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Siempre te amaré
(Es la
sociedad la que nos impide decirlo a los cuatro vientos)
La
tarde acaba de comenzar. Todos los alumnos salen de sus respectivos
colegios hacia sus casas, por fin, libres del encierro, hasta que
fuese otra mañana en donde sus cabezas pudiesen dormir
plácidamente, hasta el Lunes en donde la palabra “Colegio”
y sus sinónimos volvían a la rutina de semana tras
semana.
Uno
de esos alumnos, Manuel, de sólo 16 años de edad,
caminaba tranquilamente por la vereda rumbo a su casa...
-¡Manuel!
Manuel
volteó.
-Hola José- saludó amistosamente Manuel- ¿Qué
tal el día?
-No preguntes.
-¿Por qué? ¿Ocurrió algo malo?
-Te dije que no preguntaras.
-Ah, ya sé- dijo Manuel con un tono pícaro en su voz-
¿Te confesaste ante una chica?- José no contestó,
sólo se sonrojó- ¡Lo sabía!
¡Felicitaciones “Romeo”!- terminó de decir dándole
a José un coscorrón en su cabeza.
-No es eso.
-Tú no me engañas José. Te conozco y sé
cuando estás enamorado.
-Entonces no me conoces- murmuró tristemente José
bajando su cabeza.
-¿Y quién es la afortunada?- siguió Manuel sin
hacer caso al murmullo- ¿Es Paula?... ¡Ah no, ella ya tiene novio!... ¡Entonces es Carla!... ¿Es Carla,
cierto?
-Ya te dije que no es nada de “eso”- musitó de nuevo
bajando más la cabeza.
-¡Amigo me preocupas!...
-Oye Manuel- interrumpió.
-¿Sí?
-Hay algo que me sucede desde hace mucho tiempo, pero...- se detuvo,
no sabía si lo que diría ahora sería correcto.
-¿Pero?...
-Pero es que no se como explicarlo bien.
-Puedes contarme lo que te pasa... si es que eso te hace sentir mejor.
-No lo sé.
-Eres mi mejor amigo José y tú lo sabes. Anda, sabes que
puedes confiar en mí- por alguna extraña razón,
José, no podía mirar otra cosa más que el suelo-
Por favor... Dime qué te pasa.
-Lo que me pasa... te va a sonar algo raro... es que... lo que me pasa
es...
-¡Manuel!- gritó una linda joven de 15 años que
corría hacia él- Con que aquí estabas, te estuve
buscando por todo el colegio. Y si no me dicen, que ya te fuiste,
todavía te seguiría buscando como tonta.
-¿Y para qué me buscabas?
-¿No me digas que lo olvidaste?- dijo enojada.
-¿Olvidar qué?
-¡Prometiste que me llevarías al cine! ¿Cómo
pudiste olvidarlo?
-Disculpa Daniela- dijo algo avergonzado Manuel.
-¡Soy tu novia Manuel! ¡Y aún así me
descuidas como si nada!- Daniela sólo volteó- ¡Hombres,
todos son iguales!- se quejó.
-¿Hablamos otro día?- sugirió José.
-De acuerdo- se fue hasta su novia y le pasó el brazo por
encima de su hombro- Adiós José- le dijo con un ademán
de “adiós”.
-Adiós- atinó a decir José quedándose con la mano
un poco levantada, cualquier persona que le hubiese visto en ese
momento pensaría que era un tonto que se voló de
repente del mundo. Cuando volvió, se dio cuenta de que
tenía que volver a su casa. Decidió hacerlo caminando,
así tardaría más y pensaría mejor.
¿Qué
le pasaba?... esa era la pregunta que se hacía una y otra vez
desde que era un niño. Nunca fue como sus otros amigos, él
no podía estar enamorado de una mujer por más que
pudiera y por más que pudiese engañar a sus amigos
contándoles cada semana la supuesta nueva chica que le
gustaba.
José
era homosexual y, aunque él ya lo había admitido hace
ya casi 5 años atrás, no podía admitirlo delante
de sus amigos y aún menos delante de Manuel, su mejor amigo,
el chico que le gustaba.
