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esde siempre, los ángeles han protegido la tierra con sus cánticos y su pureza; hasta que un brujo decidió diferenciar el día de la noche condenando a estos seres a una terrible maldición. Solo unos pocos consiguieron escapar de esa espantosa condena; el resto ahora son ángeles, hasta que cae la noche, porque desde que el sol se esconde hasta que vuelve a aparecer, los ángeles malditos se transforman en las criaturas de la noche, atacando sin piedad a mortales y ángeles que libres de la maldición se refugian en los bosques.
uchos siglos pasaron hasta que por fin llegaron ellos, los ocho guerreros que podrán vencerlos; elegidos desde su nacimiento para que acaben con el terror que reina en la noche, ellos son: Vit, Asyada y Nerk, tres ángeles; Mirnak, el elfo; Shail, una bruja; Ragaj, un guerrero; Anarvin, una ninfa y Ubaram, un vampiro. La gente los llama Arcángeles.
ra una noche tranquila, en el pueblo no había mucho movimiento, algo muy normal a aquellas horas de la noche. Pero en la pequeña taberna, que estaba construida entre las ramas de un inmenso árbol (como casi todas las casas de aquel pueblo), se escuchaba el sonido de risas y las conversaciones de los viajantes que por allí pasaban. Aunque la gente no se había percatado de que esa noche recibían la visita de unos extranjeros muy especiales.
-Creo que deberíamos dirigirnos hacia el norte, el viento trae el sufrimiento de los que sufren los ataques –propuso Anarvin.
-Sí, ya lo sé, pero acabamos de dejar atrás aquellas tierras. Además aquí nos necesitan, su nido está entre estas montañas –dijo Nerk-, si acabamos con el, podremos ir retrocediendo y exterminando a las criaturas de las otras zonas sin miedo a que se sigan reproduciendo.
-¡Pero allá está muriendo mucha gente! –insistió la ninfa.
-Lo sé, lo sé, y no me gusta, pero es aquí donde se reproducen –continuó él.
-Yo estoy con él –dijo Shail-, si acabamos con los de las montañas habremos eliminado a más de la mitad; así que yo digo que sigamos e intentemos que no se dispersen como la última vez –añadió mirando a Ubaram y cruzándose de brazos con enfado.
-¡¿Cuántas veces tendré que disculparme?! Yo no quería que nos descubrieran tan pronto –se defendió él enrollándose en su larga túnica con fastidio- Pero cambiando de tema, yo estoy de acuerdo contigo –finalizó el vampiro acercándose con disimulo a Shail.
-Aléjate de mí, Ubaram, si no quieres que te maldiga para que ni la luz de la luna pueda tocarte –le amenazó ella.
-¿Harías eso? –preguntó él ingenuo apoyándose en el respaldo de la silla de la joven bruja.
-No me expulsaron de la escuela de brujería por buen comportamiento precisamente –contestó Shail con una sonrisa de autosuficiencia mientras Ubaram volvía a enrollarse en su túnica.
-Vosotros dos, dejad de pelearos, lleváis así desde que os conocéis, y de eso hace ya tres meses; así que basta –les riñó Anarvin-, esto es más serio de lo que pensáis.
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-¡Ya sé que es un asunto muy serio! –gritó Shail golpeando la mesa con indignación- Si no te importa podrías cambiarme el sitio y así comprobarás que aprovecha cualquier oportunidad para intentar tocar aquello que no es de su propiedad.
La ninfa suspiró y accedió a cambiarle el sitio, sentándose junto a Ubaram con cierto recelo.
-Bien, ¿Por dónde íbamos? –preguntó Mirnak, el elfo, una vez que hubo acabado el espectáculo de cada día.
-Pues íbamos por… -Asyada calló de repente.
-¿Qué ocurre? –preguntó Ragaj el guerrero.
-¿Lo habéis sentido? –dijo Nerk.
Todos enmudecieron, a su alrededor todo parecía normal, salvo por el hecho de que la luz de las velas y el fuego de la chimenea del local alumbraban con menos intensidad, y que la temperatura había bajado unos grados.
