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Por: Eliza Rain
I
EL VAGABUNDO
Negras nubes cubrían el cielo, la lluvia caía suavemente y el ambiente se había tornado pesado e intranquilo. A lo lejos, el ruido de las sirenas acababa con la poca calma que aún restaba en las calles mientras que poco a poco las luces de los faros comenzaban a encenderse.
Hacía poco, un fuerte estallido había hecho que el niño despertara sin un solo recuerdo y sin el deseo de abrir los ojos. Saladas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin razón aparente en tanto comenzaba a preguntarse ¿cómo había llegado hasta allí?, ¿Dónde estaba?
No recordaba su nombre, ni su edad. Quizá todo se trataba de un sueño y en cuanto despertara se encontraría en algún lugar conocido, donde su familia se encontrara.
Trató de dibujar en su cabeza la silueta o el rostro de alguien conocido, mas sólo aparecían sombras en sus recuerdos como espectros sombríos que lo llenaban de temor.
Un punzante dolor recorrió su entumecido y mallugado cuerpo. Apenas si sentía el roce de las frías gotas de lluvia contra su piel que incrementaban el ardor que sufría a causa de las múltiples heridas y rasguños sin sanar que lo cubrían.
No llevaba ningún abrigo o algún paraguas consigo y la ropa sucia y rasgada no le daba ningún cobijo contra el helado viento que ululaba. Moría de frío y miedo, además de que el hambre lo atormentaba. Llevó su temblorosa mano a su calva y adolorida cabeza para tomarse la temperatura: todo bien, no estaba enfermo. Luego de abrir los ojos pardos se los talló para secarse las lágrimas. No reflejaban más que la angustia que sentía.
Lo único de lo que estaba consciente en aquel momento era la sensación de haber escapado y el deseo de no regresar, aunque no estaba seguro de qué.
Se puso de pie como le fue posible. Su piel estaba pálida y sucia. Apenas si podía caminar a causa de los múltiples moretones y heridas que cicatrizaban en sus entumecidas piernas. Sus pasos se asemejaban con los de un bebé que aprendía a caminar. Sabía que en cualquier momento podría caer.
Sus rodillas se flexionaban poco a poco, no obstante, antes de llegar al piso, una voz conocida surgió de la nada haciéndolo reaccionar.
—¡Pronto!, ¡La explosión no debió lanzarlo lejos!- Dijo una autoritaria voz la cual recordaba con resentimiento, mas no podía dibujar en su mente la imagen del hombre a la que pertenecía.- ¡Búsquenlo!- Gritó de nuevo, lo que provocó en el niño una necesidad de esconderse y de no ser visto por aquel hombre.
Corrió lo más rápido que sus pies le permitieron hacia la nada, sin embargo, sin pensarlo, se vio frente a frente con el dueño de la voz. Alzó la vista. Aquel hombre estaba por completo cubierto por una gabardina negra y se resguardaba de la lluvia con un paraguas que le hacía juego. A pesar de que era de noche llevaba unos lentes oscuros y un sombrero cubría su cabello negro. Con la mano que le quedaba sostenía la mitad de un cigarro que había estado fumando y que emitía un envolvente humo gris.
— No te escondas- Masculló secamente el hombre- Tarde o temprano te encontraremos y realizarás tu misión... - Se llevó el cigarro a la boca para fumarlo- Para lo que fuiste hecho... - Completó. El individuo no miró hacia abajo, parecía no importarle la presencia del chico frente a él.- Sé que estás aquí, ¡Muéstrate!- Ordenó con enfado mientras sus labios y entrecejo se fruncían dejando ver la frustración que le causaba el no encontrar a quién buscaba.
El niño sonrió inocentemente, tal vez ya estaba muerto y por eso no lo veía, quizá sólo era un espíritu vagabundo. Aún ésa macabra idea le daba alivio.
El sujeto volteó y dio la orden de retirada. Se acercaba el amanecer y la búsqueda parecía haber fracasado. El niño comenzó a cuestionarse si en verdad lo hubiesen estado buscando a él, ya que no le habían prestado la menor atención ó, ¿en verdad era sólo un fantasma?
— “No, no soy un fantasma”- Pensó- “De ser así ya no sentiría este insoportable dolor..”- Sintió de nuevo las lágrimas en tanto sus descalzos pies pasaban sobre los lodosos charcos mientras caminaba sin rumbo por calles completamente desconocidas donde los edificios se alzaban uno más alto que el otro, sin dejar ver el ensombrecido cielo.
