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Fiction » Horror » La dama de negro font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Arkaham
Fiction Rated: M - Spanish - Mystery/Supernatural - Reviews: 2 - Published: 03-13-06 - Updated: 03-13-06 - id:2131389
2.

Esa mujer de largos cabellos negros volvió de nuevo a la estación del metro, sus hermosos ojos verdes se perdieron en el mar de gente que cruzaba aquella estación como lo hacia día con día. Pinosuarez era el nombre de aquella estación, una de las más grandes y más concurridas de la gran urbe.

La estación ideal.

Para citarse y encontrarse con sus amigos, para visitar el centro de la ciudad, para cazar..

Tanto de donde escoger, tanta variedad. Muchísima gente de todas clases, desde el más pobre hasta el más rico, de todas las edades, de todos los lugares posibles…. e inclusos inimaginables, como aquel grupo de turistas de Corea del Sur que se mantenían juntos, destacados por su palidez, sus hermosos ojos rasgados y su tan común cabello inmaculado lacio y negro, con mochilas al hombro, huaraches típicos de la ciudad y uno con un mapa tratando de descifrar las instrucciones de los letreros.

Las ropas finas de la mujer, un traje sastre a la medida, zapatillas altas un saco largo con peluche en el cuello, labios de color grosella intenso, recargada suavemente en uno de los barandales de uno de los tantos pasillos de la estación, uno por el que concurría demasiada gente para cambiar de línea del metro. Precisamente aquel pasillo junto a la pequeña pirámide que daba su imagen al nombre de la estación

Fumaba su cigarrillo como si estuviese esperando a alguien o al menos eso aparentaba. A los ojos de toda esa gente, en su mano libre sostenía un ejemplar del “alarma” un periódico por excelencia, dedicado a contar historias de asesinatos increíbles, mujeres inmensamente gordas, actos de animales come hombres, en resumen, de sangre y muerte, escandalosamente rayando casi en lo increíble. Ella había leído el articulo que hablaba de un joven que había sido encontrado por un vagando en el basurero. Un joven que portaba un hermoso traje negro cuyas extremidades habían sido devoradas y el autor del articulo lo atribuía a las ratas del basurero o los perros hambrientos. Estaba encantada que hubiesen tardado tanto tiempo de encontrar a ese joven tan mugriento que había elegido el otro día, a Juanito como le había dicho que se llamaba. Ese muchacho le había sabido repugnante por todas las toxinas que había ingerido desde su infancia y sutilmente…

…… le entregó a una vida más tranquila.

A una muerte tranquila.

Eligió con la vista a una anciana apurada en su lento andar, su piel decrepita contaba su vida sin éxitos monetarios, tostada al sol por incontables horas de trabajar obteniendo lo suficiente para dar de comer a sus hijos.

Ella sería la primera de esta estación.

Finos sus movimientos se separó del barandal siguiendo con la vista a la anciana, siguiéndola tan de cerca como pudo, sin despertar la atención.

O así se imagino ella…

-no temas- escuchó un susurró detrás de su oído, y ella se giró inconcientemente. Aquella voz, melodiosa y efímera sin rostro, misteriosa y atrayente. Aquel que le había susurrado ya no estaba detrás de ella, volvió su atención hacia la anciana, decepcionada de haberla perdida en ese lapso en que el corazón late una sola vez.

Fue entonces que le vio, y tuvo miedo, mucho miedo.

Vio sus ojos de un verde espectacular que no supo nombrar, con un brillo mortal posándose en alguien, su rostro inexpresivo era como una mascara blanca, fina y delicada que cubría sus hermosas y esplendidas facciones, contrastadas por un cabello carmesí como la sangre misma. Un hombre al parecer de origen extranjero, mas alto que el común de la gente, piel clara y de una belleza seductora, usando un ropaje poco común en ese lugar, exquisito, sumamente exquisito. Su andar era demasiado seguro como si intentase retar a todo ser vivo y fuerzas de la naturaleza que lo detuviesen.

Con mezcla de medo y fascinación, ella le siguió disimuladamente, prudenciando su distancia entre él y ella, sin tener una clara idea de porque lo hacia.

