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¡¡¡WOLAAA!!! Como primera historia original que escribo, creo que no está mal, a mí me ha gustado, al menos ;)
A este relato le hubiera gustado participar en el Concurso de los Story- Weavers en Nav-05, pero al final no pudo ser…. Igualmente, aquí os presento:
El alma es el espejo de un universo indestructible.
LEIBNIZ, Gottfried Wilhelm (Filósofo racionalista alemán, s. XVII)
Con ojos y sin fundamento
En sus años había sido una majestuosa mansión. Abandonada hacía tiempo, sus nuevos habitantes ostentaban el saber que nunca serían molestados, tanto era así, que se jactaban colocando telas de araña en las arañas de los techos, otros agujereaban la madera y unos las cortinas. En sus tres pisos habitaban familias enteras de cucarachas, arañas, menos de ratones y unas cuantas de polillas, que vivían según una propia cadena alimenticia consistente en comerse unos a otros, salvo los gatos asilvestrados de la zona, que menguaban el número de ratones.
Que las personas colindantes supieran, crecidas en la leyenda popular de las casas encantadas contadas de abuela en abuela, la gran casa no tenía propietario. Al menos así era, hasta que las historias a cuyos infantiles oyentes hacían temblar llegaron a su fin, o eso pareció a todos en un principio...
-Adivinad cuál es la última que se cuenta.
-Dinos, Teresa.
-Es sobre la vieja casa, se murmura que ha sido vendida.
-Pues si yo creía que no pertenecía a nadie, ¿cómo la van a vender?
-Es cierto, señora Inma, pero a alguien le ha importado poco y le ha puesto precio.
-Ya no se respeta nada.
-Y, ¿quién ha sido el comprador? La casa debe valer mucho.
-O poco, según está.
-Es el dato que me falta. Esto que os cuento, lo oí ayer mismo tendiendo la ropa. Lo escuché de María del Carmen, la que no sabe tener la boca cerrada, la hija de Soledad.
-Sí, claro, ya sé.
-Entonces, ¿no sabe usted nada más?
-No, más no, pero dudo que el comprador tarde mucho en venir. Cualquier día de éstos lo veremos por aquí.
Las mujeres siguieron caminando. Se trataba de la abuela Inmaculada, la madre María y la hija Juana, acompañadas de Teresa, la amiga anciana de las dos mayores. Siempre tenían tiempo para hablar de temas que ellas consideraban trascendentes para toda la sociedad con lupa.
-Cambiando de asunto, ¿ya oíste los rumores de tu vecina, Magdalena?
-¡Fui la primera en saberlo!- respondió enérgica Teresa.- Pobre mujer, con dos hijos pequeños, tan así, y ahora el marido...- negó con la cabeza.
-Juana, niña, vete a casa. Te habrás olvidado algo, lo sé.- intervino la abuela.
-Está bien. Adiós, señora.- despidió educadamente.
-Hasta pronto, Juanita.
La joven se salió del camino y descendió por una hondonada. Las otras mujeres continuaron murmurando. La abuela Inmaculada nunca gustaba que su nieta, a quien consideraba más pequeña de lo que era en realidad, escuchase ciertas noticias o directamente, era mejor que no escuchase ninguna, pues no creía que debiera saber los cuchicheos de la vida de los vecinos, aunque esto no quitaba el afán que tenía en hacer lo contrario.
Delante de ella se alzaba un bosquecito disperso, en el que se internó por una vereda. Esta es la descripción de Juana, Juanita para sus conocidos: su pelo era moreno y parecía salvaje, ni muy delgada ni ancha, más bien bajita y unos ojos verdes brillantes situados por encima de aquellas diez pecas en las mejillas, con una mirada inteligente y profunda como el más hondo pozo que parecía ver más allá que el resto de los mortales, todo metido en un cuerpecito de aún no dieciocho años.
Juana no se dirigía a su casa, sino a la casa. Como siempre, llegó por la trasera, atravesó las viejas, oxidadas y roñosas verjas que la rodeaban por un agujero que ella consideraba milenario. El patio de atrás estaba muy asilvestrado, debido a que no se cuidaba desde hacía mucho. La hierba en general era altísima y revuelta, con jaramagos y flores agrestes aquí y allá. Juanita se desenvolvía bien en aquella selva cercada, acostumbrada por sus visitas, pero no podía creer que alguien estuviera dispuesto a vivir allí sino era Tarzán.
Las paredes por aquella parte estaban desconchadas en algunas zonas y sus colores algo apagados. En el piso inferior había tres ventanas, pero Juana sabía por cual debía entrar muy bien: por una semiescondida entre la maleza, pequeña y que daba a una sala interior. Cayó al suelo y como siempre, tuvo que contener la respiración para no llenar sus pulmones del polvo que levantaba. El aire estaba muy viciado, pero ya tenía cierta costumbre de cuando estaba allí dentro.
Juana conocía bien las habitaciones, había ido muchas veces. En todas ellas había un cuadro tapado o dos, algún mueble a salvo y más carcomidos, o rotos porque ella había intentado probarlos; y otros adornos estropeados como cortinas raídas, lámparas y algunas figurillas en los dormitorios. Pero siempre que Juanita entraba en la mansión era para dirigirse a una sola cámara, de la segunda planta, la escondida en la última puerta del pasillo a la derecha.
Una gran habitación iluminada le dio la bienvenida. El sol entraba por dos ventanas elevadas y pequeñas, aunque el aire sí era agradable. En su interior había un confortable sillón verde en una esquina, un escritorio fornido con cajones en el centro y un armario grande pegado a la pared a mano izquierda. Pero las paredes eran el verdadero encanto de todo aquello, pues estaban cubiertas de espejos enormes que cubrían cada milímetro y que llegaban hasta el techo. Los juegos maravillosos que realizaban los espejos eran el cautiverio de Juanita, que entró con cautela, mirando como siempre las paredes espejadas. Después, con más confianza, dejó la puerta semiabierta para no oír íntegro el canto de sus chirridos y se fue a sentar en el sillón, en cual se acomodó. Subió las piernas y las cruzó. Se veía tres veces reflejada en las paredes y sabía que detrás de ella estaría otras dos. Entonces, con mucha parsimonia, aspiró y susurró palabras ininteligibles. No se oyó nada y ella, satisfecha, sonrió. Se levantó del asiento y observó su alrededor, a los espejos, minuciosamente.
En tal momento, se sobresaltó al escuchar ruidos fuera de la casa. ¿Tal vez el propietario? Había tenido razón Teresa cuando dijo que tardaría poco, pensó Juana marchándose de allí rápidamente. Pero sentía curiosidad por ver al nuevo habitante de la casa, así que le dio la vuelta y decidió aparentar que la casualidad la había llevado hasta allí.
