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¡Hola!
Hace tanto tiempo desde mi último post que supongo que ya ni os acordaréis de mi historia (Anaís se enamoraba de su profesor Pablo, éste pasa de ella hasta que, cuando se da cuenta de sus sentimientos, Ana está saliendo con Bruno... ((sí, pésimo resumen, pero espero haberos refrescado algo la memoria)). También sé que en su día me pedisteis una continuación, un epílogo, y yo dije que no... :( Pues ahora han vuelto a insistirme desde otra pagina donde estoy colgando la historia y al final cedí...
En fin, este es el resultado. Sé que muy poca gente, casi nadie, leerá este epílogo, perolo cuelgo para que si alguien comienza ahora a leerse la historia, pueda leerse un final como las antiguas lectoras pedían... :D
Dedicado a Ana Belén (Ambel), por sus emocionadas palabras y su insistencia para que hiciera un epílogo de la historia que acabó con sus uñas :D
30. Epílogo
-¡Mierda¡Asco de coche…!- Pablo golpeó con su mano el volante.
-Quizá si no lo maltrataras e insultaras tanto, no te dejaría tirado en la cuneta.
El hombre se volvió hacia Anaís con los ojos entornados.
-¿En serio?
-Por supuesto…- la muchacha se inclinó hacia el salpicadero y lo acarició con ambas manos-. Eres un cochecito tan precioso; un auténtico amor; el más maravilloso de todos los coches, y vas a funcionar¿verdad que si?
-¡Oh!- exclamó Pablo-. Que te referías a eso… Verás, pensaba hacerlo, pero es que me daba cosa por si te ponías celosa por dedicarle piropos a alguien que no eras tú. Aunque…- Pablo observó las manos de la muchacha, que seguían acariciando la guantera- lo cierto es que excita bastante.
Ana Isabel, sobresaltada, apartó las manos del salpicadero, lo que provocó que Pablo riera de buena gana.
-Sigues siendo tan inocente…- se desternilló.
La muchacha frunció los labios y, prefiriendo no decir nada, se puso a mirar por la luna del coche.
-Diluvia.
Él, controlada de nuevo su risa, asintió e intentó arrancar una vez más el coche, pero el motor no cobró vida. Suspirando, se retorció en su asiento hasta sacar de su bolsillo su móvil, que tendió a Anaís.
-Llama a tu padre y dile que… dile que nos volvemos a tu casa. Explícale lo que nos ha pasado.
La muchacha asió el teléfono y marcó de cabeza el número de Paco.
-Papá- dijo cuando, tras varios tonos, alguien descolgó-. Soy Anaís.
-Dime, cariño. ¿Dónde estáis?
-El coche que le han dejado a Pablo ha vuelto a escacharrarse, nos hemos quedado en la cuneta, a menos de un kilómetro de casa.
-Vaya. ¿Entonces qué vais a hacer?
-Pues ya es demasiado tarde como para que vengáis a por nosotros desde el camping, así que mejor nos volvemos a casa andando. Mañana por la mañana llamaremos a un mecánico para que revise el coche y en cuanto este trasto vuelva a funcionar, vamos para allá.
La muchacha guardó silencio entonces, esperando la respuesta de su padre a aquel plan, pero Paco no contestó.
-¿Papá¿Sigues ahí?
-Sí, cariño. Pásame con Pablo, por favor.
Todavía con el celular en la oreja, Anaís se giró hacia su compañero, que la observaba con atención.
“Quiere hablar contigo” le advirtió, moviendo tan sólo los labios.
Él, por suerte, pareció entenderla y alargó la mano con un gesto en la cara que la muchacha no pudo identificar.
-Hola, Paco- saludó, girándose hacia la ventanilla.
Inquieta, Anaís llevó su mano hasta la de Pablo y entrelazó sus dedos con lo de él, que correspondió a su gesto pese a no volverse para mirarla.
-Por supuesto, Paco. Sabes que sí… No, claro que no.
Estuvieron así durante un rato que desquició a Anaís. Tanto fue así, que la muchacha estuvo a punto de arrebatarle el teléfono a Pablo y gritarle a su padre que los dejara en paz. No obstante, antes de que pudiera dar rienda suelta a su impulso, el hombre colgó.
-¿Qué te ha dicho en esta ocasión?- le preguntó Ana Isabel con una furia que no pasó desapercibida a Pablo.
-No te disgustes con tu padre, Belinda. Todavía le resulta raro lo nuestro y es lógico que sea protector.
-No, no es lógico- discrepó ella con el ceño fruncido.
Pabló se inclinó hacia ella y la besó fugazmente en los labios.
-Sabes que si lo es. Y ahora coge los chubasqueros y vámonos.
