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Es de noche, y las calles vuelven a ser silenciosas. Sólo queda el eco de risas apagadas, de secretos mal guardados. Porque no hay nada más que eso en esta calle. Traiciones y puñaladas. Nadie mira a los ojos. Todos se esconden, pretendiendo hacer pasar desapercibida su propia inmundicia resaltando la de los demás.
El último rayo de sol muere al final de la calle. El tiempo corre silencioso, queriendo escabullirse lo más pronto posible. Hasta él desearía poder evitar ese lugar. De improviso, cortando el constante sonido de los televisores, surge un canto. Melodioso, alegre, suave. Completamente desacorde con la atmósfera melancólica que baja, pesadamente, sobre el callejón. Las luces se apagan, las cortinas se cierran.
Un aro atraviesa la vereda de lado a lado y vuelve a la delicada mano que lo impulsó en un principio. Dichosa, camina entre los botes de basura como si fuera una pradera verde. A sus contaminados oídos, el silencio mortal es un canto de alabanza. La negra oscuridad que hasta hace poco se cerraba ante sus ojos se convierte en luz blanquecina. No dura mucho. Ya desapareció, y todo vuelve a ser normal. La noche reina tranquila. No hay nada que temer.
¿Es un ángel? ¿O es sólo una nena, que les trae a esos desgraciados el recuerdo de un pasado puro, inocente?
Bien saben que no. ¿Qué es lo que provoca el pánico, el aliento contenido? ¿Por qué los corazones se detienen, expectantes, para no alertarla de su presencia? Desde que se pasea por esos barrios, las noches son más frías. Su deseo de servidores asusta y excita a aquellos que han perdido la luz. Tanta inocencia, tanta dulzura. Esa suavidad en la voz que incita a seguirla.
Ya llegó el día. Las tareas habituales se reanudan. El ruido comienza a crecer. Si se quedarán en silencio, volverían a escuchar su voz. Dulce tentación, tremenda caída.