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Hastío
Había que reconocer que, ante todo, Don Anselmo Temes era un buen tipo que se había pasado la vida entera laburando. Él mismo solía decir que le hubiera gustado ser ingeniero, pero cuando tenía once años tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su madre con el almacén después que al viejo Temes le diera un infarto y se viera forzado a dejar de trabajar. Pero como en los tiempos en que Don Anselmo apenas era un juvenal, por estas tierras todavía abundaban, bajo algún aspecto, las oportunidades para quién estuviera dispuesto a hacer ciertos sacrificios, doña Severa y su hijo sacaron adelante el negocio familiar a la par que se las apañaban para lidiar con el irascible de su padre que desde su retiro hasta el día de su deceso, año y medio después, no supo hacer otra cosa que escupir la comida y vociferar. —Esto último salido de labios de mi abuela; no se imaginan la de cosas que recuerdan los arterioscleróticos cuando se olvidan el nombre…— Y a pesar de todo, según el propio Don Anselmo, nunca le faltó al respeto al Viejo Temes, porque a los padres se los debía de obedecer sin rechistar… Y yo me imagino que más bien porque el viejo no habría sido siempre así.
Hoy por hoy me da un poco de vergüenza admitir que no recuerdo muchas de las anécdotas que compartió conmigo durante aquellas interminables tardes en las que, espátula en mano, nos aplicábamos a la faena, ya de rasquetear la pintura de las paredes del frente del almacén, ya de destrabar las persianas que, con demasiada frecuencia, amanecían pegoteadas de afiches propagandísticos. En cambio todavía recuerdo como si estuviera pasando ante mis ojos la expresión de desagrado que pintaba en la ojerosa cara del viejo mientras despegaba indignado la cínica estampa de algún candidato local, y hasta me parece que puedo oír sus rezongos mientras blanqueaba graffities que, según él, eran la obra de vándalos analfabetos… Uff… esos sí que eran los peores porque, sin importar cuantas manos de pintura aplicáramos para cubrirlos, siempre volvían a translucirse, como una maldición.
Bueno, en realidad serían la maldición que le tocara en suerte a don Anselmo, porque en lo que a mí tocaba, representaban las bolitas, las golosinas, el cine y las figuritas que la vieja siempre consideró prescindibles.
Releo lo que acabo de escribir y corrijo un par errores, de esos que siempre pretendo disfrazar de tipográficos — ¡bendita sea la tecnología!—, y me doy cuenta de que Don Anselmo tenía razón, y que a nadie parece importarle mostrarse burro. Como bien dije, el hombre no había siquiera terminado la primaria, pero jamás cometía errores al escribir y, curiosamente, si bien entendía muy poco de números y de leyes, su contabilidad era digna de elogio, si no por lo convencional, por lo comprensible. En una columna sumaba lo que pagaba a los proveedores, en otra lo que cobraba por las ventas, y debajo, en un recuadro, anotaba una cifra que, con frecuencia quincenal se iba incrementando casi exponencialmente, que era lo que gastaba en la pinturería. Siempre se negó a pedir crédito en parte alguna, ni tampoco le pidió prestado a nadie, y en un tiempo seguramente no lo necesitaría, pero después, —mucho después— creo que no lo hizo porque le dio vergüenza…
Fueron los supermercados los mayores responsables, los que lo acorralaron. Así que tuvo que empezar a fiar sin muchos miramientos, para no perder demasiados clientes. Pero después también fiaba el Hogar Obrero¹, que además hacía el pan y lo vendía mucho más barato, y vendía ropa y otras chucherías que las doñas podían comprar a plazos, y qué sé yo qué sarta de boludeces más. Y sí, puras boludeces, como las que tenía la gente metidas en la cabeza cuando decidió no cancelar nunca su cuenta en Lo de Temes, y salir corriendo a endeudarse con créditos para sacar a plazos un televisor a color para ver el mundial del ochenta y seis.
Vamo arjentina todabía.