Enfrente de la mansión y bajándose de su transporte estaba el adinerado comprador. No era lo que Juana se había esperado, estaba segura que todo el pueblo aguardaba a otro tipo de sujeto: un caballero mayor de bigote grande y cuidado, como venido de otra época, con traje caro y cortesía burguesa. En su lugar, estaba un muchacho joven, quizá de unos veintidós años, vestido como cualquier hombre de su edad, moreno de pelo y de ojos verdes como los de Juanita (esto llamó mucho su atención) y de mirada atenta y curiosa, o al menos así parecía, teniendo en cuenta cómo observaba la casa analíticamente.
-Buenos días.- saludó Juanita. Él pareció sorprenderse de su presencia.
-Buenos días.- se hizo la visera con la mano encima de los ojos para verla bien.
-¿Mira la casa?
-Sí, es magnífica.- dio dos pasos en su dirección, y aún lejos, apoyó sus manos en la cintura. Con el sol en la cara, arrugó el ceño.- Me llamo Pedro Benavides y vengo a vivir aquí.
-Mucho gusto. Yo soy Juana Olmedo. Vivo en el pueblo de al lado.
-Ah, sí. He pasado por allí al venir. Me pareció muy bonito.
-Vaya, gracias, nadie suele elogiarlo de esa forma.- ambos sonrieron. Aún seguían un par de metros de distancia el uno del otro.
-Y, ¿cuándo va a instalarse aquí?
-Humm... aún no lo sé. Será cuando la casa esté lista, aunque para eso aún queda mucho tiempo, está muy desgastada.
-¿A qué ha venido hoy?- preguntó curiosa como era Juana.
-Hoy, para entrar y estar en ella un rato, me gusta encontrarme entre sus paredes. ¿Te gustaría acompañarme?
-De acuerdo.- respondió después de pensarlo un momento.
Pedro abrió la puerta y la dejó pasar primero, con lo que Juana pensó que al menos había acertado al suponer los modales del caballero.
-Está muy oscuro, espera. ¿Dónde estarán las ventanas?- en ese instante, la luz vino de una de ellas, abierta por la muchacha, con lo que Pedro se sorprendió.
-¿Cómo sabías que están ahí?
-He visto la casa por fuera muchas veces y he supuesto dónde estarían.- mintió rápidamente.
-Entonces espero que vengas conmigo por todas habitaciones, mi sentido de la orientación es pésimo, ciertamente.
Atravesaron el recibidor sin añadir nada y en otra sala, Juanita se apresuró a abrir las ventanas de nuevo. Al hacerlo, unas cuantas polillas asustadas salieron por ella. Retiró las viejas cortinas.
-Y, dígame, ¿porque decidió que quería vivir en una casa como ésta?
-Adoro el encanto de mansiones antiguas como ésta. Siempre soñé con morar en alguna. Mis padres se han quejado mucho, sinceramente, pero no han podido impedírmelo. Lo que no recordaba es que esto estuviera tan sucio...- añadió sonriendo.
Juanita encontraba a Pedro como una persona curiosa, singular. Tenía una casa vieja y, nadie podía discutirlo, antigua, muy descuidada y empolvada, con todo tipo de reparaciones por hacer; y esa idea parecía encantarle. Era, inclusive, sincero y divertido.
-Va a haber mucho trabajo para limpiarla.
-¿Piensa hacerlo usted?
-Sí, claro, pero yo solo no, eso sería demasiado. Tengo una compañera que va a ayudarme y además pediré los servicios de alguna otra persona.
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-¿Qué dices de ir a limpiar casas?
Juana intentó justificarse una vez más ante su padre, José Olmedo, que en esos momentos se veía nervioso por la propuesta de su hija mayor.
-Él me dijo que necesitaba ayuda y yo he pensado en...
-Ya te he oído, te he oído. ¿Por qué quieres hacerlo?
- No sé. Pero me dará...
-¡María, escucha a tu hija!- estalló el hombre ante la llegada de su mujer. Hizo gesto de querer oír a Juanita.
-He conocido el dueño de la vieja casona y me...
-Ah, ¿sí?- interesada, la mujer se sentó en la mesa donde estaban padre e hija.- ¿Cómo es? Tendrá dineros, ¿no? Contesta.
-María, la niña quiere trabajar en esa casa.
-¡¿Cómo?!- inquirió muy sorprendida y abriendo los ojos hacia Juana.
Procurando no saltar como sus padres, ella contestó serena.
-Tengo la edad, es verano y no tengo nada que hacer, y él piensa pagar a la persona que lo ayude. ¿Porqué no yo?
-¿Cuánto dará?
-Bastante, no me lo ha especificado, pero así deberá ser, pues tiene mucho trabajo que yo podría aliviarle.
-No me fío de meterte en esa casa con un hombre.- sentenció José. María pareció reaccionar al oírlo, y dio la razón a su marido, Juanita sólo pensó tenazmente que iba a conseguir lo que se proponía.
-Yo quiero hacerlo.
-No sin nuestra aprobación.
-Yo quiero hacerlo.- repitió intentando que no se notara que apretaba los dientes.
-De momento, vete. Ya te diremos, pero ve pensando en que no vas a limpiar nada en ningún lado, ¿de acuerdo?
-Sí.- y salió.
En la calle, se sentó en un banco pegado a la pared, al lado de su abuela, la cual dormitaba ajena a todo el lío de la hija de la suya. Juana sabía que sus padres acabarían cediendo a sus peticiones, ellos bien la conocían: terminaría yendo a la mansión aunque se lo prohibieran, y preferirían conocer qué hacía exactamente allí que fingir que no lo sabían. Pero tardarían en decírselo, eso sí. No querrían darle el triunfo tan pronto. Juanita conocía los motivos de sus padres para negarle lo que quería, y ella estaría de acuerdo, pero no en aquella situación, no en aquella casa.
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-Me preocupas, Pedro.- comentaba una mujer de poca edad de pelo rubio y rizado, con una bayeta en las manos y agitándola por una mesa.
-Y eso, ¿por qué?
-Sé que te gustan estas casas, pero ésta está... ¿seguro que quieres que vivamos aquí?
-Mi querida Ana: no te quitaré parte de razón, porque la tienes. Pero, piensa en el futuro, esta vivienda será una maravilla. Aún no comprendo cómo la daban por ese precio.
-Pues yo creo que llegaría a entenderlo... Pero en el fondo, bien trabajada, este lugar sería el mejor del mundo.
-¡Claro que sí! Ayúdame con esto.- pidió Pedro bajando un cuadro de una señora de aspecto grave de la pared.
-¿Has conocido a alguien del pueblo ya?
-Sí. Nada más llegar vino una chica llamada Juana que... ¡Oh, Jesús!- exclamó cuando vio bajo el cuadro una araña enorme que hizo a Ana chillar. Rápidamente, Pedro la exterminó de un zapatazo.
-Te lo dije. ¿Que qué decías?- preguntó con voz asustada.
-Era muy agradable. Creo que la volveremos a ver por aquí. Vamos a mirar más arriba. Allí no he entrado aún.
-Más o menos son todas iguales: polvo, polvo y más polvo.
