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Capítulo 4º- No estábamos solos
Muchas veces ocurre que creemos que somos los únicos y los más importantes. Muchas veces hacemos planes de futuro sin contar con los demás.
Muchas veces nos pasa.
Es algo que heredamos de nuestra niñez. Aquella época maravillosa en la que con nuestra imaginación podíamos ser los héroes de maravillosas aventuras. Protagonistas como los de los libros de aventura.
Pero de repente, llegamos a una edad en la que la realidad se empeña en recordarnos que no. No somos importantes. Existen más personas más allá de ti, y has de tenerlas en cuenta para hacer tu plan de vida. No hacerlo es un error.
Nunca estamos solos.
El ser humano siempre ha sido un animal social. Siempre ha querido conocer y dar a conocer. El ansia de alcanzar lo inalcanzable es su motor de vida, siempre y cuando no se vea empañado por sus pasiones más intestinas, o sus rencores más odiados.
Sin embargo, aún así. Nunca esta solo. Aunque no le guste, siempre hay alguien hay fuera. Siempre hay alguien que comparte sus mismas características, aunque no tenga su misma personalidad. Piensan, razonan, sienten. Exactamente tienen aquellas cosas que a uno le hace creer ser el centro del Universo, y que sin embargo, es algo demasiado común.
Tal vez haya dos interpretaciones de todo aquello.
O somos entidades insignificantes en un Universo infinito, donde todo aquello que creemos singular es simplemente algo común y de escaso valor.
O somos seres únicos. Cada persona es única, no solo en su percepción propia, si no además en lo que representa para el resto de la realidad que le rodea y le envuelve. Es un ente que no volverá a repetirse en la historia, con una base parecida a la de sus congéneres, pero con un desarrollo diferente. No solo eso, si no que además, aquello que le une con sus congéneres, es lo que le hace único. Y por eso el individuo se siente especial y singular.
A Enren Gonen le gustaba pensar que la segunda opción sería la correcta.
Por eso matar a una vida humana era tan grave. Y es que tanto el matarla, como el coartar sus libertades, suponía un delito contra la ley natural que tanto gusta mencionar a filósofos y teólogos.
Se sentía enfurecido. Eran victimas del peor atentando de la historia de Ise desde su creación mil años atrás, y les trataban como animales de laboratorio.
Les movían como a terneros que se llevan al veterinario para saber si su carne es útil o no. Poco les importaba si la gente estaba traumatizada o no.
¿Cómo es posible que el Gobierno les tratase de esa forma? Aún estando instaurado un estado de sitio para todo el país, hay derechos mínimos que ningún gobierno debería de pasar por alto.
En ese momento, una mano pequeña y fina se le posó en el hombro izquierdo. Era pequeña y fina. Era su sobrina Nuen.
- Tío, no te fustigues. – le miró con ojos comprensivos – Semaren aparecerá, ya lo veras. Tú no tienes la culpa. Nadie la tiene.
Enren la sonrió débilmente. Debería de estar expresando una cara de tanto disgusto por el trato que consideraba indebido por las autoridades, que su sobrina debió de suponer que era por su fatídico error al no haber sabido cuidar la vida de los hijos de su hermana que le habían sido encomendados.
Ese era otro tema. No podía volver a Basán a buscarlo y enmendar su pecado.
De hecho, seguramente esa fuese la autentica razón de su frustración. No podía volver al pueblo. A pesar de la gratitud, al sentirse arropados por los médicos y enfermeras de aquel hospital, que había mostrado el grupo de supervivientes en general, Enren solo sentía rencor hacía ellos.
Acababan de hacerle un chequeo, y como estaba ileso, los sanitarios firmaron su deportación inmediata para Ásundol. Lo mismo ocurriría con su hermana Mauen, su cuñado Anren y Moreren. El resto tendrían que quedarse hasta que les diesen el alta.
Justo tenían que marcharse los que más objeciones habían puesto.
Si Semaren hubiese estado todavía vivo, y se enterará que su muerte fue provocada por la negligencia de la “Guardia de Ise”, movería cielo y tierra hasta que los responsables pasaran el restos de sus días en la celda más lúgubre y oscura que pudiesen imaginarse.
En aquel momento, él y su sobrina Nuen, estaban mirando por la ventana del hospital militar, muy cerca de la “Plaza del Mercader”. Daba a la Avenida Oeste. La luz del sol de la tarde que iluminaba la ciudad bañaba aquel cuarto que le había sido entregado a Nuen, la cual se recuperaba en cama de una fractura en el tobillo derecho provocada en su huída en el bosque. Ella estaba recostada, y él sentado al lado suyo, también en el colchón. La ventana se encontraba al lado derecho de esta, y la habitación, enyesada, blanca, muy sobria, y del suficiente tamaño como para poner dos camas en paralelo.
Las camas eran de metal y altas. Unas pequeñas sujeciones laterales móviles se podían acoplar para impedir que el paciente se cayera al suelo. Un mecanismo manual permitía cambiar la inclinación a gusto del paciente. Las sábanas eran blancas impolutas, como el resto de la habitación. Solo una mesa marrón que separaba ambas camas sacaba la estancia de aquel mundo atonal. Hasta el armario empotrado que había al lado de la puerta estaba pintado de blanco.
La cama de Nuen era la más cercana a la ventana mencionada. La más interior era ocupada por Elien, la chica que recogió entre las ruinas de Basán, y se colocaba al lado del armario. Un mínimo pasillo al lado izquierdo de este, según se le miraba, conducía hasta la puerta.
Elien, con la cabeza vendada y el brazo izquierdo escayolado, había recuperado el conocimiento no hacía muchos minus, cuando ya estaba en cama. Se mostró aturdida al no saber dónde se encontraba o qué había ocurrido. Cuando se la contó la verdad por parte de los médicos, entró en un ataque de histeria incontrolado.