-¿Chubasqueros?- interrogó Anaís.
-Si ya sabes. Esas cosas plastificadas que sirven para que no te mojes…
La muchacha adoptó el mismo tono guasón que su compañero cuando replicó:
-¿Esas cosas que me dijiste que no tenía por qué traer ya que no iba a llover, y si lo hacía, íbamos a estar a cubierto?
-Mierda.
- ¿Mierda? No, no es mierda- negó Ana Isabel-, lo que nos espera es agua.
Y tanta agua que les aguardaba. Fuera llovía como si algún gracioso se dedicara a tirar cántaros de agua desde un puesto privilegiado en las nubes, y pese a correr con todas sus fuerzas y energías, a medio camino ya iban completamente calados.
-Dioses… vamos a encharcar la casa…- se lamentó Anaís al ver como, al abrir la puerta y poner un pie dentro de la hospedería se formaba un charco a su alrededor.
Pablo, asiéndola por la cintura, la obligó a entrar un poco más y cerró la puerta tras ellos.
-¿Te preocupa mojar un poco el suelo?- la recriminó-. Lo que vamos a coger es una pulmonía como no nos cambiemos pronto de ropa…
-Cierto…- la muchacha dio un paso hacia el comedor, donde empezaba la escalera que llevaba a la segunda planta, pero de pronto sonrió y se volteó hacia Pablo-. ¿Sabes a qué me recuerda esto? A Castril…
Él sonrió también al recordar el pasado, pero el frío que sentía hizo que sus dientes castañetearan, por lo que pronto su cabeza estuvo de vuelta en el presente.
-Sí, cierto aire se da… pero por favor, ve a buscar ropa.
Anaís se hizo de rogar un instante más.
-¿Me prometes que después nos meteremos debajo de un saco como en aquella ocasión?
-Por supuesto, y esta vez te abrazaré de verdad, no lo dudes.
Esbozando una amplísima sonrisa, la muchacha se dio media vuelta y se perdió en el interior del salón mientras comenzaba a deshacerse de la camiseta. Él la siguió más lentamente, y si hubiese sido dueño de si mismo, le habría dicho a Anaís algo que la habría puesto completamente colorada cuando contempló que, por el camino, la muchacha también se deshacía de los pantalones. Mas en aquella ocasión no fue capaz, al menos no mientras contemplaba lo que contemplaba.
-Esto… Belinda- dijo ensimismado-. Mejor te espero aquí.
-Como quieras- replicó la muchacha sin volverse mientras ascendía al trote las escaleras.
Se metió en su habitación y se puso la ropa de andar por casa que mejor le quedaba. Después fue a la habitación de su hermano (la ropa de su padre le vendría demasiado holgada a Pablo) y buscó prendas para él, tras lo cual fue al cuarto de baño y, cogiendo unas toallas, bajó de nuevo al salón.
-¿Qué haces encendiendo la chimenea?- se sorprendió.
-Para que entremos en calor- contestó Pablo mientras se agachaba junto a la pequeña pira que había hecho y soplaba sobre una ramita incandescente.
-Aquí te dejo la ropa; es de Delfín, porque la de mi padre no creo que te quedara demasiado bien…
-Tampoco me sentiría a gusto contigo llevando ropa de tu padre- murmuró Pablo más para si que para la muchacha, pese a lo cual, ella lo oyó.
-Voy a buscar las mantas- dijo ella como si no hubiera oído el comentario-. Ahora vuelvo.
Una vez más, subió a la segunda planta y se hizo con dos colchas. No tardó mucho en estar de nuevo en salón, pero Pablo parecía haberse dado prisa y ya estaba terminando de vestirse con ropa seca para cuando ella llegó.
-Te sienta bien- admiró Anaís.
-Demasiado ajustada.
-Exacto…
Pablo, que todavía estaba de espaldas a ella, se volvió con rapidez.
-¡Oye! Pero que pervertida…
Ana Isabel soltó una carcajada mientras extendía las mantas en el espacio que quedaba entre la chimenea y el sofá. Una vez lo tuvo todo a su gusto, se sentó sobre ellas y miró a Pablo con la cabeza apoyada en una mano.
-No dormiremos como en Castril ¿verdad? Quiero decir… me gustaría echarme y abrazarme a ti, pero para hablar o lo que sea, no para dormir.
El hombre, divertido por las presurosas y turbadas palabras de Anaís, se sentó a su lado.
-¿Qué te parece contemplar el fuego en silencio?
-Pues suena aburrido…- contestó Ana seriamente, mas despfuego en silencio?r o lo que sea, no para dormir. cuando ella llegués se inclinó hacia Pablo y, antes de besarle, dijo sonriendo-: pero muy romántico…
Sus bocas se unieron de nuevo, como tantas veces desde la boda, y sus labios se movieron al unísono, fundiéndose sus lenguas y su carne.
