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Fiction » General » Julia font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: rivasilvercrown
Fiction Rated: T - Spanish - General - Published: 02-04-06 - Updated: 02-04-06 - id:2105251

Notas de la autora: La historia y los personajes son mios, de manera que no los utilices sin mi permiso, por favor. Respecto al argumento y demás posibles calificaciones para la edad... se trata de un tema serio como es el suicidio... y aunque no se usan más palabras malsonantes de las que puedas haber oído por la calle, no esta de más el avisarlo.


-Buena caída, pero no mortal. Yo no lo haría. Lo peor que puedes hacer es romperte la espalda y causar un accidente, de modo que tendrías que vivir con la muerte de otras personas sobre tu conciencia. Y seguramente en una silla de ruedas.

La parrafada sacó a Julia de sus pensamientos, asomada como estaba en el puente de Toledo. Se sorprendió de que la desconocida, pues era una voz de mujer, supiese en que estaba pensando. Se giro para comprobar quien era la dueña de la voz que le había hablado, cuando se encontró con una chica algo mayor de ella y que vestía unos téjanos muy gastados por el uso, una sudadera y una cazadora vaquera, además de llevar una carpeta y un libro en sus manos. Cuando la miró a la cara vio claros signos de cansancio, como bolsas bajo los ojos y la mirada vidriosa, además de una expresión triste... como de espera.

-¿Qué diablos crees que haces? Además, no pensaba tirarme.

-Claro,- contestó la chica, con un retintín irónico en la voz.- Y la M30 es muy agradable de ver... aparte de que respirar el humo de los coches es tan saludable...

-Dejame en paz.- Julia notaba el nudo que empezaba a formarsele en la boca del estomago. ¿Qué derecho se creía que tenia sobre ella y sus decisiones?- ¿Qué te importa lo que haga o deje de hacer con mi vida?

-¿La verdad? Bien poco. Pero me sentiría culpable si algún pobre conductor que no tiene nada que ver muriese o saliese herido por el capricho de una pijita que tiene miedo de afrontar sus propios problemas.- la chica se había puesto repentinamente seria y parecía taladrarla con sus ojos verdes.

-¿Pijita?- Julia no podía creerlo: la había llamado pija. ¡A ella! El comentario la hizo mirarse de arriba abajo y... descubrir que sus pantalones “ciberjeans”, su camisa lacoste, su jersey burberrys y sus zapatillas Niké último modelo le daban la razón a la desconocida. Cosa que no hizo más que aumentar su ya de por si enorme enfado.- ¿Cómo te atreves a juzgarme si tan siquiera conocerme?

-Demuéstrame que me equivoco- le retó la desconocida. Una sonrisa parecía bailar tras su mirada, como si estuviese viviendo algún viejo chiste.

-No tengo porque demostrarte nada- contestó Julia muy digna, pero cada vez más curiosa respecto a su misterioso “Pepito Grillo”.

-Cierto, pero si de veras deseas tirar tu vida por el retrete por una gilipollez, hazlo de tal modo que sólo tu salgas perjudicada. Los demás no tienen la culpa de tu estupidez.

Dicho esto la chica se alejó hacia un grupo de personas que parecían esperarla y, cuando llegó, se internaron por una calle. Julia no pudo evitar seguirles con la mirada hasta que se perdieron de vista, ni preguntarse que es lo que la había impulsado a pararse, cuando se dio cuenta de que se había dejado el libro sobre el muro. Lo tomó entre sus manos y leyó el titulo, “El trillium negro”, para después darse cuenta de que, como poco, el libro tendría quince años, pese a parecer recién sacado de la tienda. Salió corriendo hacia el lugar donde habían desaparecido, para encontrarse con las atestadas calles de Madrid, pero sin rastro del grupo, de modo que decidió coger el metro y volver a su casa, situada en una de las zonas residenciales más caras de la ciudad.

Por el camino, los sempiternos treinta minutos que se tarda en llegar a todas partes en metro, estuvo pensando en lo que la había conducido hasta ese puente aquella tarde para, finalmente, concluir pensando que, efectivamente, la chica tenía razón: era una tontería que, en caliente, le había parecido el fin del mundo pero ahora, en frió, demostraba ser una estupidez.

Al día siguiente lo habría olvidado todo, como se olvidan las pesadillas y malos sueños, si no fuese por una muy tangible prueba de que había sido real: el libro. Empezó a leerlo al dia siguiente en el autobús para ir al instituto y, sorprendentemente, se enganchó a su lectura. Era extraño pero, pese a que odiaba leer, ese libro la atrapó de un modo increíble. Cada vez que tenía tiempo se ponía a leerlo, lo que causo que no pocas personas la mirasen como si la hubiesen cambiado en algún sitio, hasta que lo terminó. En ese momento la curiosidad que había sentido por la chica se convirtió en el deseo de volver a verla, y poder hablar con ella sobre el libro... y preguntarle si tenía alguno parecido.

