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De vuelta al cielo
-¡Te odio! –gritó Mirve.
-¡¿Qué?!¡No fue culpa mía, debiste haber controlado lo que bebías! –contestó Psutya alterada.
-¿Y quién tuvo la maravillosa idea de ir a aquel local? –le reprochó él.
-¡Que yo sepa fuiste por voluntad propia, no te obligué! –dijo Psutya.
Los dos se miraron con enfado y se giraron la cara.
-No es justo –suspiró Mirve conteniendo las lágrimas y dándole una patada a una de tantas latas que había en el callejón.
Psutya suspiró, en gran parte la culpa había sido suya por no vigilarlo bien.
-Ya lo sé, deberían haberme expulsado a mí. De todas maneras nunca me he tomado nada enserio –contestó Psutya apoyando su mano en el hombro del desconsolado muchacho.
-Tampoco es para tanto, me lo estoy tomando muy a pecho –se mintió a sí mismo- Aunque si se mira bien…
-¡Eh! –dijo Psutya indignada.
-Pero es que me faltaba tan poco para conseguir llegar a Serafín, no sabes lo que me ha costado estar tan cerca del rango superior de los ángeles –volvió a derrumbarse Mirve.
-¡Para ya!, encontraremos la forma de que vuelvas, de eso me encargo yo –le animó ella.
-Entonces moriré aquí abajo –suspiró enterrando la cara en sus manos.
-No seas estúpido, tienes la constitución de un humano de veinte años; si no te metes en problemas no morirás hasta dentro de mucho –contestó Psutya.
-Solo espero no quedarme aquí abajo demasiado tiempo –murmuró Mirve saliendo del callejón.
-Hombre, allá arriba están muy cabreados, al menos tendrás que estar en la Tierra un par de meses –le dijo Psutya.
Los dos salieron a la calle, el sol calentaba el asfalto provocando que la temperatura aumentara varios grados.
-No sé cómo pueden vivir a esta temperatura –comentó Mirve.
-¿Cuánto tiempo hace que no bajas? –le preguntó la chica alzando una ceja.
-Desde 1496 –contestó Mirve como si nada.
Psutya comenzó a reír con fuerza mientras caminaban sin rumbo por las calles.
-Vas a tener que ponerte al día a marchas forzadas –rió Psutya.
-Ya estoy al día, los … -intentó contestar Mirve molesto antes de que su amiga le interrumpiera.
-Los documentos que nos hacen “estudiar” no sirven de mucho en este mundo –le dijo la chica con el semblante serio-, si quieres sobrevivir aquí tendrás que pasar a la practica, yo te ayudaré en lo básico.
-Así que es aquí a donde vas en tus escapadas de una semana, ¿no? –dijo Mirve con una sonrisa.
-Me encanta este mundo –se sonrojó ella-, bueno, gran parte…
Caminaron a través de las concurridas calles hasta llegar a un pequeño parque, se sentaron en un banco a la sombra de los frondosos árboles y observaron el paisaje, muy extraño a los ojos de Mirve. Los niños jugaban en los columpios, toboganes o con la arena.
-¿A dónde voy a ir? –preguntó el chico con preocupación.
-Tendrás que pasar la noche en un centro de acogida –contestó Psutya cruzando las piernas y recostándose más en el banco.
-¡Yo no quiero ir a un centro de acogida! –se quejó Mirve levantándose de un brinco.
-¿Y a dónde quieres ir? No tienes nada, y lo peor, aquí no eres nadie –intentó calmarlo la chica.
Mirve se volvió a sentar cansado, se sentía perdido y asustado en aquel nuevo mundo.
-Solo tendrás que pasar allí la primera noche, te darán comida y refugio, las calles son peligrosas por la noche –explicó Psutya- mañana volveré con lo necesario para que puedas estar aquí.
-¿Con lo necesario?
-Documentos, dinero, casa… ya sabes, lo necesario –sonrió ella-, y también traeré un permiso para poder estar contigo unos días y enseñarte todo esto.