Por una parte estaba aliviado; la amenaza pasó, pero, por el otro lado sentía lástima por la persona a la que habían estado buscando. Además, aún no perdía las sensaciones de desconcierto, aturdimiento y extravío que en aquel instante lo atormentaban.
Miraba con ingenuidad el mundo que le rodeaba: enormes rascacielos conformaban una selva de asfalto que apenas permitía el paso de la luz hacia las concurridas calles.
La gente comenzaba a salir de sus hogares, dirigiéndose a sus empleos y escuelas, todos caminando en una misma dirección asimilándose a la corriente de un río: todos iguales, corriendo para alcanzar al tiempo y procurar estar a tiempo en sus respectivos lugares.
Los automóviles detenidos en medio del tráfico causaban que la tensión aumentara. Parecía que la presión se acumulaba con el propósito de incrementar el enfado de los conductores.
Nadie deparaba en el chico, excepto algunos cuantos que lo miraban de reojo con desdén, repugnancia o simple lástima. Ahora podía estar seguro de que no era un fantasma.
Aunque algunas personas sintieron la necesidad de brindarle asilo o ayuda se abstenían al recordar que había cosas más “importantes” por atender.
Aún llovía y el aire parecía ser cada vez más frío y el hambre se acrecentaba cada vez más. Pronto se encontraba más perdido que en un principio.
Algunos comercios comenzaban a abrir sus puertas a los clientes. Uno de ellos, una tienda de electrodomésticos encendió en el aparador una serie de televisores de todas las marcas comerciales y tamaños. Algunos mostraban los dibujos animados o los programas matutinos y otros más mostraban diferentes noticieros. Se detuvo a mirar un rato, concentrando su atención en la imagen de un edificio en llamas siendo apagado por los bomberos al parecer durante ésa misma noche. Con cuidado se acercó al vidrio para tratar de escuchar lo que decían al respecto, ya que el sonido de los aparatos era aminorado por el claxon de los múltiples autos estacionados y el sonido de las voces y sonidos provenientes tanto del exterior, como del interior del aparador.
Pronto logró escuchar la apagada voz femenina que surgía del aparato, la cual con un tono serio relataba lo que había ocurrido:
—...El gobierno ha buscado a la organización clandestina que ocasionó la explosión, la cual se cree que fue causada por un experimento para una aún desconocida y mortifica arma de destrucción masiva. El dueño del edificio, el señor Bulrog, niega tener algo que ver con dicho estallido o, inclusive, que en los laboratorios experimentales que allí se encontraban se hicieran esa clase de ensayos...
El pequeño siguió su camino. Por alguna razón la noticia le había causado pánico y el apellido que dio a conocer la comentarista lo había puesto nervioso, debido a que lo reconocía, aunque su imagen fuera sólo una silueta borrosa. Caminó pensando en todo lo que le había sucedido- hasta donde podía recordar- Seguía esperando despertar en una cómoda cama, en un hogar acogedor.
Se fijó cómo un hombre, al pasar, tiraba al piso un periódico. El chico lo tomó y leyó el encabezado:
MISTERIOSA EXPLOSIÓN PROVOCA INCENDIO EN LABORATORIOSEl niño sintió cómo el dolor de cabeza le retornaba con mayor fuerza. Volteó la hoja y un segundo encabezado hizo que, inconscientemente, tirara el diario en un charco:
ARMA MILITAR DESAPARECIDA Temor ante posible desastreInexplicablemente salió corriendo. Ni siquiera él tenía idea de por qué lo hacía y, sin embargo, no se detuvo, sino hasta que se sintió más seguro.
Aunque tenía curiosidad de saber sobre aquellas noticias, algo dentro de sí se lo impedía. Estaba más que seguro que nada tenían que ver con él, pero aún así le hacía sentir pánico e inseguridad.
De pronto, se vio a sí mismo en una calle que le parecía familiar, no obstante no podía reconocerla. Por un momento se quedó pensando y observando los alrededores para ver si algún recuerdo, por más leve que fuera, le venía a la cabeza. Un segundo después fue sacado de sus meditaciones por una mano fría y húmeda que lo jalaba de un brazo hacia un callejón oscuro donde se escondía una muchacha entre las sombras.
—Hey, chico- Murmuró- ¿Qué es lo que haces aquí?, ¿No ves que es peligroso?- El niño la observó un poco, tenía un largo y empapado cabello negro que estaba completamente enredado. Sus ojos negros lo estaban fijos en él, parecían ver más allá de la realidad. Su ropa estaba desgarbada, igualmente empapada por la lluvia y su piel oscura, a pesar de todo, se encontraba sin rasguños, ni golpes.- ¿Quién eres?, no creo haberte visto por aquí antes- Advirtió la chica
—No lo sé- Masculló el niño con dificultad y voz ronca.
