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Venecia
Creo que la manera en que he llegado aquí, a este cuarto pequeño en un hostal de Venecia, fue un accidente. O quizá fue una serie de ellos. Me siento aquí y escribo para poder entender los eventos, o mejor dicho los accidentes, que me han traído aquí. Creo que si lo escribo todo, entenderé qué ha cambiando en mí para llevarme aquí a Italia. Siempre he sido una chica buena, nunca he sido el tipo de persona que hace cosas sin pensar racionalmente primero. Nadie habría pensado que yo haría esto. Yo tampoco lo creería si todo no fuera tan real. Pensaría que todo era sueño si no pudiera mirar desde la ventana y ver la luz reflejándose en las aguas verdes de los canales tan típicos de esta ciudad.
Mi padre me dijo hace dos semanas- ¿De verdad sólo han sido dos?- que Julieta tenía una influencia mala sobre mí. Pero mientras ella sí ha tenido un influencia grande en casi todo lo que he hecho recientemente, no puedo creer que todo de ella ha sido puramente malo.
He dicho que voy a escribirlo todo, desde el principio. Y el principio sería el día que conocí a Julieta, hace tres semanas, en una parada de autobús. Se me había caído uno de mi montón de bolígrafos negros y ella lo cogió y me lo dio. Mientras pasó el bolígrafo de su mano adornada con anillos y una pulsera a la mía, atrapó mis ojos con los suyos.
Tenía los ojos de color turquesa lisa y pura.
Tenía un aspecto muy interesante, no sólo en el rostro pequeño, sino en todo lo que hizo. En la manera en que se movió y en la manera en que habló, y en la expresión que tenía en la cara, algo entre diversión e interés, algo indescriptible.
Fue ella quien empezó la conversación entre nosotras, y ahora no me acuerdo de qué hablamos. No era nada profundo ni filosófico. Quizá me preguntó qué autobús esperaba, o como me llamaba. Descubrí que se llamaba Julieta, y sonreí por el recuerdo a la historia famosa de Romeo y Julieta.
Llegó el autobús y subimos, sentándonos juntas en la parte trasera.
Yo le dije que estudiaba en un colegio cerca del centro.
Ella me dijo que no estaba estudiando nada en el momento.
Le dije que tenía un hermano pequeño.
Me dijo que había vivido con sus tíos desde la muerte de sus padres.
Le dije que cantaba en un coro.
Me dijo que tocaba el piano.
Le dije que la siguiente parada era la mía.
Me pidió mi número del móvil.
Lo escribí en un trozo de papel con el bolígrafo que se me había caído antes y bajé del autobús de buen humor. Casi quería correr hasta el piso de mi familia, pero pensaba que la gente en la calle me miraría como si estuviera completamente loca y no lo hice.
Llegué a mi puerta y entré en mi casa, donde encontré a mi mamá en la cocina preparando la comida. Nos saludamos y me senté en la mesa.
--¿Y David?— pregunté por mi hermano menor.
--Aun no ha venido— me contestó mi madre.
Mi hermano David tenía diez años y era, en mi opinión, el chico más pesado del mundo. Solía venir a mi cuarto mientras estudiaba y preguntarme cosas tontas sin parar. No podía concentrarme con él allí hablando, y en aquel tiempo, concentrarme en mis deberes y estudios era lo más importante para mí.
--¿Qué tal te han ido las clases?—preguntó mi madre.
Me encogí de hombros. –Bastante bien— contesté. –He tenido un examen en la clase de química, pero fue muy simple. Unas preguntas sobre reacciones diferentes y ya basta. Muy simple.
Oí el sonido de una llave girando en la puerta y apareció David en el umbral de la cocina. Nos saludó y se sentó en la silla frente a la mía, cogiendo una flor del florero del centro de la mesa y moviéndola entre los dedos.
--¿Que comemos?— preguntó
--Lentejas y ternera— dijo mi madre.
David se puso una cara de disgusto. –Que asco.
--No te hago otra cosa. Si no lo quieres comer, no lo comas. Encuentra algo tú mismo.
Él suspiró. –Vale. ¿No viene papá o qué?
Mi madre sopló aire de la nariz. –No. Hoy no puede. Tiene que trabajar.
Podía ver que ella estaba frustrada. Mi hermano también lo estaba. A mí me daba igual si mi padre venía a comer o no. Lo veríamos para la cena.