-No ¿Por qué aquí?¿Por qué hoy? –gruñó Vit cansada.
-Está comprobado que no podemos tener una noche libre –dijo Mirnak cogiendo su arco.
Se levantaron y salieron de la taberna con sigilo, desde su puerta podía controlarse gran parte del pueblo gracias a la altura en la que estaba situado. Los ocho permanecieron quietos y en silencio mirando a la oscura arboleda que rodeaba el lugar, entonces vieron como entre los arbustos se movía algo; eran criaturas oscuras y de rasgos y constitución agresiva, que se movían con sigilo entre los árboles acechando al pueblo.
Vit cargó una flecha, tensó el arco y apuntó a la campana de aviso que estaba situada en una torre cercana, soltó la flecha y la campana resonó por todo el pueblo. Muchas de las personas que se encontraban dentro de la taberna salieron corriendo para llegar junto a sus familias entre gritos de terror (ignorando la presencia de los ocho jóvenes), mientras estos comenzaban a cerrar puertas y ventanas, ya que aquellas criaturas habían salido a la carrera de entre los árboles para atacar a los habitantes sin importarles si estaban dentro o fuera de sus hogares poco protegidos ante aquella amenaza. Vit disparó otras dos veces a la campana, mientras Mirnak descargaba su arco con una lluvia de flechas contra los monstruos que amenazaban con llegar a las casas más próximas, y al ser alcanzados por ellas desaparecían en un remolino de plumas blancas.
-Ubaram, tu turno –le dijo Nerk, el ángel, preparando su arco.
El vampiro hizo una reverencia burlona y retrocedió hacia las sombras hasta desaparecer en la oscuridad.
-Odio que haga eso –murmuró Shail.
-No es momento para comentarios –le dijo Ragaj corriendo hacia las escaleras desenvainando su espada, Shail y Anarvin, la ninfa, lo siguieron con rapidez.
Los que quedaban en el árbol miraron abajo mientras seguían lanzando flechas con envidiable puntería, Ubaram apareció entre las sombras del pequeño prado que separaba el pueblo del bosque, se situó enfrente de las criaturas que se esforzaban por avanzar esquivando las certeras flechas y que no parecían haberle visto; el vampiro sonrió divertido y chilló con fuerza produciendo un espantoso chirrido que lo convirtió en el centro de atención de los monstruos. Ubaram permanecía quieto y relajado mientras aquellos seres se lanzaban en carrera contra él, pero cuando estaban a punto de alcanzarlo, el vampiro sacó su espada de entre los pliegues de su negra túnica y atravesó a la primera bestia que tuvo al alcance, que adoptó su aspecto original de ángel antes de desaparecer en un montón de plumas que fue barrido por la brisa nocturna.
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Mirnak llegó junto a Ubaram mientras esquivaba los zarpazos de algunas criaturas y frenaba con su espada el golpe de alguno de los pocos enemigos armados. El guerrero y el vampiro formaron un círculo para tener las espaldas cubiertas, ya que habían comprobado que era casi un suicidio luchar solo. Anarvin, la ninfa, que había permanecido junto a las raíces de los colosales árboles en los que estaban asentadas las viviendas del pueblo, se concentró y abrió la tierra bajo los pies de los monstruos que habían ignorado la lucha de los dos guerreros en el prado. Muchos de ellos cayeron por las grietas mientras eran enterrados vivos, y otros estaban siendo atrapados por árboles que crecían bajo sus pies y que los envolvían cada vez con más fuerza a medida que crecían hasta que de entre las ramas de los jóvenes árboles se escapaban plumas blancas que flotaban en el aire de la noche. Shail, la bruja, se desplazaba por todo el prado lanzando lenguas de fuego con sus manos, y lanzando de vez en cuando alguna bola de energía a los monstruos que intentaban atacar por la espalda a Ragaj y Ubaram, los cuales agradecían la acción con un asentimiento.
-Me estoy quedando sin flechas –anunció Vit preocupada apuntando a una de las criaturas antes de soltar la flecha, que se clavó entre los ojos de la bestia antes de que desapareciera en un puñado de plumas.
