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Author: Tsory
Fiction Rated: T - Spanish - Romance - Reviews: 8 - Published: 06-02-05 - Updated: 06-02-05 - Complete - id:1929632

La escalera
(No hay amor imposible, es nuestra sociedad la que lo limita)

-...Bien- dijo la directora, una señora de 38 años, de pelo corto alisado y vestida elegantemente-... todo está en orden- dejó los papeles en un magnífico orden sobre su escritorio-... ¡Está contratado!- añadió con una alegre sonrisa.
-¡Gracias a Dios!- se alivió el hombre que estaba sentado enfrente de la directora.
-Usted se encargará de las horas de Historia del 5ºC, del 6ºD y del 6ºA- le confirmó la directora-. Sea bienvenido al “Colegio Santa María de la Esperanza”- terminó dándole un apretón de mano al hombre.
-Muchas gracias señora directora.
-Llámeme Paula. Además, si no lo hace, pensarán que es un arrastrado conmigo-
dijo ella mientras terminaba lo dicho con una tímida risita.
-De acuerdo Paula.
-Mucho mejor-
el hombre se disponía a salir cuando...- ¡Espere!- el hombre volteó- se me olvidó pasarle su horario- le entrega una hoja que trae una tabla con todos lo horarios que necesitaba-. Le toca después del recreo con el 5ºC y después de la hora de almuerzo le tocará con el 6ºD. ¡Qué tenga un buen primer día!- terminó la directora y por fin el nuevo profesor salió de aquella oficina.

Entró al colegio. Era uno de aquellos colegios antiguos, de varios patios que se extendían por varios metros de largo y ancho, y que, a través de tantos años, se había extendido tanto que cada pasillo parecía un laberinto y cada edificio que conformaba el colegio se interconecta gracias a las tantas escaleras que habían.

Los alumnos eran incontables. Solamente la prebásica contaba con tres divisiones por cada curso (A, B y C), mientras que la básica y la media contaban con cinco secciones (A, B, C, D y E); cada curso (de pre-kinder a IVº medio) contaba con un máximo de veinte alumnos.

Para un profesor o alumno nuevo, aquel colegio era un perfecto laberinto para perderse. Te equivocas de escalera y en vez de ir al edificio en donde se encuentra el IIºE, te vas al edificio en donde se encuentra el 2ºC, o el IIºA.

El profesor nuevo entendió de inmediato en qué clase de colegio se había metido. Fue por eso que no lo pensó dos veces cuando detuvo a un auxiliar y le preguntó:

-¿Sabe usted en donde queda la sala del 5ºC?.
-¿Del 5ºC?-
preguntó el auxiliar-. ¡Ah, el 5ºC!- le indicó una escalera-. Tiene que tomar esa escalera y subir por ella hasta el tercer piso, y una vez que llegue ahí debe continuar caminado derecho por el pasillo que dobla a mano izquierda, toma la segunda escalera que vea y la tercera puerta a mano derecha es la sala del 5ºC- pudo observar que el nuevo profesor estaba algo confundido-. ¡Se nota que es nuevo aquí!. ¿No quiere mejor que se lo escriba?.
-No, no se preocupe-
el nuevo profesor fue a subir la escalera antes de que se le olvidara la instrucción.
-¡Qué no se le olvide¡Hasta el tercer piso y continuar a la izquierda!. ¡No se olvide de tomar la segunda escalera que vea!.
-Gracias-
fue lo único que gritó el nuevo profesor.

El profesor nuevo no debía de tener más de cuarenta años, ya que aún se veía muy joven: Afeitado, cabello negro y enrulado el cual estaba atado en una coleta, alto y muy buen mozo. No era casual que las chiquillas de cuarto medio le silbaran cuando él pasaba o que le tiraran uno que otro piropo por la espalda, esto para él era casi una costumbre.

Nunca le gustó la osadía que tenían las mujeres mayores de trece años con los hombres. Tampoco le gustaba lo insoportables e inmaduros que se ponían los hombres a los catorce. Por eso prefería los cursos más pequeños, ya que él era uno de esos hombres que se enternece con la inocencia y no de los que se aprovechan de la ingenuidad.

