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Author: toxic.secrets
Fiction Rated: M - Spanish - Horror/Angst - Reviews: 4 - Published: 09-30-06 - Updated: 09-30-06 - id:2254890

N/A: Esta historia fantástica la hice para el concurso de verano (aunque acá sea primavera) de los Store-Weavers. AAHHGRR Si gano seré Miembro Weaver!! Ojalá, ojalá…

Vivo en mí

La inmortalidad no significa nada. No es más que una amplia red de mentiras, de ilusiones inútiles. Estoy cansada, cansada de la vida en la muerte, de la monotonía y el letargo.

Mi rostro ebúrneo no refleja mi interior y no lo hará nunca. Mi cuerpo nacarado y sinuoso es el cadáver perfecto, la santa excusa para seguirme en mi amargo destino. Maldita maldición, maldito el placer que me provoca. Simple ironía. Fácil acertijo de incomprensible realidad.

Mis cabellos se mezclan con la eternidad en la lenta cadencia de la noche sin luna que precede el desastre, inminente caída de gracia de otra miserable alma humana. Es imposible evitar el adorar a esas criaturas inmundas e insufribles. Carcasa vacía que no conoce grises, sólo extremos, intransigente. No llego a comprenderlos del todo, quizás porque ya he olvidado que mis inicios están en ellos, dentro de este revoltijo de ideas y pensamientos hechos jirones y fermentados por siglos y siglos de angustioso sopor.

Ojos azules que iluminaron las sombras de la solitaria calle. Silencio espectral, sólo el goteo de alguna alcantarilla más profundo dentro de la ciudad. Tiempos difíciles. Nadie cree ya en criaturas sobrenaturales, en poderes más allá de la imaginación. Nadie teme las palabras ocultas nacidas en la muerte, a los conjuros negros que acarrean desgracias. Los pocos que tomarían en serio tu palabra si hablases de tu verdadera naturaleza demoníaca serían marginados y tomados como locos, dementes.

Nadie comprendería el poder que te confiere la noche, Lilith y Satán. Ellos nunca podrían captar tu peligrosidad, tu supremacía. Nadie vería un ángel caído al que le han arrancado las alas para impedir su escape del limbo terrenal como si fuera un pájaro en cautiverio; sólo al monstruo, a la bestia, sin dejar espacio para admirar la magnificente perfección de tu vasto, más hueco, ser. Frívolos, necios, triviales criaturas del bajo mundo.

La sonrisa desquiciada decorando mi rostro batalla con las estrellas, fulgurante y fantasmal comparada con la luz mortecina de las viejas farolas. Busco alimentarme, saciar la sed que me posee, guiándome hacia los temores más profundos y mejor guardados dentro de mi mente.

El grito sofocado de alguna banshee precede mis pasos, impregnándolos con un tinte rojo, y me guía, por la misma callejuela, al número 36. Una punzada en mi sien y el recuerdo de mil noches de verano, eso era el número 36. Sueños, deseos ahora inimaginables y… felicidad. ¿Pero que significan ahora esos anhelos ahora que ya son imposibles de cumplir? Los años han pasado, pero los sueños, sin embargo, siguen siendo tan recurrentes como los primeros meses, recordándome mi desgracia e infortunio.

Camino con pesadez por lo que parecieron mil endemoniados escalones de piedra oscura y mohosa hasta la roída puerta de madera. Un momento de vacilación me retiene. Duda, incertidumbre... La paradoja entre mis deseos y mis acciones.

Rompo la puerta con un golpe certero, abriéndome paso por el interminable laberinto de emociones encontradas y secretos ancestrales, confundiendo la realidad con mi recientemente adquirido y abismal razonamiento. Le imploro a Lucifer, a su fuerza y amor interminables, y es quizás la única vez que no me escucha, dejándome sola para enfrentar de una vez por todas, después de tantos años, a mi humanidad. A la parte de mí que se niega rotundamente a dejarse caer en las perennes tinieblas.

Avanzo a través de la desaliñada casa. Ventanas rotas, ondeantes y raídas cortinas, muebles cubiertos por sucias sabanas blancas... Melancolía, tristeza, decadencia de una vida mortal. Ocaso del pensamiento, el olvido y el abandono de todo deseo de vivir. El lugar despide olor a viejo, gastado por el tiempo y deteriorado por descuido. Infecto, pero a la vez, encantadoramente atrayente.

Bajo un hechizo seductor me dejo llevar por mis instintivos impulsos, llamándome hacia arriba, hacia el cuarto. Deslizándome sobre mis volátiles ropajes, negros y traslúcidos, me encuentro frente al marco de una puerta, y sé que dentro esta Raziz. Simplemente lo sé, lo presiento al entrar pausadamente a la estancia vacía.