-A mi aún me quedan unas cuantas –le dijo Mirnak, el elfo, dejando al alcance del ángel sus flechas.
Nerk, el ángel, se giró y atisbó el horizonte, estaba amaneciendo, así que aquella lucha por suerte no iba a durar mucho más.
-¡Amanece! –anunció él.
-¡Shail, Ubaram ya habéis oído, os toca! –gritó Ragaj, el guerrero.
Shail asintió y vio encogerse a Ubaram para desaparecer en la sombra de su compañero, el vampiro apareció junto a los árboles del bosque y volvió a producir aquel chirrido. Las pocas criaturas que quedaban se giraron y fueron en su dirección, en cuanto estuvieron apunto de abandonar el prado, Shail alzó un dedo y dibujó un arco que fue seguido en el suelo con un muro de fuego verde que los monstruos no se atrevían a atravesar.
-Acabemos con los que quedan –dijo Asyada extendiendo sus alas recubiertas por plumas negro azache y saltando desde la taberna.
Nerk cogió a Mirnak bajo los brazos e imitó a Asyada, Vit lanzó su última flecha y los siguió abriendo sus alas blancas en la caída y recogió a Shail que la esperaba en el prado para poder pasar sobre el muro de fuego verde que desaparecía en unas horas. Nerk le pasó al elfo a Asyada, ya que ella no tenía la fuerza suficiente para llevar en vuelo a Ragaj, que envainó su espada al ver venir al ángel que le tendía los brazos para cargarlo.
Una vez pasado el muro, solo alcanzaron a ver unos montones de plumas, al parecer Ubaram se había encargado de eliminar a las pocas bestias que quedaban. Asyada avanzó entre la maleza sin ver nada más que árboles, entonces se dio cuenta de que las sombras del bosque se alargaban y se giró bruscamente para ver como los primeros rayos de sol despuntaban en el cielo.
-¿Y Ubaram? –preguntó ella preocupada.
-No lo veo por aquí, conociéndole seguro que está persiguiendo a alguno de los monstruos –contestó Shail tranquilamente.
-Pues debemos encontrarlo ya –el ángel señaló el cielo y todos comprendieron que deberían encontrar rápido al vampiro si no querían perder a un miembro del grupo.
-Mierda –murmuró Nerk.
El grupo corrió por el bosque intentando encontrar cualquier rastro que les
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llevara a su compañero antes de que fuera tarde.
-¡Por aquí! –gritó Anarvin, que se escurría entre la vegetación con la facilidad propia de su especie.
Llegaron a un pequeño camino en el que encontraron unas cuantas plumas, y a lo lejos vieron ondear una túnica negra entre las sombras cada vez más claras.
-¡Ubaram detente! –gritó Asyada, el ángel, corriendo en su dirección.
Shail sacó la delantera al resto del grupo, pero aun estaba demasiado lejos del vampiro. Ubaram estaba tan enfrasco en la caza de la última de las bestias que quedaba con vida que no se había percatado de que sus compañeros lo llamaban, y menos aún de que estaba amaneciendo, el vampiro sostenía su espada en alto para golpear al monstruo en cuanto estuviera lo suficientemente cerca, y eso tendría que ser pronto, porque el bosque se acababa e iba a ser más difícil darle alcance en campo abierto, donde la criatura tendría más libertad de movimiento. Estaba a punto de alcanzarlo cuando vio a lo lejos una cordillera montañosa y como por ella asomaban los primeros rayos de…
-Sol –musitó él aterrado.
Pero cuando quiso reaccionar ya fue tarde, sintió como aquella luz le abrasaba la cara y lo único que pudo hacer fue girarse mientras caía al suelo con un grito de dolor. Shail llegó hasta Ubaram y se agachó junto a él al mismo tiempo que Asyada extendía sus negras alas para cubrir del sol al tembloroso vampiro.
-No te muevas –le dijo la bruja intentando mirar sus heridas.
-No, déjalo, estoy bien –gimió él encogido por el dolor.
-¿Te crees que soy estúpida? –gruñó Shail- ¿Para una vez que te dejo mirarme a la cara no lo vas a hacer?
