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El ahorcado
Solo le quedaba un minuto de tiempo para intentar salvar a Saleo y a ella misma de una muerte segura. Cerró los ojos con cansancio y desesperación. Todo aquello era surrealista, no podía estar ocurriendo; ni siquiera sabía muy bien cómo había empezado todo, los nervios y el miedo no la dejaban pensar con claridad… si conseguía relajarse quizá tendrían los dos una oportunidad… necesitaba recordar con claridad el principio de todo aquello…
-¡Kimara! –la llamó una voz.
Ella dejó la cesta de manzanas en el suelo mientras veía venir corriendo a Jitas.
-¿Qué pasa? –preguntó ella extrañada.
-Es Soleo… -respondió el muchacho acalorado por la larga carrera, recuperando la respiración-, no le encontramos por ninguna parte.
-Seguro que ha ido a cazar conejos, volverá pronto –respondió ella con calma cogiendo de nuevo la cesta de manzanas.
-Es que… es que nos comentó que quería buscar un rival digno de él apostando en los juegos –continuó el chico nervioso.
-Entonces estará en la posada, vaciándole los bolsillos a algún borracho –dijo ella estirando el brazo para alcanzar otra manzana del árbol.
-No… cuándo nos lo dijo no le creímos, había bebido mucho y pensábamos que quería quedarse con nosotros; pero quizá… quizá lo decía en serio –tartamudeó el muchacho retorciéndose las manos.
Kimara lo miró con preocupación, sabía que Saleo tenía mucha facilidad para tomar malas decisiones.
-Dijo que iba a ir al templo Grutal… a… a retar a… a Piscal –finalizó Jitas con el horror reflejado en sus ojos.
La cesta de manzanas resbaló de los brazos de la joven, esparciendo la fruta recogida por sus pies.
-No puede haber ido… no es tan estúpido –susurró ella palideciendo.
-Eso creíamos nosotros, pero Saleo no aparece, y le hemos buscado por todas partes –Jitas sacudió la cabeza con resignación.
Kimara abrió la boca para hablar, pero no le salían las palabras; nunca había sentido un apego muy grande por su hermanastro, pero la sangre de su padre los unía, y no podía abandonarlo, sabía que si lo hacía no se lo perdonaría jamás.
-Seguid buscándolo –le dijo al chico mientras caminaba colina abajo.
-¿A dónde vas? –preguntó Jitas con preocupación.
-Al templo Grutal –respondió ella con decisión.
-¡¿Estás loca?! –le gritó el chico- ¡Nadie que se atreviera a enfrentarse a Piscal ha salido con vida!
-Por eso mismo no puedo dejar a mi hermanastro en sus garras –contestó ella con determinación corriendo en la dirección del templo.
Por suerte, el templo Grutal no estaba muy lejos del pueblo; y si corría lo suficiente quizá pudiera evitar que Saleo se jugara la vida de aquella forma tan estúpida.
-Hay que ser idiota –murmuró ella con enfado.
Era sabido por todos que Piscal, el dios de los pícaros, era muy aficionado a las apuestas; el problema era que él ponía las reglas, y solía cambiarlas con facilidad para favorecerse y así ganar siempre.
Paró de correr y se apoyó en sus rodillas recobrando el aliento, había llegado a las puertas del templo, que como su nombre indicaba, estaba situado en el interior de una enorme gruta. Kimara nunca había entrado en él, nunca había creído en los dioses; siempre había opinado que los mortales no les importaban, y que se limitaban a ser meros espectadores de las desgracias que sacudían los reinos. Y esa opinión no había cambiado en absoluto, sobretodo tras la muerte de su madre cuando ella tenía solo siete años, por una terrible epidemia que había asolado la mitad de aquella región.
Al entrar en el templo, no pudo evitar sentir admiración por las columnas, talladas con todo lujo de detalles sobre la roca viva; y por los frescos de las paredes. No sabía muy bien qué era lo que debía hacer ahora, pero inspiró hondo y gritó:
-¡Piscal, tienes algo que me pertenece!
-Menudos modales tenéis los jóvenes de hoy en día –comentó una voz chillona-. Lo primero de todo es desear buenos días.
Un joven apareció tras una columna, tenía el pelo blanco, recogido en una coleta baja; sus ropas eran de colores chillones, que cambiaban según la luz; y tenía un ojo azul y otro rojo.
-Yo no poseo nada tuyo, joven –contestó con una sonrisa.
-Tienes a mi hermanastro –dijo Kimara intentando que su voz sonara firme, por alguna razón tenía miedo al estar en presencia de aquel dios.
-¡Ah! Te refieres a ese insolente que ha tenido el descaro de retarme –rió el dios-Lo siento, pero le gané, ahora es de mi propiedad.
-No me iré sin él –insistió ella cerrando los puños.
-No vas a poder recuperarlo, ahora es mío; a no ser… que quieras jugar, utilizándolo como premio –propuso Piscal con los ojos brillantes.