Por fin llegó al piso en que se encontraba el 5ºC. La tercera puerta a mano izquierda, y no derecha, resultó ser la sala, esto lo supo por el minúsculo letrero pegado en la puerta. Se decidió por esperar en aquel pasillo a que el recreo terminase, no estaba dispuesto a dar una caminata que lo llevaría a perderse.

Sonó el timbre. Los alumnos regresaban uno por uno, dúos por dúos y grupos por grupos a sus respectivas salas. Cada uno de los alumnos del 5ºC fueron llenando los asientos que les correspondían. El profesor tomó aire, se armó de valor e ingresó a su primera clase.

-¡Buenos días!- saludó.
-¡Buenos días profesor!- dijeron casi al unísono los veinte alumnos del 5ºC.
-Bueno... yo soy nuevo en este colegio... me llamo Alberto y seré su nuevo profesor de historia.
-¿Y qué le pasó a la Profesora Andrea?-
se atrevió a preguntar un alumno.
-Veo que no están enterados al respecto- dijo lo más tranquilamente posible-. La... profesora Andrea... está en la clínica, pues tenía úlceras- explicó- así que yo seré su reemplazante hasta que ella vuelva.
-¿Qué son las
“úlceras”?- se atrevió a preguntar una alumna bien gordita.
-Eso... creo que se lo tendrás que preguntar al profesor o profesora de biología- dijo con una sonrisa. Se dirigió a la mesa del profesor, sacó un libro de historia de su maleta y lo abrió-. ¿La profesora Andrea les estaba pasando “La Colonia”, cierto?.
-Sí-
respondió el curso.
-Disculpa- se acercó a un alumno de lentes que se sentaba adelante-. ¿Me puedes prestar tu cuaderno para ver en donde quedaron?- el alumno asintió y le entregó el cuaderno el cual fue devuelto en cuanto el profesor hojeó lo que necesitaba ver.

Después de eso, la clase transcurrió normalmente. Y, al igual que cualquier profesor nuevo, tuvo alumnos a los que les cayó bien y mal. Al mismo tiempo, a él le habían desagradado dos alumnas que no habían puesto un mínimo de atención y un grupo de tres alumnos que se sentaban en el rincón de atrás y que no hicieron nada más que reírse e interrumpir la clase. No les puso anotación negativa esta vez pero, como quién dice “la venganza es dulce”, les pondría la peor anotación que pudiese cuando fuese el momento preciso.

Llegó la hora del almuerzo. El profesor Alberto había quedado exhausto con el 5ºC. Aquellos cuarenta y cinco minutos fueron un descanso celestial. Pero no podía perder el tiempo, ya que una vez que tocaran el timbre le tocaría darle clases al 6ºD. En cuanto terminó de almorzar preguntó en donde quedaba la tal sala.
El recorrido fue mucho más fácil que el del 5ºC: Ir hasta el otro extremo del patio, tomar la escalera de caracol de la izquierda, llegar hasta el segundo piso, tomar el pasillo izquierdo y, al final de éste, estaba la sala del 6ºD.

Después de almorzar, se dirigió hasta aquella sala. Repitió el mismo proceso que con el 5ºC: Esperó allí hasta que finalizara el recreo. Se quedó ahí, en el segundo piso, observando un partido de fútbol que mantenían dos cursos.

Faltaban siete minutos para que terminara el descanso cuando de repente el profesor observó a su derecha, no supo por qué pero, algo como un susurro lo motivó a mirar en ese sentido. Vio a una niña, tal vez tenía once años, su rojizo cabello se hallaba trenzado y sus inocentes ojos se encontraban perdidos mirando el cielo. Alberto, el profesor, se quedó paralizado por unos instantes, se sintió desvanecerse del mundo y, en cuanto regresó de su inconsciente, no halló nada mejor que preguntarle a la niña:

-¿Qué observas?.

Ante esta pregunta, la niña volteó hacia el profesor.

-Aquella nube que parece un osito- respondió con una tímida ternura que la hizo sonrojarse.
-¿Cuál de todas?- por alguna extraña razón, el profesor no podía dejar de ver los ojos de esa niña.
-La que parece un osito.
-¿Me la puedes indicar?.
-No puedo-
el profesor se quedó con un sentimiento de frustración ante esta respuesta.
-¿Y por qué no puedes?.
-Si no puede ver lo que quiere ver… ¿Para qué quiere que se lo indique?.