-Pinchas- murmuró Anaís, separándose tan sólo unos centímetros. Acarició con el dorso de la mano la mejilla de Pablo, notando los pelillos que ya comenzaban a salir.
-Tú estás muy suave- replicó él, besándola de nuevo y llevando sus manos a la cintura de la chica-, muy, muy suave.
La joven contestó a sus caricias, pero al poco comenzó a reírse.
-¿Por qué…?- interrogó Pablo, entre molesto y desconcertado.
-Ahora tus pelillos me hacen cosquillas…
El hombre puso los ojos en blanco y, alejándose de ella, agarró un cojín del sofá. Lo echó sobre las mantas y acomodó en él su cabeza, tendiéndose cuan largo era frente al fuego que ya ardía vigorosamente.
-Pues dejémoslo, no me gusta que la chica a la que estoy besando se descojone en mi boca.
-Es descojonarse en la cara de alguien, no en la boca de alguien- dijo Anaís, tumbándose a su lado y apoyando su cabeza sobre el pecho de Pablo. No le pidió perdón porque sabía que él no estaba verdaderamente herido en su ego.
-Pero es que en este caso era en mi boca. Tus labios estaban ahí, temblando alocadamente…
La joven se incorporó un tanto y arrimó su cara a la Pablo, rozando con su nariz la de él de forma juguetona.
-¿Y no se suelen mover siempre de forma alocada cuando están sobre los tuyos?
-No, claro que no. Lo hacen de forma… maravillosa.
Como premio a aquellas palabras, Anaís lo volvió a besar.
Sentía a Pablo muy cerca de ella. Aproximarse más le parecía imposible… pero entonces el francés dejó vagar su mano por su muslo, culo, cadera y cintura y la muchacha, involuntariamente, se arrimó más a él.
Pablo todavía se mantenía respetuosamente sobre la ropa, y Ana Isabel, intuyendo su indecisión, rompió el contacto de sus bocas. Quería demostrarle que no era una niña, que sabía lo que quería y hacía…
Sus labios siguieron la mandíbula de él hasta hallar una zona libre de pinchosos pelos y allí volvieron a besar la piel de Pablo, que se estremeció y soltó un breve gemido al sentir la boca de la muchacha descendiendo por su cuello.
-Belinda…- murmuró llamándola.
Los dedos de ella habían intentado abrir paso a su boca a través de l cuello de la camisa y, al no haberlo logrado, habían comenzado a retirar la camiseta por el torso.
-¿Si…?- preguntó ella vagamente, concentrada en el sabor de Pablo.
-¿Estás segura de esto?
La muchacha sintió una opresión en el pecho al oír aquellas preguntas, pero sí, estaba decidida a llegar a donde tuvieran que llegar. Posó la palma de su mano contra el pecho de Pablo, notando el frenético bombeo de su corazón, y aquello la alentó. Separó sus labios de la ardiente piel de él y lo miró a los ojos.
-Sí.
-¿Completamente?- insistió él.
La joven, con el corazón a punto de salírsele por la boca, se tumbó sobre él.
-Completa y absolutamente.
Rodaron por el suelo, y antes de que Anís se diera cuenta, Pablo la había desnudado. Ahora arriba, ahora abajo y las habilidosas manos de él se libraron de las ropas de ambos en tan sólo un suspiro.
-¿Tú y…¿No…?- Pablo, sintiendo en cada centímetro de su piel que Anaís temblaba bajo él, le acarició tiernamente la cara, conmovido por la sospecha.
-No, jamás- replicó la muchacha en un hilo de voz, sabiendo que su compañero se refería al sexo entre Bruno y ella.
Pablo la besó de nuevo, sacudido por una oleada de pura y salvaje emoción.
-Tranquila- le susurró-. No te haré daño, lo prometo… tranquila…
Pese a su intento de calmarla, Pablo no estaba en absoluto sosegado. En su interior había un mar embravecido que le instaba a entregarse a la pasión por completo pero que a la vez le advertía de la debilidad, inexperiencia y miedo de Anaís.
No podía ser brusco con ella, no se merecía eso…
-Te quiero, Belinda. Te quiero…- su voz fue apenas un susurro que escapó entre sus labios mientras lenta, muy lentamente la hacía suya.
He hecho todo lo que he podido, y simplemente espero que no parezca un pegado postizo con respecto al resto de la historia y que, si alguien llega a leerlo¡¡¡le guste!!! jejeje. ;)
Por cierto... muchísimas gracias a todas las que dejaron reviuw en el capítulo 29 :D