--¿Comemos?—pregunté, solamente para distraer mi madre del hecho de que mi padre no iba a venir.
Ella afirmó con la cabeza y puso los platos en la mesa, pero durante un rato más, su cara mostró su molestia.
Julieta me llamó al día siguiente, y quedamos en un café entre su casa y la mía. Yo llegué primera, exactamente a tiempo, y ella llegó unos cinco minutos más tarde. Nos saludamos y nos sentamos, después de pedir dos cafés con leche.
--¿Qué tal estás?—me preguntó.
Me encogí de hombros. –Bien— respondí. –En el cole no nos han dado mucho trabajo esta semana. Eso ese significa que en la semana que viene, tendremos exámenes o redacciones en cada clase. Ya lo veras.
--Viene en ondas, ¿verdad? Eso recuerdo del cole.
--Suerte tienes que has terminado con los estudios.
--¿No te gusta el cole?
Me encogí de hombros otra vez. –A veces. Me gustan algunas clases más que otras. Como las ciencias. Me encantan las ciencias. Eso es lo que quiero hacer en la universidad. Lo demás del cole... no sé. Mi madre me dice que estudio demasiado, que debo disfrutar de la vida más y todo eso. Pero creo yo que eso lo puedo hacer mas tarde, ¿sabes? Voy a trabajar ahora para disfrutar luego.
--Cuando asistí al colegio- eso fue el año pasado; no soy tan mayor que gradué hace años y años- estudié sólo lo que era necesario para sacar notas normales en las clases. No quería sobresalientes en todo, porque, de verdad, no me interesaban esas cosas.
--¿Entonces que te interesa?
--Pues, el mundo. Viajar, ver cosas, vivir. El arte. Me gusta el arte, y la música, el baile. Muchísimas cosas.
--Sólo que no todos son el tipo de cosas que te enseñan en el cole
--Exacto. En el primer año decidí que no iba a estudiar nada porque no quería. Pero después de ese año, decidí que eso fue una tontería. No podemos hacer solamente cosas que nos gustan. Pero que sí que podemos hacer más de esas cosas y menos de los demás. Y tú, ¿que quieres hacer?
Me sentí muy joven al lado de esa chica, pero no en ninguna manera buena. Me sentí tonta e inocente. Ingenua. Ella sabía mucho del mundo, y sentí que yo no sabía nada. Fue como si ella hubiera descubierto los secretos del mundo, y yo los quería aprender.
--Medicina, creo. —dije después de un rato de silencio. --Quiero ser pediatra. Por eso estudio mucho.
--¿Que más haces?
--¿Más como qué?
--Como un deporte, un arte, cualquier actividad.
--Pues... nada. No tengo suficiente tiempo para una actividad.
Me miró con una cara de sorpresa e incredulidad.
--¿No haces ninguna actividad aparte de estudiar?
Negué con la cabeza.
--Entonces, ¿Qué haces para divertirte?
--Leo. A veces miro la tele, pero normalmente leo.
Me continuó mirando, y podía ver, de repente, que se le había ocurrido una idea.
--¿Quieres quedar conmigo el viernes a las nueve menos veinte?
Claro que sí, quería decirle. Sí, porque creo que si paso más tiempo contigo, quizá yo entenderé lo que entiendes tú del mundo y de la vida.
--Vale—dije. --¿Dónde?
Ella pensó. –Aquí. Aunque no nos vamos a quedar aquí toda la noche.
--¿Adónde vamos pues?
--Ya lo verás
Fruncí el ceño. –No me gustan las sorpresas.
--Esa te gustará. Te lo juro.
--Te ha gustado, ¿Verdad?—Julieta me preguntó el viernes por la noche.
--¡Me ha encantado!—le dije con una sonrisa tan grande que me dolían las mejillas. Pero no podía parar de sonreír.
Me había llevado a un bar pequeño en una calle estrecha y oscura por donde nunca habría pasado sola. En este bar, a las nueve de la noche cada viernes y sábado, se daban clases de baile salsa.
Al principio, cuando Julieta me dijo lo que íbamos a hacer, dudé y decidí sentarme en un banco para los primeros minutos. No quería bailar delante de toda esa gente. Gente que, probablemente, tenía más experiencia bailando que yo y que, probablemente, se burlarían de mi torpeza. No sabía bailar para nada, especialmente no rápidamente y con la música de un volumen intimidante.