-¿Un permiso? –rió Mirve- No lo conseguirás, se necesita mucho papeleo, ¡tardarías meses!
-No si muevo algunos hilos –sonrió ella.
-Olvidas que Metatrón controla todo lo referente a eso, no podrás; y si te pilla puedes acabar como yo –le dijo Mirve preocupado-, sin alas y expulsado del cielo. Al ser el ángel superior tiene permiso para hacerlo sin necesidad de un consejo.
-Tu tranquilo, déjalo en mis manos –sonrió ella estirándose.
Mirve se encogió en el banco con las manos en los bolsillos, le era difícil en esta ocasión, pero debía confiar en ella, nunca le había fallado. Se quedaron allí hasta el atardecer, sin mediar palabra, cada uno absorto en sus pensamientos y preocupaciones, que por una vez eran las mismas.
-Vamos, te llevaré al centro de acogida más próximo –le dijo Psutya.
Mirve se levantó del banco desganado, no quería ir al centro, no quería quedarse solo en aquel mundo. Psutya le tendió su mano.
-Así iremos más rápido, el centro más próximo está a una distancia considerable –le dijo ella sonriéndole para animarlo.
-¿No puedes quedarte conmigo? –insistió él.
-Bastante tiempo me he quedado ya –respondió ella con tristeza.
Mirve cogió la mano de su amiga y cerró los ojos, al abrirlos estaban frente a un edificio enorme con aspecto descuidado.
-Era un antiguo polideportivo, lo rehabilitaron para acoger a los indigentes –explicó Psutya.
-¿Seguro que me dejarán entrar? –preguntó Mirve inseguro.
-Por supuesto, ¿es que no te fías de mí? –rió ella para animarlo.
-Todo esto es muy extraño, no me fío de nada –se sinceró el muchacho.
-Pues has de aprender a hacerlo de algunas cosas –sonrió ella-, me voy ya, si me retraso más no me darán el permiso.
Psutya se despidió dándole un beso en la mejilla al chico, luego se colocó su largo pañuelo morado al cuello y desapareció dejándolo solo en la calle. Cogió aire y entró en el antiguo polideportivo, había mucho movimiento en su interior, personas de todas las edades ocupaban unas mesas alargadas y destartaladas, detrás de unas puertas entornadas de color blanco con varios desconchones y con pequeñas ventanas de cristales opacos en la parte superior; llegó hasta las puertas y se asomó, a un lado de la enorme nave había unas cuantas personas vestidas con una camiseta naranja brillante sirviendo comida que sacaban de unas enormes ollas humeantes, a una cola de gente que esperaba en fila con un plato de plástico en las manos.
-¡Hola! –una chica pelirroja y sonriente apareció ante él.
-Ho-Hola –contestó él sorprendido.
-¿Cómo te llamas? Es que necesito apuntarte en esta lista –la muchacha levantó una libreta llena de nombres-, todos los nuevos han de hacerlo.
-¿Los nuevos? –preguntó Mirve alzando una ceja.
-Sí, y sin duda tu lo eres, nunca olvido una cara –rió la pelirroja-, y menos si tiene unos ojos azules tan preciosos y un pelo tan extrañamente revuelto.
-Gr-Gracias, me llamo… -Mirve comenzó a pensar un nombre con rapidez mientras su rubor iba desapareciendo- B…Ben S… Smith.
-Ben Smith –repitió ella apuntándolo en la lista de la libreta con el número 316- Bien, gracias; ya puedes coger un plato para comer si quieres.
Mirve asintió y se dirigió hacia la zona en la que estaban las ollas calientes, le sirvieron un plato de estofado y se sentó en una de las desgastadas mesas lo más alejado que pudo del resto de personas. Comió despacio después de haberse quemado la lengua varias veces; mientras comía observó con detenimiento a las personas que lo rodeaban, sus ropas y rostros sucios les daban un aspecto especialmente descuidado y en su cara había una expresión abatida y cansada, aunque sonreían cada vez que uno de los humanos con camiseta naranja se les acercaba a hablarles.