Asyada contuvo la risa y Ubaram se giró hacia la joven que lo observó con preocupación, el rostro del vampiro estaba en carne viva y también se había quemado parte de la retina de sus ojos a juzgar por el color claro de su iris, que siempre había sido negro azabache y ahora sin embargo era gris.
-¿Puedes contar cuántos dedos tengo? –le preguntó ella enseñando tres dedos.
-Está claro que no muy bien –intentó reír Ubaram, pero el hecho de hacer cualquier expresión facial le producía un insoportable dolor que se reflejaba en sus ojos.
-¿Puedes ayudarlo? –le preguntó Anarvin, la ninfa, con preocupación.
Shail miró con calma al resto del grupo que ya había llegado hasta ellos, y luego situó una mano frente al rostro de Ubaram, que cerró los ojos con cansancio.
-¿Me va a doler? –preguntó él tragando saliva.
-Es posible que sientas un frió que llegue a quemarte -respondió ella antes de inspirar hondo mientras se concentraba cerrando los ojos.
Cuando la bruja abrió los ojos de nuevo, en ellos había un extraño brillo que delataba que estaba sumida en una especie de trance. El resto del grupo no puedo ver bien que pasaba, ni siquiera Asyada que estaba situada detrás de ellos mientras seguía protegiendo al vampiro del sol. Ubaram produjo un quejido y entonces Shail pareció volver en si.
-Ya está como siempre –sonrió ella.
-Gracias, te debo una bien gorda –agradeció Ubaram tanteándose la cara- Aunque no creo que mi belleza vuelva a ser la misma –se lamentó- ¿Tú que opinas?
Como respuesta Shail le dio un golpe con los nudillos en la cabeza y se levantó sacudiéndose la tierra de los pantalones.
-Al final se nos ha escapado uno, y seguro que da la voz de alarma –se lamentó Vit mirando la enorme llanura que se habría ante ellos.
-Esta vez no –repuso Nerk-, ha cometido el error de huir en campo abierto.
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El ángel puso una flecha en su arco y tenso la cuerda, pero el brazo de Vit lo detuvo.
-A amanecido, ya no es un monstruo –le dijo ella con ojos suplicantes-, no puedes matarlo, está indefenso, ahora es uno de los nuestros.
-Vit, has de comprender que jamás volverá a ser un ángel, en cuanto anochezca volverá a convertirse en una maquina de matar –le dijo Nerk tensando de nuevo su arco.
-Nerk, por favor –suplicó ella con lágrimas en los ojos.
El ángel soltó la flecha y desapareció de la vista, aunque un grito ahogado les anunció que había dado en el blanco.
Estaban descansando a la sombra de unos tupidos árboles en los que no entraba ni un rayo de sol. Ubaram se había quedado dormido colgado de una robusta rama, Anarvin estaba acurrucada entre las raíces de otro árbol y dormía profundamente, al igual que Vit, que tenía la espada apoyada en el tronco del mismo árbol y sostenía entre sus manos su arco. El resto permanecía despierto; Asyada y Mirnak estaban construyendo más flechas, mientras Nerk se había ido de nuevo al pueblo a recoger las que habían perdido la noche anterior; Ragaj estaba afilando su espada con mucho cuidado, como si estuviera hecha del cristal más frágil. Mientras tanto, Shail observaba al grupo con atención, como hacía con todo lo que la rodeaba, nunca se cansaba de recoger información sobre su entorno y sus compañeros, era algo que la caracterizaba, y además estaba segura de que gracias a esa cualidad había acabado en aquel grupo.
Entonces recordó el día en el que todos se encontraron y descubrieron algo que les marcaría para el resto de su vida arrastrándoles al peligro que encerraba la noche.
Otra noche en la que los viajantes tenían que refugiarse en una posada, el pueblo estaba en completo silencio, nadie se atrevía a salir a las calles, ni siquiera los gatos maullaban. El aire estaba muy tenso, como si esperaran a que algo viniera a por ellos. Un anciano daba vueltas por el local golpeando las piernas de los que se topaban en su camino, los cuales simplemente gruñían, como si temieran que levantar la voz más de lo debido pudiera poner fin a la tranquila noche.
