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No todo es a su tiempo.
Le dijo que la quería, que fuera su novia, que deseaba estar con ella. Ella lo había mirado con cierta condescendencia, con una ternura que sintió como bofetada al mismo tiempo que pronunciaba aquellas palabras: “No nos conocemos bien, y de todas maneras no creo ser tu tipo, mejor lo dejamos así”.
Dijo un hasta luego, le dio un beso en la mejilla, y cruzó la calle como si nada.
Perplejo la vio hacerle una seña a un taxi, abordarlo en un instante, y desaparecer en medio del tráfico.
No tuvo tiempo de decir algo, de dar argumentos, razones, motivos. Simplemente lo hizo a un lado y ... se fue.
Tanto que lo estuvo pensando, escogiendo el momento adecuado, todo a su tiempo; el día, la hora.
¿Acaso era un ser repugnante?¿No le había demostrado su interés en ella de un tiempo para acá?¿Porqué ni si quiera lo consideró un poco?
Tenía tiempo que la conocía, que había platicado con ella, muy poco realmente, pero no era impedimento para darse cuenta de la clase de persona que es, lo inteligente, sensible y especial que era ella.
Una oportunidad era lo que esperaba al menos, un “vamos a intentarlo” o “veremos que pasa más adelante”, quería escuchar. Sin más, se fue, como si él simplemente le hubiera preguntado que opinaba del clima.
Fue su última oportunidad. El ciclo escolar había terminado, ya no la vería más en clase. La preparatoria había terminado. En un par de meses entraría a la universidad. Ella ya no estaría como siempre en la escuela, se iría también a estudiar a otra parte.
Sintió el corazón oprimírsele en el pecho. Una lágrima brotó de repente y se la limpió enseguida. “Los hombres no lloran”- pensó- “... no en la calle”. Y con paso lento se dirigió a su casa, a su cuarto, el lugar más propicio para hacerlo a solas.
“No nos conocemos bien, y de todas maneras no creo ser tu tipo, mejor lo dejamos así”. Fue lo que se oyó decir, y que con mucho tiempo, ya sabía, debía decirle.
“Hasta luego, que te vaya bien” le dijo, y en un leve beso en la mejilla, le dejó una parte de si. No pudo estar más tiempo. Cruzó la calle casi sin sentir. Deseaba escapar. Abordó el primer taxi que vio, y huyó.
Ni pensar en eso debía. No era posible. Había previsto ese momento desde hace un tiempo.
Cuando lo conoció al principio del curso, vio en él a un muchacho inteligente, tímido, con unos lentes que le asentaban tan bien. De inmediato le cayó bien.
El curso avanzaba y sentía un especial afecto por él. Al final de la clase a veces comentaban sobre algunas cosas que no habían quedado claras. Platicaron también en algunas ocasiones, de cosas fuera de la escuela. Pláticas muy cortas y no muy frecuentes, por el poco tiempo libre que tenían entre clase y clase.
Sintió algunas atenciones de él para con ella. Imperceptibles, pero notaba la intención, no era tonta. Fue cuando supo que llegaría el momento en que, aunque tímido, se armaría de valor para decirle aquello que escuchó esta tarde. Lo sabía, sabía que sucedería y lo había previsto. No podía ser. Había una diferencia de intereses, aunque no de afinidades. Si lo hubiera conocido antes. Era casi como había soñado que existiera alguien así para ella. Antes, pero no ahora.
Debía continuar sus estudios. Le habían dado una beca en Europa. No podía rechazarla, ¡Tanto que la había esperado!. Pero... ese no era el impedimento principal.
¿Cómo pudo prever, que cuando le ofrecieran aquel trabajo de asistente, mientras esperaba la beca para su maestría, en el laboratorio de aquella escuela, encontraría el amor? ¿Cómo darse o darle alas sabiendo que diez años de diferencia son muchos, en ciertas circunstancias de la vida?. Todo debe ser a su tiempo.
Atesoraría para siempre aquellas palabras que le dijo, el cuanto deseaba estar con ella, y cuanto la amaba. Era doloroso y al mismo tiempo hermoso recordar aquello que salieran de sus labios. De aquellos labios que nunca besaría.
-Tenga usted este pañuelito, señorita- dijo, al mismo tiempo que le daba un pañuelo desechable mientras estaba la luz roja.
-Disculpe usted, -continuó- no sé que le haría su novio, pero creo que se sintió culpable por lo que le hizo. Debió de haberle visto la cara cuando usted subió a mi taxi.
No había acabando de decir esto, cuando las lágrimas silenciosas de la joven, se convirtieron en un mar de llanto. El taxista decidió no volver a decir nada más. Al fin y al cabo, eran asuntos que no le incumbían.