Tuvieron que sedarla para que no se lesionara a sí misma. Desde entonces lo máximo que hacía era balbucear llamando a su familia.
A uno se le caía el alma a los pies. Con solo ver aquella juventud masacrada, una sensación de impotencia chillaba desde lo más hondo del alma.
Eoren hijo, con algunos rasguños con vendajes varios, se había sentado al lado suyo en una silla, blanca también. La cogía la mano y la susurraba cosas que Enren era incapaz de descifrar.
Parecía que el muchacho sentía algo por la inquilina. ¡Qué triste situación para demostrar sus sentimientos! Solo Etall sabría que la susurraba al oído.
Sintió cierta melancolía de su juventud… y de cierta…
- No tardaran en venir las autoridades para que marchemos, Nuen… - dijo al fin Enren.
- ¿Dónde están ahora padre y madre? – preguntó ella
- Declarando en unas dependencias del primer piso. – contestó el historiador.
- ¿No les vale lo que ya hemos contado? – respondió con fastidio.
Enren se levantó de la cama y se estiró entumecido. Había estado un buen rato sentado sobre su pierna izquierda, y está se había dormido.
- Yo también he estado un buen rato antes que ellos. – informó agachándose para poder masajear su pierna. – No sé que más quieren saber. Lo único que consiguen es que los más afectados se suman más en una depresión.
- ¿No tienen ningún psicólogo para estos casos? – quiso saber su sobrina Nuen.
Durante unos instantes nadie respondió. El sol estaba bajando, y la luminosidad era cada vez menor. Habría que encender la luz eléctrica, ese pequeño lujo que les habían permitido tener.
Enren terminó su intentó de recuperar la circulación en su pierna, y llevo la mirada al otro lado de la habitación. A Elien. Verla drogada, sin decir nada coherente, era realmente lamentable para una niña como aquella.
- Tendría que haberlo. – suspiró – tendría que haberlo.
Aquella cosa era realmente impresionante. Nunca había visto nada igual. ¿Qué clase de secretos habría en su interior?
Era fantástico. Idéntico a los cuentos de aventuras. Esos dónde el héroe se hace con un barco y llega a fantásticos mundos de ultramar habitados por seres desproporcionados.
Tan desproporcionados como ese maravilloso y enorme buque.
La pequeña Madelen observaba junto con su tío Molen y su primo Kenen, el enorme espectáculo que representaba aquel objeto imposible que había hecho acto de presencia al mediodía.
Era la noticia del día. ¿Qué del día? ¡Del año! ¡La noticia más importante del mundo mundial! Estaba entusiasmada. Ojala estuviese con su padre para verlo con él. Es que nunca estaba en casa. Era una lata. Ella se pasaba casi toda su vida con sus tíos.
Alrededor de la zona del puerto se había colocado un perímetro tan grande, que llegaba hasta el final de la ‘Avenida Este’, que empezaba en la ‘Plaza de la Constitución’, la plaza central de Ásundol, y acababa precisamente muy cerca de dónde se encontraban los tres, la plaza ‘Mar Romín”. Un montón de “Guardas de Ise” se agolpaban allí, con vallas de metal pintados de rojo, para que la gente no pudiera pasar.
Su primo permanecía subido a los hombros de su padre, con las piernas entre la cabeza del hombre, para poder ver algo. Madelen esperaba su turno impaciente.
Ambos primos tenían más o menos la misma edad. Seis años. ¡Ya eran muy mayores! Hacían muchas cosas de mayores. Pero todavía eran demasiado bajitos para que los adultos se diesen cuenta.
Y eran demasiado bajitos como para poder ver a través de ese tupido bosque de piernas que se la antojaba odioso. ¡Quería ver el barco! ¡Quería ver el barco venido de más allá del mar!
¡Qué rabia que toda la gente de la ciudad hubiese salido a verlo! ¡Que fastidio!
- ¡Tío! ¡Yo también quiero verlo! ¡Déjame verlo! – suplicó la niña poniendo ojos piadosos – ¡Por favor!
- ¡Te fastidias, me toca a mí! – respondió Kenen desde lo alto.
- ¡Kenen! – le regañó su padre alzando la vista hacía arriba y tirándole levemente de los bracitos. - ¿Qué maneras son esas? A Etall no le gustan los niños egoístas y maleducados. ¡Pídele perdón a tu prima ahora mismo!
Kenen, aprovechando que desde su posición su padre no podía verle bien, la sacó la lengua de manera burlona.
- ¡Perdona, prima Madelen!
- Así me gusta. Que os llevéis como buenos primos. – afirmó Molen. – Modelen, un minu más, y te toca a ti, ¿de acuerdo? – la pidió girando su cabeza hacía ella lo máximo que le permitía el tener a su hijo en lo alto
- Vale… - aceptó algo decepcionada.
Es que era una asquerosidad el esperar. ¡Siempre la tocaba esperar por todo! Era injusto. Ella quería ver eso que a lo que todo el mundo había ido a ver. ¡Con lo que había costado convencer a tía Roien para que les dejara ir allá!
- ¡Es una monstruosidad! – consiguió entender a alguien por su izquierda entre todo el ruido que la gente agolpada en la plaza no paraba de vociferar.
- ¿Qué clase de cosa se supone que es? – preguntaba una mujer mayor cerca de la otra.
- ¿Y el Gobierno? ¿Ha dicho algo el Gobierno al respecto? – inquirió una voz ronca y grave desde la dirección contraria. - ¿Por qué no se nos informa?
Realmente la gente estaba muy asustada. ¿Por qué? Ella había visto el barco a lo lejos, y la parecía majestuoso. Seguro que eran gente buena la que estaba a bordo. ¡Tenían que serlo para tener tan bonito barco! Algún príncipe de alguna tierra incógnita les agasajaría con regalos.
¡Cómo en los cuentos! ¡Qué emocionante era todo aquello! Quería verlo, ¡ya!
