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Fiction » Fantasy » La Granja de Unicornios font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Suisei Lady Dragon
Fiction Rated: K - Spanish - Fantasy/Adventure - Reviews: 1 - Published: 07-08-06 - Updated: 07-08-06 - id:2208324

La Granja de Unicornios


Érase una vez, en un lugar muy apartado, una granja. De esas que son enormes y están casi ocultas entre el paisaje. En un pequeño letrero de madera leía: "Granja de Unicornios". Los establos, muy limpios, estaban llenos de unicornios. Los había de todos los colores, blancos, negros, rubios, pintos, alazanes, morenos, en fin, de todos los colores que pudieran existir. Pero los unicornios de esa granja no tenían magia, nadie sabía el por qué, ni tan siquiera el mismo granjero. El decía que les había quitado la magia y la había embotellado para impedir que escaparan. El precio que le había puesto a la botella era tan alto que nadie había logrado pagarlo, ni el más rico de los reyes de la tierra. Así el granjero ocultaba el hecho de que sus unicornios no tenían magia, aún así, los animales se vendían muy bien.

El granjero no era un hombre malo, al contrario, trataba de que los unicornios estuvieran muy cómodos. En verano hacía colocar grandes abanicos movidos manualmente y los llevaba a refrescarse a un cristalino estanque que tenía en su propiedad. En invierno hacia funcionar unos enormes hornos que trabajaban día y noche para mantenerlos calentitos. Gracias a la venta ocasional de alguno de los animales, ganaba suficiente para todos esos lujos y personal de mantenimiento durante todo un año. Parte de la tierra del granjero estaba sembrada con los mejores pastos de forraje, y la mejor avena y cebada. También poseía excelente viñedos de donde sacaba vino para remojar las patas de los animales cuando se fatigaban. Cada unicornio tenía su propio establo, con paja limpia todos los días, una fina manta para abrigarlo y sus aparejos de lujo a la medida para evitar cualquier incomodidad. Todas las ganancias del granjero eran para sus unicornios, sólo guardaba una pequeña parte, suficiente para vivir cómoda, pero humildemente, pues decía que las riquezas echaban a perder los corazones.

El granjero tenía un hijo, fuerte por demás, que era su orgullo y felicidad. Ese hijo se encargaba de escoger la comida y el agua de los unicornios, decidía cuándo era tiempo de bañarlos y cuales necesitaban atención especial. Era el encargado de domarlos y velaba toda la noche cuando alguno estaba enfermo o era tiempo para alguna de dar a luz. También decidía si el unicornio se vendía o no a la persona que deseaba comprarlo, casi siempre reyes. Su padre lo amaba mucho pues era un muchacho noble de corazón, tanta era su bondad con los unicornios que cuando trataba con alguno parecía que tenía una conversación con el animal. Era un excelente jinete y parecía volar en el viento cuando cabalgaba en alguno de los unicornios. Era el alma de la granja y su madre le adoraba pues de ella había heredado aquellos negros cabellos como el ébano.

Cierto día, mientras ejercitaba algunos unicornios por las tierras de su pare, desapareció sin dejar rastro. Tan sólo regresaron los unicornios desbocados. Lo buscaron por toda la granja pero no apareció. El granjero se sumió en una honda pena, enfermó tanto que, de no ser por los cuidados de su esposa hubiera dejado el mundo en poco tiempo. Al recuperarse un poco decidió revisar a su s mimados unicornios y descubrió que estos habían desmejorado mucho a pesar de las atenciones que los cuidadores les proporcionaban. Y era que los unicornios extrañaban al hijo del granjero. Los cuidadores estaban desesperados, pero habían sido sabiamente escogidos por el hijo del granjero, pues ninguno había osado maltratar algún unicornio. Con todo, los animales seguían empeorando, era un cuadro desolador, el granjero lloraba y lloraban los cuidadores, lloraba la esposa del granjero y lloraban los unicornios.

Parecía que los unicornios no sobrevivirían un día más cuando los cuidadores le avisaron al granjero que había aparecido un nuevo unicornio, uno salvaje. Doscientos unicornios, todos en sus corrales y seguía sobrando uno. El nuevo unicornio corría de un lado a otro en el pasillo del establo. Y mientras tanto, los demás unicornios comenzaban a mejorar, los que agonizaban se reponían. Era algo asombroso para el granjero y ordenó que ninguno tratara de atrapar al unicornio salvaje, que lo dejaran ir por donde quisiera. Entonces todo volvió a ser casi como antes.

