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El monstruo que vivía debajo de la cama
Monstruos… ¡qué criaturas cobardes! Cuando vivíamos en provincia, solía imaginarlos intrépidos personajes que andaban la noche, adueñándose de la mitad del todo, sitiando a los hombres en el interior de sus casas con un tácito toque de queda. De vez en cuando me animaba a dejar las persianas alzadas, y entonces podía ver cómo sus movimientos se traducían en sombras danzarinas sobre las paredes de mi cuarto. De algún modo, me sentía a salvo en casa, si bien siempre procuraba tener a mano la ficha del velador… por si andaban con el espíritu más aventurero que de costumbre.
Sí señor, a esos monstruos provincianos sí que sabía cómo mantenerlos a raya, en cambio cuando vinimos a la ciudad, las cosas se pusieron feas…
Son pocos los monstruos de ciudad a los que les gusta la calle. Será que hay demasiada luz como para que se sientan libres de hacer de las suyas, será que sus métodos de tortura para con los humanos se desvían más hacia la sugestión… o que han alcanzado un nivel tal de civilización que prefieren acosar a sus víctimas por medio de sus súbditos, esos que son más reales que los mismo miedos, y que paradójicamente aparentan inconmensurable indefensión, si bien son tan capaces de quitarnos el sueño como sus mandamases.
Recibí la primera advertencia una noche cuando estiré mi diestra para alcanzar las chancletas —que vaya uno a saber por qué, siempre se escabullen debajo de la cama independientemente de cuan lejos las hayamos dejado antes apagar la luz—, y algo me rozó. Sorprendida — porque hasta entonces no había sentido miedo—, alcé la mano y encendí el velador para ver a la cucaracha más impresionante. Corrí a por un zapato y con total determinación la perseguí y le di muerte. Luego, sintiéndome muy satisfecha, seguí mi camino hacia la cocina, y cuando se hizo allí la luz, me llevé el susto de mi vida al comprobar que tantos otros ejemplares de la especie, que hasta el momento habían andado a sus anchas por las paredes, los muebles y los solados, amparados por la penumbra, huían espantados para refugiarse en escondites una docena de veces más pequeños que sus anatomías…
“¿Dormir con la luz encendida? ¿Pero cómo se te ocurre?”
El monstruo de debajo de mi cama había hecho su presentación formal por medio de un vocero a quién yo osé asesinar, y en compensación decidió decomisar todo objeto que traspasó los límites de su feudo.
El fumigador no hizo acto de presencia sino hasta veinte días después.
Y nada más... creo... Gracias, Oropéndola por tu review, y ahí nos leemos. :)