A pesar de estar la plaza abarrotada, ellos se habían conseguido hacer un hueco hasta la avenida Este, la que daba directamente a los muelles centrales. No estaban a más de unos pocos pasos de las vallas rojas que impedían el paso. Pero la gente de delante…
- Kenen, hijo mío, la toca a ella. – le comentó su padre Molen entonces. – te bajo.
- ¡Un poco más, padre! ¡Casi no lo he podido ver!
Molen chascó con la lengua.
- Kenen, no me hagas enfadar. – le pidió mientras le iba bajando.
- ¡Papa, solo un poquito más! – suplicó el niño.
- No. Ya tuviste tu tiempo. Luego más.
- ¡No es justo! – Kenen cruzó los brazos inflando sus mofletes de disgusto a la vez que se le dejaba en tierra firme.
Molen se giró entonces hacía la pequeña Madelen y la alzó la mano derecha.
- ¿Té apuntas, princesa?
Su tío era muy bueno con ella. Y eso que no era su tío de verdad. Él era el marido de su tía Roien. Era profesor de los chicos mayores en su escuela, y sabía muchas cosas. Siempre andaba contando historias muy divertidas. Cuando, además, se le hacía una pregunta, él siempre tenía la respuesta. Lo único malo es que tenía una barba corta que picaba mucho cuando daba besos.
¡Qué buen tío era!
Madelen asintió entusiasmada, y se agarró a los brazos del fuerte adulto. La levantó tan de golpe, que sintió en su estómago muchas cosquillas. Ella se acomodó poniendo sus piernas entre la cabeza de él. Tal y como lo había hecho Kenen.
Cuando alzó la vista al frente, se quedó boquiabierta.
El barco estaba todavía muy lejos, pero era realmente grande. Estaba atracado enfrente del gran edificio que presidía la plaza del puerto, casi al comienzo del dique principal de los muelles centrales. ¡Tenía casi la mitad de la longitud de estos él solito! Por la configuración del puerto, no le habría sido fácil maniobrar para estar dónde se encontraba.
Solo lo veía de frente, pero parecía que su forma era alargada. Todos los barcos siempre parecían tener forma afilada. Este no. Era rectangular, gris y altísimo. Su cubierta era planísima como la qué más. Algunas cosas pequeñitas con alas que zumbaban salían volando de allí, y otras venían del cielo para caer allá. No podía describirlo mejor. ¡Tan lejos que estaba!
En su lateral…. ¿cómo era?
- ¿Tío, como se llama la parte del barco que esta en el lado de la mano con la que se dibuja? – quiso saber la niña.
- ¿Perdón? – se extrañó Molen - ¡Ah, ya! No te entendí. – reconoció. – se llama estribor. Y la mano con la que dibujas es la derecha. Y es esa mano, por que eres diestra. Si fueses zurda, sería la izquierda.
La niña se rió complacida.
- ¡Gracias, tío! ¡Tú todo lo sabes siempre!
El hombre emitió una simpática risa.
- ¡Nada más lejos de mi intención es creer que yo lo sé todo! – la comentó. – Has de saber que nunca nadie lo sabe todo.
Bueno. Pues eso, en el centro de su lateral… estribor, tenía una torre maciza y voluminosa, con muchas antenas que le hacían parecer una descomunal caja de alfileres con las puntas hacia arriba. Terminaba con un ‘bichito’ que no paraba de dar vueltas sobre si mismo. Todo esto estaba coronado por una bandera. Atrás de esta torre debía de tener una chimenea enorme, pues salía una gran nube de humo. Pero desde tanta distancia no se distinguía nada. El casco, como estaba dándoles la…
- ¿Y la parte delantera, tío? – volvió a inquirir Madelen curiosa.
- Proa. – respondió su primo desde abajo - ¡Eso lo saben hasta los tontos! – la increpó para intentar molestarla.
- Kenen… - le llamó disgustado su padre.
- Lo siento… - respondió bajando la cabeza y mirando al suelo.
…la proa, como les estaba dando la proa, no se podía adivinar mucho más. Esa sí que estaba afilada. Es decir, que la cubierta era rectangular, pero el casco se adaptaba a ella para hacerse afilado en la parte frontal, y así navegar mejor.
Unas grandes letras en blanco debían estar escritas en…
- Tío…
- Babor. Se llama babor. – la interrumpió Molen
- ¿Cómo has sabido que quería preguntarte por el otro lado que no es estribor?
- Me lo dijo un fantasmita. – se rió él.
En fin. Por babor, en el casco, debería tener algo escrito. Pero Madelen no sabía leer aún. Además estaban demasiado de perfil como para distinguir nada, debido a que el barco se mostraba frontal.
No se podía adivinar mucho más de ese objeto. Estaba a varias brazadas. Bueno, ella no sabía muy bien cuanto medía una brazada, pero estaba a muchas seguro.
Había que cruzar la avenida radial ‘Isla Isuna’ que se cortaba con el final de la ‘Avenida Este’, y después toda la plaza “Mar Romín” para cubrir la distancia que les separaba del objeto.
Entre tanto, aunque había un montón de gente por delante, se podía distinguir como a partir de las vayas, toda la zona estaba desocupada, salvo por unos cuantos Guardas que pululaban de un lado a otro comprobando a saber que cosas y unos carruajes de vapor. También existían unos objetos parecidos a carruajes, pero que no eran carruajes. También tenían cuatro ruedas. Pero les faltaban cosas.
De todas maneras, era imposible ver más.
Encima se hacía de noche y cada vez todo se veía peor. No tardarían en dar las luces de corriente.
- Niños, se va haciendo tarde, y aquí no podemos hacer más que tumulto. – informó su tío. Será mejor que nos vallamos, o Roien se preocupara mucho.