Alberto estaba sorprendido. Pudo notar que aquella niña era evasiva pero muy inteligente. No se iba a quedar con la frustración encima, así que decidió seguir este juego de inteligencia.

-Necesito que me lo indiques, así conoceré más.
-¿Pero los profesores lo saben todo, no?.
-Por supuesto que no-
respondió- y al igual que cualquier ser humano nos podemos equivocar.

Pasaron unos segundos. Alberto estaba seguro de haber ganado la batalla. La niña se preparó para hablar.

-Pues entonces no se equivoque mucho, mire que los alumnos confían mucho en sus conocimientos y cualquier error puede ser fatal- dijo ella sonriéndole.

Sonó el timbre. Alberto perdió la batalla contra la niña y, ésta, se iba tranquilamente a su sala: El 6ºD.

-¿Eres del 6ºD?- preguntó Alberto, la niña sólo movió su cabeza de arriba abajo- ¿Y puedo saber cómo te llamas?.
-Sara-
respondió la niña.
-Entonces seré tu nuevo profesor de historia Sara.
-Qué bien-
fue lo que dijo Sara para luego entrar a su sala junto al profesor.

-0-0-0-

Dos semanas han pasado desde que Alberto llegó a impartir clases de historia al Colegio Santa María de la Esperanza. Se ha hecho buen amigo de sus colegas e incluso la directora le dio la oportunidad de quedarse trabajando después del regreso de la profesora Andrea; aunque, lamentablemente, Alberto no aceptó esta oferta.

-¡Pero hombre!. ¿Qué le sucede?- dijo preocupada la directora-. Al principio, cuando usted recién llegó, quería con tanto anhelo este puesto y ahora me dice que no y que más encima se irá.
-Lo siento Paula-
dijo en un tono melancólico- pero en cuanto llegue la tal Andrea, tomaré mis cosas y me iré.
-Como quieras Alberto-
se rindió la directora- es tu decisión. Pero mi oferta sigue en pie por si te arrepientes. ¿De acuerdo?.
-De acuerdo Paula. Yo, ya me tengo que ir.
-¿No se te olvida algo?-
preguntó sutilmente la directora. Alberto se dio cuenta que se le había quedado la maleta.
-Gracias Paula- dijo tomando la maleta.
-¿No se te olvida nada más?.
-Al parecer no-
notó que Paula hacía girar divertidamente un llavero en su dedo-. ¡Las llaves de mi auto!- Paula se las pasó en el aire pero Alberto las dejó caer al suelo como si nada para luego recogerlas.
-A ti algo te distrae.
-¿Distraerme?-
preguntó nervioso Alberto- ¿A qué te refieres?.
-Eso que te distrae… ¿Tiene que ver con el colegio?.
-¿De qué hablas Paula?.
-¿Hay algo que te preocupa, te tiene estresado o nervioso?.
-¿Y a qué se deben tantas preguntas?-
se atrevió a gritarle a la directora.
-¿Perdón?- dijo dulcemente Paula.
-Lo siento, Paula.
-Para tu mayor información Alberto, a mí me preocupa mucho la estabilidad y la estancia de los profesores tanto como la de los alumnos. Y si hay algo que en verdad te distrae tanto y te tiene tan nervioso y estresado comprenderé tu retiro del colegio.

Silencio.

-Debes estar enojada conmigo.
-No, no lo estoy. Aunque debería estarlo-
respondió firmemente-. ¿Pero al menos podrías decirme el por qué de aquella actitud?.
-No puedo Paula. No aún.
-¿Sabes?-
dijo dulcemente-. No suelo tomarle mucho cariño a mis colegas, porque nunca sé en qué momento deberé poner mano dura. En cambio, a ti te he tomado bastante afecto y por ende estoy muy preocupada por ti- Alberto calló-. ¿No vas a decirme nada?. Bien, no te seguiré presionando.

Silencio, nuevamente.

Alberto tomó sus cosas, sin olvidarse de nada. Emprendió su salida por la puerta de la dirección.