Kimara lo pensó unos segundos, pero no veía otra forma de recuperar a Saleo.
-Hecho –contestó ella tragando saliva ante lo que se le avecinaba.
-Perfecto –sonrió Piscal.
El dios chascó los dedos y la oscuridad lo envolvió todo. Poco a poco todo se fue aclarando, y lo que vio no le gustó. Estaba de pie, subida en lo que serían unas treinta pequeñas columnas pentagonales que formaban una plataforma. Se asomó al borde, pero todo lo que vio fue un enorme vacío, estaban en medio de ninguna parte.
-¿Te parece que empecemos ya? –le preguntó Piscal, que estaba suspendido cerca de Kimara, que asintió- Bueno, como sé que no eres aficionada a los juegos, he decidido retarte a uno que seguro que conoces: el ahorcado.
Señaló un punto en la lejanía, en él apareció una enorme horca, en la que había una persona colocada con una soga al cuello y con los pies sobre diez pilares iguales a los que Kimara tenía bajo ella.
-¡Saleo! –lo llamó la chica con fuerza.
El chico la miró y no puedo evitar sonreír esperanzado.
-¡Kimara!
-¡No te preocupes, te sacaré de aquí! –le dijo ella.
-Siempre y cuando ganes el juego; porque si no lo haces moriréis los dos –rió Piscal cruzándose de brazos-. Si me permitís y os dejáis de momentos tiernos, explicaré brevemente las reglas: has de adivinar la palabra oculta –junto al dios aparecieron dos filas de líneas, la superior tenía nueve y la inferior siete-, pero por cada fallo que tengas, bajo los pies de tu hermanastro cederá una columna… y creo que ya sabes que pasará cuando no tenga donde poner los pies.
Kimara miró con preocupación a Saleo, que tenía cogida la soga de su cuello, auque no podía quietársela.
-Empecemos: di una letra –rió Piscal con crueldad.
-“L” –decidió ella rogando por que fuese correcta.
Sobre la primera raya de la fila superior apareció la letra que había nombrado.
-Veo que tienes suerte –comentó el dios algo asqueado.
-“C” –prosiguió ella mordiéndose el labio con nerviosismo.
En la fila inferior apareció la letra en la última línea. Es un buen comienzo, tengo la primera y la última letra se dijo a si misma algo más animada.
-“R” –se envalentonó Kimara.
Resonó un chasquido, uno de los pilares de Saleo se vino abajo.
-Esto se va poniendo interesante –murmuró Piscal frotándose las manos.
Kimara inspiró hondo, no podía permitirse más fallos, pero con solo dos letras no podía adivinar la o las palabras que estaban escondidas sobre las líneas.
-“M” – eligió ella cruzando los dedos.
En la sexta línea de la fila superior apareció la letra.
-“N” –continuó la chica notando el hormigueo de los nervios en su estómago.
Otro de los pilares, muy cercanos a donde Saleo tenía los pies, se desplomó en el vacío.
-Segundo fallo –anunció Piscal-, te quedan ocho… yo de ti elegiría con cuidado.
Kimara miró al dios con enfado y apretó los labios, no podía dejar que la pusiera nerviosa, ahora no o estaban perdidos…
-“A” –murmuró ella.
Varios chasquidos resonaron en sus oídos y tres pilares desaparecieron ante el espanto de Saleo.
-¡Dijiste que solo se derrumbaría una columna por fallo! –gritó ella con una mezcla de enfado y desesperación.
-Vaya, se me había olvidado mencionar que por cada vocal que elijas, acertada o no, tu hermanastro perderá tres pilares de apoyo –aclaró Piscal como si nada.
Kimara se quedó sin habla, intentar adivinar una palabra sin una sola vocal era mucho más difícil, por no decir imposible. Tres chasquidos más llenaron el aire y Kimara sintió como se hundía, pero tuvo el apoyo suficiente como para poder saltar a otra parte de la plataforma. Cuando miró el lugar donde había estado vio un enorme agujero, que había estado ocupado segundos antes por tres pilares.
-¿Qué…? –la chica no entendía nada.
-¿No te he dicho que cada tres minutos perderás tres pilares? –preguntó el dios con fingida sorpresa- Parece ser que después de tantos siglos la memoria pasa factura.
Kimara no se podía creer lo que estaba pasando, aquello era una pesadilla…
Su situación no mejoró en los siguientes minutos, porque por cada dos letras que acertaba, perdía un apoyo para Saleo, que parecía empezar a ver que ninguno de los dos saldría con vida. Y a ella el hecho de que cada tres minutos perdiera tres columnas, no la ayudaba nada, porque su plataforma iba desapareciendo de forma dispar, como la de su hermanastro.
-Te doy mi enhorabuena, nunca nadie había estado tan cerca de completar la palabra –aplaudió Piscal sin mucho entusiasmo.