Los dos emitieron un sonido de apatía. ¡Que aguafiestas! Casi no había podido verlo. Aunque visto mejor, sería lo más apropiado hacerle caso. Por alguna extraña razón, su entusiasmo con la criatura empezaba a transformarse en miedo. ¿Por qué? ¿Sería por grande?
- ¡Padre, solo un ratito más! – suplicó Kenen.
- No. – ordenó tajante mientras dejaba a su sobrina en el suelo. - ¡Venga, vámonos!
Molen cogió a los dos retoños de la mano, Modelen a izquierda, y su hijo a derecha, e intentaron hacerse un hueco entre la multitud agrupada detrás de ellos.
- No me soltéis la mano ninguno, ¿entendido? – exigió el hombre.
- ¡Sí! – respondieron al unísono los dos pequeños.
Aunque la verdad sea dicha. Era más fácil decirlo que hacerlo. ¡Qué difícil era mantenerse agarrado a su tío mientras intentaba esquivar a todas esas personas que solo tenían ojos para adelante! Como no se apartaban, había que buscarse los huecos.
Molen iba haciéndose camino a la fuerza mientras pedía disculpas por sus empujones e invasiones varias. Los dos infantes, que se aferraban con todas sus fuerzas a su mano correspondiente del adulto.
Tardaron un buen rato en conseguir salir del tumulto, que se extendía hasta la ‘Plaza de la Constitución, y llegar a un lugar más despejado en la cuesta de la avenida Casaben, la avenida que partía del noroeste de la plaza central de la ciudad. Como mínimo, debieron de ser veinte minus o más.
Madelen empezaba a estar muy cansada. Empezó a desear que la cogieran en brazos. Pero con su primo delante, esto no podría ser. Acabarían discutiendo quien tendría más derecho.
Los colores rojizos del atardecer se distinguían en el cielo por encima de las casas que tenían enfrente, como si se hubiese pintado con unas pinturillas de cera como las que ella usaba tan a menudo.
Empezaron a subir la pendiente ya más ágilmente, pues la gente en esa zona, mucha menos, estaba más preocupada en sus quehaceres y no en obstaculizar el paso. No obstante, siempre se veía a alguno que echaba la mirada al puerto para ver el enorme objeto atracado a lo lejos.
En ese instante las luces se encendieron en la avenida, como cada noche. Todos agradecieron el poder ver mejor.
Molen se paró en seco, y, soltando las manos a los dos, se dio media vuelta para observar el buque por última vez desde la perspectiva aventajada sobre el mar que daba la cuesta.
- ¿Tío Molen? – preguntó Madelen - ¿Qué pasa? ¿Por qué te paras?
Con un semblante muy serio, ignorándola como solo los adultos saben hacer de los niños cuando no quieren ser molestados en sus pensamientos, divagaciones o conversaciones, hizo un gesto de negación con la cabeza.
- No me gusta nada todo esto. – se dijo a sí mismo mientras el barco también se iluminaba a sí mismo a lo lejos entre el cielo oscureciéndose por la noche entrante. – No me gusta nada de nada.
Graden Faunen estaba pálido.
No. Más bien, parecía una tiza. Había tenido un día surrealista. Ya nada encajaba en nada. Lo más probable es que se hubiese cogido la cogorza de su vida en la fiesta del Paso, y todo aquello no fuese más que una pesadilla.
Primero, los ataques a los barcos mercantes. Después el ataque al pueblo aquel de la isla Isune. Tercero, el estado de excepción impuesto. Y por último, aquellos personajes que a mejor descripción, se les podría de tachar de ‘alienígenas’.
¿Es que todo esto no era más que una narración de una novela barata? ¿Acaso alguien se divertía haciéndole caer en la locura más extrema? ¿Qué era lo que se suponía que significaba todo ese entuerto?
Ciertamente, si en aquel momento tuviese que enfrentarse, por ejemplo, a la prensa, sería incapaz de explicarles nada. Ni el mismo entendía nada de nada.
Mierda. Es que en aquel momento sería incapaz hasta de enfrentarse a un niño de cinco años.
El Regentor se ajustó los botones de su chaqueta, e inspecciono nervioso las puñetas de sus brazos. No podía pararse quieto. Quiso hacer un breve recuento de lo ocurrido.
Una vez apareció la loca de Ginen Romen y lanzó aquella bomba de noticia, costo horrores salir de la sala de conferencias. La gente, ofendida por aquella intervención tan absurda, consideraba que el Gobierno les estaba mintiendo. Le asaron a un enésimo número de preguntas, todas a la vez, entre gritos e indignaciones.
Se encerró en su despacho, no muy lejos de allí, mientras la ‘Guardia de Ise’ que había en el recinto intentaba instaurar el orden de nuevo.
Durante unos minus se quedó mirando el ventanal al fondo de la habitación, y cuando se hubo calmado, entre pensamientos de incomprensión, decidió llamar a su secretaria para exigir la presencia de la cúpula militar para ser informado.
Cuando abrió la puerta, allí se encontraba su mano derecha, Joen Men. Con una cara tan seria y ruda, que habría asustado hasta las propias piedras. Para colmo, le había pillado con un semblante de pánico, por lo que sus intentos y sus teatros que estuvo ejerciendo toda su vida para aparentar ser alguien inflexible, duro y fiable debieron de derrumbarse cual castillo de arena contra las olas.
Decidieron llamar a la cúpula, como ya había pensado él mismo. No tardaron. De hecho no hizo ni falta llamarles. Aparecieron con una carta por cable desde el puerto en la que los Guardas que estaban allí solicitaban órdenes de actuación ante los nuevos e inesperados acontecimientos.
No terminó de creérselo hasta que subió al mirador que había en una balconada que rodeaba a la parte superior de la cúpula del edificio del Regentorado por la parte exterior.
Ese mirador era, salvo el ‘Etallen’ al norte, el punto más alto de la ciudad, y desde allí podía tenerse una vigilancia casi absoluta de toda la bahía.