-¿Qué tal la comida? –le preguntó la chica pelirroja sentándose a su lado.
-Muy buena, gracias –respondió el chico con cortesía.
-No me he presentado aún, es que cuando has llegado todo estaba demasiado caótico –se explicó la chica- Marina Anderson a tu servicio.
Mirve asintió acabando su plato.
-¿Tienes dónde ir? –le preguntó Marina.
-No –contestó él con pesar.
-Esta noche tenemos sitio para uno más, si quieres puedes quedarte, aunque antes tendrás que ayudarnos a recoger –sonrió la muchacha.
-No me importa –contestó él dejando su plato vacío a un lado.
Al cabo de una hora las mesas habían sido sustituidas por colchones y viejos sacos de dormir colocados en fila en un rincón del enorme lugar. Mirve se tumbó en uno de los colchones poniéndose las manos detrás de la cabeza.
-Siento volver a molestar, pero es que no puedo evitarlo, necesito saber que haces aquí, nunca había visto a nadie como tú en un centro de acogida –le dijo la chica sentándose en el colchón de al lado.
-He tenido problemas “familiares” y me han echado de casa con lo puesto –contestó Mirve-, es la primera vez que estoy en una situación parecida.
-Muchos jóvenes acaban aquí por al misma razón; es muy cruel de parte de la familia hacer eso, lo ven más fácil que intentar aclarar las cosas, algunos jóvenes huyen y otros son echados a la fría calle –comentó Marina entristecida- Nosotros aquí intentamos darles una segunda oportunidad ofreciéndoles cobijo y recursos para que puedan conseguir un empleo.
-¿Todos los que tenéis la camiseta naranja ayudáis a esta gente? –la chica asintió- ¿Y qué conseguís a cambio?
-Ver que todas estas personas salen adelante, es lo único que necesitamos todos los que somos voluntarios –contestó Marina con una sonrisa.
-Eso es algo muy noble por vuestra parte, teniendo en cuenta que ya nadie hace nada por alguien si no consiguen algo a cambio –le dijo Mirve con una sonrisa triste.
-En el fondo esos son los más desgraciados, los que lo tienen todo pero no tienen a nadie –suspiró ella- Bueno, me voy a hacer la ronda para comprobar que todos estén bien. Buenas noches.
-Buenas noches –se despidió Mirve acurrucándose en el desgastado saco de dormir.
Se quedó mirando al polvoriento techo del polideportivo, podía ver las estrellas a través de los sucios cristales que había en el techo, dejo la mente volar y sonrió inconscientemente, no todos los humanos eran como se imaginó hace siglos.
A la mañana siguiente ayudó, junto con todos los que habían pasado allí la noche, a recoger el mobiliario nocturno y sustituirlo de nuevo por las mesas para el desayuno. La leche caliente calmó por un tiempo sus nervios, Psutya no podía tardar mucho en llegar, eso si todo había salido como habían planeado. A las pocas horas el ángel no había dado señales de vida, así que Mirve salió del edificio y se sentó en las viejas escaleras a seguir esperando.
-Buenos días Ben –le saludó Marina desperezándose por las escaleras-, me he pasado la noche pensando… ¿Te interesaría ayudarnos como voluntario?
Mirve miró a la pelirroja sorprendido, no se esperaba aquella proposición, ¿ser voluntario? Se paso una mano echándose hacia atrás el alborotado pelo rubio.
-No hace falta que contestes ahora, tómate el tiempo que necesites –sonrió Marina con comprensión- Te lo he preguntado porque necesitamos más gente, y… bueno, digamos que tienes aspecto de una persona que está cuando se le necesita.
-Yo… me lo pensaré –contestó él azorado.
-Vale –Marina se mordió el labio y miró hacia el polideportivo- ¿A dónde tienes pensado ir?
-Estoy esperando a una amiga que va a ayudarme con mi situación –contestó Mirve mirando la desierta calle.
