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HUÍDA
01
Alicia no dejaba de mirar las nubes. Pese a que estaban en el medio de la ciudad, ese islote de pasto al que denominaban plaza la mantenía perdida en la escasa naturaleza q1ue podían divisar desde la gran metrópolis. Víctor silbaba bajito, concentrado en su reproductor de mp3. Otra tarde más en compañía de esta chica… Pensaba Víctor, no había muchas cosas que hacer, la diferencia de edad provocaba un abismo ideológico increíble y realmente, a Víctor, no se le ocurría ninguna actividad que pudieran desarrollar los dos juntos. Cada vez se hacía más difícil la diversión entre ellos, la distancia se hacía más grande y la incomunicación reinaba en tardes enteras de indiferencia mutua.
Las campanas del templo empezaron a sonar estridentemente, llamando la atención de Alicia, se incorporó y vio como la mayoría de los transeúntes que circulaban por la peatonal se dirigían a las grandes puertas del templo. Y claro, es domingo, los creyentes van al templo… Miro a su alrededor y vio como todas las personas que estaban en la plaza eran, en su mayoría, parejas cariñosas, abrazadas, besándose. Miró a Víctor, recostado contra el tronco de un lapacho, siguiendo con la punta de sus pies cruzados el ritmo del niü metal que sonaba en sus auriculares. Alicia se acercó a él y comenzó a mover su mano frente a su rostro para llamarle la atención, Víctor se limitó a cerrar los ojos y voltear su rostro. Ella se enfureció, ya habían pasado más de dos horas sin hacer absolutamente nada. De rodillas junto a él le arrancó los auriculares de un tirón y elevando su voz le dijo seriamente
-¿Vamos a pasarnos así todo el día? ¡Mirá que yo no puedo volver a mi casa hasta que no vuelvan mis papás y vos me prometiste que íbamos a salir a pasear!
-¡No se que pensas que soy! ¿Tu niñera? Estas muy equivocada, pendeja, ni siquiera me pagan por estar acá perdiendo el tiempo… - Respondió Víctor. Alicia no pudo soportarlo, odiaba que le recordara la diferencia de edad y que la menospreciara por eso. Con los auriculares aún en sus manos jaló más fuerte hasta quedarse con el aparato en sus manos y con toda la velocidad que sus piernas le permitían tener, corrió hasta perderse entre la horda de fieles que entraban en el templo para celebrar misa. Víctor se puso de pie de inmediato intentando seguirla, para descubrir que todas las horas que había pasado en esa posición habían hecho efecto en sus piernas, las que hormigueaban como si se tratase de miles de alfileres que se clavaban lentamente en su piel. El dolor re impidió correr, pero no había perdido de vista el rumbo de su compañera. Cuando se hubo recuperado la siguió hasta el templo y la encontró sentada en una de las gradas.
-La puta que te parió, pendeja de mierda!- empezó a gritar cuando de repente, toda la gente quedó en silencio y pudieron ver como se hacía presente el supremo sacerdote. La misa acaba de comenzar, lo mejor sería guardar silencio y escabullirse lo más pronto de allí. Víctor tomo del brazo a Alicia y la jaló para que se pusieran en marcha. Ella lo miró con tristeza y comenzó a sollozar
-¡Quedémonos!- le exigía con pucheritos. La gente alrededor no desclavaba su vista de la escena que estaba haciendo, Víctor no tubo opción que cumplir los caprichos de Alicia.
-Cuando salgamos se te pudre, nenita.- sentenció al oído de Alicia.