Shail se dirigía hacia un asiento cerca del fuego cuando el anciano iba a golpearla, pero ella cogió su bastón antes de que la tocara.
-Le aconsejaría no hacerlo –murmuró ella mirándolo con seriedad.
-Un día de estos tu frialdad congelará tu corazón, Shail –le contestó él.
-Buen truco anciano –contestó la joven bruja sin inmutarse- ¿Eres un viejo brujo expulsado de alguna de las seis torres de brujería por la adicción a la bebida?
-Lo único que has de saber de mi es que he venido a buscarte, así que acompáñame –contestó el anciano con seriedad.
-No voy a acompañarte anciano, ya no cumplo órdenes de nadie –le dijo la chica.
-Esto no es una orden, es una obligación –Shail se cruzó de brazos mirando al hombre con cansancio- ¿Nunca te has preguntado porqué siempre que viajas a un pueblo este es atacado?¿Y por qué cuando ocurre eso siente esa impotencia y esa culpabilidad?
Shail descruzó los brazos con lentitud y relajó el semblante, el anciano no necesitó una respuesta y la guió a una mesa en la que ya había otras siete personas sentadas: una chica de ojos tristes con el pelo rubio recogido en una coleta la miró con
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curiosidad; otra chica morena con una coleta alta hecha con pequeñas trenzas se apoyó en el respaldo de su silla cruzándose de brazos; un chico que tenía sobre la cabeza una especie de corona con plumas ni siquiera se molestó en mirarla; uno de los jóvenes sacudió levemente su larga melena rubia dejando entre ver unas puntiagudas orejas de elfo; la otra chica de pelo verdoso recogido en dos coletas y orejas exageradamente puntiagudas, le sonrió levemente; otro muchacho robusto la miró sin soltar su espada que tintineaba al chocar contra su cota de maya; y por último un chico moreno le sonrió mostrando unos colmillos más largos de lo normal.
-Ya estamos todos –anunció el anciano sentándose en la mesa junto a los ocho jóvenes que se miraban con desconfianza-, y por lo que veo necesitamos presentaciones para dejar de mirar al de al lado con desconfianza.
Ninguno del grupo mostró la mínima intención de empezar, así que el hombre tomó de nuevo la palabra.
-Vit –dijo señalando a la joven de ojos tristes-, es un ángel, al igual que Nerk –el chico de la corona asintió-, Asyada es un ángel negro –la joven morena se incorporó un poco-, Mirnak es un elfo, como habréis comprobado todos por sus orejas; Anarvin es una ninfa, cosa que salta a la vista por su pelo verdoso; Ragaj –señaló al chico robusto- es un humano, y según he oído un gran guerrero; Ubaram es un vampiro –el joven moreno sonrió con orgullo-, y la última en llegar es Shail, una bruja que ha sido expulsada de la escuela de brujería.
-Bonita presentación, ¿pero a qué viene todo esto? –preguntó Shail molesta ante el último comentario del hombre.
Todos estaban impacientes ante la respuesta.
-Una vieja profecía habla de que un grupo de ocho guerreros acabará con la maldición de los ángeles –comenzó el anciano.
-Eso es un cuento de viejas –repuso Asyada.
-No, no lo es –contestó molesto el anciano-, es una leyenda que ha sido olvidada en estos últimos siglos porque los guerreros no aparecieron. Pero hoy se han encontrado por fin.
Los ocho se miraron incrédulos.
-¿Para eso me ha hecho venir?¿Para contarnos un viejo cuento? –preguntó la ninfa molesta.
-No es un cuento, en el fondo sabéis que es cierto ¿No queréis saber porqué queréis luchar contra los monstruos de la noche pero nunca os atrevéis porque os sentís solos?¿Cómo si os faltara algo? –ninguno de los presentes dijo nada, pero tampoco cambiaron su cara de escepticismo- Si no me creéis, podéis salir por la puerta y os prometo que nuestros caminos no volverán a cruzarse nunca más –dijo el viejo encogiéndose de hombros.