Allí estaba. Imponente. Inconcebible. Indescriptible. Un buque tan grande parecía una extensión más del puerto, como si de una isla flotante se tratase. Jamás había pensado que algo tan enorme pudiese flotar.
Cuando se hubo convencido de que todo aquello era real, opto por que el General Tien y el Ministrum Joen Men se acercasen en una comitiva en respuesta a la petición de encuentro oficial que los seres habitantes del barco imposible no paraban de insistir.
En un principio pensaron en enviar a Len Millen, el Ministrum de Interior, junto al general. Lo cierto es que su puesto era el más lógico para el menester encomendado. Pero alguien tan poco presentable y tan mal acostumbrado a eventos públicos, no se mostraba propicio para un encuentro que se adivinaba… “historico”.
Mientras, Graden optó por continuar, a pesar de los acontecimientos, los planes previstos, y la primera expedición a Isla Isune partió hacía ya unas pocas meras.
No iban muchos guardas, ni tanto material como para sentirse indefenso. Pero el Regentor creyó más tarde, que había cometido un grave error al subestimar las supuestas intenciones de aquellos desconocidos.
Solo el que él no aparentase debilidad, inutilidad o indecisión ante situaciones límite, le impidió mandar de vuelta a aquellos guardas. Todo esto añadiendo la lógica aplastante de la superioridad de aquellos humanos, capaces de crear tamaño monstruo marino, que les harían parecer a los Isunes insulsos mosquitos si intentaban mostrarse hostiles.
Entre nervios, decidió formar un nuevo Gabinete de Crisis entre el resto de los Ministrumes para transmitir y formar un nuevo plan de emergencia para saber cómo sería mejor actuar.
Nadie lo sabía.
Todos en la sala estuvieron al borde de un ataque de nervios. Los ministrumes se insultaron entre sí, no le escucharon, y absolutamente nadie le hizo el menor caso.
Su fuerte gobierno se estaba despedazando. ¡Y eso el gran Graden Faunen no lo podía permitir! Les puso firmes a todos. Absolutamente a todos. Jamás había recordado una bronca tan descomunal como la que les había lanzado a sus subalternos en aquel momento.
Y el Regentor echó y echaba muchas broncas en su vida. Pero ninguna como aquella. Estaba claro que el ser humano cuando está en una situación de comodidad permanente, si se encuentra de repente acorralado por un suceso inexplicable para su escala de valores, este se comporta cual animal salvaje. Intenta salvar su cuello cueste lo que cueste.
Decidieron entonces formar una lista de preguntas a formular a tan extraños personajes, y hacerlas públicas cuanto antes para evitar una rebelión de la población en la ciudad… y en el resto de Ise.
Preguntas tan lógicas de formular cómo: ¿Quiénes son? ¿Por qué no se ha sabido nada de ellos en tanto tiempo? ¿Qué intenciones tienen? ¿Son realmente humanos? ¿Tienen algo que ver con el suceso de Basán?.... y así unas cuantas más.
Respecto a esa última pregunta, estaba más que claro, que sí tenían que ver. Demasiada casualidad que atracasen en puerto a menos de una mera del extraño acontecimiento en la otra isla. Y eso casi respondía a la pregunta de sus intenciones para con ellos.
Aplicando un poco de imaginación, todo aquello parecía una especie de conquista. O tal vez no.
Graden no sabía que pensar. Estaba hecho un lío. Y esa era una sensación que no había vuelto a tener desde su adolescencia. ¡Desde que no era más que un imberbe! ¡Una sensación que se había jurado a sí mismo no volver a tener si quería llegar a lo más alto!
No había comido. Tampoco tenía hambre. Y durante toda la tarde estuvieron esperando noticias de los dos ‘embajadores’.
Hacía una mera atrás, el General Tien había regresado. El ministrum Men seguía en el buque como anfitrión. Habían decidido una visita oficial en la Plaza de la Constitución después de que el Regentor se reuniera con el capitán del barco, llamado Walash Karen.
¿Walash Karen? ¿Qué clase de nombre era ese? ¡Walash! Eso no es un nombre. Es un atragantamiento en la garganta.
El General Tien había regresado con un semblante más tranquilo, pero con una impresión tremenda de lo visto. Él mismo explicó que, ellos tecnológicamente era muy superiores. Disponían de maquinas voladoras denominadas “naves volantes”. “Aeronaves” para abreviar. Y el barco aquel era una pista móvil en el mar para las denominadas máquinas. “Porta-aeronaves”. Y su exacerbado tamaño era por el simple hecho de los “aeroplanos” necesitaban un campo alargado para despegar o aterrizar.
Espeluznante.
Tecnología.
Aquello solo podía definirse con una palabra grabada a fuego en la mente de Ise.
Cataclismo. El Gran Cataclismo. La tragedia que había acabado con todo el mundo conocido mil años atrás. La que fue provocada a raíz de una guerra a nivel mundial.
A ningún Isune le gustaba la tecnología avanzada. Solo mantenían la que habían heredado de los viejos romines para disponer de un nivel de vida aceptable. Sus antepasados. El propio país de Ise había establecido en su Constitución su despego a toda forma de desarrollo tecnológico en aras del bien común. Solo la medicina se salvaba. Y en muy contadas ocasiones.
Y generación tras generación se había recordado cuan importante era aquella premisa. La tecnología es tabú.
En aquel momento, en pleno atardecer, mientras recordaba todo lo anterior, el Regentor Graden Faunen, en la parte trasera su carruaje de vapor oficial, con capacidad para seis plazas, iba a su encuentro de los ‘otros’....
Dentro le acompañaban el General Tien, el ministrum de defensa Enren Falten, el de interior Len Millen, y el chofer en la parte delantera. Era un gran carruaje de lujo, con plazas para ocho personas dispuestas de dos asientos para piloto y copiloto en la parte delantera, y dos filas enfrentadas entre sí de tres asientos cada uno. Sin embargo, el obeso ministrum ocupaba por dos.