En los andenes, él se detuvo, como si siguiera la corriente de las personas, pero ella en su traje negro sabia bien que no era así, su mente le decía que él ya tenia su presa y le daría alcance en cualquier momento.
Él podía ser como ella.

El viento generado por el arribo inminente del tren urbano, barrio sin piedad las cabelleras de las personas, de las envolturas en el suelo, del polvo acumulado generando un barrido poderoso, acompañado de dos pitidos largos del primer vagón a modo de señal que había arribado por fin el metro.

Ella sintió sus cabellos ondularse salvajemente y trato inútilmente de mantenerlos en su lugar, sin despegar sus ojos de aquel pelirrojo, ese instante de viento, esa décima de segundo ella vio claramente que las orejas de él estaban como deformes, alargadas y en forma extraña, que además trataban desesperadamente de imitar la forma común de las orejas.

Las puertas del metro se abrieron de golpe y la gente salio golpeando a aquellos que trataban de entrar a la fuerza pese al letrero que rezaba en cada una de las puertas “antes de entrar, permita salir”. Era como si su vida dependiese de entrar ya o ya al tren. Sonó el silbatillo que indicaba el cierre inmediato de las puertas y todos entraron al vagón saturado de gente, ella no podía creer que había sido él que le hacia espacio para que entrase en el vagón, cómodamente, muy a disgusto de otras personas.

Ella se trató de sostenerse firmemente de uno de los tantos tubos que usaba el interior del metro brindando algo de “estabilidad” a los usuarios que iban de pie, el color verde de esos asientes no se podía distinguir, no hacia falta que se sosteniéndose de ese tubo, la cantidad de gente era tal que muchos optaban por quedarse en el centro sin agarrarse a nada confiando en su buena suerte, llegándose a preguntar ¿Cómo es que habían logrado entrar?

Miró a los rostros de los hombres y mujeres que regresaban a sus hogares o iban a iniciar su trabajo. Tanta variedad de donde escoger…

El llanto de un bebe rompió el silencio que reinaba en el interior del vagón, la mirada fría de ella se fijó en una mujer embarazada llevando en sus brazos a un niño como de 6 años interesado en un objeto y sosteniéndose a sus faldas, otros dos infantes. Los tres con el cabello sucio, la cara llena de dulce y mugre y las ropas demasiado gastadas.

Entendió entonces que esa mujer y sus hijos eran la presa de aquel pelirrojo, al volver sus ojos hacia él. Pareció desconcertada un momento sin entender el porque de esa elección, o era más bien que su instinto maternal de pronto aflorase inclinándose a favor de los niños y su madre.

Nunca lo sabría.

Varias estaciones después, aquella madre y sus tres crios bajaron del vagón, y el pelirrojo les siguió, ella aun movida más por la curiosidad que por el miedo, los siguió a su debida distancia. Era una de esas estaciones pequeñas en que la salida estaba demasiado cerca de los andenes y el policía en turno estaba charlado con la señorita de taquillas.

Salieron de la estación ampliamente iluminada hacia la calle coloreada del rojo del atardecer, a una calle prácticamente desierta, el vendedor de la esquina hacia tiempo que había cerrado su pequeño puesto, y ni un perro se veía en la abandonada calle.

Él camino detrás de la señora con ese mismo aire de confianza demostrado en la estación de metro, se le veía relajado y hasta sonriente, y no parecía importarle que la señora se hubiese parado un par de veces y le gritase palabras majaderas para apártale.

Seguramente creía que con eso le espantaría.

Al doblar una esquina, ella se apretujo su saco asegurándose que el peluche le cubriese parte de la cara, el frío de la tarde se intensificaba a cada paso, y pronto comenzó a decirle su instinto que quizás se había equivocado con ellos dos y quizás el extranjero no era lo que ella creía.

Se detuvo en seco y saco de su minúscula bolsa un pequeño estuche del que saco otro cigarro y lo prendió sin perder tiempo, daba media vuelta cuando escucho más adelante un grito agudo y largo.



© Copyright 2006 Arkaham (FictionPress ID:441794).


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