Aunque ninguno creía en las palabras del anciano, no se movieron de su asiento, por alguna razón sentía que habían encontrado algo que estaban buscando desde hace tiempo.
-¿Me escuchareis ahora? –preguntó el hombre con una sonrisa.
Los ocho jóvenes se miraron entre ellos y luego prestaron atención a lo que el anciano tenía que decirles.
-Como os decía antes, una antigua leyenda, o cuento de viejas, como queráis llamarlo –añadió él al ver como Asyada entornaba los ojos-; hablaba de ocho guerreros que acabarían con la maldición que pesa sobre los ángeles.
-¿Y se supone que nosotros somos esos ocho guerreros? –preguntó Shail con una sonrisa de incredulidad.
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-Exactamente, la prueba está en ese deseo de búsqueda que os ha alejado de vuestro hogar, el cual os llevaba a encontraros; y el empeño en ser mejores que el resto de los demás os ha preparado para la lucha que deberéis librar noche tras noche hasta poder romper esta larga condena –finalizó el anciano que no se había sentado a la mesa.
-¿Y como se supone que debemos acabar con la maldición? –preguntó Vit.
-No lo sé –respondió el hombre encogiéndose de hombros-, eso debéis averiguarlo vosotros, es vuestra misión.
-Ya he escuchado demasiado –saltó de pronto Anarvin levantándose con brusquedad-, no abandoné a mis hermanas para escuchar cuentos para niños; se me prometió un remedio contra esa asquerosa plaga que se esconde en nuestros bosques, y no la estoy viendo.
-Yo de ti no saldría ahora, estás en medio de un pueblo y no en un bosque, aquí no puedes desaparecer con facilidad –le dijo el anciano para que no se fuera.
Pero la ninfa ya había recorrido el local, y estaba apunto de abrir la puerta cuando los ocho notaron como la temperatura bajaba y como la luz del local se volvía más tenue. Se extrañaron, porque nadie más pareció darse cuenta. Pero aun así algo les impulsó a seguir a la ninfa, que se había quedado plantada en el arco de la puerta con esta abierta.
-Están aquí –musitó Nerk al llegar a la puerta.
Por las calles del pueblo caminaban unas criaturas de piel oscura. La poca gente que había en la calle principal se apartó con pánico al verlas y corrieron hacia sus casas intentando no hacer ruido, ya que los monstruos parecían no haberlos visto.
-¿Por qué no atacan? –preguntó Ragaj extrañado desenvainando su espada con calma.
-Ni idea-respondió Mirnak sorprendido.
Entonces un grito desgarró el cielo nocturno y todas aquellas criaturas que hasta el momento parecían inofensivas, rugieron mientras corrían en la dirección del grito.
-Les atraen los sonidos agudos –sonrió Ubaram con sorpresa.
-¿Qué hacemos ahora? –preguntó Vit nerviosa.
-¿No ha quedado claro?-contestó Ragaj- A por ellos.
El guerrero se adentró en la calle y corrió tras las bestias que casi habían desaparecido de la vista.
-¿Por qué correr?-rió el vampiro caminando con calma- Dejemos que vengan a nosotros.
Todos lo miraron extrañados, pero comprendieron lo que quería decir Ubaram cuando este abrió la boca produciendo un fuerte y agudo chirrido.
-No está mal –comentó Shail adentrándose en la calle mientras veía venir de nuevo a las criaturas.
El vampiro le sonrió con aire de superioridad, pero la bruja lo ignoró preparándose para la lucha.
Ninguno de los ocho olvidaría jamás aquella noche, en la que sus vidas parecieron cobrar sentido de repente, no era la primera vez que alguno de ellos se enfrentaba a aquellos monstruos; pero por una vez se sentían imbatibles, capaces de hacer cualquier cosa, porque sabían que entre todos suplían la carencia del compañero. Desde aquella noche fueron conocidos como Arcángeles y desde entonces no se habían vuelto a separar, hacía ya tres meses; lo único que les resultó extraño, es que no volvieron a tener noticias del anciano, los pueblerinos incluso, no recordaban haberlo visto.
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