-Desde luego eres un chico afortunado –sonrió Marina subiendo las escaleras- Si necesitas algo busca una camiseta naranja.
Mirve asintió y se abrazó las rodillas a la espera de la llegada de Psutya.
-¡Buenos días!
El chico levantó la cabeza y vio al final de la escalera a una muchacha de pelo castaño y desordenado que le sonreía con las manos a la espalda.
-¡Psutya! –Mirve se levantó y corrió hasta ella- Creí que ya no vendrías.
-Nunca confías en mí –refunfuñó ella alzando una ceja- Aquí tienes tu documentación y dinero hasta que encuentres un trabajo.
Mirve cogió la carpeta y el sobre que le tendía su amiga, no daba crédito a sus ojos.
-¿Cómo…?¿Y Metatrón…? –balbuceó incrédulo.
-Te dije que lo conseguiría.
-¿Y cuál será mi nombre ahora? –preguntó Mirve algo preocupado teniendo en cuenta que ya había dado un nombre en el centro.
-Pues el mismo que le has dado a Marina para la lista –Mirve la miró con los ojos desorbitados- No pensarás que te iba a dejar aquí como si nada, ahora eres como un niño, necesitas vigilancia las veinticuatro horas –rió ella.
Psutya se llevó al chico a dar una vuelta por los alrededores mientras le explicaba todo lo que había ocurrido en los años que él no había observado.
-Si todo esto es la teoría, no podré con la práctica –gimoteó él dándole una vuelta más a su fina bufanda roja- Me he perdido demasiadas cosas.
-¡Baa! Todo esto se aprende sobre la marcha, ya lo verás; lo más complicado son los ordenadores, ahí no podré ayudarte mucho, yo también estoy algo pez –comentó Psutya riendo para quitarle importancia.
Entonces se paró borrando la sonrisa de su rostro, Mirve la miró preocupado y se paró a su lado.
-¿Qué ocurre? –miró en la misma dirección que su amiga, había un chico apoyado en la pared de un edificio, llevaba una sudadera negra con la capucha echada sobre la cabeza y unos pantalones anchos del mismo color; Mirve lo miró con más detenimiento, su sombra era más oscura de lo normal, algo que solo un ángel era capaz de percibir- ¿Un demonio?¿Qué hace aquí un…? –El chico los miró y sonrió bajo la capucha con la maldad propia de su especie.
-¡Larguémonos! –susurró Psutya cogiendo a su amigo del brazo y estirando de él.
Mirve la siguió intentando no quedarse atrás, nunca la había visto así, jamás había huido de nada. Se abrieron paso entre los transeúntes, que les gritaban furiosos, hasta entrar en un edifico comercial; Psutya lo guió hasta un rincón en el que pudieron recobrar el aire mientras estaban ocultos.
-¿Qué ocurre? –preguntó Mirve que estaba apoyado en sus rodillas recobrando el aliento- ¿Por qué huimos?
-Es largo y complicado de explicar –contestó ella apoyada en la pared y vigilando la entrada a los grandes almacenes- Tenemos que cambiar de aspecto.
-Pues dime como lo hago, ya no tengo poderes –comentó Mirve disgustado y con la respiración ya más calmada.
-Dame la mano –le dijo Psutya.
El chico lo hizo, sintió un hormigueo en el estómago, al abrir los ojos notó que su perspectiva había cambiado, todo estaba a una mayor altura, miró a Psutya y entonces lo comprendió, ante él había una niña de siete años que lo miraba inquieta.
-¿Por qué somos niños? –preguntó él observando sus pequeñas manos.
-Porque conozco el lugar perfecto dónde escondernos, sígueme.
Corrieron por los pasillos del enorme lugar sin apenas llamar la atención, bajaron un par de pisos y llegaron a una plaza en la que había una gran piscina llena de bolas de colores en la que jugaban niños bajo la vigilancia de sus madres.
-¿Este es tu escondite perfecto? –se burló Mirve.
Psutya no contestó y se zambulló en la piscina, el chico la siguió e intentó avanzar entre las bolas.