-Mañana empezaremos a limpiarla.
-Oh, no me lo recuerdes. ¿Cómo pudiste hacerme prometer eso antes de decirme todo lo que había por hacer?- inquirió Ana mientras Pedro subía por las escaleras y ella se quedaba abajo doblando el trapo que había cubierto el lienzo.
-¡Eso es porque te quiero mucho!- rió él desde el piso superior.
Ella lo llamó zalamero y todavía sonriendo, Pedro entró en la última puerta a la derecha en la segunda planta.
-Dios mío...- susurró. Sintió una admiración que nunca había conocido en sí mismo. - Qué espejos más hermosos y cuidados.- pensó.
Cuidados... entre aquellos tabiques no había nada en aquel estado. Dio unos cuantos pasos lentamente y puso una mano de forma suave en el cristal que tenía delante, en el cual se reflejaba. Estaban limpios, ¿cómo era eso?
-¡Pedro! ¿Me estás oyendo?- irrumpió Ana abriendo la puerta y observando las paredes.- Madre mía, qué sitio... ¡escucha, que estoy aquí!- añadió dando un golpecito al muchacho.
-Lo siento, me pareció oí algo.- respondió ausente.
-Sí, a mí.- confirmó la otra dándole en la cabeza, a ver si reaccionaba.
-¿Qué opinas de esto?
-Es una preciosidad.- contestó volviéndose a los espejos.- Qué belleza... Aunque no tiene las características de otras salas de los espejos, ¿verdad?
-Sí. Y el resto de la casa nada tiene qué ver con esto. Ojalá supiera quiénes vivieron aquí antes.
-Indagaremos, y lo sabremos.- le tiró un poco de la ropa.- Mis padres nos estarán esperando. Vámonos.
-De acuerdo.
Al día siguiente, Ana y Pedro volvieron temprano a la mansión y comenzaron a trabajar en su limpieza. A mediodía tocaron a la puerta y Ana fue a abrir. En el umbral encontró a un hombre mayor de cara tensa, que enseguida pareció sorprendido de verla allí. Tras él, había una chica joven. Después de saludarse, José Olmedo pidió la presencia de Pedro y Ana fue a buscarlo.
-¿No habías dicho que estaba solo?
-No, ésa será la compañera que me dijo que vendría también a ayudarlo.
Entonces llegó Pedro, serio. Expresó su contento por ver a Juana de nuevo, ésta le presentó a su padre, y Pedro del mismo modo a Ana Noriega, su novia.
-¿Podía hablar a solas con usted, don Pedro?- preguntó José balanceándose sobre las puntas de sus pies.
-Faltaría más. Si no le importa, Juana puede pasar adentro mientras dialogamos aquí. Discúlpenos, pero dentro está todo hecho un desastre.
-Me hago cargo. Ve, hija.- ordenó el padre. La puerta se cerró detrás de las dos muchachas.
-Usted dirá en qué puedo servirle.
-Bien. Como sabrá, a mi hija le gustaría trabajar aquí con la limpieza de su nueva casa.
-Lamento contradecirle, pero es ahora cuando tengo noticia de eso.
-Pues ya se lo digo yo. ¿Qué le parece?- inquirió malhumorado.
-Si a usted no le incomoda, me encantaría que estuviera aquí.- respondió con talante.
-Ése es el problema. Le voy a permitir que venga, pero quisiera advertirle de...
-Me ofende usted con lo que creo que va a decir, don José.- se defendió Pedro.
-Queda avisado.
-Como desee, no tenga quejas de mi comportamiento con su hija. Mis intenciones son sanas, se lo aseguro.
-Bien.- concluyó asintiendo con la cabeza.- Estará ahora con usted, ¿no? Dígale que no tarde mucho en volver a casa.
Pedro le prometió que así lo haría y tras despedirse educadamente, entró de nuevo y fue a reunirse con las dos mujeres, satisfecho por tener a alguien como Juanita por ayudante. Ana le estaba explicando en qué consistirían sus tareas.
Pasaron un par de días. Juana iba a la casa en cuanto podía por las mañanas y estaba allí la mayor parte de la tarde. Desalojaron prácticamente toda la casa de sus elementos vivos, los cuales al ver entes de sólo dos patas, se tragaron el orgullo de todas las generaciones anteriores y partieron a buscarse otra casa abandonada.
-Tal vez no lo sepas por ser joven, Juanita, pero, ¿tú sabes quién vivía antes aquí?- preguntó Pedro al segundo día, cuando él limpiaba las manchas de una pared y Juana las de la pared de enfrente.
-Precisamente por ser joven lo sé, por lo que dicen las tradiciones y lo que me cuenta mi abuela.- Pedro hizo gesto de dar paso a la audición.- Se dice que hace muchísimo tiempo, no se sabe cuando, éste era el hogar de una rica familia, los Villaoronda. Lo gobernaban todo: el pueblo, con sus gentes y sus cosas, el campo, los caminos... en fin, que decir que descendías de los Villaoronda, era decir mucho. Así estuvieron varias generaciones, a cual más poderosa. Hasta que lo de siempre, lo de los cuentos: un miembro de la familia malvado, usurpador y avaro quiso más de lo que ya tenía, y otorgó más mala fama a su nombre que por, ya sabe, envidias y demás. Esta persona dio a su familia años prósperos, sí, y esos años dieron sed de venganza a nuestros antepasados. Y acabó pasando lo que creo que ya supone usted: los Villaoronda terminaron huyendo de esta tierra y la casa cayó en el olvido y la vergüenza, porque nadie quería hacerse cargo del lugar donde habían habitado quienes tanto daño les habían hecho. Eso fue todo.
-Nunca pensé que hubiera tanta historia dentro de estas viejas paredes.- comentó Pedro volviendo al trabajo.
-Han pasado muchas cosas aquí, y habrá más que no se sepan. En tantos años, da tiempo.
-Tienes razón. Voy a ir al pueblo a por unos cubos para echar el agua. Quédate aquí.
-No, no. Déjeme ir a mí, me lo conozco mejor y volveré antes.
-Está bien. Así, cuando vuelva Ana me encontrará. Toma algo de dinero.- permitió dándole a la chica billetes y monedas.
-No tardaré mucho.
Una vez Juana se hubo ido, Pedro se volvió a coger de nuevo la bayeta y a darle a la pared. Entonces, oyó un ruido fuerte similar a un cristal que se rompe. Fue a mirar por la ventana si había sido algún niño jugando a la pelota, pero nada más asomarse sonó otra vez. Venía de arriba. Decidió ir corriendo al piso superior y cada tres o cuatro escalones que subía, escuchaba lo mismo. Se detuvo en el rellano de la escalera y tras un momento quieto y atento, el sonido se repitió en la sala de los espejos. A paso ligero, se acercó a la habitación y abrió la puerta, pero se sorprendió al ver todos los cristales intactos.