El general y él, en los asientos traseros. Los dos ministrumes en los que se oponían a ellos, dándose la cara para poder hablar tranquilamente. Solo que nadie quería mediar palabra alguna. Nadie. Salgo Tien, todos estaban aterrados, mientras él hablaba con notable nerviosismo de la categoría histórica de aquel encuentro.
El vehículo había ido desde Casaben, al noroeste de Ásundol, rodeando el centro por la avenida radial “Isla Isuna”, la segunda concéntrica con respecto a la Plaza de la Constitución. Las luces se metían dentro, invadiendo la apacible oscuridad que tapaba las muecas de preocupación.
Al llegar, el chofer se bajó, y abrió las puertas correderas oponibles de la parte trasera del vehículo, por el lado izquierdo. Habían parado paralelos al mar, en dirección sur y cerca de la entrada principal del edificio principal del lugar.
Graden Faunen, sabiendo de la multitud agolpada en la Avenida Este, a mano derecha del vehículo, tensó sus rasgos faciales, e intentó con bastante éxito el aparentar determinación. Ellos tenían que suponer que su líder político estaba a la altura de los acontecimientos. Una vez lo hizo, bajó con soltura.
Su destino, la plaza ‘Mar Romín’ estaba ya bajo sus pies.
Enfrente se encontraba Joen Men, con un gesto indescriptible. Se había pasado toda la tarde en el navío, y eso tenía que pasar factura a cualquiera.
- ¡Buenas noches, señor! – saludó pomposamente, arqueando su espalda para agacharse levemente.
- ¿Señor, dices? ¿A estas alturas, Joen?
- El acto así lo pide, señor. – respondió señalando a la población expectante. Algún flash de algún fotógrafo perdido se adivinaba entre la multitud a su espalda.
Era un momento que aparecería en los libros. Joen Men daba por obvio que ya existirían en el futuro momentos para tonos más familiares. Aunque el sonido no les llegara, las formas eran las formas. Posiblemente los taquígrafos no andaran lejos.
La zona estaba ampliamente iluminada por focos móviles de la Guardia de Ise. ¿O no?
Cuando se giró a su derecha, en dirección al mar, se sorprendió tanto del tamaño del monstruo flotante al verlo tan de cerca, que casi se le atraganta la saliva. Se lo esperaba grande. Pero no “tan” grande.
Que estuviese en el puerto era un decir, por que su altura sobre la línea de flotación era descomunal y no permitían el acceso directo por escalerillas convencionales. Los transportes a tierra los deberían de hacer por barcas.
Y desde el propio… “porta-aeronaves” había unos enormes focos en proa que convertían la noche en día la zona que iluminaban.
Los de los isunes parecían míseras linternas de aceite a su lado.
El lugar qué apuntaban era la puerta principal del edificio ‘Mar Romín’. Y una alfombra amarilla a sus pies le indicaba el camino. Todo recto.
Una vez superado la primera impresión del navío extranjero, se ajustó la chaqueta, se colocó las puñetas en su sitio, alzó la cabeza, y con paso firme alcanzó el final del camino entre un silencio sepulcral. Algo inconcebible para toda aquella gente reunida.
¡Toda Ásundol, una ciudad de casi medio millón de personas estaba concentrada allí! Encima, el encuentro se realizaría en una zona claramente visible por la multitud reunida para mayor relevancia.
¡Maldita fuera el tener que mantener una imagen pública!
Un hombre vestido de una gala extraña, rodeado de lo que le pareció dos soldados con rasgos faciales inimaginables, le estaba esperando.
Vestía de gris, con un pantalón ajustado, con dos líneas amarillas en los laterales exteriores de las dos piernas. Botas negras hasta casi la rodilla. La chaqueta, de color negro, con hombreras disponía de una placa negra con letras. Seguramente su nombre y rango. Debajo, tenía las condecoraciones militares que también llevaban los “Guardas de Ise” de alto rango.
Las mangas de la chaqueta también tenían dos rayas amarillas, carecían de las típicas puñetas que todo romín llevaría en sus trajes de etiqueta, y dos botones dorados la cerraban de manera atípica, con el doblez por el exterior. En su hombro izquierdo tenía un escudo. Una especie de sol sobre el mar delante de algo que parecían tres brazos. En el hombro derecho, un símbolo con forma de dos estrellas y dos barras que seguramente indicaban su posición. Una gorra negra, de corte afilado, con solapa por delante, y unos guantes blancos terminaba la descripción.
La chaqueta terminaba en un cuello alto y ceñido. No dejaba ver camisa alguna.
Era una moda curiosa.
Los otros dos a sus ambos lados iban vestidos de manera parecida. Solo que sus chaquetas eran del gris de los pantalones, tenían menos medallas, y en vez de dos barras y dos estrellas, eran dos barras y una estrella.
El hombre, al acercarse Graden Faunen a él, empezó a sonreír. Era el que tenía los rasgos más normales. Casi isunes. Solo casi.
- ¡Por fin nos encontramos! – saludó el tipo con vigorosidad y un acento que jamás había escuchado en el habla. Muy liquido – El gran regentor de Ise, Graden Faunen, supongo. – le ofreció la mano en clara señal de saludo histórico.
- Supone bien. – respondió él secamente, aparentando fortaleza, mientras le devolvía el saludo con la mano. Varios flashes de los fotógrafos oficiales del gobierno les iluminaron por la izquierda.
- Mi nombre es Walash Karen. Soy el capitán del ‘Nuenia Triada’. – informó – y vengo en representación del Gobierno de los Estados Federados de Nuenia.