-¿Y ahora? –preguntó él.
-Espera, en cuanto te diga húndete entre las bolas –le dijo Psutya que observaba con detenimiento a la gente.
Entre los compradores apareció el demonio que escudriñaba con calma el lugar bajo su capucha.
-Ahora –le dijo Psutya hundiéndose entre las bolas.
Mirve intentó hacerlo, pero le resultó complicado, entre tantas bolas apenas podía moverse, una mano estiró de él hacia dentro y entre las esferas de colores vio parte de la camisa verde agua de su amiga. Contuvo la respiración, podía sentir a oscuridad del demonio, sabía que estaba frente a la piscina y que miraba con atención su contenido; el corazón de Mirve latía con rapidez, no podía estar sintiendo miedo, no era la primera vez que se cruzaba con un demonio; aquello era la otra parte de su castigo, se estaba volviendo humano a medida que pasaba el tiempo, comenzaba a experimentar las emociones de todo ser mortal.
-Ya puedes salir Mirve –le dijo Psutya.
El joven salió de entre las bolas y fue consciente de las miradas de desaprobación que les lanzaban algunas madres, volvía a tener el aspecto de un chico de veinte años. Salieron de la piscina y se sentaron en un banco.
-Tengo que irme de nuevo, volveré en unas horas –le dijo Psutya.
-¿Por qué huíamos de ese demonio? Más bien, ¿por qué huías? Nunca te habías comportado así –le preguntó con seriedad Mirve mirándola a los ojos.
-Es algo complicado, te lo explicaré en su momento –se despidió ella levantándose- No te muevas de aquí por favor, y tampoco pierdas los documentos.
La muchacha desapareció entre uno de tantos pasillos que formaban las repletas estanterías del lugar. Mirve cerró los ojos con cansancio, ¿qué estaba pasando?¿Por qué había acabado en la Tierra, y por qué Psutya huía?¿Es que detrás de todo aquello había algo más que una simple borrachera? Se escurrió por el banco aun con los ojos cerrados para intentar por unos segundos no ser consciente de su situación.
-¿Mirve, eres tú? –preguntó una voz familiar.
El chico abrió un ojo y vio a un niño de pelo rubio y muy rizado con los ojos grises que lo miraba con el ceño fruncido.
-¿Telo? –Mirve se incorporó.
-¡Mirve, que sorpresa! –exclamó el Querubín encaramándose al banco- Nunca creí verte aquí.
-Si te soy sincero, yo tampoco –suspiró él subiendo un pie al banco- ¿Y tú que haces aquí abajo? –el pequeño ángel se retorció las manos y miró de soslayo la piscina llena de bolas- Parece ser que todos tenéis un hobby aquí abajo.
Telo sonrió cohibido sentándose a su lado.
-Entonces es cierto, te han expulsado –Mirve suspiró- ¿Pero por qué? Tu nunca has hecho nada malo, según dicen arriba estabas a punto de llegar a Serafín.
-Bebí más de la cuenta –contestó Mirve afligido.
-¿Por beber? Menuda chorrada, entonces el cielo estaría sin ángeles, todos hemos tomado, al menos un trago.
-Ya, pero seguro que luego no le dijiste el secreto de la vida a unos de esos indigentes que se dedican a predicar –comentó molesto el chico.
-Eso no –musitó Telo- Pero mira la parte buena, estos castigos no suelen durar mucho y aquí no se pasa tan mal.
-Pero yo odio esto, me siento como un extraño, es un mundo demasiado complicado –dijo Mirve con la mirada perdida.
-No si has seguido su evolución –le animó el Querubín.
-Pero yo no lo he hecho, no desde hace mucho tiempo.
-¿Por qué? –le preguntó Telo con sus cortas piernas cruzadas sobre el banco.
-Deje de hacerlo después de ver lo que los humanos son capaces de hacer. Deje de observar desde el 1496, dos años después del descubrimiento de América, dos años después de ver las matanzas que hicieron los humanos por unos míseros granos de oro ¿Cómo un ser vivo es capaz de hacer tanto mal sin que le importe lo más mínimo?