Ya había pasado un año desde la aparición del nuevo unicornio, cuando llegó a la granja una comitiva procedente de un lejano reino en busca de un unicornio muy especial, para el cumpleaños de la hija del rey. El granjeo les dijo que el rey y la princesa debían venir en persona pues quería asegurarse de que el unicornio tuviera un buen trato y un buen hogar. Así, al tiempo, regresó la comitiva y con ella el rey y la princesa en persona. El rey ya estaba entrado en edad pero su porte esbelto y regio imponía respeto, la princesa era un ser angelical, con delicado talle, como una florecilla de primavera. Pero el granjero no podía discernir si eran gente buena o no, tan sólo su hijo sabía cómo hacer eso, y seguía indeciso. Cuando la princesa casi terminaba de recorrer el largo pasillo, alcanzó a ver el unicornio. Quedó fascinada con el animal que poseía rizadas crines blancas, y le dijo al granjero que aquel era el que iba a comprar. El granjero palideció, aquel era un unicornio salvaje, el que mantenía alegres a todos los demás unicornios. Pero la princesa estaba antojada y antes que nadie le dijera nada, fue tras el animal. Este se quedó quieto cuando la princesa se le acercó y ella, que era buena jinete, se encaramó en el unicornio con todo y corona. Para sorpresa del rey y en especial del granjero, el unicornio se comportó mansamente al sentir el suave peso de la princesa, ella le amarró una de sus cintas para dirigirlo y así dio un largo paseo. Cuando al fin bajó del lomo del animal, trenzó la cinta en las largas y espesas crines, y continuó acariciando el hocico del unicornio. El rey quería comprarlo de inmediato, aunque tuviera que quedarse en la pobreza, pero el granjero no cedía, y le decía que sin ese unicornio todos los demás animales morirían de tristeza. Entonces la princesa le dijo a su padre que no sería necesario comprarlo, si el granjero le permitía venir y montar el animal de vez en cuando. El granjero accedió complacido, diciéndole que podía venir cuantas veces lo deseara.

Y así la princesa venía seguido a montar el unicornio, hasta que un día, no regresó de uno de los paseos. El rey y el granjero buscaron por toda la granja pero no dieron con la princesa y el rey se sumió en una gran tristeza. Al poco tiempo apareció un nuevo unicornio en la granja y así se lo hicieron saber los cuidadores al granjero. Este dio las mismas órdenes que había dado para el otro unicornio, tenía una sospecha que le alegraba y le entristecía a la vez. La pareja de unicornios recorría los corrales y los demás unicornios se mantenían felices. Así transcurrió bastante tiempo, hasta que un día, a la entrada de la casa del granjero apareció un niño, hermoso por demás, no había notas ni rastro de quién pudiera haber dejado al pequeño. El granjero y su esposa lo acogieron y lo educaron viéndole crecer sano y fuerte con los unicornios de la granja.

El granjero veía en el niño las mismas cualidades de su hijo, pero con cierto porte real y sus negrísimos cabellos hacían que el corazón le latiera con fuerza dentro del pecho cuando el pequeño montaba alguno de los unicornios con suma facilidad. Al niño no se le permitía que fuera solo con los unicornios, o que montara cualquiera de los unicornios salvajes que rondaban la granja., pues el granjero temía que le sucediera lo mismo que a la princesa o a su hijo. A pesar de todas las precauciones, un día el niño escapó y los cuidadores vieron cuando se dirigía al estanque, montado en uno de los unicornios salvajes. Sin perder tiempo, el granjero corrió hasta el cristalino estanque. Mientras se acercaba escuchaba como una risa lejana y se acercó con cautela. Al observar entre los arbustos vio que el estanque se había convertido en uno inmenso, casi imposible de cruzar. En la otra orilla vio correr cientos de unicornios y junto con ellos corrían su hijo y la princesa, tomados de la mano. Contuvo la respiración cuando de la enorme manada se separó un tierno unicornio y comenzó a vadear el estanque. Fue entonces cuando vio aterrorizado que el niño se metía al agua en ademán de ir a la lejana orilla donde sus padres corrían felices.

Apresuradamente entró al agua y tomó al niño, abrazándolo fuerte contra su pecho. Cuando miró nuevamente, el pequeño unicornio dio la vuelta y regresó con la manada, desapareciendo todo en una densa niebla. Al disiparse la niebla todo había vuelto a la normalidad, quedando el granjero sólo con el pequeño en brazos.

Esa noche el granjero no podía dormir, pensaba en su hijo y se rompía la cabeza tratando de descifrar el misterio. Apenas comenzaba a vencerle el sueño de madrugada cuando tuvo la certeza de una solución. Con el niño en brazos corrió hasta los corrales de sus unicornios y los abrió. Luego, con cuidado, encaminó la manada hacia el estanque. Allí la niebla no dejaba ver mucho, pero el granjero, esperanzado, comenzó a llamar a su hijo. Lentamente la neblina fue levantándose y dejó ver a los unicornios corriendo en la otra orilla del estanque que nuevamente era inmenso. Al verlos, los unicornios del granjero comenzaron a exaltarse en nerviosa agitación y poco a poco fueron adentrándose en las aguas y cruzando el estanque. Cuando finalmente cruzaron los dos unicornios salvajes, el hijo del granjero cruzó con la princesa en brazos. El granjero no pudo esperar a que salieran del agua y junto con el niño les recibió gozoso dentro del agua, donde se confundieron en un abrazo los cuatro. La esposa del granjero lloró de alegría al ver a su hijo de vuelta en la casa y a la princesa sana y salva. El niño, por supuesto, era el nieto del granjero, ambos sabían que no podían haberse equivocado.

Pronto amaneció y el granjero decidió dar una vuelta por los establos vacíos antes que nadie se levantara. Para su sorpresa, allí estaban sus mimados unicornios, todos en sus respectivos corrales. Los revisó uno por uno sin encontrar tan siquiera un rasguño. El granjero no sabía qué había ocurrido, pero allí estaban. Lo único diferente que pudo notarles que un extraño brillo en sus cuernos, como un polvillo dorado. Era que sus unicornios habían recuperado la magia, y estaban allí para cuidar del granjero y de su familia, como él había cuidado de ellos.


Gracias por leer.



© Copyright 2006 Suisei Lady Dragon (FictionPress ID:316649).


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