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Amnesia
Minn llevaba una semana caminando sin rumbo, no sabía dónde estaba ni a dónde iba; únicamente se acordaba de unas imágenes borrosas y un ruido ensordecedor; al menos creía saber su nombre, gracias a un medallón de oro que suponía que era suyo.
Por suerte acababa de llegar a una pequeña ciudad. En ella había una gran cantidad de criaturas distintas, la mayoría de su tamaño, las demás eran más pequeñas que él. Cuando decidió entrar, se dio cuenta que era muy difícil no ir pisando a otros seres mientras caminaba, por la gran concentración de muchedumbre que había en las calles.
-¡Eh! Ten más cuidado semielfo –le dijo con desprecio una criatura gorda que parecía estar de muy mal humor, el cual había chocado con él.
Bueno, al menos ahora sabía que era un semielfo. No tardó mucho en llegar a un lugar en el que casi no había nadie, entonces algo lo distrajo, hacia él se dirigía una criatura de su altura, con las orejas curiosamente puntiagudas, más incluso que las suyas, con el pelo pelirrojo recogido en dos coletas bajas; ella, pues era una chica, podía después de todo, considerarse hermosa. Se paró delante de él y lo miró a los ojos, y antes de que Minn pudiera reaccionar, la chica comenzó a correr. Él semielfo se dio cuenta de que en su pequeño puño brillaba algo dorado, ¡un momento!, se tocó el pecho, ¡SU MEDALLÓN! ¡Aquella criatura le había quitado lo único que poseía! Echó a correr detrás de ella tan rápido como le dejaban sus piernas, pero era mucho más rápida que él, iba como alma que lleva el diablo calle abajo; poco a poco fue reduciendo la velocidad hasta que se metió en un callejón cerca de las murallas de la otra parte de la ciudad. Minn al llegar se asomó y observó que con la ladrona había otras dos criaturas más, los dos hombres sin duda: una de las criaturas era alta y esbelta con el pelo largo y moreno recogido en una coleta baja y ataviado con una túnica barrón, que sonreía con satisfacción mientras contemplaba el medallón; y la otra era pequeña ( a una criatura de altura normal le llegaría por la cintura) y tenía unas orejas enormes de metro, metro y medio, su piel era oscura haciendo que sus ojos verdes llamaran mucho la atención; la pequeña criatura saltaba de un sitio a otro dando gritos agudos.
-Nos darán mucho dinero por esto –decía el más alto- ¡Buen trabajo Shira!
-¡Deja, déjame ver! ¡Por fi! –gritaba el más pequeño de todos.
-Creo que eso es mío –dijo Minn dejándose ver.
-¡Ah! Hola, ¿cómo estás? –le dijo el más alto escondiendo el medallón.
-Yo estoy bien, pero estaría mejor si me devolvieras lo que es mío –contestó Minn.
-Lo siento, pero soy curandero y a no ser que estés enfermo no puedo ayudarte.
-Escucha, me da igual lo que seas, lo que yo quiero es mi medallón –dijo Minn con tono amenazador.
El curandero tuvo que darse cuenta de que no era una buena idea enfadar más al joven.
-De a cuerdo, tú ganas, toma es tuyo –dijo entregándole el medallón a regañadientes, ante el asombro de sus compañeros.
Minn se disponía a irse, pero el curandero lo detuvo.
-¿Por qué es tan importante para ti ese medallón? –le preguntó con curiosidad.
-Bueno, porque que yo sepa, es mi única pertenencia.
-¿Qué quieres decir? –volvió a preguntar el curandero sin entender.-Pues, que creo que estoy enfermo –admitió Minn con pesar.
-¿Qué síntomas padeces? –lo interrogó el hombre con aire de experto.
-No tengo recuerdos desde la última semana.
-¿De nada?¿Ni de tu infancia, o de dónde eres, o de dónde vienes?
Minn negó con la cabeza.
-¡Eso no es ninguna enfermedad, eso es amnesia! Y lo siento, pero no puedo ayudarte.
-Claro, por que eres un estafador de poca monta –afirmó Minn.
-¡Yo no soy ningún estafador! –gritó ofendido el supuesto curandero.
-¡Escucha, no tendré ni un solo recuerdo, pero no he perdido la inteligencia! –contestó Minn apretando los dientes.
-¡Silencio! –gritó Shira, la criatura que le había quitado el medallón- Si seguís gritando de esta manera vendrán los guardias de la ciudad a ver que ocurre.
Entonces se escuchó un tintineo metálico acompañado de pasos.
-Tarde –murmuró la criatura más pequeña.
-Bien, si te digo la verdad, quizá pueda ayudarte, pero antes tienes que hacer una cosa –dijo deprisa el curandero.
-¿El qué? –preguntó Minn impaciente.
En la entrada del callejón aparecieron unas criaturas altas y robustas enfundadas en armaduras relucientes; Minn supuso que esos eran los guardias.
-¡Correr! –le gritó el hombre lleno de pánico.