-Es la naturaleza del hombre –contestó Telo bajando la cabeza-, pero también han hecho cosas buenas.
-Han hecho más mal que bien –juzgó con dureza Mirve- No se merecen nuestra ayuda.
-Pero si lo que haces es darle la espalda a ese mal y comportarte como si no existiera, entonces tú estarás haciendo un mal mayor. Es muy fácil darle la espalda a problemas que en un principio no te afectan en absoluto; pero para cuando te quieras dar cuenta ese mal te habrá alcanzado y habrá destrozado tu realidad –dijo Telo con voz firme, entonces su mirada se llenó de esperanza- Por eso quienes tienen el valor de enfrentarse a ese mal son recordados y admirados, son verdaderos héroes; aunque para ello a veces hayas de morir en el intento.
-Ese es el problema, que una vez que has muerto ese bien se pierde –dijo Mirve con tristeza.
-Te equivocas, porque otros se habrán levantado para hacerle frente a ese mal, muchos habrán abierto los ojos y se verán con fuerzas de luchar.
Mirve se acordó del polideportivo y de los voluntarios que en él trabajaban con alegría y sin pedir nada a cambio, eran felices solo con saber que hacían algo por alguien. Una sonrisa se dibujó en los labios del ángel desterrado, algo había despertado en su interior, un sentimiento que creía que había muerto hace siglos.
Habían pasado diez años y Mirve había conseguido adaptarse a ese mundo que en un principio le resultaba tan hostil, pero que gracias a su trabajo como voluntario había conseguido conocer mejor. Entre todos habían conseguido mejorar el estado del polideportivo y así crear un centro de ayuda no solo para los indigentes; Mirve se había especializado es los problemas que la juventud tenía y se convirtió en tutor temporal de algunos jóvenes que frecuentaban el lugar, muchos de ellos con problemas de drogodependencia. No había dejado de recibir las visitas de Psutya, que le iba poniendo al tanto de todo lo que ocurría en el cielo y lo ayudaba a menudo.
Era una de las noches mas oscuras que Mirve había presenciado en todo ese tiempo en la Tierra, caminaba con rapidez por las calles del barrio bajo buscando a Sam, uno de los chicos de los que se encargaba; hacia tres días que no lo había visto aparecer y eso le preocupaba, era uno de los jóvenes más problemáticos que habían pasado por el polideportivo, y el hecho de que no apareciera no presagiaba nada bueno. Llevaba todo el día buscándolo y no había encontrado rastro de él, parecía haberse esfumado; llegó a una zona del barrio especialmente descuidada, los indigentes se acurrucaban en los rincones y los yonkis se escondían en las sombras de los edificios.
-¡No por favor! –una voz rompió el silencio de la negra noche.
Mirve corrió en la dirección del grito, había reconocido la voz, era indudablemente la de Sam. Llegó hasta un callejón en el que la única luz que había provenía de una farola próxima, contra la pared había un chico de pelo castaño y que estaba aterrado, otro hombre más alto lo retenía contra la pared, estaba cubierto por una capucha negra.
-Tu tiempo se ha acabado y no has cumplido –le dijo el hombre de la capucha.
-Déjalo en paz –le dijo Mirve al encapuchado entrando en el callejón.
-¡Ben, no, vete! –le gritó Sam aterrado.
-Mira que tenemos aquí –comentó el hombre soltando al joven que resbaló hasta el suelo por la pared-, el amiguito de Psutya, esta va a ser una noche provechosa.
Mirve se sorprendió de que supiera eso, un escalofrío recorrió su espalda, algo no era normal en aquel hombre, él ya no era un ángel, pero seguía conservando su intuición.
-Los demonios tienen prohibido estar en el mundo de los mortales –le dijo Mirve apretando los dientes.
-Esa es una regla que nos la llevamos saltando varios siglos –rió el encapuchado.