—¿Y tus padres?, ¿Qué edad tienes?- El niño movió la cabeza en forma negativa como única respuesta- Ya veo... También eres huérfano ¿no?
—No lo sé- Repitió
—Tranquilo, ¿qué te ocurrió?, ¿Por qué estás tan lastimado?- El pequeño bajó la cabeza-Debes tener hambre- adivinó- Sígueme, encontraremos algo para ti.
La chica se adentró en el callejón y el pequeño, un poco desconfiado, decidió seguirla, pues aunque no se conocían, ella parecía no querer hacerle daño y su voz le había parecido tierna, casi maternal. Quizá no era una buena idea, sin embargo consideró las pocas opciones que tenía y ella le había ofrecido encontrarle comida.
Tal vez su hambre dominaba su cordura, pero casi cualquier cosa le parecía mejor que morir de hambre.
Por un rato la siguió por las concurridas calles hasta que llegaron a un sitio apartado de todo aquel escándalo. Se veía solitario y casi por completo destruido. La poca gente que se encontraba en las calles estaba tirada en el piso pidiendo dinero, dormida o inhalando extrañas substancias dentro de bolsas de papel...
—No les prestes atención a esos vagos- Dijo la muchacha- Ni mucho menos se te ocurra acercarte o hablarles. Están enfermos, no saben nada bueno de la vida, ni te pueden ayudar mucho; son sólo unos desgraciados que ya lo han perdido todo y que se niegan a ser ayudados.- El chico guardó silencio, pues no entendía mucho de aquello, mas estaba dispuesto a hacerle caso.- Es verdad, mi nombre es Lidia, ¿cómo te puedo llamar a ti? Dices que no recuerdas tu nombre... - Meditó- ¡Ya sé!, ¿Te gusta Daniel?
—Es igual... - Se encogió de hombros
—Muy bien, entonces serás Daniel y a partir de ahora serás mi hermano pequeño, ¿estás de acuerdo?- El niño movió la cabeza de forma afirmativa- Yo tengo 15 años y tú debes tener unos 10, 11 máximo.
—Supongo
—¿Hacía dónde te dirigías?, ¿Por qué estabas allí?, No es un buen lugar para estar, anoche ocurrieron unos disturbios, la policía estaba buscando algo. Dicen que una bomba se encuentra allí y que los militares la están buscando- Explicó en un tono mas bajo de voz y agachándose para que la pudiera escuchar mejor- Si algo hubiese explotado en ese momento tú ya no estarías vivo- Elevó el volumen de su voz y se puso nuevamente en camino- ¿Sabes?, Mis padres murieron hace un par de años... - Suspiró- Bueno... No eran exactamente mis padres; me adoptaron cuando sólo era una niñita como tú... No recuerdo nada de mis verdaderos padres, pero los recuerdo a ellos. Habían sido muy buenos conmigo, pero sufrieron un accidente y como yo no tenía más familia me quedé sola... Ahora, ¿qué es lo que sabes de ti?
—No recuerdo nada- Afirmó con voz entrecortada- Esta mañana cuando desperté ya estaba así...
—Debiste darte un golpe en la cabeza o algo así... ¿En verdad no recuerdas nada?- El pequeño negó con la cabeza- Supongo que está bien, “Dany”, así nos acompañaremos el uno al otro- Sonrió- ¡Ven!, ya casi llegamos
—No me obligues a correr- Suplicó el pequeño al sentir como era jalado por Lidia.
—Está bien, sólo sígueme... - Aseguró soltándolo.
La chica lo llevó a un viejo edificio en ruinas. Se fijó en las cuarteadas paredes y el montón de cables que se asomaban entre las grietas. El piso estaba húmedo por la lluvia y apenas si la luz se colaba por la puerta daba un poco iluminación. El ambiente tenía un aroma putrefacto y los insectos y ratas deambulaban por todo el piso, lo que, aunado a las múltiples goteras del techo y charcos le daban la apariencia de una vieja alcantarilla.
Tras saltar a un tipo que dormitaba en el piso para llegar a una larga escalinata de caracol, la chica dijo mientras subían con dificultad:
—Aquí yo vivo y trabajo. No es la gran cosa, pero es bueno tener un lugar a dónde ir... Hagas lo que hagas no mires hacia abajo, créeme, no es nada buena la vista.- Advirtió
Al terminar de subir, un largo y estrecho pasillo los condujo a una puerta abierta con los números:
2
El chico se fijó que el seis estaba más bajo que el dos, por lo que posiblemente antes debió haber sido un nueve y entre ambos números faltaba un tercero.