A
veces cuando dormía, soñaba que le lograba confesar a
Manuel su homosexualidad y decirle cuanto le gustaba. En sus mejores
pesadillas soñaba que él lo miraba como algo raro y
huía delante de la situación; mientras que en las
peores soñaba que Manuel tomaba dulcemente su rostro con sus
manos, para luego unir sus labios en un beso duradero. En el primer
caso, despertaba en medio de la oscuridad tranquilo de que fuese un
sueño. Y en el otro, despertaba llorando sabiendo que eso
nunca iba a pasar.
-Manuel... - pensaba en el silencio de su mente- Manuel... como me
gustaría algún día tocar tu rostro sin temor a
que me rechaces, como me gustaría acariciar tu cabello y
presionar tu cabeza contra la mía si llegara ese beso que
tanto espero y que nunca llegará- poesías como ésta,
eran algunas que José armaba en su cabeza después de
haber visto a su inspiración: Manuel.
Cuando
aquella persona está tan lejana, te das cuenta que no vale la
pena arriesgarse... en todo caso y de todas formas...
-...No vale la pena decírselo- pensó José-
además, él ya tiene a Daniela. Él está
feliz y su felicidad es la mía.
El
fin de semana pasó tan rápido que nadie se dio cuenta
que ya era Lunes de nuevo. Cada persona en la ciudad atinó a
su rutina matutina, los estudiantes no fueron la excepción.
Cada alumno regresó a su respectivo establecimiento, entre
ellos José y Manuel, quienes mantenían una conversación
desde que Manuel fue a buscar a José para ir al colegio.
Caminaban y conversaban, sin preocupaciones.
-...es por eso que quiero decírselo, pero no hallo las
palabras- confesó Manuel.
-Yo creo- empezó José- que lo mejor es que le digas la
verdad a Daniela.
-¿Pero cómo se lo digo?
-Simple, dile que ya no te gusta más.
-La idea es no dañarla.
-¿Y qué quieres que le haga? ¡Yo no soy el experto
en mujeres!- dijo enojado José- Yo creo que lo mejor es que le
digas la verdad sin rodeos, sufrirá más con tus excusas
que con la explicación directa.
Manuel
enmudeció, a pesar del ruido que producía el
embotellamiento, el silencio que se produjo entre los dos era
aterrador. Fue como si se hubiese producido un pacto silencioso entre
ambos, en el cual parecía decir que callaran y no hablaran
hasta llegar al colegio, donde precisamente se rompió el
silencio.
-De ahí nos vemos- se despidió José cuando se
dirigió al IIºB (su curso).
-Adiós- Fue lo único que dijo Manuel cuando se dirigió al
IIIºA.
Pobre
José, tan desdichado. Aunque Manuel estuviese lejos o cerca,
él siempre se sentía entre el limbo que separa al cielo
del infierno...
Llegó
el final del primer recreo. José regresaba tranquilo, había
olvidado el tema de Manuel momentáneamente. El partido de
fútbol había sido agotador, tanto así que
incluso estaba dispuesto a dormirse en biología.
Cuál
fue su sorpresa cuando descubrió debajo de su puesto un sobre,
blanco, tan blanco que parecía no tener huellas impregnadas.
José
estuvo esperando, durante toda la clase de biología, el
maldito recreo que parecía no venir nunca.
Por
fin el timbre sonó y salió al tan esperado recreo para
leer la carta que le habían enviado.
Encontró
un lugar solitario en la copa de un árbol, en donde pudo leer
y releer tranquilamente su carta...
-¡No puede ser!- decía en murmullos- ¡Esto no puede
ser!
Para
su lástima, lo era. Una carta... una carta que sólo
decía lo siguiente:
José:
Desde la primera vez que te vi no supe explicarme bien lo que sentía. Pero ahora me he dado cuenta que me enamoré de ti.
Me gustaría hablar contigo al respecto de esto, porque lo que siento es algo que ya no puedo controlar, y si no te lo digo creo que moriré de angustia.
