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PENSAMIENTOS CRUZADOS
Era un día común en Montevideo, salvo por una cosa. En un edificio perdido en un barrio de esa ciudad se estaban produciendo ciertos extraños hechos.
Todo comenzó un día de verano, hacia mucho calor pero el cielo estaba cubierto de nubes grises. En su apartamento una joven de ojos tristes estaba muy aburrida, ya que, por cuestiones que nos son ajenas, en el lugar donde vivía había un corte de luz.
Mientras esperaba el retorno de la electricidad escuchaba una vieja radio a pilas, para que las horas se le hicieran más llevaderas. Así fue imaginándose historias en las que, por supuesto, ella era la heroína. En su mente se iban formando las imágenes, primero borrosas, como nubes de colores, luego haciéndose más nítidas.
Estas imágenes la iban atrapando, la ponían como parte clave de sus libros y películas favoritos. En algunas era una chica audaz, exitosa, famosa y bonita, y todos la seguían. En otras tenia algún tipo de habilidad o magia muy poderosa y luchaba contra sus enemigos. Pero aunque estas imágenes fueran diferentes en muchos aspectos, había un factor común en ellas. Ese chico que le transmitía confianza y la sacaba de los oscuros abismos de la soledad.
Tal vez fuera porque en lo más profundo de su corazón el no encontrar a un chico que la mirara con cariño, que la quisiera, la entristecía; o porque se sentía sola e incomprendida a pesar de sus amigos y las personas que la rodeaban. Pero sentía que ese joven, dueño y señor de sus sueños, estaba ahí fuera. Quizás no aquí, quizás en otra parte, otro país, otro mundo. Su única certeza era que donde quiera que estuviese él la buscaba, al igual que ella a él.
Era un día común en Londres, salvo por una cosa. En una casa perdida en algún barrio de esa ciudad se estaban produciendo extraños hechos.
Todo comenzó una tarde de invierno, hacía mucho frío, pero el sol brillaba intensamente. En su habitación un joven estaba aburrido, ya que, por cuestiones que no son de nuestra incumbencia, las clases se habían suspendido.
Mientras esperaba ansioso el arribo de sus amigos miraba televisión, sin prestarle atención realmente. Así fue imaginándose historias en las que, por supuesto, él era el héroe. En su mente, como un remolino de color, las imágenes fluían veloz y dinámicamente.
Estas imágenes iban atrapándolo, lo ponían como parte clave de sus ficciones preferidas y lo hacían personaje digno de canciones. En algunas era el héroe que salvaba a las personas de caer en las garras del mal. En otras un gran músico, al que todos respetaban y admiraban. Pero aunque estas ilusiones fuesen diferentes, tenían algo en común. En ellas siempre se encontraba con esa misteriosa chica de ojos tristes, que le daba fuerzas y lo comprendía.
Talvez fuera porque ninguna de las chicas que conocía le parecía alguien de confianza, con quien compartir sus miedos y sueños más profundos; o porque necesitaba abrirse con alguien para eliminar esa opresión que sentía en su pecho. Pero sentía que la chica deojos tristes que reinaba en sus sueños, la poseedora de esos ojos que eran objeto de su deseo, también lo buscaba a él. Sentía que la conocía. Quizás estuviera dando vueltas cerca de allí, o lejos…