Nadando en medio de toda aquella aridez, Raziz fija su mirada penetrante en mí. No recordaba aquella sensación, si es que llegaba a ser una, ese espacio vacuo en mi estómago y la sorpresa en mis ojos. La luna pintando con pincelada firme el enajenado brillo.

El encuentro es extraño, pero a la vez, familiar. Las sombras cobran vida y comen voraces los escasos restos de luz dentro de la habitación. Me limito a observarlo, raquítico, flacucho, sosteniéndose las rodillas en un pequeño rincón de la habitación, estudiándome vehemente. Sus pensamientos no tenían compasión ni reparo alguno, sumergidos en un mar de odio, soledad y aislamiento. Recluido dentro de su propio cuerpo, esperándome...

Celestial a su manera, mi antiguo querubín...

Ingenuo.

-¿Has regresado para hacerme aún más imposible la existencia?- exclama, o intenta hacerlo con su voz rasposa, desgarrando el aire entre nosotros con su acento irlandés.

Los minutos mueren entre mis dedos, repensando mis reflexiones, y olvido la presencia de Raziz, que continua con su paciente vigilia. Te he deseado tanto... Hoy mis ansias culminaron, arrastrada por mi sed infinita vine hasta aquí, en tu busca. Quiero beberte, saborearte, sentirte morir en mis brazos y que me entregues tu vida dejándote caer en mi hechizo pasional. Quiero que seas mío, como siempre debía haber sido.

Siento más que nunca estos quince años de intangible inmortalidad clavándose dentro de mí ser, adentro, lacerándome, pero avanzo, acercándome a él.

Quince años de sin sabores, sin sentidos, que me llevan hasta el límite mismo de la locura. Insospechado, odio a mis iguales tanto como amo a los hombres, pero no puedo dejar de fantasear con el día del juicio final, donde todo el suplicio termine. Quiero dejar este mundo como cualquier otro repulsivo mortal. Anhelo cesar de existir.

Pero no puedo permitir que suceda sin antes haber probado el fruto prohibido. Su sangre. Dulce tormento, lujuria que pronto se convertirá en polvo, que se verterá sobre mis heridas, salándolas.

Estiro mis brazos hacia el vacío, llamándolo a mi encuentro. Ciego, persigue mi perfume, respirando el viciado aire que nos rodea. Humedad y torpeza en sus pasos, pegajosa languidez, lento y débil como la nieve que se cuela por la ventana arrancada.

Mi frío abrazo se cierne sobre su tembloroso y escuálido cuerpo. Acariciando sus cabellos finos y escuchando el castañear de sus dientes. Y sus ojos azules observando mi regocijo sin comprender del todo, profundos e insondables.

-No temas, querido, no temas- Lo arrullo a la luz de la luna, tarareando un cántico demoníaco. Pasa sus brazos por mi cuello, colgándose de mí, mientras sonrío. La hora es propicia y las constelaciones están alineadas.

Estrecho el irrompible abrazo.

Ya no existe nada en este mundo que pueda detenerme. Te unirás a mí, quieras o no. Seremos uno en la eternidad. Enfocada risa que despedazó la extraña paz, quebrando el sepulcral silencio.

Desfiguro mi rostro en una mueca al acercarme a su piel pálida y suave. Temor en sus labios al soltar un grito desesperado. Penetro lentamente en su carne impura con el blanco impoluto de mis colmillos. Un sabor dulzón. Agrio y amargo. Sabrosamente metálico.

Absorbiendo su vida, su alma, su todo. Abriéndole la puerta a mi cuerpo, dejando que me llene, para que palpite en mí por siempre. Delirio. Pasión. Desenfrenado deseo.

Abandonando mi lucidez para fusionarme con su profanada castidad. Sumida en la ensoñación más intensa que jamás he experimentado. Cediendo por completo, dejándome llevar por la interminable corriente roja fluyendo hacia mí.

Y sus gemidos en mis oídos, suplicándome más, clavando sus uñas en mi espalda. Le hablo con palabras veladas de codicia mientras continúa el aciago beso. Extasiada por su belleza, dejo que aquel tambor que resuena en el fondo de mi mente se extinga, dejando a mi corazón latiendo solo. No hay vida. Muerte.

Contemplo la escena unos segundos. Muerto en la habitación estéril. Muerto, pero vivo. Vivo en mí hasta la eternidad.

Y el sol, cálido, asoma por la ventana. Despacio, sin apuro alguno por quemar los restos de mí conciencia. Abrasando mi cuerpo, rodeándolo con su colosal fuerza. Llorando lágrimas de sangre sobre su cadáver inmóvil mientras la luz borra las tinieblas que me impregnan. Carbonizando mí envenenada carne. Desvaneciéndome del universo, haciéndome cenizas. Suciedad y cenizas.

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