Pedro volvió a sentir aquella sensación extraña de la primera vez y palpó los espejos de su derecha para comprobar que estaban bien. En ese instante, se fijó en que en el suelo del reflejo había un pañuelo blanco con puntillas. Buscó en el suelo verdadero y en él no había nada. ¡Pero el pañuelo estaba en el espejo! Pedro notó un leve mareo. ¿Qué estaba pasando?
-¿Hola? ¡Hola! ¿Pedro? ¿Dónde está todo el mundo?
-¡A-Ana! ¡Estoy aquí, pero no subas! ¡Ahora bajo yo!
A medida que fue llegando a su lado, Pedro se fue arrepintiendo de no haberle pedido que subiera y lo viera ella misma. Ahora no podría contarlo libremente sin que la primera reacción fuera la de que veía visiones. Cuando más tarde subió en un momento que tuvo, pudo comprobar con impotencia que el pañuelo no estaba. No quiso ni pensar en que hubiera visto algo imaginario.
-¿Qué hacías arriba?- le preguntó Ana en el pie de la escalera.
-Nada en realidad.
-Algo sería.- replicó llena de curiosidad.
-Una tontería sólo.
-¿No me la quieres contar?
-No es nada, para de preguntar.
-Bien, bien, no he dicho nada.- concluyó levantando las manos.- Pues he conocido al médico del pueblo: un hombre mayor, canoso y con gafas.
-Y, ¿qué tal es?- continuó para alejar el tema de Pedro.
-Muy amigable. Se ha puesto a nuestra disposición por si necesitamos algo algún día.
-Eso siempre es de agradecer. ¿Cómo se llama?
-Juan Muriel. Me pareció hombre de mucha cultura.- Ana se agachó y cogió unas cajas que había traído consigo.- Oye, ¿cuándo vamos a traer un par de muebles? Ya va siendo hora.
-Espera a que la primera planta esté limpia, mujer, no tengas tanta prisa.
En ese momento, Juana llamó a la puerta y siguieron trabajando todo el resto de día.
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De manera parecida, los días fueron cayendo. La primera planta estaba quedando casi lista. No hubo gran salto de tiempo a cuando el doctor Muriel se personó en la antigua casa Villaoronda.
-¿A qué debo su visita?
-Me ha parecido que debía venir. ¿Se encuentra solo?
-No, pero si quiere podemos estarlo. En nuestra selva particular estará bien.- indicó al hombre el camino al jardín. Al llegar, el hombre rió.
-Vaya, veo que no exageraba usted.
-¿Y bien?- preguntó Pedro pretendiendo ir al grano.
-Tal vez crea que me he precipitado, pero... Conocí a una señorita que me dijo que vivía aquí y me preocupé... quizá no conozcan ustedes la historia de esta casa.
-En realidad sí, ya nos han informado.
-¿De verdad? Oh, entonces creo que he estado de más.- el doctor se veía avergonzado.- No soy quién para ponerles impedimentos, lo siento muchísimo.- quiso salir precipitadamente del recinto y a punto estuvo de caerse.
-Tenga cuidado, señor. No lamente nada. Perdone que no pueda ofrecerle nada, pero ni asientos tengo.
-No, no... ya me voy. Me alegra el haberlo conocido. Volveremos a tener el gusto de vernos, estoy seguro.- y se fue esbozando una sonrisa.
Pedro se rascó la cabeza confuso, le parecía muy raro que el simple hecho de equivocarse en aquello fuera tan avergonzante.
-¿Quién era?- preguntó Ana desde otra puerta.
-El doctor del que me hablaste el otro día, Juan Muriel.
-¿Era él? ¿Por qué se ha ido tan pronto?
-Pues no lo sé.
Tocaron a la puerta principal. Ana fue a abrir, sabiendo que Juanita estaba detrás de la misma.
-Buenos días.- entró.- ¿Qué hacía aquí el doctor Muriel?
-Ha estado sólo un momento, quería hablar con Pedro. Es un hombre muy afable, ¿a que sí?
-Sí, es verdad. ¿Qué tengo que hacer hoy? ¿Continuo en la habitación grande?
-Sí, límpiale el suelo. Esta tarde empezaremos arriba. Yo voy a bajar algunos trastos que pusimos allí, para hacer sitio. ¡Pedro!- chilló a las escaleras superiores.- ¡No seas burro! ¡Que la mesa pesa mucho para ti solo!- y subió, a la vez que se oía un ensordecedor golpe contra la madera del piso.- ¡Ay, que me hace un agujero!
Juanita se sonrió, atravesó el recibidor, agarró una escoba y se puso a trabajar.
-¿Todo esto querías bajar tú solo? Ni que fueras Sansón con pelo... Son una mesa grande y una baja, cinco sillas y unos diez cuadros.- contó Ana con el dedo.- Aunque habrá que tirar la mitad, algunos son o están horribles.
-Baja los cuadros, Ana. Coge dos. ¿Y éste? Engracia Villaoronda... sí, demasiada "engracia" tiene la señora...- se rió Pedro de un cuadro con una anciana de cara deformada. Ana sonrió también y bajó otros dos. Pedro se quedó contemplando el de doña Engracia, con aquella mirada huraña que parecía acusar a todo el mundo de su fealdad. De repente, se sobresaltó por el ruido de cristales que se rompían, muy cercanos. Una vez. Otra vez. Igual que había sido hacia por lo menos una semana atrás. La procedencia parecía ser la misma, también. Pedro dejó caer el cuadro y corrió hacia la sala repleta de espejos. ¿Se estaba volviendo majareta?
Abrió la puerta de golpe, oyendo un coro de chirridos. Y de nuevo todo estaba como acostumbraba: los espejos relucientes, la mesa en el centro, el sillón verde en la esquina... Nada era diferente.
-¿Qué era eso?
-No, no ha sido nada. El viento… - explicó vagamente.
-Te veo raro. Deberíamos pasar menos tiempo respirando tanto polvo y suciedad. Ven, -se acercó y lo agarró con suavidad por el antebrazo.- vamos al jardín- selva a estar un ratito. Así pensamos en cómo iremos a podarlo, ¿te parece, cariño?
-Sí, claro.- apoyó Pedro, respondiendo sin emoción ninguna. Repentinamente, se dio cuenta de que era la tercera vez que se sentía así antes los espejos cuando alguien lo llamaba.
Bajaron las escaleras despacio. Pasaron delante de Juanita, que se ofreció a llevar una bebida al mareado. Ana y Pedro salieron al exterior, y éste respiró profundamente.
-Ya me encuentro mejor. Tendrás razón con el aire, dentro está aún demasiado viciado. Sería buena idea limpiar bien las ventanas para que no pensemos que hay aspectos extraños dentro.- la niña llegó mientras que esto decía.
-Qué cosas tienes… “aspectos extraños”, dice…- le dio un beso en la mejilla.- Pero, Juana, ¿cómo no traes algo más para acompañar?
-Lo he buscado, pero no he encontrado nada.
-Ya iré yo.- y entró en la casa. Juanita se acercó a Pedro y le dio la taza.