Te espero en la cancha de fútbol a las 5:00 de la tarde. Por favor: No faltes.
-¡No puede ser!- se volvía a repetir- ¿Qué
rayos voy a hacer? ¿Qué le voy a decir a ella?... Nunca
me había esperado encontrarme en una situación así.Y
era cierto. Jamás se había imaginado que podría
tener una admiradora secreta detrás de él. ¿Qué
iba a hacer?... Lo más seguro es que después de que le
dijera a su admiradora que ella no le gustaba, ésta le
exigiría una explicación. Si sabía algo era por
experiencias de sus amigos: Si ellos les decían que les
gustaba una o ninguna chica en ese momento, ella no dejaría
de seguirlo hasta que se aburriera o hasta que éste le pidiese ser
noviazgo; pero dejaría de seguirlo para siempre, si tenía novia desde
hace tiempo. En los colegios toda noticia,
rumor o comentario vuela de oreja en oreja y antes de que te des
cuenta, todos saben la noticia. Y según como estés
en ella: O te molestan o te echan calumnias.
-
No me queda otra...- pensó- tendré que decirle a esta
chica la verdad... aunque me estoy arriesgando
a que Manuel lo sepa todo... ¡Maldito destino! ¿Por qué
enfrentas mis dos más temidas pesadillas en un solo día?...
El
timbre de salida tocó a las 3:00 de la tarde. Casi todos los
alumnos regresaban a sus casas a hacer sus tareas o solamente a
tirarse un rato y descansar. Otros, en cambio, se quedaron en el
colegio: Terminando trabajos o en las extra programáticas.
José no asistía ni a lo uno ni la otro, sólo se
quedaba dando vueltas por el patio y por los pasillos del colegio,
esperando las 5:00 de la tarde para realizar su “primera
confesión”. Los minutos pasaron tan rápidos que casi
ni se dio cuenta que faltaban cinco minutos para las cinco. Estaba
decidido. Tomó aire, se armó de valor y se dirigió
a la cancha de fúó
a su objetivo. Los del taller de fútbol mixto ya se retiraban.
Por un momento José pensó que la chica, que pudo
haberle escrito la carta, practicaba fútbol y tal vez por eso
le quería ver precisamente en ese lugar. Cual fue su sorpresa
cuando vio que todos los del taller se retiraron, no quedó
nadie más en la cancha a excepción de él mismo.
Observó su reloj de pulsera, eran las 5:15 de la tarde.
-Tal vez se retrasó- pensó.
Las
manecillas del reloj se movieron hasta que indicaron las 5:30.
-Tal vez... tal vez se arrepintió- pensó aliviado.
Y
con el alivio en el alma empezó a emprender la marcha a su
casa. Sólo caminó un par de segundos cuando alguien le
golpeó, por detrás de la cabeza, con algo tan grande y
tan duro como un bloque. Lo que sucedió ocurrió en tan
sólo una fracción de segundo: Un fuerte dolor en la
cabeza, todo se oscureció para José, se sintió
caer hacia delante en cuanto perdió el equilibrio, tocó
el frío suelo de tierra y luego no supo más. Se
desmayó.
José
despertó. Le dolía mucho la cabeza y todo estaba
oscuro. Abrió los ojos, pero no vio nada; intentó
moverse, no podía. Tardó sólo un par de segundos
en darse cuenta que estaba amarrado a un asiento y con los ojos
vendados.
-¿Dónde estoy?- dijo para sí, pero lo único
que le respondió fue el silencio del eco producido por las
paredes.
Gracias
al eco pudo precisar que se encontraba dentro de una habitación.
Y después de oír al reloj cucú sonar ocho veces,
supo que estaba todavía en su colegio y en la sala del IIºB
(su curso). Esto lo sabía porque su sala era la única
que tenía un reloj cucú.
De
pronto, oyó la puerta abrirse. Alguien entró y fuera
quien fuese casi ni hacía ruido al caminar, como si se hubiese
quitado los zapatos para no despertar a quien duerme.