-En serio Alberto... me gustaría que se quedara- habló casi en un susurro la directora.

Alberto salió rápidamente, se despidió del cuidador de la entrada y cual fue su sorpresa cuando vio a Sara en la puerta como esperándole.

-Hola profesor- saludó la niña.
-Hola Sara- atinó a decir.
-Profesor, yo le quería preguntar si era cierto.
-¿Si era cierto qué?.
-Si era cierto que usted se va del colegio.
-Sí, es cierto-
afirmó.
-No quiero que se vaya- susurró Sara en un tono triste.

Alberto no podía resistirse, no podía dejar de verla: Aquel rostro de niña, con tiernas lágrimas recorriendo sus mejillas, suplicándole que se quedara. Sentía latir su corazón de… ¿Ternura?.

-Sara, yo... yo no puedo quedarme- dijo Alberto viéndola a los ojos, aterrorizado, el terror de mirar a la inocencia a los ojos era una pesadilla. Corrió asustado hasta su auto, el cual rápidamente puso en marcha para alejarse de ahí, sin dejar de mirar por el espejo retrovisor a Sara con sus lágrimas de ternura suplicante.

Se detuvo ante un semáforo con su luz roja. ¿Qué le pasaba?: No lo entendía.

-¡Sara es una niña!. ¡Es una estudiante!. ¡Tiene 11 años!- pensó desesperadamente-. ¡Es mi alumna!- dijo mientras se apoyaba en el manubrio-. ¡Y yo... sólo soy su profesor!- susurró-. ¡Su profesor!.

Llegó a su casa y se tiró en la cama. No podía sacarse a Sara de la cabeza. Podía recordar el primer día en que la conoció, el silbido del viento que le obligó a mirarla, sobre el osito de la nube, la primera clase que dio en el 6ºD... y a Sara.

Podía recordar a Sara en sus clases: Aquel cabello rojizo, su misteriosa mirada, su dulce sonrisa, aquel cuerpecito frágil de niña y sus lágrimas suplicantes de hace unos momentos atrás.

Alberto no podía más: Se había dado cuenta de la pesadilla que vivía en vida y que no se atrevía a reconocer.

-Me gusta esa niña- susurró mientras soltaba unas lágrimas-. ¿Me gusta Sara?... ¿Me enamoré de Sara?- volvió a susurrar-. ¡No puede ser!. ¿Cómo me pude enamorar de mi propia alumna?- gritó exasperado, con una rabia que quería soltar desde hace tiempo-. ¿Qué soy yo?... ¡Tenemos como treinta años de diferencia!. ¡Ella es una niña y yo un adulto!- por fin se calmó, se dejó relajar sobre la cama-. ¿Seré acaso un pedófilo?. ¿Seré pedófilo desde hace tiempo sin darme cuenta?.

-0-0-0-

El día, tan esperado, llegó en Julio: La Profesora Andrea había vuelto. Sus alumnos estaban felices por su regreso al igual que sus colegas.

Paula, la directora, había vuelto a hablar con Alberto para ver si podía reanudar la oferta que le hizo. Pero nuevamente la rechazó.

-¿Te irás del colegio sin decirme qué es lo que te preocupa?.
-Sí-
afirmó Alberto-, debo alejarme de eso.

La directora se le acercó, le tomó las manos y le dijo:

-Sólo quiero que sepas que siempre tendré un puesto reservado para ti.
-Gracias Paula-
dijo Alberto-. En verdad, gracias por todo.

Alberto tomó su maleta y se dirigió a la salida de la oficina. Antes de irse, decidió darse una vuelta por la Sala de Profesores. No podía irse así como así sin despedirse de sus colegas.

Hizo el camino de siempre: Pasillo mano derecha, la segunda escalera, seguir derecho, tomar la tercera escalera a la izquierda y la primera puerta a mano izquierda era la sala de sus colegas.

Entró a la sala con su mente en blanco. Estaba vacía de sillas y mesas. Sólo habían unos cuantos portarretratos y el suelo estaba manchado de óleo y témpera. ¿Qué sucedió?. No tardó en darse cuenta: La última escalera que debía tomar era la tercera a la izquierda, y tomó, la de la derecha, la que llevaba a la sala de artes.