-¿Se encuentra mejor ahora?
-Sí,- respondió él sonriendo levemente.- estoy bien. En realidad, no me he encontrado mal, sólo un poco confuso.
-¡Ah! ¿Cree ver cosas misteriosas?
-¿Qué? ¿Qué quieres decir?
-Está claro que las cosas que confunden a uno son aquellas de las que no está seguro, es decir, misteriosas. ¿No piensa así?
-No sé,- contestó negando con la cabeza suavemente.- nunca lo había pensado.
Se estableció un breve silencio en el que la muchacha observaba a Pedro y éste al vacío verde delante de sus ojos.
-Debería usted pensar más. Descubriría muchas cosas interesantes. –la vez siguiente, cambió el tono de voz a otro más abierto.- Ahora será mejor que yo entre a ver dónde está la señorita Ana.
Pedro se mantuvo en el jardín por poco tiempo. Sólo pensó que aquella enorme enredadera deberían quitarla para una mejor visualización de la casa. Acto seguido, atravesó la puerta y se metió en casa.
Volvió a subir las escaleras muy despacito, esperando no ser oído. Tenía algo que averiguar. Pero, alto, volvió a pensar. Lo descubrirían enseguida. Lo que tenía que hacer era intentar saberlo cuando tuviera la seguridad de estar solo, sin Juana o Ana en los alrededores. Lo haría cerca de la noche, con el pretexto de haberse olvidado cualquier cosa, daba lo mismo, en la vieja casona. Bajó las escaleras no sin antes echarle un último vistazo a su puerta entreabierta, la última del segundo piso a la derecha.
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Pedro Benavides llegó solitario a la casa de su propiedad. Con una vela en la mano, lo único con lo que poder alumbrarse allí, se elevó por los peldaños y escuchó con un escalofrío el canto chirriante de la puerta. Tenía las manos heladas. Se acercó a la mesa y se sentó sobre ella. ¿Qué se suponía que debía hacer allí ahora? No había nada anormal en ella, como aquel pañuelo salido de no sabía dónde. Iba a ser ridículo, pero no perdía nada por probar si el dueño del mismo estaba cerca, escondido de alguna manera asimismo extraña.
-El otro día encontré un pañuelo. Quiero saber de quién es, si está aquí su propietario, quiero conocerlo. ¿Dónde está?
Demasiado estúpido para poder funcionar, a Pedro se le encendieron las mejillas aunque estaba solo. Y pensar que estaba allí haciendo el idiota…Si Ana lo hubiera sabido, se habría reído hasta quedarse sin voz. ¿Qué pretendía? ¡No había nada! ¡Un par de muebles y espejos! Lo mejor sería voltear a su casa, sí.
Apesadumbrado, llegó al umbral de la casa para recordar que había olvidado la vela, y desanduvo sus pasos. Estaba tonto, pensó. Nada tenía sentido.
Se acercó a cogerla, y con ella en la mano, giró sobre sus puntas para dar media vuelta.
La aparición que tuvo lugar ante él hizo que en un solo segundo, retrocediera, se diera con el pico de la mesa a la altura de la cintura, se cayera y con él la vela, que instantáneamente se apagó. Comenzó a jadear. No. No era verdad lo que había visto. Buscó la vela por el suelo y la encendió. Se quedó pálido.
Una joven lo miraba en cuclillas en el espejo, con gesto preocupado por su caída, y no había nadie a su lado. Era rubia con bucles, tenía los ojos oscuros y lucía un vestido largo con media manga de corte muy antiguo, no al menos de ese siglo, ni del anterior. Vestía unos guantes hasta el codo. Pedro era el peor a la hora de adivinar la edad, pero estaba seguro de que no tenía más de veinticinco años; como mucho. Sus rasgos eran finos y estilizados, y la piel extremadamente blanca, parecía un fantasma. Eso era lo que Pedro se temía.
La muchacha movió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Se acercó al reflejo de Pedro y lo tocó, luego lo levantó. Pedro no notó absolutamente nada, tampoco que estaba de pie. No dejaba de observar a la chica sin saber cómo reaccionar.
-¿De dónde sales?- estiró los brazos, moviéndolos y mirando a todas partes.-Estás dentro del espejo…- ella asintió sonriendo. Esa sola sonrisa cautivó a Pedro y le dio valor para acercarse al cristal.- ¿Quién eres?
La joven fue a la mesa, cogió un papel y con la pluma que estaba allí, escribió algo. Pedro pudo ver que en su lado nada se había movido de sitio. Ella levantó el papel y lo pegó en el espejo: “Mi nombre es Adela.” Lo retiró y las palabras en tinta fresca quedaron allí, con finos churretes que se deslizaban hacia el suelo según es la gravedad. La sensación que ese líquido descendente provocó en Pedro fue de un miedo arrasador.
Así pues, y perfectamente acorde con este sentimiento, Pedro dejó caer la vela y no bien hubo llegado al suelo, ya iba camino de su casa en la ciudad completamente despavorido.
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El hombre no pudo dormir nada en toda la noche y no le quedó nada de valor después del usado para contarle a Ana lo ocurrido. Lo que él creía que había ocurrido, lo que le había parecido ver, lo que hubiera podido jurar… Se restregó los ojos. El hombre daba pena, debatido como estaba entre la espada y la pared, entre su mundo y el espejo. El espejo lo había descompuesto todo.
Asustado, estuvo toda la mañana en otra parte dentro de sus quehaceres, y aunque Ana sintió que algo le pasaba y con la explicación del insomnio se argumentaba su falta de precisión en el trabajo, lo aceptó pero no lo creyó.
-¿Te gustaría que fuera al pueblo a buscar al doctor Muriel? Así me dará algo para ti, para tu insomnio.- preguntó cuando a Pedro se le cayó un cuadro al suelo por tercera vez.
-No, para lo que nos queda por hoy no merece la pena.- respondió vagamente colocando el cuadro de un señor con bigote y perro sobre la mesa, con el resto.
-En realidad, voy a ir de todas maneras. La pregunta sólo era una formalidad.- replicó sonriendo. Le dio un beso de despedida.- Te sentirás mejor, hazme caso. Los hombres nunca sabéis si estáis bien o mal. Estate atento a la puerta, ¿de acuerdo? Juanita tiene que estar al llegar.
-Qué dulce es.- pensó Pedro mientras la veía salir de la habitación. Ese pensamiento hizo que se avivara y sacara los muebles y bártulos con más brío. Después llevó las escobas y cubos de limpieza hasta allí y decidió reposar. Se apoyó en las rodillas y miró al suelo con la intención de coger más aire.
-Otra vez no, por favor.- El suelo temblaba. Parecía un pequeño terremoto. Intuitivamente sabía porqué. Fue corriendo hasta la sala de los espejos. La pesada puerta se abrió de par en par.- ¡Ya estoy harto! ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me perturbas?