—¡Mack!, ¡Ya estoy en casa!- Gritó la chiquilla- Bienvenido a mi “palacio”... - Dijo extendiendo los brazos para mostrar el extraño lugar.
El tapiz estaba destruido y casi todo se había desteñido con el paso de los años, sin embargo aún se podían distinguir algunos de los motivos florales que alguna vez brillaron en la habitación. Había un sofá, también descolorido, una mesa de centro a la que le faltaba el pedazo de una pata y que había sido reemplazado por un ladrillo para evitar que se moviera y, encima de ella un monte de periódicos viejos, un desarmador y las piezas de una calculadora vieja todas revueltas junto con las de un viejo reloj despertador.
Había una manta varias veces remendada y una almohada con el relleno salido en el sucio piso de cemento y una ventana rota había sido cubierta por un pedazo de periódico que con el tiempo también se había estado rompiendo y que ahora, por acción de la lluvia estaba por completo mojado. Debajo de la ventana había un gran charco, formado a causa de la poca protección que había proporcionado el periódico.
—¡MAAAACK!- Volvió a gritar la chica desesperada
—Bien, ya escuché niña, no soy sordo- De otra habitación salió un tipo con cabello castaño largo y sucio, la ropa deshecha y ojos pardos, además de una barba de varios días que lo hacían ver aún más desgarbado de lo que ya estaba.- ¿Y esté?- Preguntó bostezando y estirándose
—Es Daniel. También está sólo y necesita de nuestra ayuda- Respondió Lidia- Mack perdió su empleo y a su esposa, ha estado deprimido desde entonces... - Le dijo al niñito.
—No hables de eso y menos a un mocoso como éste.
—Tranquilo... Oye, ¿hace cuánto que no te afeitas?- Cuestionó fijándose en la barba café y áspera del tipo
—Dos días- Contestó fríamente- ¿Cómo esperas que lo haga sin agua?
—¿Y la reserva?
Se la acabó el viejo
—Iré por agua, en vista que eres un holgazán. Entre tanto ayuda a Daniel con sus heridas y dale algo de comer.
—¿Y por qué yo?- Preguntó Mack
—Porque no haces nada y porque yo te traje aquí. Por mí puedes regresar al basurero...
—Esto ya es un basurero- Masculló- Ven, niño, necesitas comer algo, en cuanto la mocosa llegué con el agua te curaré...
Lidia salió del “departamento” y Mack llevó a Daniel hasta lo que parecía ser una cocina, donde había un comedor con varias sillas y bancos distintos alrededor, en una de las cuales había un anciano dormitando con la boca abierta, dejando ver el último diente amarillento que le quedaba en las encías y sosteniendo un bastón de madera con sus manchadas, larguiruchas y arrugadas manos.
Sobre la mesa había un sartén eléctrico y alrededor estaban colgadas varias repisas con alimentos a punto de echarse a perder. Mack tomó del frutero al centro de la mesa una banana toda ennegrecida que le alargó a Daniel para que la comiese. El pequeño había estado tan hambriento que no puso objeción alguna. Ambos se sentaron alrededor del comedor.
—Al parecer te comerías un caballo... - Afirmó Mack- Soy Marco, por eso Lidia me llama “Mack”, según ella siempre le gustó ése nombre... Ella ya te habló de mí, ahora cuéntame de ti.
—A decir verdad- Respondió tímidamente- No sé nada... Anoche desperté y ya estaba en el piso. No sé qué pasó o por qué estaba allí.
—No recuerdas nada o no quieres decir nada...
—No lo recuerdo...
—Sí, claro- Afirmó con sarcasmo- ¿Huiste de tu casa?
—No lo sé
—¿Eres un delincuente?- Daniel negó con la cabeza
—No creo- Respondió, a pesar de recordar la sensación de ser perseguido.
—¡Ya déjalo!- Gritó la chica, quien cargaba con una enorme cubeta de acero de la que escurrían gotas de agua.
—Sólo quería saber... - Repuso Mack
El anciano de la silla sólo movió la cabeza al oír el grito de Lidia.
—El viejo es Raymundo- Explicó Mack al ver la expresión de Daniel de curiosidad- Es medio sordo, ningún grito lo despertará, no te preocupes.
—Voy a curarte- Aseguró Lidia llenando un pequeño botecito rojo con agua- Y tú aféitate de una vez...