Estaba sentada en el banco, mirando con asombro mientras todas movían los pies con el ritmo de la música. Algunos lo hicieron con lasitud, otros con energía, algunos sin errores, otros casi cayendo sobre sus propios pies, pero todos con una sonrisa. Daba igual si bailaban bien o mal, todos disfrutaron. Pero yo no.
Julieta capturó mis ojos en los suyos y sonrió. Hizo un gesto con la mano para que yo viniera y sus labios formaron la palabra ven . Entonces fui.
Fui a su lado y empecé a bailar, copiando el movimiento de los pies de Julieta. No sé exactamente qué estaba pensando cuando me levanté del banco, pero sé que sentía algo en las venas, como si mi sangre hubiera empezado circular más rápido, y que tirité aunque no tenía frío. Hice errores al principio, y al final también, pero encontré un poco de confidencia y me equivoqué con una sonrisa.
Descubrí que me gustaba bailar. Me gustaba moverme con la música y reírme con Julieta.
--Volveré mañana—anuncié mientras Julieta y yo andamos a la parada de autobús más cerca después de que hubiera terminado la clase. --¿Volverás conmigo?
--Pues claro
--Que fantástico ha sido, de verdad. Me siento… libre
--Por eso te he llevado
Levanté una ceja. --¿Cómo sabías que necesitaba liberación?
Se encogió de hombros. –Lo veía.
Empecé a reír.
--¡De verdad!—ella se defendió. –Veía que necesitabas expresarte de alguna manera. Soy buena con estas cosas.
--Si lo dices…
--¡Es verdad! ¿No lo ves? No me he equivocado contigo ni nunca…
--Te creo, te creo.
Hubo una pausa breve. De golpe, ella empezó a reír. Poco al principio, pero después de un momento, tuvo que parar de andar para que pudiera reír y respirar al mismo tiempo.
Allí estaba, en el medio de la calle vacía en la luz de la luna y de una sola farola, riendo sin razón. Parecía tan libre y alegre que quería ser como ella. No, en ese momento, quería ser ella. Quería tener la misma actitud de despreocupación. Cuando estaba con ella, lo sentí más que ningún otro momento.
--¿De qué te ríes?—pregunté.
--De mí misma—respondió cuando volvió a poder hablar. –Reírse de sí mismo es lo mejor del mundo.
Fuimos a la clase de baile el sábado y hablábamos por teléfono en los días siguientes. Rápidamente llegó a ser mi amiga. Una amiga buena, además, porque no tenía muchas otras amigas. Siempre había estudiado demasiado para salir y conocer a la gente.
El primer día laboral que Julieta me invitó a un café con ella, el martes, decliné. Iría a bailar en los fines de semana y hablaría con ella por teléfono, pero no podía salir en una noche en que tenía trabajo que hacer. Pero antes del jueves cambié de opinión.
El miércoles, mi madre, mi hermano, y yo comimos solos. Es decir, sin mi padre. Yo estaba sentada al escritorio, en mi cuarto, cuando oí sonar el teléfono. Mi madre lo cogió y dijo el nombre de mi padre.
Interesada, intenté escuchar, pero no oí más que algunas palabras desconectadas.
--Mamá—llamé cuando oí que colgó el teléfono.
--¿Sí?-- Apareció en el umbral de me cuarto.
--Fue papá él que acaba de llamar, ¿verdad?
--Sí
--¿Qué ha dicho?
--Que no viene para cenar.
Eso no podía haberlo previsto. Creía que quizá llamó para decir que llegaría tarde, o que traería algo especial para la familia, pero no que no vendría.
--Pero la cena es la única parte del día que le veo—reproché.
--Ya lo sé
--¿Cómo que no va a venir? Tiene que venir. Es la cena. Nunca pierde la cena.
--Hoy no viene—dijo, enojosa.
Hubo silencio durante un rato, pero ella no salió de la puerta de mi cuarto.
--No crees que está liado con nadie, ¿verdad?—pregunté en voz baja.
Ella negó con la cabeza. –No—dijo. –Creo que está trabajando, como siempre.
Con esas palabras, se fue a la cocina.
Al día siguiente, cuando Julieta me invitó al café donde habíamos quedado la primera vez, acepté.