Así, con el “vamos” sin la ese final, el “todavía” con be larga, y Argentina toda en minúscula y con jota en lugar de ge, apareció la pintada sobre la persiana que apenas tres días antes —y era todo un récord— habíamos acabado de limpiar… ¿Y cómo podría olvidarme de aquello, si al final el seleccionado argentino ganó la bendita copa esa…? Cada vez que aparecen las imágenes de esa época en los medios de comunicación, a mí se me aparece la imagen del viejo a las puteadas limpias, montando la escena de su vida en mitad de la vereda. Con el rostro enfebrecido y la respiración agitada fue y volvió varias veces del cuartito de las herramientas, su paso rápido y desparejo, hasta que hubo sacado a la calle todos los tarros de esmalte que allí guardaba; después se dedicó a vaciarlos, uno por uno, sobre las persianas del almacén como si fueran baldazos de agua.
Las doñas del barrio salieron también a la vereda para quedárselo viendo con las mandíbulas desencajadas por la impresión. Y los críos se divertían de lo lindo porque no entendían ni jota. Y yo… Yo tampoco entendía mucho, ni tampoco sentía mucho… Pero juro que cuando don Anselmo, de tanto ímpetu, se resbaló y se cayó de culo en medio de un charco de pintura y se quedó luego quietito, sin siquiera pestañear, como que me dio… no sé, más bien como que por un instante me faltó el aire y sí, hasta sentí miedo de que le fuera a dar un patatús.
Pero no le dio. Después de un rato nomás se levantó como pudo y torpemente juntó los restos de su dignidad hecha polvo y se metió en su casa sin apenas mirar a nadie.
Pobre… Aquella se la habían hecho a propósito, nomás para hacerlo rabiar, para ver hasta dónde era capaz de aguantar; porque nadie podía escribir tan mal a menos que lo hiciera adrede. ¿No?
Y pobre de mí también, que se me acabó la changa, porque don Anselmo ya no quiso volver a limpiar el frente… O no pudo… O dejó de importarle… O… Bah, mejor no me entrevero, porque si no… La verdad es que prefiero no cavilar acerca de cómo fue que hizo lo que todo mundo concluyó que don Anselmo hizo.
¿Y a mí qué si de golpe y porrazo a los vagos de la esquina les llegó su San Martín como a los chanchos? La verdad es que ni cuenta me di hasta que la vieja me atajó una tarde, —tarde— y me dejó sin salir a la calle a tirar cuetes con los otros pibes.
El almacén no volvió a abrir, y don Anselmo anduvo desaparecido por semanas. Unos agentes de la quinta² lo fueron a buscar un par de veces, y como nadie les abrió, a la tercera se metieron en la propiedad por las suyas… El acontecimiento salió en los diarios, en la tele, en todas partes. Y la ciudad salió a buscar al viejo después de encontrar a los que habían desaparecido sucesivamente de la esquina, todos bien apretaditos distribuidos en las varias heladeras que había en el almacén.
Tiempo después, —meses, o un año quizá— me pareció distinguir a don Anselmo Temes cerca de una multitud de bonistas que se rasgaban las vestiduras a las puertas de una sucursal del SuperCoop. ¿Sería mi imaginación, o se estaría conteniendo para no soltar la carcajada que le brillaba en los ojos mientras los miraba con aparente indolencia?
Si se esperaba de mí que lo señalara con el dedo, que esperaran nomás y que desesperaran todos esos que esperaban…
A mí el viejo siempre me había caído bien.
El otro día andaba por Independencia, y cuando llegué a Paseo Colón me encontré al Ingeniero Huergo, entre chamuscas flores, con los restos de una pancarta del CEI.³ enroscada al cuello después de las elecciones… No sé si me dio pena, nostalgia, o asco… Y supongo que nada me costaba ayudarlo a deshacerse de ella, ¿no?
1 – El Hogar Obrero era una asociación cooperativa que prestaba múltiples servicios. Funcionaba incluso como una suerte de asociación de capitalización y ahorro, financiaba la construcción de viviendas con tasas muy bajas, y poseía también una cadena de supermercados (SuperCoop). A fines de los ‘80s esta cooperativa quebró.
2 – Se hace referencia a los agentes de policía de la comisaría quinta de la entonces Capital Federal, actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
3 – El CEI es el Centro de Estudiantes de Ingeniería. La sede principal de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se encuentra sobre la Avenida Paseo Colón; y en el frente, a mitad de las escaleras que dan acceso al edificio, se encuentra una estatua de bronce del célebre Ingeniero Huergo.
PD: Se agradece cualquier comentario que quieran hacer, y se responden, de buen grado, todas las preguntas.
Ana.