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N/A: A los posibles lectores de este relato les aconsejo, que a fin de poder comprender el texto, presten especial atención a las expresiones que aparecen en letra cursiva, así como también a aquellas que se encuentran "entre comillas". Después, si no es mucho pedir, les agradecería que me hicieran saber si lograron o no comprender la situación de que se trata.
Teléfono
La campanilla comenzaba a repicar a las tres con puntualidad encomiable, y yo alzaba el tubo inmediatamente después de la segunda “voz de alarma”, y pronunciaba siempre el mismo “hola” con tono cortés.
—Sí, ¿está Tincho?
¿Por qué si yo decía “hola”, ella respondía “sí”? ¿Y por qué lo llamaba “Tincho” con esa voz forzadamente nasal, casi gangosa?
—Número equivocado. —Respondía al tiempo que colgaba el auricular. A veces alcanzaba a oír el murmullo de un “pero…” al otro lado de la línea, pero eso no me conmovía en lo más mínimo… No pasaba ni medio minuto antes de que volviera a llamar.
—Hola…
—¿Me pasás a Tincho?
—Hola. —Insistía yo.
—Pasáme a Tincho.
¡Y dale conque no iba a saludar ni que la vida le fuera en ello! La gente viene cada vez más maleducada.
—¿Con qué número querés hablar?
—¡Quiero hablar con Tincho!
Y ahí nomás le volvía a cortar. ¡Qué Tincho ni qué ocho cuartos! ¿Y qué clase de nombre era ese? Cuando el teléfono volvía a sonar, me tendía sobre la alfombra, con la mirada perdida en las intrincadas molduras del cielorraso, me cubría bien con las colchas y dejaba que el contestador atendiera.
No podía dejar de sorprenderme cuando, a pesar del mensaje grabado, la misma voz comenzaba a hablar como si no hubiera escuchado nada: —¿Tincho? Tincho, ¿estás ahí? ¿Por qué no querés hablar conmigo…? ¿Todavía estás enojado?— Aguardaba unos instantes, soltaba un audible suspiro, mezcla de desilusión y fastidio, y por si las moscas volvía a insistir: —¿Tincho, me escuchás, estás ahí?... Ya veo que no… Llamáme, ¿sí? Es importante que hablemos, mi amor…
Así que “mi amor”… ¡Já! No sé por qué, pero siempre me hicieron gracia esos apelativos. Sin duda, acostumbrarse a su uso podía resultar muy cómodo, así uno podía llamar a más de un ser humano del mismo modo sin arriesgarse a cometer el error de confundir sus nombres… Pero no era una técnica infalible. A veces era posible perder el control… ¡Y que me lo dijeran a mí, que de esos menesteres estaba sobradamente al día!
En general los mensajes de las tres no eran muy reveladores, en una de esas porque no tenía el tiempo suficiente para explayarse; así que sólo guardaba algunos de ellos, y al resto los borraba después de escucharlos dos o tres veces antes de ir a hacer las compras para la cena. ¡Ah… pero la cosa se ponía buena después de las nueve!... Yo ya tenía elegida la musiquita que le iba a poner de fondo desde el día anterior; a veces una versión casera de Para Elisa que Martín había grabado cuando recién se había podido comprar el piano de cola, otras, una selección de lo mejor de Fausto Papetti que me había regalado para Navidad... Procuraba crear un clima “romántico” y a la vez “dramático” que envolviera sus palabras cada vez más lastimeras…
—Tincho, hace días que no nos vemos, y nunca me contestás… Te llamé al trabajo… —ahí siempre la asaltaba la inseguridad— O no estás yendo o es que te niegan todo el tiempo… Tincho, te amo… —y volvía a suspirar— y te extraño. Ya sé que se me fue la mano la última vez. Vos necesitás tu espacio y yo te entiendo, pero entendéme vos también a mí. Yo no le caigo bien y me hace sentir incómoda; cuando me mira hasta me parece que me odia… —ahí se arrepentía del rumbo que iban tomando sus palabras— Perdón, no quería decir todo eso, yo… —y ahí era cuando me sacaba de mis casillas.
Entonces tomaba el auricular y la ponía en su lugar: —Vos nunca querés decir nada, ¿no? ¡Puta!
Y volvía a colgar.
Para entonces siempre estaba de mal humor, pero eso no me privaba de pasar las frías noches de aquél verano justo en donde a ella le hubiera gustado estar… Y es que yo sí sabía darme maña para conseguir lo que quería. Pobrecita, en ocasiones hasta pena me daba.
Lástima que Don Edesur¹ acabara con nuestro idilio de un plumazo… Y abrir las ventanas para que corriera el aire no fue la mejor idea que se me pudo haber ocurrido.
Martín siempre fue muy aficionado a bromear con lo escatológico, y a mí poco me sirvió toda una vida de experiencia en eso de ser meticulosamente discreto.
Lo dicho, una verdadera pena.
1 - Don Edesur: Entiéndase como el Don, "dueño" de la compañía de energía eléctrica.