Eoren Fen hijo se encontraba de pie hablando con su madre en la habitación del hospital. En él se encontraban nada más que ellos dos. Ella compartía habitación con la señora Tianen, la abuela de Semaren. No es que tuviera grandes heridas, pero estaba en observación debido a la ansiedad que había demostrado y su avanzada edad. No obstante, en aquel momento, ella se encontraba con su hija y su yerno en mitad de una declaración… la enésima que les hacían.
Eran unas declaraciones por separado. A él ya le habían llamado un par de veces. Siempre para preguntarle lo mismo. Le metían en una consulta de un médico, y una mujer con el uniforme de la Guardia de Ise, con una actitud artificiosamente cariñosa, le hacía preguntas acerca de lo ocurrido. Cómo paso, cómo escapó, cómo sobrevivió… Una y otra vez con el único propósito, al menos que a Eoren le pareciera lógico, de buscar incongruencias o contradicciones entre las declaraciones de los otras víctimas de la catástrofe.
Llevaba ya unos minus preguntándola de nuevo por su estado y por lo que la pasó. Pero cómo siempre, la conversación se desvió a el estado de él y por lo que había pasado el propio Eoren.
- ¿Padre dónde está? Él no está cómo para que le den el alta y marcharse con nosotros en cuanto llegue el barco de Ásundol.
- Los médicos dicen que sí.
- ¿La señora Tianen está en observación y no tiene ningún rasguño, pero a padre se lo llevan con las todas contusiones que tiene? –se indignó el hijo.
- Tienen prisa por llevarnos a la capital. –se lamentó ella quejumbrosa en la cama. Tenía dos costillas rotas por el golpe en el suelo recibido en la reyerta contra el invasor, además de heridas de bala en sitios bastante delicados. Una casi le perfora un pulmón y otra la femoral. La suerte que había tenido no había sido poca. No hacía mucho que la habían operado para sacarla las balas incrustadas desde entonces, y la anestesia parecía todavía mantenerla atontada.- Y lo peor es que no podemos negarnos. Parece mentira. A tu padre se le cae una casa entera encima, y no tuvo más que un hombro dislocado. Y a mí que solo me tiran al suelo…
- ¿Solo? ¿y agujerearte cual colador? – ironizó su hijo.
- … y me agujerean cual colador –sonrió tristemente – estoy peor que un carruaje en un desguace de chatarra oxidada. – hubo un breve silencio. – pero tú quieres preguntarme otra cosa diferente a la injusticia de que nos obliguen a separarnos, ¿verdad?, hijo mío.
Eoren no se impresionó. Realmente a los padres, y más a las madres, difícilmente se les escapan los sentimientos de sus hijos.
- No.
- ¿Es por la chiquilla esa? ¿tu amiga? – preguntó Lamoen.
- Sí, Elien. –respondió secamente.
- Antes la he oído gritar desde aquí. –afirmó la mujer- Cuéntame qué ha pasado.
Eoren suspiró. No sabía bien que hacer. Él no era más que un crío al que le acababa de suceder unos sucesos que le superaban por completo.
- Cuando se despertó, yo estaba visitándola por si había mejorado. –explicó el muchacho. – Allí estábamos la hermana de Semaren, su tío, y yo. Ella gimió e intentó levantarse. Cuando la pedimos que no se esforzara, ella se percató de que algo raro pasaba. Preguntó que había ocurrido, dónde estaba, y porque tenía tantas vendas. Ninguno de los tres nos atrevimos a abrir la boca. La preguntamos si no recordaba nada de lo ocurrido y nos respondió que no. Volvió a insistir y nos miramos los tres sin saber que hacer – continuó narrando. – pero, es que, ella es mi amiga. Cogí valor y la dije la verdad.
- ¿Y cuál era la verdad? ¿Cómo se lo explicaste? – preguntó su madre.
- La hablé del ataque, que algo enorme había destruido Basán… que el señor Enren Gonen la había rescatado entre los escombros… y que había sido trasladada a Ísundol, a un hospital. Ella no me creyó. – confirmó mirando de reojo a la luz del alumbrado exterior que entraba por la ventana apesumbrado. – Preguntó por su familia. El señor Gonen la respondió que no había noticias de ellos y que seguramente estarían muertos, porque casi todo el pueblo había sido exterminado.
- ¿Empezó a chillar entonces?
- No. Se quedó callada un buen rato. Después se levantó de la cama y casi se cae por falta de fuerzas. Cuando la cogí para que eso no ocurriera, pues era el más cercano, me insultó, me dio un manotazo y se cayó al suelo. – respondió Eoren – una vez allí tirada, se sentó, dejándose la melena caída hacia delante, intenté levantarla, pero se negó y me dio un manotazo para tirarme atrás. El señor Gonen hizo lo propio, pero también respondió de la misma forma.
- ¿Qué insultos profirió?
- Nos llamo mentirosos. Cuando llamamos a las enfermeras cuando nos vimos incapaz de sacarla de su reacción, y estas vinieron, es cuando empezó a gritar porque no quería que nadie la tocara. – el chico hizo una pausa conteniendo un suspiro lacrimógeno. Su madre hizo un ademán para abrazarle.
- Ven aquí hijo mío. – le pidió ella mientras el se sentaba tristemente y se acurrucaba en sus brazos.
- Daba patadas, insultaba a las enfermeras, exigía que la dejarán salir y no paraba de llamar a su familia. Las enfermeras la administraron una dosis de calmante vía intravenosa para calmarla. Necesitaron hasta seis personas para inmovilizarla. – terminó de explicar el chico. – Después de unos minutos sujetándola, parecía una muerta en vida. Tenía los ojos abiertos de par en par, mirando a la nada y balbuceando los mismos improperios que antes. Nos recomendaron que nos tranquilizásemos. Ella estará un par de meras en ese estado.
- Entiendes que esa reacción era la lógica, ¿no? Todos estamos así. – le tranquilizaba Lamoen acariciando su pelo con movimientos en remolinos de sus dedos.
- Sí, pero… ¿qué culpa tengo yo de recibir tantos insultos? Yo también soy víctima.