Pero era imposible. No tenía ni un nombre ni nada para ponerse en contacto con ella. Sólo el libro. Y eso, obviamente, no era suficiente. De modo que se pasaba las horas, las que no ocupaba buscando otro libro que la llenase igual en las diversas librerías del centro de Madrid, tratando de imaginar como sería esa chica, si estudiaba o trabajaba, su familia, sus gustos... Quien era, en definitiva. Desgraciadamente, no tenía respuestas para ninguna de esas preguntas.

Sus amigas del instituto se dieron cuenta de que algo había cambiado en ella y, a sus espaldas siempre, empezaron a preguntarse porque estaba tan “rara”. Ahora prefería leer a pasarse horas y horas y horas hablando por teléfono de exactamente las mismas cosas que se contaban en clase, y ya no era la que se pillaba los mayores ciegos en todos los botellones. Seguían gustándole la mayoría de las mismas cosas pero, por otro lado, era distinta. Algo la había cambiado, y no les gustaba, puesto que ya no estaba en su “nivel” y empezaba a parecerse demasiado a esos pringados de clase que se pasaban el tiempo haciéndole la rosca a los profesores y sacaban todo matriculas.

Julia descubrió, mientras, un nuevo mundo en los libros: un mundo lleno de aventuras, romance, viajes y demás. Pasó de un extremo al otro: antes no leía absolutamente nada y ahora prácticamente devoraba los libros. Su modo de ver a la gente cambió también: antes despreciaba a aquellos que veía en el metro con el libro en las manos, al igual que a los compañeros de clase que se pasaban los descansos comparando libros o se acercaban a algún profesor para preguntarle si le podía recomendar algo para leer, pero ahora les comprendía y, sorprendiendo a muchos, se sumó a esas tertulias y a esas peticiones de libros, descubriendo que no era la única que había sido hechizada, no encontraba mejor palabra, por la lectura de un buen libro.

El tiempo paso tan pesado como la fría losa que era en realidad y Julia acabo yéndose fuera de Madrid. A veces regresaba para visitar a sus padres, o por motivos de trabajo, y nunca perdía la oportunidad, en esas ocasiones, de visitar los sitios que habían sido importantes para ella durante su infancia y su juventud. Un día entró en una pequeña librería que acababan de abrir y, mientras ojeaba los lomos de los libros escucho una voz familiar.

-...Bueno, si lo que buscáis es algo entretenido, no os compréis esos... son muy malos. ¿Qué os parece si probáis a leer estos otros? Son sólo tres, y bastante mejor llevados que esos que, además, son unos veinte tomos.

-Vaya, gracias...- la voz de una chica joven contestó, ligeramente sorprendida.

-No tienes porque darlas.

Julia contemplo el intercambio de palabras, asombrada por volver a ver a la chica que tanto había cambiado su vida sin siquiera saberlo. Los años no habían pasado en balde, y ahora parecía más mayor y más... ¿triste? Una vez se fue la chica con sus libros, Julia se acercó y vio como ordenaba libros mientras hablaba con otro dependiente.

-Disculpe... Estoy buscando un libro un poco antiguo...- No sabía porque, los nervios le impedían hablar sin titubear.

-Claro.- la chica se giró y pudo leer una placa con su nombre en la camiseta: “María”.- ¿De qué libro se trata?

-El trillium negro- susurró, dándose cuenta de que había cambiado mucho como para que ella reconociese a alguien que solo había visto durante unos minutos varios años antes. Eso hizo que un extraño sentimiento de desolación se apoderase de su corazón.

-Déjeme pensar... sí, creo que me queda un ejemplar, si espera cinco minutos que lo miré en el almacén...

Con esas palabras, entro en la parte de atrás de la tienda, saliendo a los pocos minutos con un ejemplar del libro en la mano, y una sonrisa en los labios, si bien su mirada continuaba triste. Tras decirle el precio, y que Julia le dijese que sí se lo llevaba, procedió a cobrarle.

Julia llegó a la casa de sus padres, donde siempre se quedaba a dormir cuando iba a la ciudad, y, al abrir la bolsa, descubrió una nota escrita a mano:

“Me alegro de que decidiese no tirarse por el puente. Disfrute del libro, y espero volver a verla. María.”

FIN


Nota final: el libro "El trillium negro", es ya un clásico de la fantasía escrito por Julian May, Marion Zimmer Bradley y Andre Norton. Forma parte de una serie de 5 libros, de los cuales solo ese se edito en castellano.


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