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Fiction » General » Con agujas font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Ahuitl
Fiction Rated: K+ - Spanish - General - Reviews: 4 - Published: 04-26-06 - Updated: 04-26-06 - id:2162125

Con agujas.

La madeja había rodado y caído de la mesa. Aquel estambre amenazaba con ensuciarse, aún sin pertenecer a una prenda, y sin persona alguna que fuera causante de ello. Se apresuró a recogerlo.

Aquella prenda que tejería debía ser lo mejor que pudiera hacer.

¿Con agujas o gancho?, se preguntaba mientras imaginaba el aspecto futuro de aquel trabajo.

El estambre volvió a caer de sus manos, rápidamente lo recogió y prosiguió a asegurarlo para que no cayera más.

Era una hermosa madeja, un estambre esponjoso que pedía convertirse en una acogedora bufanda para cobijarse en un día nublado y con viento frío.

Afuera se veía un día radiante, lleno de luz y calor de verano. Los árboles ofrecían un buen resguardo para los rayos de sol que en aquel momento pegaban en pleno. Tal vez no era el instante para tener ideas sobre un clima nublado y frío; la culpa la tenía aquel estambre que continuaba esperando ser tejido.

Sabía a quien le tejería la bufanda. Sería un regalo de cumpleaños, tomando en cuenta que su cumpleaños era a mediados del otoño, tiempo perfecto para un regalo de ese tipo; tal vez un poco adelantado para los fríos venideros, pero ocasión perfecta para el regalo; considerando que tenía muchos días fríos por delante para usarla; para portar muy seguido aquella bufanda que le pensaba hacer.

Su madre le enseñó a tejer. No lo hacía muy seguido, aún así, no olvidaba como hacerlo.

-“Agujas”- pensó,- “con agujas saldrá como lo imagino”. Y comenzó a tejer. Cargó puntos con destreza y la prenda a sus ojos comenzó a tomar forma una vez que inicio con los ‘derechos’.

Era un día radiante, la luz que entraba era perfecta y el tejido avanzaría mucho con ayuda de aquella buena iluminación. Siempre prefería tejer de día. De noche los ojos se le cansaban más y el estambre no le parecía que luciera tan bien como ahora.

Tejía pensando en lo bien que se sentiría una vez que le viera con su bufanda. Aquella madeja alcanzaría. Era perfecta. No haría falta más. Tenía la seguridad de eso. El color era el exacto. Ni muy oscuro, ni muy claro.

Contaba puntos para alguna figura que le haría, no debía perder la cuenta si deseaba que quedara perfecta.

Estaría al pendiente para que no le viera haciéndola. Debía ser sorpresa. Tiempo para hacerla lo tenía de sobra. No debía equivocarse. Lento pero seguro debía ser aquel trabajo. Constante y tal vez un poco monótono, pero nunca desagradable.

Lo que ocurriera a su alrededor no le importaba, con la luz perfecta del día para trabajar y nada más hacía falta ... claro está que solo el estambre y las agujas.

Las agujas... por un momento dudó. Un bloqueo le vino de pronto; olvidó por una fracción de segundo como debía continuar. Le llegó con claridad a su mente el rostro de aquel a quien quería arropar con aquella bufanda, que seguía esperando ser terminada.

Empezó el atardecer. El día obtuvo matices rojizos, reflejos que cayeron sobre su estambre, sobre sus manos y la labor que hacía. Aquel repentino, a su parecer, cambio de iluminación, tornó diferente su perspectiva de las cosas.

El estambre obtuvo un tono rojo, para nada parecido al que originalmente tenía. Un ligero cosquilleo recorrió su mano, como si algo escurriera de ella, algo tibio que resbalaba lentamente.

En su mente, recuerdos comenzaron a llegar, uno tras otro, golpeando su tranquilidad como si fueran lanzado desde todas partes fuera de su cabeza, con la intención de llenarla de imágenes confusas y que de momento parecían no tener relación unas con otras. Pasaban con rapidez, fragmentos que llegaban y llegaban: Un día caluroso, una ventana y alguien saludando dentro, unas agujas de tejer, un beso de despedida, de nuevo las agujas, una fiesta de cumpleaños, una mesa con la cena servida...

La sucesión de recuerdos, en menos de un parpadeo llevó a una secuencia que le goleó como si alguien por detrás le hubiera asestado un golpe: Dos personas en un beso de despedida, las agujas, una mirada sorprendida y vacía.

Trató de llevarse las manos a la cabeza, como intentado detener el flujo de todos aquellos recuerdos, pero al levantarlas, solo pudo ver su mano manchada, aquel matiz rojo de la tarde parecía haber manchado sus manos. Creyó ver aquella luz rojiza resbalando por sus dedos, que, como si fuera luz derretida, había manchado el tejido.

Tocaron la puerta. Se oían gritos. Oía su nombre y súplicas de que abriera.

Como si despertara y recordara un sueño, supo lo que pasaba.

Miró lo que tenía en sus manos. Aquel tejido que había comenzado se encontraba manchado. Manchado por sus manos y las agujas que aún conservaban rastros de aquella luz derretida, de la que hace algunos momentos, tal vez horas, había apagado en el cuarto de al lado, al clavarle en su corazón mentiroso, las agujas que aún sostenía en sus manos.




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