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Author: La Maga
Fiction Rated: T - Spanish - General - Reviews: 2 - Published: 06-22-06 - Updated: 06-22-06 - id:2197756

RQP

Oscuridad. Pasos. Una puerta se abre al final de un húmedo pasillo, dos hombres la atraviesan. Luego de intercambiar unas pocas palabras, se acercan. El más joven rebusca entre las tantas llaves que cuelgan de su cinturón la que corresponde a mi celda.

Hoy comenzó la primavera.

Miro las paredes que me han contenido estos últimos diez años. Miro mi cama, mis cosas. Siento la voz del joven custodio llamándome. Mi hora ha llegado. Lentamente me dirijo hacia él. Extiendo mis manos para que me coloque las esposas. Miro mi celda una vez más. Un dorado rayo de luz se cuela por la diminuta ventana. Portal al mundo exterior. Recordatorio de lo que me fue arrebatado. Ese agujero en la pared que ahora muestra un trozo del firmamento.

Recuerdo tus ojos azules.

Mis pies comienzan a moverse. Solo el sonido de mis pasos retumba en la amplia habitación. El pasillo parece más largo de lo habitual. Intento encontrar la mirada de mis custodios, pero estos bajan la cabeza. Cruzamos la puerta. Un cura se une a la comitiva y comienza su sermón. Palabras como alma, arrepentimiento y Dios escapan de sus labios. Mi mente no logra encontrarles un significado.

Rememoro tu cálida sonrisa.

Más puertas de gruesos barrotes negros. Otro guardia aparece ante mí y abre la reja. Nadie me mira a los ojos. El cura continua murmurando. Ahora dice algo sobre redención. No le doy importancia, no se puede redimir un alma inocente.

Nuestro jardín debe estar floreciendo.

Suena el despertador. Luego de dar unas vueltas en mi cama me levanto. No tengo prisas, no tengo ningún caso que atender. Voy hacia la ventana y la abro de par en par. La brisa primaveral invade mis pulmones. El aroma fresco de las mañanas soleadas siempre ha logrado reconfortarme, pero no hoy. Un sentimiento de culpa inquieta mi alma.

Han pasado tres días desde que se dictó la sentencia. Luego de años de aplazamiento el caso se cerró. Ciertamente puedo decir que fue el caso más difícil que tomé en mi vida; así me fue. Hoy ejecutan a mi cliente.

Sigo preguntándome por qué tomé el caso sabiendo que era una batalla perdida. Será que algo de esa indignación ante lo injusto aun se conserva en mí. Tal vez fue porque representaba un desafío para mí, siempre me gustó probarme a mi mismo. Quizá me dejé deslumbrar por el prestigio que obtendría si desempeñaba bien la defensa. O puede haber sido una suma de todas, no lo sé.

Hace tres días que padezco de insomnio. Me tortura el pensar que podría haber hecho más. Intenté hasta el cansancio encontrar las evidencias que probaban la inocencia de mi cliente. Moví todos mis contactos. Hablé con todas mis fuentes. Fue inútil.

La magnitud del caso excedió mis límites. Había defendido sospechosos de homicidio culposo antes, pero esta vez gente muy influyente estaba involucrada. Gente poderosa que compró su inocencia moviendo los hilos de un sistema corrupto. Plantaron evidencia para inculpar a un pobre diablo, cuyo único crimen fue encontrarse en el momento preciso en el lugar equivocado.

Me dirijo hacia la cocina y me sirvo un café. Me desplomo en una silla cercana, mis pensamientos me torturan. Sobre la mesa, el diario de hoy. Una foto de mi cliente sale en primera plana. Comienzo a leer.

El fin de la controversia.

Hoy ejecutan a Gustavo Rodríguez. Luego de diez años de injustificados aplazamientos, el pasado martes el juez cerró el caso Antonia Ríos.

Tiro el diario. El artículo es tan solo otro resumen más de lo acontecido durante el juicio. ¿Podría haber hecho algo más? ¿Fue mi defensa suficientemente sólida? Estas preguntas rondan mi mente. El sentimiento de impotencia crece en mi interior. ¿Cómo derrocar la impunidad que otorga el poder? Suena el teléfono.

Puerta tras puerta, habitación tras habitación, voy recorriendo el camino que me lleva a mi destino final. Escucho el trinar de un ave. Me detengo. Mis custodios me apremian para que continúe la marcha. Les suplico que me dejen salir un momento. Sentir por última vez el aroma de la primavera, la calidez del sol acariciando mi rostro.

Tus suaves manos vienen a mi mente.

Discuten mi petición por unos minutos, que para mi son eternos. Me miran a los ojos, por primera vez desde nuestro encuentro. El más joven aparta su mirada rápidamente. Puedo sentir como la culpa les carcome el alma. Ellos saben que es un error, que van a acabar con la vida de un hombre inocente.

¿Seguirás esperándome?

Me acerco a él. Como puedo pongo mis manos en su espalda. El joven se sobresalta y trata de apartarse. Mis labios comienzan a moverse. ‘Te perdono’. Solo esa frase logra salir de mi garganta.

