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Orgullo y poder
El ocaso, hora fronteriza del día en la que las sombras reconquistan el imperio de la luz, está cerca y yo avanzo con el sigilo de un depredador por la tierra de nadie que divide ambas trincheras.
Nos deslizamos entre la alta hierba, paradójico prado exultante de vida entre los nichos de la guerra, tratando de confundirnos con el océano verde que nos rodea; acción más sencilla para mí, pequeño y ágil que para mi compañero Peter, grande y ruidoso pero imprescindible para la misión pues sólo él puede transportar, con cierta comodidad, el arma que nos proporcionará, al fin, orgullo y poder. Orgullo y poder, repito una y otra vez las palabras, con el fervor de una jaculatoria que me ayudará a proseguir nuestro peligroso camino a través del territorio enemigo. No importan los obstáculos; la promesa de reconocimiento actúa en mí como acicate que espolea mi mente para analizar, de una rápida ojeada, dónde se sitúan los vigías, dónde se encuentra la brecha por la que fluiremos con la destreza de un fantasma hasta el corazón palpitante del enemigo para hacerlo estallar en mil pedazos.
El miedo, la oscuridad creciente y el aroma a futuras muertes hacen la atmósfera asfixiante, paralizan los músculos, tensos como la piel de un tambor, mientras la mente repasa , vertiginosamente, los hechos que condujeron a este pelotón de deshechos humanos a una misión suicida.
El general, como buen hombre de acción , fue parco en palabras, conciso al explicar que los peligros de la misión no residían únicamente en la infiltración en el campo enemigo, sino también en el transporte de una bomba tan inestable como mortífera. También fue dolorosamente sincero; había encargado el trabajo a nuestro pelotón porque éramos sacrificables; un puñado de delincuentes de provincias que habían buscado futuro en el ejercito.
A mi señal recorrimos en fila la muralla que nos conducía al territorio enemigo. Intentando controlar la respiración, el acelerado galopar del corazón, el miedo paralizante ante las sombras que se nos figuraban soldados agazapados.
La proximidad del punto de impacto mandó escalofríos por mi espina dorsal . No podíamos fallar, ahora no. No habíamos llegado tan lejos como para ser descubiertos en el momento cúlmine.
Con manos temblorosas conectamos en temporizador y comenzamos una loca huída que despertó todas las alarmas de la base.
Silbaban las balas a nuestro alrededor pero no importaba, lo único importante era seguir corriendo, alejarse del punto de deflagración sin prestar atención a nada más que al movimiento constante de tus piernas. Sin pararse cuando el cuerpo de Meter calló pesadamente al suelo. Rojo tiñendo el manto verde.
Cien metros, doscientos, corre, corre, no mires atrás.
La bomba iluminó la noche, confirmando nuestra victoria con el olor a cuerpos quemados y los gritos de dolor que desgarraban el velo opaco de la nada en la que me encontraba, perdido en algún punto entre ambas trincheras.
Agotado me dejé caer en el suelo, percatándome, por primera vez de la herida de mi brazo. En mi cabeza sólo existía la certeza de que cada cual había obtenido lo suyo; míos eran el orgullo y el poder; de Hitler el triunfo de la guerra