dar ninguna explicación. Los científicos y estudiosos lo calificaron como histeria popular, pero ¿cómo calificarlo de aquella manera si lo que estaba pasando era real?

Conforme pasaba el tiempo, el brillo de la calabaza no era lo único que causaba expectación, sino también era el hecho de que nadie se atreviera a cortarla; al ver aquel extraño resplandor detenían su mano y arrojaban el cuchillo sin mayor explicación, era como si se negara a ser cortada de alguna manera.

De aquella forma, sin poderla seccionar, no había modo de averiguar qué era aquello que la hacía iluminarse.

Pasaron los días y la calabaza seguía sin dar pistas sobre aquel inexplicable resplandor. Varios laboratorios la llevaron, no obstante, no sólo rechazaba los cuchillos, sino también los instrumentos de disección que los científicos utilizaban, además, con gran enfado la devolvían, pues los aparatos, sin razón aparente, comenzaban a fallar en cuanto se le intentaban tomar radiografías o pruebas de ultrasonido.

La calabaza, cada vez parecía ser más motivo de expectación; el paso del tiempo parecía no afectarle de ninguna manera, en tanto otras frutas- incluyendo otras calabazas- comenzaban a dar muestras de descomposición, ésta seguía tan brillante y anaranjada como el día en que fue cosechada. Muchos argumentaban que, posiblemente, la calabaza era cambiada con frecuencia, mas no podían probarlo, pues, como antes lo habían acreditado, el fenómeno del resplandor no se daba en ningún otro fruto. Otros mencionaban que, probablemente, la señora Bárbara era quien ocasionaba el brillo de la calabaza para llamar la atención, pero, ¿quién podría decir eso después de haber probado sus postres antes?, Era más que obvio que ella no necesitaba llamar más la atención; su dulce sazón le daba toda la fama que requería, claro que, cuando la calabaza apareció sus postres perdieron toda importancia y, ahora, lo que causaba controversia era aquella.

No ganaba dinero, ni promocionaba algo, por lo que la calabaza no hacía más que estorbarle a la señora. Para el pueblo era un suceso; Visitantes de todo el mundo se dirigían al lugar y cientos de productos publicitarios, así como souvenirs se vendían por igual en todo el lugar y muchos locales cambiaron sus nombres por algo que incluyera “calabaza”, incluso la dueña del huerto se hizo publicidad- No había nadie en el pueblo que no intentase buscar una maravilla igual y, desde luego, nadie en el pueblo encontraría algo igual -.

Durante mucho tiempo, la situación no cambió, excepto porque la calabaza iba perdiendo popularidad ante nuevos sucesos y la vida en el lugar se iba normalizando, aunque, desde luego, aún había curiosos que iban en busca de rarezas como aquella.

Finalmente, cierto día, cuando la demostración de la calabaza estaba a punto de comenzar con algunos espectadores interesados (aunque no más que en un principio), La señora Bárbara se dio cuenta de que sobre la mesa donde había dejado el fruto ya no se encontraba más que una hoja diminuta de papel. La ventana a un lado de ésta se encontraba abierta; la mujer echó un vistazo y calló al piso al ver que su calabaza brillaba como nunca y se apartaba flotando en el aire. Asombrada se puso de pié y tomó el papel que se encontraba en lugar de la calabaza. Al verlo con detenimiento se dio cuenta de que tenía una inscripción apenas legible. Abrió uno de los cajones y tomó una lupa. Al leer lo que decía, de inmediato, cayó inconsciente.

Cuando los visitantes fueron en su busca, encontraron la nota. Cuidadosamente la leyeron con la lente de aumento: “Gracias por cuidar de nuestra nave”, decía y al mirar por la ventana observaron a la calabaza que aún flotaba, dejándose ver por última vez en el pueblo.

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