El sonido de tu risa está grabado en mi memoria

Él levanta la cabeza. Nuestras miradas se conectan. El tiempo se detiene. Veo asombro en los ojos del joven hombre. Su cuerpo se relaja. Mira a su compañero, quien asiente con la cabeza. ‘Está bien, te llevaremos afuera…pero solo un momento’. Sonrío.

Me gustaría verte una vez más.

Salgo precipitadamente de mi casa. No puedo creerlo. Esa llamada fue totalmente inesperada. Apenas tuve tiempo de juntar los papeles del caso, pero eso no importa. La prueba que demuestra la inocencia de mi cliente estará en mis manos dentro de unos minutos. No obstante, una pregunta ronda mi mente. ¿Por qué ahora?

Tomo un taxi. No hay tiempo. Recito la dirección y exijo, desesperado, al conductor que se apresure. A través de la ventanilla veo a la gente caminando tranquilamente por al acera. Miro mi reloj. Queda una hora.

Inspiro profundamente. El calor del sol sobre mis mejillas es como una caricia para mi espíritu. Un ave sobrevuela este maldito lugar, ostentando la libertad que aquí se les niega a los hombres. Me dejo embriagar por las sensaciones, los sonidos, las fragancias.

¿Me recordarás cada día, como yo te recuerdo a cada segundo?

Diviso el lugar de la cita, un café solitario en una esquina. Saco unos billetes del pantalón y le pago al conductor. No tengo tiempo que perder. Le digo al taxista que conserve el cambio y me arrojo a la calle.

Me acerco al café esquivando a los peatones. Entro a la derruida estancia. Recorro el lugar con la mirada, buscando. Un hombre, sentado en una mesa al fondo, me hace una seña imperceptible. Me acerco.

‘Vamos’ dice una voz a mis espaldas. Me doy vuelta y retomo el camino. No hay nada que hacer. Bajo la cabeza. Un suspiro de resignación escapa de mis labios.

Evoco tu figura en el jardín.

El hombre que esta frente a mi me mira como pidiendo disculpas. Estimo que tiene unos cincuenta años. Le pregunto por qué no llamó antes, por qué esperó tanto. Silencio. Me acerca un paquete que está sobre la mesa y comienza a hablar.

Me cuenta que su familia estaba bajo amenaza, que él estaba asustado. De nuevo ese sentimiento de indignación. Explica que lo que lo decidió a llamarme fue el remordimiento. Dice que su conciencia lo estaba torturando, que pasaba las noches en vela pensando, culpándose por su cobardía.

Intento agradecerle. Él se levanta. Sus ojos van de un lado a otro. Hay miedo en su mirada. Rápidamente se dirige hacia la puerta del café. Voy tras él, intentando detenerlo. ‘Ya tiene lo que buscaba’ es lo único que dice antes de perderse entre la muchedumbre que transita las calles de la ciudad.

Nos detenemos. La puerta que está frente a mi se abre lentamente dando paso a una pequeña habitación. En el centro de esta, dentro de un cubículo de cristal reforzado, mi verdugo. Ingreso a la sala. Hay algunas personas sentadas frente al cubículo. Mi corazón se detiene. Ahí estas tú. Las lágrimas surcan tu hermoso rostro. Me miras dulcemente, yo te devuelvo una triste sonrisa.

Gracias.

Intentas acercarte, pero te detienen. Logras escapar de tus captores y continúas avanzando. Te detienes frente a mí. Ya nada importa. Tus brazos me rodean, tu perfume invade mis pulmones. Soy feliz. Mis labios se acercan a tu oído y pronuncian dos únicas palabras.

Te amo.

Rompes el abrazo y me miras. Tus ojos inundados en llanto. Nada más existe, solo nosotros. Me regalas un último beso, una última sonrisa, una última mirada. Con la voz cortada te pido que te vayas, no quiero que me recuerdes así. Intentas negarte, pero te suplico. ‘Todo va a estar bien’.

Quiero que seas feliz.

Asientes levemente. Observo como desapareces por la puerta. La entrada del cubículo se abre. Avanzo. Un hombre me quita las esposas y me sienta en la silla. Mi tiempo acabó. Expiro. El hombre ajusta las correas que hay en los brazos de la silla sobre mis antebrazos, mientras su compañero me coloca los electrodos.

Adiós.

Corro por los pasillos levemente iluminados. El tiempo se acaba. De mi depende la vida de este hombre. En mi portafolio está su salvación, su libertad. Las luces parpadean. El portafolio resbala de mis manos. El sonido del golpe retumba en las paredes. Demasiado tarde.

Siento como la corriente me recorre. Mi cuerpo se tensa y se retuerce. Cierro los ojos. Imágenes llegan a mi mente. Tus ojos. Tu sonrisa. Las flores. Nuestro pequeño jardín. La expresión de tu rostro cuando te arrebaté un primer beso. Tu mirada sorprendida cuando me encarcelaron. El parque y sus atardeceres. Mis cuadros. Tus libros. Nuestra casa. Todas pasan frenéticamente ante mis ojos. Una tras otra, hasta transformarse en un torbellino de colores, de aromas, de sensaciones. Luz.



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