El hombre retiró su capucha y Mirve pudo ver a un hombre de pelo moreno recogido en una coleta baja, sus ojos verdes oscuros lo miraban con maldad, de su frente salían dos pequeños cuernos y en su puntiaguda oreja izquierda tenía un pendiente. Sam se quedó inmóvil por el pánico, la rojiza cola del demonio se movía tras él rozando casi al muchacho.
-Lárgate de aquí- le dijo Mirve con firmeza.
-De eso nada desterrado, este chico y yo hemos hecho un pacto y no lo ha cumplido, así que he de llevarme su alma; y de paso me llevaré la tuya, que seguro que tendrá un alto precio –contestó el demonio.
-Eso nunca, no te lo permitiré –Mirve se interpuso entre el muchacho y el diablo.
-¿Y qué vas a hacer tú? No hacías nada cuando tenías alas menos harás ahora que eres un vulgar humano –rió el demonio-, no eres como tu amiguita Psutya.
-¿Y tú de qué la conoces? –preguntó el chico molesto.
-La conozco porque está en el punto de mira de todos los Cazadores –Mirve miró al demonio frunciendo el ceño, no tenía ni idea de lo que hablaba- Veo que no te ha contado nada… Tu querida amiga es un Vigía, pertenece a un grupo de ángeles que se dedican a echarnos de la Tierra, eso como supondrás es un incordio, por eso nosotros tenemos nuestro propio grupo: los Cazadores, que se dedican a quitar de en medio a todos los Vigías. Psutya es la única que aún no ha caído en nuestras redes, lleva siglos escapando de nosotros con gran éxito y eso nos irrita aun más.
Mirve miró al demonio incrédulo, no podía ser cierto.
-Mientes –le dijo él.
-Si no te lo ha contado a sido para mantenerte a salvo, porque nos dimos cuenta de que la única forma de acceder hasta ella es a través de ti; tú eres su talón de Aquiles –el diablo se acercó peligrosamente a Mirve con una sonrisa- por eso te echamos del cielo, para tenerte a tiro.
-¿Fuisteis vosotros? –murmuró el chico sin dar crédito a sus oídos.
-¡Por supuesto! –rió el demonio con maldad- Metimos una droga en tu bebido y luego te guiamos aprovechando un descuido de tu amiga hasta uno de los nuestros que se hizo pasar por predicador, pero aun sin alas conseguiste escaparte de nosotros gracias a Psutya.
-¿Por qué hacéis esto? –preguntó Mirve sin entender- ¿Qué sacáis a cambio de destrozar vidas ajenas?
-Eso no es asunto tuyo, solo puedo decirte que es muy divertido ver como humanos y ángeles caen en nuestras garras y se derrumban poco a poco al no tener a nadie en quien apoyarse; somos nosotros quienes comenzamos los negocios de la calle, y uno tras otro han ido cayendo en la enorme telaraña que hemos ido tejiendo a lo largo de la historia, de la que solo consiguen escapar unos pocos, que pueden sentirse afortunados de tener a alguien que los apoya y los ayuda –comentó el diablo- Y ahora apártate y déjame acabar mi trabajo, luego vendrás tú.
-Jamás, este chico no perderá su alma –Mirve se mantuvo delante de Sam, que no se había movido de donde estaba.
-Quítate de en medio –le advirtió el demonio.
Mirve siguió en su sitio sin vacilar, podía sentir como Sam temblaba en el suelo a su espalda.
-¡Mirve! –una chica gritó su nombre.
Los dos miraron hacia la entrada del callejón, Psutya estaba en la calle y corría hacia ellos.
-¡Llegas tarde! –le gritó el demonio sacando una daga de su negro pantalón.
Mirve sintió el frío acero traspasar la ropa y la piel sin esfuerzo.
-¡NO! –gritó Psutya llegando hasta él segundos después de que el demonio desapareciera entre las sombras.
El chico calló al suelo agarrándose el vientre, sentía como la cálida sangre que manaba de su herida empapaba sus manos y su ropa, Sam se inclinó sobre él tembloroso.