--Mi padre perdió la cena anoche—le dije después de un rato hablando de cosas insignificantes.
Su cara me dijo ¿y qué? aunque no abrió los labios.
--Nunca pierde la cena —expliqué. --Bueno, nunca había perdido la cena. Fue como... el tiempo designado para la familia. Todos hacemos nuestras cosas separadas, pero casi siempre cenamos juntos.
--¿Por qué no vino?
Suspiré. –Estaba trabajando.
--¿Entonces que vas a hacer?—me preguntó.
--Voy a terminar los estudios—dije definitivamente. –Sólo que voy a hacer otras cosas también. Quiero... quiero continuar con las clases de baile. Y quiero hacer más. Quiero hacer algo muy... muy diferente de lo normal para mí. Algo extremo. ¿Qué te parece?
Fue como si necesitara su apoyo. Necesitaba que me dijera que lo que iba a hacer era bueno, que me ayudaría a ser más como ella. Necesitaba su ánimo porque fue ella la que me había inspirado a cambiar. En parte, por lo menos.
Lo había pensado la noche anterior, tanto que casi no durmió. Lo de mi padre había sido una catalizador para algo que había estado pensando en desde que conocí a Julieta. Que quizá mi estilo de vida no era lo mejor para mí. Quizá debería hacer lo que Julieta me había hablado. Quizá debería disfrutar un poco más. Dejar mis libros en el escritorio y salir de casa durante la tarde. Hacer algo puramente diferente, cambiar algo gravemente en me vida. Un cambio sería bueno.
--Me parece fantástico—Julieta dijo.
Así que, aquel fin de semana, me encontré en el piso de Julieta, preparándome para hacer una de las cosas más extremas que había hecho en toda mi vida. Iba a teñirme el pelo, y no se lo había dicho a ninguno de mis padres. De hecho, yo misma no había decidido teñirme el pelo hasta diez minutos antes.
Julieta me dijo que ella iba a teñir el pelo más claro, y me invitó venir a su apartamento para ayudarla. Creo que estaba pensando, en alguna parte de la mente, que quería teñir mi pelo también. Pero no lo decidí de verdad hasta el momento en que ella me enseñó una caja pequeña de tinte azul marino.
Sólo me lo enseñó. No me preguntó si quería hacerlo, no me dijo que debería. Al final, fue mi decisión. Le pregunté si podía usarlo, y me dijo que sí. Me dijo que ella me ayudaría, y que haríamos el mío primero.
--Para que no cambies de idea—me bromeó.
Respiré profundamente y sonreí flojamente. Casi reí, pero mis nervios me pararon. Lo quería hacer, y lo iba a hacer. Las únicas cosas que me preocupaban era la reacción de mis padres. Mi madre… pues a mi madre quizá no le importaría tanto, pero mi padre se iba a enfadar, lo sabía.
--Estás nerviosa. ¿Seguro que lo quieres hacer?— me preguntó Julieta.
Afirmé con la cabeza. –Sí—dije. –Sí que lo quiero hacer. Venga, hazlo antes de que lo pienso demasiado.
Puse mi cabeza en el lavabo del baño del piso de Julieta, y ella empezó el proceso de teñirme el pelo.
--Ven conmigo a Italia—me dijo Julieta después, mientras estábamos sentadas en el sofá de su casa, con una telenovela argentina en la tele, aunque ninguna de nosotras la estábamos mirando con atención.
Pensaba que iba de broma. –Vale—dije. –Ahora mismo vamos al aeropuerto.
--Que no es broma. Ven conmigo. Quiero ver Venecia. Nunca la he visto. Dicen que es preciosa.
--Julieta, no puedo irme. No puedo coger algunas cosas y simplemente… marcharme.
--¿Por qué no?
--Pues, pues porque tengo cosas que hacer aquí. Tengo que ir al colegio. Tengo que hablar con mi familia antes. Tengo exámenes finales pronto, y todavía no me he preparado suficientemente.
--Pero dijiste que querías disfrutar más de la vida.
--Sí, eso dije. Pero eso no quiere decir que voy a abandonar todo aquí para correr libre. Tengo responsabilidades.
--Iremos después de tus exámenes finales. Esperaremos hasta que hayas terminado con el año escolar, y después nos vamos a Venecia. Los billetes son baratos. Te compro uno.
--Lo tengo que pensar, Julieta.