Estaba a punto de salir y de dirigirse hacia la escalera correcta pero en eso escuchó una tímida voz que lo llamó:

-¿Profesor Alberto?.

Era ella, era Sara. Alberto volteó y observó a esa pequeña niña, con su cabello rojizo y sus cristalinos ojos. No podía quedarse allí, creía que se iba a volver loco.

-¿Profesor Alberto?- repitió Sara.

Alberto hizo como que no la había visto y salió de la sala, o por lo menos eso intentó. Una fuerza invisible le impedía salir por aquella puerta.

-¿Profesor Alberto?- Sara observó la maleta-. ¿Ya se va?.
-Sí, Sara-
respondió casi en un susurro-, ya me voy.
-¿Ni siquiera se va despedir de mí?.
-No.
-¿Por qué?.
-No lo vas a entender-
el pobre de Alberto comenzaba a perder la paciencia y ya no podía seguir controlando sus impulsos.
-¿Y entonces por qué no me lo explica?.
-¿Y por qué debería explicártelo?-
le gritó impulsado por aquella frustración de aquella niña que estaba tan cerca y, a la vez, tan lejos de él.
-¡Porque usted es el profesor!. ¡Confío en la explicación que usted me dé!.

Silencio.

Alberto recordó en aquel entonces el primer día en que la vio. Ella había dicho casi lo mismo. Con esas mismas palabras, ahora y anteriormente, le había demostrado que él era un completo...

-¡Ignorante!- le gritó Sara con los ojos vidriosos-. ¡Usted es todo un ignorante!.
-¡Usted es la ignorante señorita!-
fue lo único que le gritó Alberto, no supo que otra cosa responder, se sentía incapaz de responder otra cosa.
-¿Ignorante?- dijo calmadamente-. ¡Por supuesto!. ¿Cómo no lo pensé antes?: Todos los niños son ignorantes, porque ven lo que los “mayores” son incapaces de reconocer.
-¡Vete al diablo!-
le dijo Alberto saliendo por la puerta con dificultad.
-¡Y usted también váyase para el mismo lugar con sus sentimientos que tiene al verme!.

Alberto se detuvo a mitad de camino. ¡No podía creerlo!... ¡No quería creerlo!...

-No sé de qué hablas Sara- respondió Alberto más calmado.
-No lo reconozca si no quiere. Pero, por lo menos, yo si sé reconocer mis sentimientos.

Una brisa le rozó el rostro a Alberto y le hizo voltearse a ver a su alumna.

-Yo le quiero, profesor.

Alberto no supo que fue lo que pasó en ese momento. Esas palabras sonaron tan tiernas y tan dulces. Sintió que la frustración había desaparecido casi por arte de magia. Y no sólo eso, otra magia ocurrió: Su corazón latió de amor, podía sentir cada latido cada vez más fuerte.

-Sara yo...
-No diga nada, sé lo que ocurre en su corazón-
la niña comenzó a acercarse al profesor y éste sólo se agachó para quedar a su misma altura-. Además, yo soy la que le enviaba los mensajes.
-¿Cuáles mensajes?.
-Me gusta mucho ese defecto suyo: Reconoce que no entiende y además le gusta que le expliquen. Ni siquiera mis padres se atreven a reconocer que se han equivocado.
-Sigo sin entender nada Sara-
le dijo Alberto acercándose al rostro de ella.
-Mejor no lo entienda nunca- la niña también comenzó a acercar su rostro-. Tal vez el no entender es lo que nos mantiene pensando que la magia aún existe.

Sus rostros se acercaron más y pronto ocurrió lo que tanto ansiaban sus corazones: Un beso.

-0-0-0-

-... Y antes de que se vayan, les recuerdo que la prueba del Jueves es global. Así que estudien harto porque no es fácil aprenderse “La Independencia”- terminó de decir Alberto al 6ºD cuando sonó el timbre.

La exclamación de desánimo fue unánime. Aún así, los alumnos tomaron sus cosas, las metieron abultadamente en sus mochilas y salieron uno por uno por la puerta. Sólo una alumna se quedó.