Todos hicieron lo mismo, incluidos los guardias, que corrían detrás de ellos con las espadas en alto. El único problema era que aquel callejón no tenía salida, Minn se sorprendió al ver como el más pequeño del grupo de delincuentes subía con admirable habilidad por el muro que les cerraba el paso, al igual que Shira y el curandero que habían comenzado a escalar también, aunque el hombre era bastante más lento y torpe en comparación con sus compañeros. Minn no tuvo más remedio que intentar subir también, y se alegró sobremanera al comprobar que era capaz de agarrarse a los huecos del muro sin gran esfuerzo y que era mucho más rápido escalando que el resto. Cuando todos llegaron arriba, no sabían muy bien hacia dónde se tenían dirigir, pero optaron por huir por los tejados de las casas hasta llegar a las murallas de la ciudad.
-Bien –dijo el curandero recobrando el aliento una vez estuvieron en lo alto de la muralla-, ahora solo tenemos que saltar.
-¡¿Saltar?! –preguntaron al unísono Minn, Shira y la pequeña criatura.
-Tranquilos, saltaremos sobre aquel carro repleto de paja –contestó el curandero señalando un carro tirado por dos ponis.
-¿A la de tres? –preguntó el más pequeño.
Todos asintieron preparados para saltar.
-Una, dos… ¡Tres! –gritó el pequeño de grandes orejas.
Al caer, Minn sintió como el estómago le subía hasta la garganta. Por suerte, teniendo en cuenta la altura desde la que habían saltado, todos cayeron sobre el carro haciéndolo crujir y asuntando a los ponis que relincharon.
Una vez hubieron recuperado el aliento decidieron tapar el carro con una lona que encontraron entre la paja para no ser vistos y así poder descansar un poco.
-Por cierto, con tanto movimiento no nos hemos presentado, me llamo Jack, y tú debes de ser Minn –rió el curandero.
-¿Cómo sabes mi…? –comenzó a preguntar él, pero recordó de que en su medallón ponía lo que debía de ser su nombre.
-Yo soy Dingo –dijo con alegría la criatura más pequeña de grandes orejas.
-Y Yo soy Shira, Shira Matasuegras –dijo con dulzura la ladrona.
-¿Matasuegras? –preguntó Minn extrañado con una sonrisa.
-Sí, los kenders tienen ese tipo de apellidos, y lo más sorprendente es que lo llevan con orgullo –contestó Jack.
-¿Kenders? –Minn no entendía nada.
-Ya sabes, pequeños ladrones –repuso el curandero.
Minn alzó las cejas.
-¡Oh, es cierto! Lo olvidaba, tienes amnesia. Verás, los kenders son ladrones por naturaleza, roban sin darse cuenta, ellos dicen que es que las cosas aparecen en sus bolsillos; tienen el tamaño de Dingo más o menos, pero Shira es una semikender, por eso es más alta. ¡Ah, sí! Dingo es un duende y yo un humano, al igual que los guardias que nos perseguían. Solo una cosa más, ¿tú eres un elfo o un semielfo?
-Un semielfo, al menos eso me dijo un… eh… humano, creo ¿Por qué me lo preguntas?
-Por curiosidad. Una de las cosas que diferencian los elfos y semielfos es su altura, y como tú estás tumbado dudaba –comentó Jack.
-Y hablando de curiosidad, ¿por qué hemos tenido que salir de la ciudad cuando nos han perseguido los guardias? Hubiera bastado con irnos a otra calle –preguntó Minn.
-Bueno… digamos que no tenemos muy buena fama en la ciudad y era mejor irse y cambiar de aires –respondió Jack.
-En pocas palabras, yo tenía razón en lo de timadores y aquellos guardias os tenía fichados, ¿no? –dijo el semielfo con una ceja levantada.
Jack le sonrió con culpabilidad. Entonces todos guardaron absoluto silencio cuando escucharon unos pasos lentos y pesados acercarse al carro, como precaución, el grupo se enterró entre la paja y se agacharon todo lo posible.
-Espero que no quiten la lona –dijo Shira entre dientes.
El carro comenzó a moverse y en poco tiempo aumentó la velocidad para alejarse deprisa de la ciudad. Después de un tiempo, Shira decidió mirar y levantar un poco la lona para ver quién llevaba aquel carro; todos esperaban su respuesta cuando repentinamente el cuerpo de la semikender comenzó a temblar, Jack se tiró encima de ella y le tapó a boca lo más silenciosamente que pudo.
-Ahora no es momento de gritar, si nos descubren estamos muertos –le susurró él asustado.
Minn decidió curiosear un poco, así que se acercó a donde estaban Jack y Shira. Cuando miró a los jinetes se quedó de piedra, delante de él había dos reptiles gordos y fuertes de forma humana y con pequeñas alas de dragón, que asomaban entre las capas negras y sucias que los envolvían.
-Draconianos –le susurró el estafador al oído-, si nos descubren les serviremos de almuerzo.