La misma chica del día anterior apareció detrás del armario que se encontraba detrás de la puerta. Vestía el mismo vestido, peinado y su piel era sin lugar a dudas más blanca y pálida con la luz del sol que entraba por la pequeña ventana. Agarró la pluma y en papel y escribió lo que luego pegó contra el cristal. Pedro comprobó mientras tanto que el tintero estaba seco. Tal vez si se tranquilizaba, todo alcanzaría un sentido lógico.
“Mi nombre es Adela. No temas, pero debes saber que no soy una ilusión.”
-¿Haces el ruido en el suelo y esos golpes?
“Sí”
-¿Por qué? ¿Qué quieres?- estaba siendo rudo, pero no le importaba serlo con una ensoñación.
“Estoy sola.”
Pedro se fijó en ella mejor. Estaba triste, muy triste, con una angustia poco apreciable pero latente. Con aquel rostro que no podía dejar de mostrar su perfección. Tan perfecto que no podía, no era verdadero.
-¿Qué quiere decir eso? ¿Quieres que sea tu compañía?
“Estoy encerrada en los espejos. Quiero estar contigo.”
-¿No puedes hablar?
“Nada de lo que haga se oirá jamás al otro lado. Por eso hice los golpes. Quiero estar contigo.”
Era bella, sí, con unos movimientos tan apacibles que no cabía duda de la irrealidad que demostraban. Su movilidad sólo se manifestaba cuando imprimía sus palabras en el cristal, con ímpetu.
-¿Por qué pones la tinta en el espejo?
“No hay viento que se lleve mis palabras, pero en cualquier caso se pierden. Preservo mi vida.”
-No te entiendo.
“No es necesario que lo hagas.”
-Estupendo.- Pedro se frotó las manos, la una contra la otra. En esa sala se le estaban destemplando.- ¿Dejarás de hacer esos golpes si vengo aquí y estoy contigo?
“Ése sería un buen trato. Dile a Ana que no se preocupe por ti.”
-¡A ella no le harás nada, tenlo claro! ¿Está bien? ¡Déjala en paz, que no sepa de ti nunca!- exclamó señalándola con el dedo.
“Mi intención no es otra. Deberías marchar ahora, ella está a punto de volver.”
-Qué sabrás tú…- le dijo, pero en cualquier caso abandonó la habitación. Un momento… se había enojado solo, alucinando que era con esa señorita. Sacudió la cabeza y cerró los ojos. Está bien, dijo para sí, aceptaré su presencia si así cesan los golpes. No importa lo que sea ella, simplemente iré. Y si estoy loco, no importa. Y al atravesar el pasillo pudo ver cómo Ana cerraba la puerta por la que acababa de entrar. Lo obligó a tomarse cuatro pastillas y así quedó tranquilizada el resto de la jornada.
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Esa misma noche, Pedro decidió volver a la sala de los espejos para apaciguar los posibles intentos posteriores de esa mujer por llamar la atención. Seguramente no la habrían hecho mucho caso en su alejada infancia. Pero él quería paz en su casa, o al menos que Ana la tuviera, y eso era necesario, lo haría.
Al día siguiente volvió, y al otro, y el de más allá, todos los días, hasta que se daba cuenta de las leves luces que atravesaban los diminutos ventanucos y volvía a la ciudad para dormir si apenas tres horas o cuatro. Se convirtió en algo obsesivo para Pedro pasar sus noches hablándole a Adela y leer lo que ella le contestaba. Al día siguiente, sus pintadas de tinta desaparecían y afirmaban a Pedro sobre su firme idea de la ensoñación de Adela.
El alma de Adela era delicada y sensible, inteligente y simplemente adorable. En ocasiones Pedro intentó ponerle algún defecto a su personalidad, pero le parecía un auténtico crimen, porque la había creado sobrehumana, por encima de los hombres.
Poco a poco, Pedro profundizó su relación con ella, y asimismo, fue buscando su compañía. Pedro no olvidaba que ella era una ilusión, aunque se moviera, escribiera y sonriera tan perfectamente como ningún vivo podría hacer. Ante Adela podía mostrarse como era, se desmelenaba, olvidaba sus maneras y así sólo Adela sabía quién era Pedro, con algunos secretos de los que nadie sabía, porque ella no podía contárselos a nadie. Adela, por su parte, no reparaba en formalidades a la hora de preguntar sin temor, porque sabía tristemente lo que él la consideraba.
Pedro descubrió de Adela tantas cosas, su familia, su vida, sus amigos, sus peripecias, que en su interior empezó a nacer el sentimiento de que Adela existía de verdad y ya fuera por hechizo, maldición o magia simple, había quedado enclaustrada entre esos espejos, sin reflejarse fuera de ellos. No lo creía, pero era lo que deseaba con todas sus ansias y su joven corazón.
Sólo podían verse por las noches porque por el día la presencia de Ana y Juanita restaba mucho del tiempo que a los dos les hubiera gustado pasar juntos. Esto mermaba las capacidades físicas de Pedro, su cuerpo acabó por tolerar el cansancio en una semana, pero pedía a gritos un descanso sin cesar. Ana Noriega se culpó por haber sospechado algo oculto en Pedro los primeros días, debido al destaque en sus ojos de que no dormía. Solía ir visitar al doctor Muriel y volver con una tableta de pastillas que Pedro ingería sin protestar, por que así era mejor para ella. Juanita se hizo cargo de algunas tareas sobre las cuales Ana insistía que Pedro no hiciera, y se tornó menos viva y más callada, parecía estar en otras esferas.
No obstante, si bien los secretos de Pedro quedarían siempre en el mutismo de Adela, no todos sufren el mismo destino de no ser nunca oídos.
-¿Puede ayudarme a bajar la mesa al piso de abajo?- le preguntó en una ocasión Juana, sabiendo que Ana no estaba para impedirle nada a Pedro.
-Por supuesto.- Pedro se levantó de la escalera y agarró un lado de la mesa de metal. La verdad era que pesaba.
-¿Cómo se encuentra últimamente? ¿Sigue sin descansar por las noches? A mi abuela le pasa a menudo eso, ¿sabe? Entonces se levanta y se da una vuelta para distraerse.- sonrió ligeramente mientras hacía una pequeña mueca, se estaba clavando el borde del mueble en sus dedos.- Algunas noches hasta se pone a hablar sola, aunque ella lo llama pensar en voz alta. Ni se imagina lo que puede llegar a decir.- soltaron la mesa pesadamente.
Pedro también sonrió ante el comentario.
-Sí, pero no creo que a mí me funcionara el sistema de tu abuela. Soy más bien de intentarlo inútilmente tumbado en la cama.
-¿Está seguro? Quién sabe, a lo mejor lo prueba, da resultado y continúa durmiendo.
-Supongo que todo puede ser.- respondió lacónicamente cogiendo el pasamanos para volver a subir la escalera acompañado por la niña.
-Una gran verdad: todo puede ser.-a continuación, añadió.- Es lo que siempre dice mi profesor de ciencias ante nuestra incredulidad sobre ciertos aspectos naturales.
