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Reconocimiento
Cada cicatriz narra una historia, una batalla victoriosa o una derrota que me hizo más fuerte.
Cicatrices.. Para mí son medallas sobre la piel, testigos del valor y de mi total entrega a la causa.
Soy soldado curtido en mil y una guerras. Defensor de un credo tatuado en la constelación de heridas de mi cuerpo. Monstruo deforme que no duda en verter la sangre del enemigo porque ella representa el único triunfo.
Tan solo existe una cosa que todavía no he hecho por mi señor. Traer un heredero al mundo que supla mi espíritu cansado. Un muchacho impetuoso e intrépido que me haga sentir orgulloso, que continue con la estirpe de soldados que durante siglos ofrecen la vida y la muerte a esta tierra asolada por la ley del más fuerte. Es por eso que tomé a Sonia como esposa. La dulce Sonia... niña virginal, cálida como un campo de trigo, irritante en su ignorancia e inocencia. Para mí un simple cuerpo tembloroso en mi lecho y una comida insípida sobre la mesa.
Soporté sus ojos eternamente aterrados, sus vanos intentos por complacerme, su entrega de perro fiel. Lo soporté todo porque quedó rápidamente embarazada. Mi paciencia , al fin, sería recompensada. El ansiado heredero no tardaría en llegar y una vez más partí hacia la batalla con el desconocido temor de resultar herido, de no sobrevivir para poder educar a mi hijo en el arte de la guerra.
Tendría que haber estado alerta ante los presagios que se anunciaban durante la noche del parto; pero permanecí ciego en la ignorancia de mis deseos hasta que la comadrona depositó al recién nacido en mis brazos. Ahí reposaban los sueños de grandeza de mi estirpe, en aquel cuerpecillo escuálido y amoratonado. Débil al igual que su madre; inservible como soldado. Vergüenza de mi sangre que tan sólo podía ser saldada con la muerte.
Mi espíritu no tembló cuando dejé resbalar a la criatura hasta que se estrelló contra el suelo. Mi mano tampoco vaciló cuando empuñó el cuchillo para saldar mi deuda con Sonia. .
Allí estaba ella, demasiado exhausta tras el parto como para defenderse; demasiado asustada ante la certeza de lo que había hecho con el niño. No gritó ni suplicó , pero con una clama que hasta entonces desconocida , reveló ante mí la línea tremulosa de su vientre. La cesárea que había dado a luz la desesperación y la locura que amenazaban con engullirme.
Nunca entendí de amor , ni de sentimientos pero sí comprendía el dolor que deja huella sobre la piel y el alma. Aquella cicatriz la convirtió, a mis ojos, en un soldado; en alguien digno de luchar sus propias guerras. Por primera vez en mi larga vida desistí de la batalla; permití su huída .Supe que ella regresaría buscando venganza en una guerra perdida de antemano. Se enfrentaría a mis años de experiencia armada con rencor y una cicatriz como única bandera... y yo estaría preaprado para enfrentarla .