—Hecho... -Confirmó Mack llenando otro bote del mismo color.
—Yo no sé qué le pasó... Cuando lo conocí ayudaba en todo y quería hacerse cargo de todo... - Susurró mientras metía un paño más o menos limpio en el recipiente y luego comenzó a asear el cuerpo del niño con él.- El abuelo fue quién me encontró a mí y me ha cuidado desde entonces, no sabría cómo agradecerle, pero ya está viejo también y, como dice Mack, ya no escucha nada de lo que le decimos y lo único que hace durante horas es dormir y a veces tiene alucinaciones extrañas... - Volteó a verlo y emitió un suspiro- No creo que le quede mucho tiempo, pero he luchado por mantenerlo vivo el tiempo que me sea posible... ¡Ah... ! Pobre abuelo... Ni siquiera se dio cuenta de cuándo traje a Mack a vivir con nosotros y no creo que se dé cuenta de que tú estás aquí. Ya tampoco ve muy bien, ¿sabes?, Para él es como si sólo estuviera yo, así que si no estoy aquí y él me llama, te suplico que lo atiendas por mí.- Daniel asintió- Gracias y es que no es fácil vivir aquí, parece como si sólo fuera yo, porque, como vez, Mack no es de mucha ayuda... - Terminó de limpiar al niño y sacó del bolsillo de su suéter una pequeña lata que al abrirla contenía un ungüento con un color y aroma desagradables.- Sé que no se ve muy bien, pero es una medicina muy eficaz, lo usamos cuando el abuelo se golpea por alguna razón o cuando el tonto Mack se corta con la navaja al rasurarse... - Rió un poco untándole el menjurje sobre las heridas. El pequeño sintió ardor por donde pasaban los dedos de Lidia- ¿Te duele?- De nuevo Daniel asintió- Es que está haciendo efecto, no creo que haya algo mejor para las cortadas, golpes y rasguños.- Daniel soportó el dolor en tanto la chica finalizaba.
—Oye...- Dijo con timidez el niñito- ¿Cómo es que si el lugar donde yo estaba es peligroso tú te encontrabas ahí?
—Bueno... Tal vez sea impertinente, pero me pareció interesante y quise ir a investigar, je, je- Repuso nerviosamente- Sólo quería ver si en verdad había una bomba allí
—¡No seas tonta!- Dijo Mack que regresaba secándose el rostro- No puede ser una bomba, de ser eso la famosa arma hubiera estallado junto con los laboratorios de Bulrog, es lógico.
—Bueno, posiblemente haya sido eso lo que causó la explosión- Indicó Lidia
—De ser así no lo estarían buscando por toda la ciudad, sino que hubiese volado junto con el edificio.- Refutó el tipo
—Pueden estar buscando sus restos, ¿o no?
—¿Por toda la ciudad?, ¡No inventes!, No puede ser eso. Más bien robaron la famosa arma y luego hicieron estallar el edificio.
—¿Y tú qué sabes?
—Es lo lógico.
—Entonces, quien la robó debió ser alguien que trabajaba allí, ¿o no?
—Efectivamente. Debió ser alguien que tenía el conocimiento de lo que es y como puede desatar una tremenda catástrofe, pues mantienen en secreto la identidad del ladrón.
—¿Por qué la mantendrían en secreto?
—Porque si hace funcionar ésa cosa podría matarlos a todos sin problema y tan sólo por delatarlo con la policía, tonta.
Daniel había dejado de oír la conversación. Su corazón había comenzado a latirle presurosamente, como si se sintiera culpable, como si él fuera el que robó tal arma, pero no, no podía ser: no llevaba nada consigo y no podía ser posible que un simple niño trabajara en algo así. No, no era él el ladrón, pero, entonces, ¿Por qué se sentía así?, ¿Por qué ansiaba tanto escapar de donde sea que estuvieran hablando de eso?
De nuevo, comenzó a dolerle la cabeza y su vista se puso borrosa. Sin darse cuenta se puso a llorar.
—¿Y ahora?, ¿Qué te ocurre?- Preguntó Mack desconcertado.
—Pobre, debe estar cansado... - Declaró Lidia.- Después de todo es sólo un niño pequeño.- La joven lo abrazó con fuerza y el pequeño calmó su llanto. Ya no se sentía tan sólo, ni tan perdido después de todo.
Oki, ése es el primer capítulo de la historia que titulé "Andi". Aún estoy arreglando este capítulo y dentro de poco terminaré el segundo, entre tanto espero sus comentarios.
-Eliza Rain