Pedro rió divertido.
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-Realmente me preocupa, de verdad. Me gustaría saber si existe algún otro medio para que mejore.- explicaba Ana completamente afligida al doctor Muriel.
-Lo siento, Ana, pero como comprenderá, mi moral como médico me prohíbe darle a Pedro una dosis más fuerte. Temo efectos secundarios no deseados. No creo que sea un insomnio tan grave como me está haciendo creer.
-Quizás no lo sea. Entre usted y yo, ya no estoy segura de que se trate verdaderamente de un insomnio, pero no puedo saber qué es que lo que tiene.- le confió preocupada.
-Bien, de acuerdo, esto haremos.- terció el doctor con un ademán de mano.- Será lo mejor que Pedro venga aquí y hablemos de sus posibles dolencias. Hablando con él, yo podré distinguir un insomnio de otro tipo de enfermedad o trastorno.
-Esa resolución, sí, sí, es estupenda.- se emocionó Ana.- Muchísimas gracias, don Juan, quedo mucho más segura. ¿A qué hora…?
-Ah, sí, discúlpeme un momentito, lo encajaré entre otras citas.- el doctor Muriel se levantó y entró parsimoniosamente en un pequeño cuartito detrás de él que Ana adivinó lleno de recetas y papeles. Ana miró a su alrededor entonces, pues no lo había hecho al entrar.
A la derecha, se encontraban algunos carteles sobre nutrición y el esqueleto humano, un cuadro con un título de médico y unos paisajes. La luz penetraba por una ventana muy grande a su izquierda, y caía sobre un archivador de los pacientes que había tratado del pueblo. Al lado de éste, otro mueble similar contenía medicinas. El candado que lo sellaba normalmente estaba encima. Ana recordaba que el doctor se hallaba inclinado sobre él cuando ella entró y no lo había cerrado. También recordaba perfectamente el nombre del medicamento que había pedido para Pedro. Apresuradamente, abrió el archivo por su letra y sacó agitadamente la medicina, la cual guardó en su bolso rápidamente. Después apareció el médico Juan Muriel y concertó una hora que a ambos pareció adecuada.
-¡Ya he vuelto!- exclamó Ana alegre cuando llegó a la casa.- Pedro, ven a probar las nuevas pastillas que me ha dado el doctor Muriel. Creo que finalmente te curarán.
El hombre apareció por la puerta que daba al salón.
-¿Qué habéis hecho esta mañana?- preguntó mientras rebuscaba en su bolso.
-Bajamos más muebles y limpiamos el suelo del dormitorio de arriba. Juana ya se ha ido a comer. ¿Qué te dijo el médico?
-Nada especial, pero me ha dado estas nuevas píldoras. Venga, quiero que te tomes una ahora antes de que comamos.
-¿Estás segura de que son mejores? Las otras me dejan mareado…
-Toma, bebe.- y le pasó un vaso de agua sonriendo. Por fin Pedro estaría con toda su energía.- Por cierto, a primera hora de esta tarde te he preparado una vista con el doctor Muriel, para que te reconozca finalmente. ¿Te parece bien?
-¡Cómo me cuidas!- le dio un beso a Ana y le entregó el vaso vacío.- Desde luego, ¿qué haría yo sin ti?
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-¡Pedro, Pedro, despierta! ¡Deja de preocuparme y despierta!
Era casi de noche. ¿O casi de día? Ana intentaba despertarlo.
-¿Qué pasa?
-¿Cómo que qué pasa? ¡Llevas inconsciente como media hora! Me estabas hablando de una chica que vive en un espejo y te me has ido de cabeza al suelo.
-¿Qué? No, no puede ser….
-Sí es. Has estado desvariando desde que volviste de la consulta del doctor Muriel. Eso del espejo, sé que gustaron cuando los viste, pero de ahí a inventarte a una muchacha….
-¿Te he contado eso? Oh, no…. Adela…- se asustó Pedro. No podía ser que lo hubiera hecho.
-Sí, Adela, así se llama, así la has llamado.- cayó Ana.- Quédate aquí. Iré a por el médico, esto no es normal.
Sin esperar respuesta, Ana salió corriendo. Pedro se levantó aprisa y subió a la sala de Adela. Juanita estaba allí, estaba borrando la tinta que Adela había escrito cuando Pedro no sabía, pero ésta no estaba en los espejos.
-¿Qué haces?
-Borro los vestigios del espejo.
-¡Las tintas en los cristales! ¡Desaparecían!
-No, no es así.- replicó Juanita agitando un dedo índice, con un tono de seriedad horriblemente dulce.- Yo lo hago desaparecer con agua y jabón todas las noches, después de hablar con usted, que debía creer que todo era ilusión. No encontró sus palabras porque yo las borré. “Preservo mi vida.”, le dijo el primer día. Adela no tiene existencia. Se basa en las palabras que escribe, no tiene más sustancia.
-¡Es la clave de su vida! ¡La estás matando!
-¡No! ¡No se puede matar lo no vivo! ¡Adela no está viva! ¡Nadie puede saberlo! Ni tú, simple ser igual a mí…-Juana, con una voz de histeria enfermiza, pasó de su tono normal a un tuteo que Pedro no conocía.-Yo también la conozco. Adela hace mucho que está deseando que la saques de los espejos. Piensa que eres el único que puede, otra oportunidad, puesto que no se la di yo…
-¿Qué?- gritó Pedro.
-Ella lo sueña, lo piensa, lo dice. Si pudiera salir de los espejos...
-¿Salir? ¡Ésta prisionera!
-Así es. Te ha intentado decir tantas veces cómo hay que hacer para sacarla de ahí... y se siente decepcionada, porque no lo entiendes. Ja, ja, ¡tú crees que ella es una imaginación vana! Un delirio por el trabajo o el calor, la materialización de algún sueño de este verano. ¡Te ríes de sus ganas de ser, de salir!
-¿Qué sabes tú de Adela?- le espetó Pedro, ofendido. Había empezado a sudar extrañamente, sin esfuerzo. El diálogo que mantenía con Juanita se le estaba haciendo pesado, como algo que le oprimiera.
Ella estiró su cuello hacia él y se carcajeó vivamente mostrando muchos de sus dientes. Sus ojos se hicieron más profundos que nunca.
-Eso es lo mismo. La verdad: ¿Adela es real o quizá te la hayas imaginado cada vez que la has visto?
-Yo no me la he inventado. Ahora estoy seguro, sobre todo si tú también la ves. La he visto.
-Y yo.- susurró.- ¿Quién sabe la verdad? Tú y yo. Sólo. Nadie aceptará que vemos a una dama encerrada en tantos espejos en una sala de esta mansión, porque Adela no se deja ver a sus ojos necios y realistas. ¡¡Adela!!- y golpeó con fuerza uno de los espejos con una palma de la mano, que vibró. La muchacha apareció detrás del armario. Parecía alterada.- No puedes conocer al amor de quien está al otro lado de los cristales.