Los tres volvieron a cubrirse con la paja, esperando la mínima para escapar. El carro se paró cuando hacía ya rato que había oscurecido, pero los cuatro decidieron quedarse entre la paja un poco más, tenían la sensación de que algo no iba bien; después de unos minutos, Dingo decidió inspeccionar, y una vez dio vía libre, todos salieron del carro quitándose la paja que llevaban encima.
-Que asco –gruñó Jack-, llevo paja hasta en lugares de mi cuerpo que desconocía.
Shira lo miró enfadada y arrugando el ceño.
-Lo siento –se disculpó Jack molesto-¿Pero qué quieres que diga si es cierto?
Minn rió y entonces algo chocó contra él y lo hizo caer al suelo.
-¡Eh! –se quejó él.
-Perdón, sin luz no veo muy bien –se disculpó Dingo.
Jack rebuscó en las bolsitas que llevaba colgadas del cinturón de su túnica.
-Coge esto –le dijo-, esta madera es muy flexible y no se quema, haz un cucurucho y métele paja.
Dingo obedeció y después escupió sobre la paja, que sorprendentemente se incendió.
-Es una de las cosas buenas que tiene ser un duende, nuestra saliva prende todo tipo de material inflamable y esté seco –dijo Dingo sonriendo de oreja a oreja.
El duende comenzó a curiosear todo lo que tenía a su alrededor, se encontraban en el interior de una enorme tienda de campaña repleta de cajas, el suelo estaba húmedo y llenó de charcos que brillaban con la luz de la pequeña antorcha que habían encendido.
-¿Qué pone aquí? –preguntó Shira, que estaba mirando una de las cajas.
-Espera que te doy luz –contestó Dingo acercándose a ella- a ver, a ver –el duende comenzó a leer forzando la vista-. Di… na…mi…
Entonces Dingo profirió un gritó tan agudo, que todos tuvieron miedo de que les explotaran los tímpanos.
-¡¿Qué ha sido eso?! –preguntó una voz grave y siseante desde el exterior de la tienda.
-¡Venía de la tienda de explosivos! –respondió otra voz igual de siseante.
-La has hecho buena Dingo –le reprimió Shira.
-No es culpa mía que dé estos gritos tan agudos –sollozó él-, vienen de herencia.
Una vez más se escucharon unos pasos pesados, pero esta vez un poco más rápidos, con lo que no tardaron en encontrarse con los draconianos cara a cara.
-¡Intrusos! –anunció uno de ellos enseñando sus dientes amarillentos y puntiagudos.
-Sí, y muy apetitosos –dijo el otro relamiéndose.
Jack palideció y tragó saliva.
-Larguémonos –susurró Shira temblando.
Nadie objetó nada y se apresuraron en llegar a la otra punta de la tienda.
-¡No hay salida! –gritó Minn.
-¡Atravesaremos la tela de la tienda! –contestó Jack que corría a su lado.
-¡¿Y si no se rompe?! –preguntó Shira asustada.
-¡Reza por que sí! –le dijo Jack.
Dingo tropezó y cayó de bruces, su pequeña antorcha voló hasta ir a parar al interior de un charco, el cual que incendió haciendo que las llamas recorrieran el suelo por otros charcos cercanos.
-¡Estos charcos son de líquido inflamable! –gritó Dingo presa del pánico,
El grupo corría todo lo que podía para poder escapar de los draconianos que los perseguían ignorando las llamas que se extendían con rapidez envolviendo las cajas de explosivos. Cuando llegaron al otro extremo de la tienda, se tiraron a peso sobre la gruesa tela, que afortunadamente se rompió, y sin detenerse corrieron hasta los arbustos cercanos donde buscaron refugio.
-¡Dingo agáchate! –Jack tiraba del duende hacia abajo para que se agazapara.
-¡Yo quiero ver como explota el campamento! –protestó él sin querer agacharse.
-¡Aya tú! –Jack desistió y se agachó tras un arbusto tapándose los oídos.
Con una fuerte explosión, el campamento fue devorado por las llamas, y muchos de los supervivientes huyeron hacia el bosque aullando.
-Bueno, un campamento de draconianos menos –anunció Dingo sonriente y con la cara llena de hollín.
El resto del grupo se miró aliviado, aun con el susto en el cuerpo.
-¿A dónde vamos ahora? –preguntó Dingo dando saltitos alrededor de los demás que se habían tirado en el suelo para descansar un poco.
-Pocas veces rompo una promesa, y le dije a Minn que intentaría ayudarle; así que tú decides muchacho.
-Lo único que recuerdo es un ruido ensordecedor y agua moviéndose muy deprisa –dijo Minn.
-¡Claro! Una cascada, de eso te acuerdas –dijo Shira.
-Entonces el mejor sitio por dónde empezar a buscar alguna información sobre ti es en las Cascadas Negras, son las más peligrosas y altas de por aquí –dijo Jack ojeando un mapa.
Todos asintieron y pusieron rumbo a las Cascadas Negras, por un camino lleno de peligros y de criaturas desconocidas para Minn, a la búsqueda de sus recuerdos.