-¿Sara?.
-¿Hoy es el día, cierto?-
preguntó, mientras se acercaba a la mesa del profesor.
-Sí, hoy es el día- confirmó mientras se agachaba hasta quedar a la altura de su alumna.
-Lo estaré esperando en la escalera que dirige a la sala de arte a las ocho en punto, no falte.
-No lo haré, lo prometo-
le dijo mientras sellaba la promesa con un beso en los labios.

Sara se retiró, tomó sus cosas y salió por la puerta.

Habían planeado todo con un mes de anticipación. Alberto tendría hoy su última reunión con los padres de sus alumnos y luego iría a buscar a Sara para fugarse con ella muy lejos a un lugar en donde pudieran amarse en tranquilidad y sin que nadie los molestara.

Sara lo estaría esperando a las ocho en punto en la sala de arte, hora en la que terminaría la reunión. Alberto iría a buscarla antes de que cerraran el colegio y se fugaría con ella en su vehículo. Nada podría salir mal aquella noche. Serían por fin felices, juntos.

-0-0-0-

Eran las siete de la noche. La reunión acababa de empezar. Alberto no dejaba de ver la hora en su reloj mientras pasaba la reunión. A cada minuto que pasaba sentía una rara sensación, entremezcla de impaciencia y de un sentimiento parecido a quién se acerca a su hora fúnebre. Los minutos pasaban muy lentos. A veces Alberto llegaba a sentir que llevaba diez minutos hablando de los progresos del 6ºD y no llevaba siquiera cinco míseros minutos. Sin duda, esa era la reunión más difícil y más larga que había tenido en su carrera.

Las siete y treinta, media hora más de entretenimiento. Las siete cuarenta, veinte minutos. Las siete cuarenta y cinco...

Alberto se estaba desesperando y las ideas para la reunión se le estaban acabando por culpa de sus ansias y nervios.

Pero dieron las ocho. Y justo a tiempo.

-Bueno, señoras y señores- informó-, la reunión queda hasta aquí. No se olviden de venir el próximo mes- mintió.

Los padres fueron abandonando la sala y, cuando ésta por fin quedó vacía, Alberto tomó sus cosas y salió corriendo en dirección a la sala de artes, en dirección a Sara.

-0-0-0-

Eran las ocho en punto, Sara sentía latir su corazón de felicidad. En tan sólo un par de minutos más vería a su profesor subiendo la escalera y luego sería feliz eternamente.

Pasaron diez minutos y no se veía ni una silueta a la vista. Pasaron diez minutos más y Sara comenzó a percatarse que la últimas voces de los padres se habían apagado. Y no sólo eso, las luces del pasillo también se estaban apagando. Su profesor estaba demorando mucho.

-¿Y si se arrepintió a última hora?- pensó.

Decidió no quedarse ahí parada, salió en busca de su profesor.

Llegó hasta la recepción. Halló al guardia en su puesto.

-Disculpe- dijo tímidamente.
-¿Se te ofrece algo pequeña?.
-Sí. ¿De casualidad ha visto al Profesor Alberto?.
-¿A Alberto?... Me parece haberlo visto irse hace como veinte minutos. ¿Querías preguntarle algo?.

Sara sintió romperse su corazón en mil pedazos. Su profesor la había dejado ahí como si nada. Ya sabía que éste amor era imposible, pero había hallado una posibilidad para amar en una idea tan quimérica como una huída... una ilusión que se perdía en lo más hondo de su corazón.

-¿Sucede algo malo?- preguntó el guardia cuando observó llorar a la niña.
-No es nada... ya me tengo que ir a mi casa.

-0-0-0-

Eran las ocho con cinco minutos. Alberto corría a toda velocidad a la escalera que dirigía a la sala de artes. Hizo el recorrido: Pasillo mano derecha, la segunda escalera, seguir derecho y tomar la tercera escalera a la derecha.

-¡Ya llegué Sara!- exclamó felizmente al vacío reinante-. ¿Sara?- preguntó confundido.

Sara no estaba. Fue entonces cuando se dio cuenta que debió haber tomado la escalera o el pasillo equivocado, porque terminó en frente de la sala del IIIºA.