-Mirve –sollozó Psutya agachándose junto a su amigo y quitando las manos del muchacho de su vientre para poder ver la herida- Te pondrás bien, no es grave.
-Nunca has sabido mentir Psutya –rió débilmente Mirve, comenzaba a tener frío estando tirado en el suelo- ¿Tienes una manta? Me está entrando frío.
-Dame tu sudadera y ve a buscar a alguien –le dijo el ángel al muchacho que lloraba en silencio sin saber que hacer.
Sam se quitó la sudadera y desapareció de la vista corriendo a gran velocidad por la calle.
-Deberías habérmelo dicho Psutya –le dijo Mirve con una sonrisa ausente-, se guardar un secreto.
-No quería ponerte en peligro –sollozó ella cubriéndolo con la sudadera mientras presionaba la herida intentando que dejara de sangrar.
Los parpados de Mirve comenzaron a pesarle, todo a su alrededor comenzaba a oscurecerse poco a poco.
-¡Mirve aguanta! –suplicó Psutya zarandeándolo.
Pero fue incapaz de volver a abrir los ojos, no le quedaban fuerzas, apenas podía escuchar las súplicas de su amiga que lloraba con amargura sobre él… Sintió algo cálido rozándole el rostro, abrió los ojos con esfuerzo, la claridad del lugar lo deslumbró.
-Buenos días dormilón –le dijo una voz.
Mirve se incorporó y se asombró al ver a Psutya con las alas a su espalda, el chico la abrazó con fuerza.
-Te dije que volverías –le susurró la muchacha con cariño.
-¿Volver?¿A dónde? –preguntó Mirve confuso.
-Al lugar de dónde fuiste expulsado –una voz grave lo sorprendió por la espalda.
-¡Metatrón! –exclamó al ver al sonriente ángel frente a él con los brazos cruzados, entonces de forma inconsciente miró su espalda y vio en ella dos enormes alas blancas llenas de suaves plumas- ¡Lo he conseguido!
-Sí, y te has ganado tu lugar junto a los Serafines –le dijo solemne el ángel con una sonrisa- Tu labor en la Tierra durante estos diez años nos ha servido de mucho.
-¿Labor? Si yo no… -Mirve no entendía nada.
Psutya le pasó un periódico, en primera plana había una noticia que ocupaba dos páginas con el enunciado: “La muerte de un voluntario ha manos de un traficante cuando defendía a un joven ha conseguido movilizar a toda una ciudad”
-¿Se refieren a mí? –Psutya asintió.
-Has conseguido que se movilice todo el mundo en este mes, han detenido a todos los traficantes y se han abierto dos nuevos centros de ayuda –explicó ella.
-¿Tanto tiempo he estado inconsciente? –preguntó Mirve.
-Digamos que te dejamos descansar -rió Metatrón- En todo ese tiempo hemos creado además un grupo de ángeles que bajarán al mundo mortal para convertirse en voluntarios y ayudar a los humanos a mantener el orden junto con los Vigías. Y me sentiría orgulloso de que tú te encargaras de organizarlos desde aquí, ya que como supondrás, no puedes volver a bajar.
-Estaré encantado de hacerlo, aunque creo que ahora echaré de menos la Tierra, no está tan mal después de todo –se sinceró Mirve.
-Bueno, alguna vuelta espontánea no hará daño, siempre podemos ser niños –sonrió Psutya mirando a Metatrón con una ceja levantada.
El ángel entornó los ojos y omitió cualquier comentario.
-Vamos, hay mucho que hacer –les dijo Metatrón haciendo un ademán para que lo siguieran.
-Telo tenía razón –le susurró Mirve a Psutya-, si te enfrentas al mal y mueres en el intento otros se levantarán para continuar la lucha.
-Eso es algo que jamás debiste dudar –le dijo Psutya-, puede que los humanos puedan ser crueles, pero en todos ellos hay bondad que espera ser despertada.