Nunca habían estado en misa, ninguno de los dos, sus familias eran agnósticas, como todos festejaban pascuas, navidad y año nuevo, pero por ninguna razón que estuviera más allá del chocolate, los regalos y la pirotecnia. Pero allí estaban, en medio de una misa en este templo de una religión desconocida para ellos. El supremo sacerdote comenzó a hablar, su voz densa y grave, casi adormecedora, retumbaba en las frías paredes del templo, extendiéndose hasta la altísima cúpula, colmada de imágenes sagradas. La gente a su alrededor parecía emocionarse ante las palabras de aquel hombre, de repente, comenzó a presentar algo así como una representación teatral, según entendieron los chicos. Y una orquesta pequeña ubicada en algún rincón de aquella catedral empezó a interpretar una hermosa música de fondo. Los “actores” comenzaron a aparecer con bonitos disfraces de los costados del edificio y sobre el podio hacia donde todas las personas observaban atentamente comenzaron a desarrollar la actuación. Se trataba de una extraña lucha entre el bien y el mal. Alicia y Víctor miraban maravillados sin poder comprender del todo el extraño funcionamiento de aquella ceremonia religiosa. De repente un sonido extraño llamó la atención de todos los presentes, una metálica musiquita que se desprendía del bolsillo de Alicia, ella extendió su mano y tomó su teléfono móvil, contestó la llamada y vio como una señora le hacía señas señalándole un cartel que estaba en la entrada del establecimiento. El cartel indicaba que los concurrentes debían dejar sus teléfonos celulares en manos del recepcionista, para no ocasionar molestias de ese tipo en medio de la ceremonia. Alicia se sintió muy avergonzada ante su error y apagó de inmediato su teléfono pero antes de que pudieran continuar observando la obra se escuchó un grito profundo de dolor que provenía de detrás del escenario y todos los actores comenzaron a concentrarse en donde provenía aquel grito. De inmediato, el Supremo Sacerdote informó que la ceremonia se veía suspendida por un accidente ocurrido, que por favor, los fieles se retiraran cuanto antes del templo en completa calma. Pero lo cierto fue que la concurrencia había entrado en pánico y todos se apresuraban en salir al mismo tiempo obstruyendo la salida.
-Seguro que vos, por tener tu celular prendido, distrajiste a los actores y una minita se cayó y se quebró una pierna por tu culpa. – dijo Víctor de la mejor manera que pudo. Como de costumbre, siempre tan inoportuno. Alicia quiso reprocharle pero en ese momento vio como el Supremo Sacerdote hablaba con un extraño hombre vestido de negro señalándolos.
-Víctor, mejor que nos vayamos…- dijo Alicia, sintiendo miedo, pensaba que tal vez Víctor tenía razón e irían a regañarlos por haber entrado con el teléfono encendido. Víctor giró la cabeza y vio como, efectivamente, aquel hombre de negro se abría paso entre las gradas y la gente alborotada aproximándoseles con gran velocidad. Tomó a Alicia de la mano y tironeándola con fuerzas fue empujando a la gente a su paso, apretujándose entre las personas hasta que lograron salir. Respiraron profundamente aliviados por estar fuera de aquel desastre. Ninguno de los dos era claustrofóbico, pero acababan de experimentar una sensación muy parecida al terror por el encierro. Víctor comenzó a reír cómicamente.
-Las ocurrencias que tenés, nenita, eh?- refregó su mano sobre la cabeza de Alicia, quien estaba muy enfadada. Nuevamente, antes de que pudiera refutarle algo, vieron como el mismo hombre que se les acercaba seriamente dentro del Templo, había logrado salir y nuevamente los seguía. Sin poder explicar la razón, ambos sintieron un poco de pánico y comenzaron a correr de la mano hasta la parada de colectivos más cercana. El hombre los seguía corriendo de cerca. La suerte estuvo de su lado cuando vieron que un colectivo se detenía en la parada, con gran velocidad lo abordaron justo antes de que el vehículo arrancara. Mientras se alejaban observaron como aquel extraño y amenazador sujeto se detenía en la parada y observaba el partir de los chicos. Ya no podían reír, sus corazones latían a gran velocidad y ninguno de los dos podía comprender por qué un representante del templo los seguía tan fervientemente. El colectivo se adentraba por calles desconocidas.