No se desesperó aún, decidió regresar a donde estaba y volver a hacer el recorrido. Intentó regresar, más la oscura noche no le fue de mucha ayuda, porque llegó a la sala del 8ºE. Era oficial: Se había perdido en ese laberinto. Y lo peor era que llevaba más de media hora dando vueltas en círculos.

Comenzó a desesperarse. Y fue entonces cuando sintió un pequeño susurro.

-¿Sara?- preguntó a la oscuridad, por un momento pensó que Sara estaba cerca.

Volvió a sentir el susurro. Alberto cerró sus ojos. Había algo extraño en él. No era una simple brisa, era algo más que eso. Forzó sus sentido, escuchó una voz...

-¿Como pudo dejarme aquí?... ¿Sólo estuvo jugando conmigo?.
-¿Sara?... ¡Es la voz de Sara!.

Aunque se sentía como un tonto, decidió seguir la voz de la niña que viajaba en el aire. Lo guió a bajar una escalera, luego a continuar por un pasillo, lo obligó a subir una pequeña escalinata...

-¡Es la recepción!- se dijo sorprendido cuando se encontró en aquel lugar.
-¡Pensé que ya se había ido!- dijo el guardia sorprendido.
-¿Por qué lo dice?.
-Una niña preguntó por usted recién.
-¿Una niña?. ¿Cómo era esa niña?-
preguntó desesperado.
-Bueno, debía tener entre once o doce años y era pelirroja y traía una larga trenza.
-¡Sara!... ¿Hace cuánto rato se fue?.
-Se acaba de ir recién. Dijo que se iba para su casa.

Alberto atravesó la puerta de salida y se dirigió a la calle. Estaba todo oscuro, sólo los focos alumbraban la escena de un tenue color naranjo. Divisó una pequeña figura cabizbaja cruzando la calle.

-¡Sara!- gritó.

Sara se detuvo.

-¿Profesor?.

El corazón de Sara se llenó de alegría. Estaba tan absorta en su felicidad que no se percató del autobús que se acercaba.

-¡Sara, quítate de ahí!- gritó Alberto-. ¡Quítate!- Sara no movía ni un músculo.

El profesor corrió hasta ella, tenía que quitar a esa niña del camino.

-¡Sara!- gritó por última vez, abrazó a la niña con cariño, pero no pudo esquivar el golpe del autobús. Los habían atropellado a ambos. Su sacrificio había sido en vano.

Observó el borroso rostro de Sara, no podía verla bien. Lentamente lo invadió un sueño muy profundo, mientras no dejaba de escuchar confusas voces y sonidos de sirenas.


¡Gracias por leer esta historia que me costó un año completo escribirla!.

Lamento haber acabado con un final tan triste pero mi objetivo era mantener unida a esta pareja hasta en la muerte. Lo que más me costó sin duda fue retratar la inteligencia de Sara. Y para los que son menos perspicaces, déjenme confirmarles que Sara efectivamente poseía una especie de poder psíquico que le permitía enviar mensajes a través de leves susurros tanto en el viento como desde otras personas (si se fijaron bien, cuando la directora le dijo a Alberto en un susurro que se quedara la que en verdad envió el mensaje fue Sara).

22 de Agosto del 2007: Edité y reordené la historia, arreglé unas cuantas faltas de ortografía pero la trama sigue sin ser tocada. Esta ha sido una de las pocas historias de amor que he escrito y le he tomado bastante cariño.

A veces me cuesta creer que este cuento está basado en una historia real de mi último colegio que terminó por convertirse en un mito urbano. Aquella historia también trataba de una huída, pero fue de una alumna con un apoderado (aunque nadie sabe con exactitud en que terminó, pero la versión más creíble contaba que nunca más volvieron a verse después de que los encontraron, final que me pareció bastante cruel).

Aún no sé por qué pensé en algún momento en aquella historia y cambiar al apoderado por un profesor para terminar todo en un final trágico. Lo que sí me gustó fue el hecho de poder dejarlos juntos hasta el final. Quizás no de la mejor forma, pero al final no se separaron. :)

"La escalera" es propiedad de Tsory.©Copyright 2005. Nadie puede tomar algo de esta historia sin el previo consentimiento de su autora.



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