-¿Amor?
-¿Te parezco loca, Pedro Benavides? De verdad. ¿Ida de este mundo? ¡El mundo de Adela! Ése muerto que aparece junto a ella, que es ella misma... ¡La misma, Adela Olmedo!!- Juana estaba como una locomotora. Todos sus movimientos eran caóticos y nerviosos.
-¿Olmedo? ¿Y tú, Juana Olmedo?
-¡Sí! -se acercó a Pedro y abrió mucho los ojos.- ¡Sí! Ella me lo contó y yo respeté su secreto: aquí fue encarcelada la dama por no ceder ante el hombre, para ser siempre vista. El malvado Villaoronda la quería, pero ella era más fuerte. Era la hermana de alguien que llevó mi sangre.- Juana extendió los brazos y señaló a todas partes con ellos. Parecía que sus ojos iban a llorar y su voz sonó a locura angustiosa.- ¡Y aquí la escondió el miserable! La pobre Adela no puede escapar, porque no puede hablar, no puede sentir, nadie puede saber lo que le pasa.
-¡Tú lo sabes!
-¡Yo! ¿Quién soy yo? ¿Tú tienes la respuesta? Sí, claro, por eso la tienes delante de ti a la dama del espejo. Siempre pensé que era por mi apellido el hecho de que yo la veo, pero llegaste tú... ¿Por qué eres tú y no otro? ¿Por qué eres tú quien conoce sus secretos? Yo la he visto siempre, toda mi vida… ¿Qué tiene Adela? ¿Tiene vida? ¿Porque qué es vida? A lo mejor es ella la viva, y nunca lo sabremos… ¿Como un sueño? ¿Eso es vivir? Quizás la verdadera vida sea estar… pero, ¿muerto, o fantasma? ¿Cómo está Adela? ¿Te lo ha contado a ti? Nunca quiere responderme… ¿Porqué no es un títere como los demás, que se mueve al compás de una apariencia duplicada en el espejo?
-¿Y Cómo es que Adela nunca me ha hablado de ti? ¿Nada de eso?- siguió sus preguntas sin respuesta.
-La muy tonta… me tiene miedo. Soy la única que sabe que está ahí, su única posibilidad de salir…si te lo hubiera dicho, yo la habría abandonado. No me interesa que sepan nada de esto. –los ojos de Juana se inclinaron sobre un abismo sin fin conocido por nadie.- Cómo me conoce la damisela…
-¡Estás enferma, loca!!- se escandalizó Pedro.
-¡Ahhh!- exclamó ella, como cayendo en la cuenta.- Yo estoy loca. Lo parezco a tus ojos. Yo veo a Adela Olmedo y tú también la ves. ¿Estás loco acaso? La pobre Adela no puede escapar... Y tú lo has contado a todos. Contaste su historia a aquellos que la dejaron en el olvido. Yo hace un momento no estaba loca, lo soy desde que tú me lo has llamado. Y ha sido porque te conté mis secretos, los secretos de Adela. Y tú también lo has hecho, tus secretos, los de ella. Pero fue a tantos que no dejarán que andes libre. Vienen a por ti.
Adela golpeaba los cristales sumida en furioso llanto, pero no vibraban como cuando Juana lo había hecho. Se dejó caer al suelo. Todo causaba pavor en Pedro, tanto contraste, tanto desconocido y desigual a lo conocido… se agachó y se puso a su lado y del mismo modo, a través del mundo muerto de Adela, juntaron sus manos.
-Pero, ¿eres de verdad o no?- le susurró de forma tan dócil como un niño. Ella lloraba, muy en silencio. Juana de pie, miraba la puerta.
Las de la entrada se abrieron fuertemente. Adela se recogió detrás del armario rápidamente. Tan pronto como desapareció, medio pueblo se personó en la sala.
-¡No le hagan daño, por favor!- gritaba aterrorizante Ana. El doctor Juan Muriel se adelantó hasta Pedro.
-Hijo, ¿se encuentra bien? Venga, se encontrará a gusto.
-Pero ella... -señaló el hombre, manso, el cristal. Ayudado por el doctor, se levantó.
-Lleva hablando de esa muchacha desde hace mucho rato. Hace nada la veía ahí mismo, ¿no, don Pedro?- comentó Juana, algo preocupada.
-Tú también la veías conmigo.- se defendió el interpelado.
-Claro que sí. –le aseguró el doctor.- No se preocupe, joven, se va a poner usted bueno.
-¡Por favor, tiene que haber un error! Pedro no está loco ni enfermo.- suplicó Ana. Tres hombres fuertes la retuvieron mientras otros dos, apoyando una mano cada uno sobre los hombros de Pedro Benavides, se lo llevaban.
-No, locura, no. Aún es pronto para decir nada. -puntualizó el doctor Muriel.- No debió usar esas pastillas, señorita. Por favor, le explicaré qué haremos, acompáñeme. -pero Ana Noriega se escapó de quienes la tenían cogida y fue tras quienes tenían a Pedro. El hombre mayor se fijó en la joven muchacha que continuaba allí.- Me metía que algo así pudiera pasar desde que leí en los archivos de la casa el caso de doña Engracia, que fuera mujer del último propietario. El uso indebdio de esas píldoras ha aumentado el efecto. Ah, Juanita, estos espectáculos a tu edad no son muy recomendables, tus padres estarán preocupados. Te llevaré a casa, si quieres.
-No, muchas gracias, don Juan. Prefiero ir dando un paseo.
-Está bien, como quieras.
Ambos descendieron las escaleras poco a poco.
-Es una lástima, un hombre tan joven y vivo. Ha dejado destrozada a esa pobre novia suya. Nunca se sabe quién puede ser elegido para caer en este tipo de cosas. Vienen igual que se van.
-Tiene usted mucha razón en lo que dice.
El hombre se subió en su transporte. Hacía sol, estaba a punto de salir sobre el horizonte. Aún quedaba polvo bailando en el aire del camino, ínfimo recuerdo de la danza de las gentes, sus huellas hundidas marcando su pasado. Desaparecieron al paso del doctor, pasando de ser historia a ser nada, cosas en las que nunca nadie caería a pensar.
La chiquilla pareció ir a seguir su camino, pero evitó ser historia en el suelo, como lo era la de los demás y volvió a entrar en la casa. Subió las escaleras desandadas no hacía diez minutos y abrió la puerta que no se había cerrado nunca.
-Te lo dije, Adela. Ahora un hombre está tan encerrado como tú. Ya van dos, con doña Engracia.
Pero nadie apareció detrás del armario, pegado a una vida duplicada que no era. Aún así, una sonrisa se dibujó en la boca de Juana Olmedo, que miró fijamente un punto cerca del mueble, como si estuviera viendo a alguien.
FIN
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Espero que os haya gustado a todos. No olvidéis lo que todos quieren:
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¡¡¡REVIEWS!!!!
¡¡¡REVIEWS!!!!
9 de Enero de 2006