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“Esa noche salía de su habitación, a pensar en el frió sobre el calor,” escribió llorando un muchacho en un centro de cómputos. “Era tarde en la noche y el pobre hombre no podía dormir. Así que dejo de intentar el sueño y salio a caminar por el vecindario. Con tristeza recordaba las caricias de mama, las charlas con papa… Sin dinero pero con un sueño de ser poeta, había zarpado hacia tierras lejanas. En estés días nublados, helados y desolados, su musa se sentía como esa nieve negra olvidada en la carretera. En este barrio hasta el mas confiado duda de si. Y por más que este hombre batallaba en las colinas imaginarias de su mente, siempre se escapaba un general que le disparaba estratégicamente a las memorias de una época más segura.
Eran así sus penas que a pesar de su suerte siempre caía en lagunas hondas. Como predestinado a morir, siempre lo llevaban al matadero, pero solo le cortaban un pie. Siempre era un pie. Como si eso detuviera a un hombre como el. Pero hasta el más bravo de los corderos termina en la picota del matador. Y aunque fuera poco a poco, el pobre hombre moría. Era como si ya finalmente la cuchilla del carnicero le llegara al corazón.”
Mientras lloraba, un conserje con audífonos entraba por la puerta. Miro por un segundo al muchacho sentado frente a la quinta computadora de la primera mesa, y empezó a limpiar el área lenta y rítmicamente. Derecha, izquierda y paso adelante; derecha izquierda y paso adelante… Así bailaba el conserje mientras el abobado muchacho miraba lloroso – una coreografía bailada solo para el. Se deleitaba con el murmullo de la calefacción y el estupefaciente baile del conserje. Entre el frió y las horas largas frente a la pantalla que no le soplaba ni una palabra, el muchacho había perdido su alma.
Pedro, le decían en su barrio. Ahora lo llamaban Peter. Se había cansado de explicar como se pronunciaba su nombre, así que se bautizo el mismo como Peter. Ya casi terminaba el conserje y el seguía mirando lo que había escrito. Sus lágrimas se secaban y poco a poco el alma recobraba. Como si escribir en el diario de navegación salvara al capitán de una inminente invasión. Escribía su pena para aliviar el dolor. Pero no mejoraba la situación.
Meter ahora se levantaba y se tapaba la boca con la mano derecha, mientras se metía la izquierda en el bolsillo. La mano derecha lentamente le subía por la cara hasta la cabeza y se entrelazaban los dedos con la cabellera. Caminaba por el centro de cómputos despoblado. Todas las pantallas apagadas menos una que le devolvía la mirada silenciosa. A través de la puerta de cristal ahumado se veían las ramas blancas de los pinos más cercanos. Todavía estaba oscuro pero en su corazón sentía que el sol se precipitaba al horizonte, que no podía ver a través de la ventana.
Como dicen en los diarios de mayor venta en el mundo, no es fácil dejar la patria. Y para este muchacho esas palabras resonaban en el alma. Corre a la computadora, la única pendiente a su historia. Y busca entre ventanas estáticas una que le muestre una vista de su patria. Ya no lloraba. Solo admiraba el momento y se preparaba. Con una sonrisa, miraba por la ventana, y otra vez empezaba a escribir…
“Es el miedo a no llegar lo que me mata. No me da miedo morirme en el camino ni llegar adolorido. Es volver atrás. Es mi sueño, es mi empeño el que me mantiene en esto. Con pala o sin pala yo voy a construir mi huerto. Y espero buena cosecha de este huerto. Pero como siempre la pregunta se cuela por el cráneo y se adentra en lo más profundo del cerebro. ¿Por qué será que siempre hay miedo a dar el gran salto? Siempre se piensa, al menos por un minuto, que uno no será bienvenido en el país de las Maravillas. Siempre se piensa que hay que ser conejo para entrar y que porque Alicia era una niña no quiere decir que un niño no pueda entrar. Pero de que vale volver a la niñez, a cuentos de hadas a los que siempre he deseado pertenecer…” Y ahí paro de escribir.
Sin final la historia que comenzó hace ya tres horas, pero su sonrisa y su mirada lo decían todo. Lo que tenía que decir, lo dijo. Y como la vida no termina hasta la muerte, su historia todavía no tiene fin. Si es que se le puede llamar historia a este monologo lento.
Ahora vuelve a llamarse Pedro y con la cabeza en alto deja atrás lo escrito. Al salir del centro de cómputos el sol ya había ganado. Y la nieve poco a poco aceptaba su derrota y gota a gota se retiraba. El se detuvo un minuto por si algún pájaro entonaba un verso melodioso. Pero ya eso era mucho pedir en el invierno. Así que siguió su paso y disfruto el momento. Gota a gota, rayo a rayo, dejo que la prisa mañanera, no tan mala, le acariciara el alma reencontrada. Más o menos así eran las noches. Algunas pensando en su padre. Añorando poder ayudarlo en su tiempo de mal. Otras noches pensando en mama. Extrañando su abrazo. Otras pensando en su abuelo… el que lo introdujo a todo esto. El que ahora lo guía desde el cielo. Pero por ahora este muchacho no piensa dar ni un paso atrás.
Sin fin…