--Sí, sí, claro. Piénsalo, y decide luego. Te compro un billete, y si quieres venir, ven.
--Vale. Mira, me tengo que ir a casa. A ver que cómo me castigan mis padres.
Me acompañó a la puerta del piso.
--Piensa en lo de Venecia—me dijo.
Cuando entré en la casa, mi madre me miró con sorpresa.
--Pero, ¿qué has hecho?—preguntó.
--Em… He teñido mi pelo—dije, auque sabía que su pregunta no era del tipo que requería una respuesta.
--Sí, eso veo. ¿Por qué?
Toqué unos de los pelos azules. –Creía que necesitaba un cambio en mi vida. Además, me gusta.
--Tu padre estará muy enfadado contigo. No nos preguntaste, ni no avisaste…
--Mamá—interrumpí. –No os avisé porque sabía que diríais que no lo hiciera. Y decidí hacerlo en el momento. No fue nada anticipado.
Me miró con resignación. –Espera en tu cuarto hasta que llegue tu padre. Hablaremos más cuando esté.
Me encerré en mi habitación y estudié para mis exámenes finales. Cuando oí abrir la puerta, mi corazón empezó a latir más rápido y mi estómago dio vueltas. Mi madre me llamó desde la sala y salí lentamente de mi cuarto.
La primera cara que puso mi padre fue igual a la que mi madre había puesto cuando llegué, pero pronto la cambió. La sangre subió a la cara, y habría jurado que salía humo del cuero cabelludo mientras tragaba gritos.
--¿Qué has hecho?—preguntó por fin.
Fue la misma pregunta que me había hecho mi madre, pero esta vez no contesté. --¿Qué estabas pensando?
Me encogí de hombros, sabiendo que no quería una respuesta.
--Tu amiga te ha convencido hacer eso, ¿Verdad? Esa, esa Julia…
--Julieta—murmuré, pero no me oyó.
--Ella tiene una influencia muy mala en ti. Pero malísima. No quiero que la veas más. Necesitas centrarte en los estudios, no hacer cosas tontas y salvajes. Estás castigada sin salir hasta que terminen tus exámenes. Quiero que estudies todo el tiempo.
--¿Y perder la cena como tú?—le dije. No tenía que haber dicho nada. Había debido quedarme callada y aceptar el castigo, pero no podía.
--¿Qué has dicho?—preguntó, pero me había oído bien.
--No quiero estudiar todo el tiempo—contesté. –No quiero ser tan centrada en el trabajo que pierdo todo lo demás que existe en la vida. No quiero ser como tu.
--Estudiarás—me dijo. –Vete a tu cuarto y empieza ahora mismo.
Me fui a mi habitación, me senté en el escritorio y miré a mi libro de texto abierto sin leer ni una sola palabra. No me di cuenta de que el tiempo estaba pasando, pero seguro que pasó porque de repente mi madre tocó la puerta.
--A cenar—me dijo silenciosamente.
No la miré. --¿Estás enfadada?—pregunté.
Suspiró. –Sí. Mira, creo que tus razones y tus ideas son buenas. Pero no creo que esta sea la forma más efectiva de expresarte.-- Suspiró otra vez. –Venga, a cenar.
El día siguiente, mientras mi familia dormía la siesta, llamé a Julieta.
--Mi padre no me deja salir hasta después de los exámenes finales—dije. –Pero he decidido ir contigo. Iré contigo a Venecia.
Lo que pasó desde aquel momento a éste son detalles, menos, supongo, la llamada que hice desde el aeropuerto a mi casa. Hablé con mi madre, y se portó bastante bien contra las circunstancias.
Julieta, en las tres semanas que la he conocido, me ha cambiado. Me ha ayudado entender algo, y es que hay más en la vida que trabajo. No quiero decir que yo pensaba que trabajo lo era todo, pero es verdad que creía que era lo más importante.
Lo que me importa en este mismo momento es salir de este cuarto al sol de Italia y pasar al lado del Gran Canal con mi amiga. Notaré cada detalle de esta ciudad, y la disfrutaré.
Bueno, aquí tenéis. Aunque hablo bastante bien el español y viví el año pasado en España, seguro que me haga falta unas tildes o que me haya equivocado con algunos verbos o lo que sea porque no soy española. Pero bueno. Espero que os haya gustado.
--La Almozara