-¿Quién está ahí?- le preguntó al
que entró- ¿Tú me trajiste hasta acá?- la
persona lo único que hizo fue acariciarle el rostro con su
mano, pasándola suavemente por las mejillas y por los labios
de José- ¿Eres la chica que me envió la carta?-
la única respuesta que recibió fue una caricia en la
cabeza.
Empezó
a recordar como había llegado allí, mientras le
acariciaban el rostro y el cabello: La cancha de fútbol, un
fuerte golpe en la cabeza y la oscuridad producida por el desmayo. Se
imaginó que aquella chica en su desesperación, de no poderle
confesarle su amor, lo habría dejado inconsciente de un golpe
en la cabeza y lo habría traído a la sala. En realidad: O estaba muy loca o muy desesperada.
En
cuanto dejó de contentarse con su rostro, empezó a
desabotonarle la blusa a José. En cuanto terminó,
empezó a pasar suavemente sus manos por su pecho. Eran tan
placenteras esas caricias que José no pudo evitar unos tímidos
gemidos.
En
eso, José la sintió acercársele. Pudo sentir
su respiración muy cerca de su cara, estaba a unos cuantos
centímetros de su rostro. Sentía como el rostro de ella
se acercaba lentamente y posaba sus labios en los de él
robándole su primer beso... ¡El beso que tanto había
guardado para Manuel se lo estaba robando ella!... la chica alejó
su rostro con cuidado y luego lo volvió a acercar para darle
otro beso en su boca, pero éste se había hecho más
intenso y apasionado que el anterior, ya que José había
introducido su lengua en su boca y ella en respuesta había
hecho lo mismo. A José ya no le importaba quién fuese, sólo intentaba imaginarse que aquella chica que lo besaba era
Manuel. El beso era exquisito y placentero, y a cada momento se
volvía más apasionado.
Cuando
el beso finalizó, la chica se alejó unos pocos
centímetros y sólo exclamó en un susurro...
-José...
-¿Tú?- ella había acabado de cometer el error de
su vida- ¡Tú eres un hombre!- gritó furioso José-
¡Aléjate hijo de puta! ¡Degenerado!- oyó
como el chico huía de la situación, de aquella sala en
donde sólo estaba un José engañado y furioso-
¡Regresa maricón cobarde! ¡Regresa maricón
degenerado!...
Se
calló. El chico había regresado, le estaba sacando la
venda del rostro. En eso José abrió los ojos, esperó
a que su vista se recuperara sólo para ver lo que menos quería
ver y saber.
-¿Manuel?- fue lo único que atinó a decir. Su
“admiradora secreta” que lo había traído allí
no era nadie más que Manuel, su mejor amigo, el chico que más
amaba.
-Lo siento José...- Manuel lloraba, la escena que producían
sus lágrimas era tan penosa y tan tierna que dejaba aún
más confuso a José- lo siento... lo siento José...
Manuel
levanta su mano derecha, la cual sostiene una pistola, la dirige a su
cabeza... José no haya que hacer, quiere gritarle que no lo
haga, que no se mate, que lo ama, que siempre lo ha amado... pero las
palabras no salen de su boca.
Manuel
deja la pistola frente a su cabeza. Sonríe. Le sonríe a
José como jamás le había sonreído, era
una sonrisa entre amor, felicidad y melancolía.
-Adiós José...- dijo Manuel- te amo... siempre te
amaré... José- apretó el gatillo... un fuerte
ruido se escuchó, luego Manuel cayó hacia atrás,
le siguió un hilo de sangre fluyendo de su cabeza.
-¿Ma... nuel?- articuló por fin José- ¡Manuel!-
gritó desesperadamente.
Deseaba
fervientemente que aquello fuera una de las tantas pesadillas que
siempre tenía. Pero nunca despertó. Melancólicas
lágrimas bajaron por su rostro, el cual estaba sumido en una
tristeza profunda...
Una moraleja que puedo sacar de esta historia es que no debemos tener miedo de decir lo que sentimos, porque el no hacerlo puede acabar en una tragedia.