Kimara miró las letras que tenía, pero aun le quedaban unas cuantas, y no sabía cuales de ellas eran vocales, y si lo eran, cuál de las vocales ocupaba cada línea:
L K T M
G H J C
-¿Es cosa mía o te estás desanimando? –rió Piscal mirando a la muchacha que tenía los ojos vidriosos- Te propongo otro trato, ríndete y te perdonaré la vida.
-No hay trato –respondió ella automáticamente-. Ya he dicho que no pienso irme sin Saleo.
-Allá tu, pero recuerda que solo puedes permitirte un fallo más, y aun te quedan muchas líneas vacías –le dijo el dios con seriedad.
Otros tres chasquidos le indicaron que habían pasado tres minutos más. Saltó. Pero su impulso no fue lo suficientemente fuerte y se quedó corta. Sus manos resbalaban por la lisa superficie y sus pies no encontraban un lugar para apoyarse y ayudarse a subir a la columna. Su cuerpo se precipitaba poco a poco hacia el enorme vacío del lugar.
-¡Kimara aguanta! –gritó Saleo.
Con un acopio de fuerzas pudo sujetarse a la columna y así evitar su caída; y tras recuperar el aliento unos segundos, consiguió subir todo su cuerpo a la estructura. Kimara miró a su alrededor de nuevo, solo le quedaban tres columnas a mucha distancia la una de la otra; aquellos eran sus últimos minutos. Se giró a mirar a su hermanastro, que solo tenía ya, un solo apoyo bajo sus pies temblorosos.
-Tienes dos minutos para intentar salvar vuestras vidas –la voz de Piscal resonó en el silencio.
-“F” –dijo ella como último recurso, quizá una letra más la ayudara a adivinar la palabra.
Un chasquido la atravesó como una daga, vio como su hermanastro quedaba bruscamente colgado de la soga.
-¡NO! –gritó ella con lágrimas en los ojos.
Los pies del muchacho se agitaban con angustia, mientras que con las manos intentaba alejar la cuerda de su cuello sin éxito; el rostro de Saleo comenzó a amoratarse por la falta de aire. La columna que sostenía a Kimara se tambaleó, su tiempo se acababa y no podía salvar a Saleo…
-Te queda un minuto –rió el dios mirando la escena con divertida crueldad.
Kimara abrió los ojos por los que resbalaban sus lágrimas, y miró las letras que había conseguido acertar. Entonces algo pareció susurrarle al oído, y sus labios repitieron aquellas palabras:
-Lekatmiñe ghuzjac –dijo ella con un hilo de voz.
-¿Cómo has dicho? –le sonrisa de Piscal desapareció repentinamente.
-Lekatmiñe ghuzjac –repitió ella con una sonrisa.
-No es posible… nadie hasta ahora lo había acertado –los ojos del dios se crisparon de furia.
-“Juego limpio” en arcano –dijo ella-, esa es la palabra, he ganado ¡Suelta a Saleo!
Piscal gritó de rabia y chascó los dedos, la cuerda de la orca se rompió, al igual que la columna que tenía Kimara bajo sus pies; haciendo que los dos jóvenes se precipitaran al vacío.
Kimara abrió los ojos, se encontró en el suelo del templo Grutal, a unos metros estaba Saleo también tirado en el suelo, aun con la cuerda al cuello. Corrió hacia él con preocupación.
-Saleo, despierta por favor –susurró ella quitándole la cuerda que rodeaba su amoratado cuello.
-Sabía que lo lograrías –sonrió el chico abriendo los ojos.
-Bien hecho, jamás creí que un mortal sería capaz de vencerme –se admiró Piscal, que estaba apoyado en una de las hermosas columnas-. Pero ahora dime, ¿cómo alguien tan joven podía saber aquellas palabras?¿Y más aun su significado?
-Mi madre me lo decía siempre que hacía trampas –contestó escuetamente mientras ayudaba a Saleo a levantarse-. Creo que deberías tomar nota y no hacer trampas.
-No me hagas reír mortal –rió el dios-, soy Piscal, y es sabido por todos que no juego limpio.
Dicho esto, caminó hacia las sombras del templo para no volver a aparecer.
-Espero que esto te haya servido de lección –le riñó Kimara a Saleo.
-Puedes estar segura de que sí –respondió el chico que aun respiraba con dificultad.
Para alivio de la joven, su hermanastro no volvió a apostar nunca más, aunque ahora se dedicaba a relatar la hazaña de Kimara, y muchas otras inventadas, a cambio de unas monedas de oro en las tabernas del lugar; lo que le acarreaba de vez en cuando algunos problemillas con los borrachos y escépticos. Pero es que eso era imposible de evitar para Saleo, y Kimara debía aprender a convivir con ello, le gustara a no; porque para algo le había salvado la vida: para darle a su hermanastro, una segunda oportunidad.