- Eres culpable de haberla dicho la verdad. – sentenció ella – Pero hiciste lo correcto. Alguien tenía que decírsela. Nunca te arrepientas de decir la verdad, hijo mío. De momento ella se sintió enfurecida por que fuiste el mensajero de su tragedia. Pero cuando se la pase el efecto del sedante, ya verás cómo su opinión cambia.
- Eso también me preocupa. – habló el muchacho.
- ¿Por qué?
- Porque estuve susurrándola al oído para animarla. Ella balbuceaba que fuera de Basán no tiene a nadie. Que sin su familia estaba sola. Y no paraba de llamar a sus padres. – respondió - ¿Qué va a ser de ella? Yo os tengo a vosotros, a mí pesar del abuelo. La familia de Semaren, salvo él, está al completo. Vamen tiene un hermano de su madre en un cargo de administración en el Ayuntamiento de Ísunsol que puede hacerse cargo de él…
- ¿Cómo está el muchacho? – le interrumpió Lamoen.
- Mal. Tiene el torniquete infectado, y está a base de antibióticos. Es otro que con tanto sedante parece un muerto en vida. Pensaba irle a ver dentro de un rato, antes de que nos manden partir.
- Hazlo. – ordenó la mujer.
- Pero Elien no tiene a nadie. ¿Qué va a ser de ella a partir de ahora? ¿Habría sido más humanitario haberla dejado morir allí?
Lamoen dio un respingo al oír esas palabras que obligó a Eoren a incorporarse de los brazos de su madre.
- ¡No digas eso jamás! – le regañó – Una vida humana es valiosa esté en el estado que este. No haberla ayudado hubiera representado un pecado de enormes proporciones.
- Pero ella está sola, y sufrirá de por vida. – objetó él – y si decide suicidarse más tarde, ¿de qué sirvió ayudarla? Solo para que me odie ahora…
- Eso es algo que tú ni nadie tenía derecho a decidir por ella. – le informó la mujer - ¿Cómo te verías tú si estuvieras en su situación? ¿Cómo responderías si tu padre y yo… e incluso tu tía, estuviésemos muertos también?
- ¡Madre! ¡No diga eso ni en broma! – se escandalizó.
- ¿Te hubiese gustado que no te prestasen auxilio?
Hubo un silencio incómodo antes de que Eoren se decidiera a responder con sinceridad.
- No. No me había gustado. – afirmó él.
- Cada persona viva tiene una misión en esta vida. Y mientras tenga una chispa de aliento su misión no ha acabado. Nuestro deber como hermanos es mantener viva esa chispa. Como manda Etall. – explicó la mujer seriamente mientras le miraba fijamente a los ojos. – Si no se la hubiese prestado auxilio, ni siquiera la habríamos dado la capacidad de decidir si merece la pena seguir existiendo o no.
- Sí, madre – respondió el hijo algo más convencido.
- Por ella no te preocupes. Vete a saber si hay algún familiar suyo todavía vivo entre los escombros todavía. O tal vez haya sobrevivido en algún otro lugar del bosque. Y si no, descuida que sola no se quedará. Somos dos familias las que hemos sobrevivido…
Eoren asintió respiró algo más tranquilo. Había tenido la respuesta que quería. En el fondo él sabía que lo que deseaba es que fuera a vivir con él mismo y su familia.
- Madre, otra cosa.
- Dime hijo. – respondió mientras le acarició el rostro. - tendrás que afeitarte. Tienes una barba incidente que raspa demasiado.
- No me afeité esta mañana. Pensaba hacerlo después de despedir a Semaren.
- Con dos días sin afeitarse, ya raspas. Mi pequeño es ya un hombre. – sonrió orgullosa la madre.
- A lo que iba, madre… ya que os he contado lo que me atormentaba, quería pediros un favor.
- ¿Cuál, hijo mío?
- Ahora que no hay nadie, ¿por qué la hermana mayor de Semaren está así de extraña con todo el mundo?, ¿qué pasó cuando te salvo?, ¿y por qué no has querido aclararlo tú, ya que ella no lo ha hecho?
Lamoen suspiró, bajó la vista y miro sus propias sábanas en un tiempo que a Eoren se le hizó eterno. Cuando levantó la vista se mostró tan seria que parecía que le iba a echar la bronca de su vida.
- Estoy viendo que llegará el momento en que tendré que decirlo yo. Pero considero que tiene que ser ella quién lo diga. Aunque, en realidad, no sé todo lo que pasó hasta que me encontró. – respondió. – Te diré lo que pasó. Con una condición. No lo digas a nadie todavía. – ordenó.
- ¡No! Madre, sabéis que soy muy discreto. ¿Qué ocurrió?
- Mauen mató a un hombre con sus propias manos.
El teniente Groen Sen se encontraba a punto de recostarse en la litera su camarote cuando un soldado le vino con una misiva venida por carta sin cables. Escuetamente indicaba en una frase la siguiente sentencia:
“Tu hija está ya felizmente en la cama. Fin. Te espera impaciente. Fin.”
Y firmaban con el nombre de su hermana Roien Sen ‘La Mayor’.
Evidente, Groen sabía que no era realmente de su hermana. Venía del sub-teniente Fenen. Además del lenguaje encriptado, venido por un aparato de cartas sin cables instalado en su propio camarote, había resuelto a escondidas del ministrumio una serie de lenguaje figurado con su subordinado. Haciéndose pasar por la familia de cada uno, se mandaban informes que posteriormente se desviaban por medio de un tercer cómplice que desde Ásundol desviaba las cartas a su destinatario real, cambiando la frase inicial acordada por otra que también lo era, con significado oculto idéntico.
Lo que había recibido en realidad era que el barco con las personalidades y familiares de altos cargos de Casaben, así cómo la mercancía de valor, estaban ya en alta mar en dirección a sus destinos. Y esperaban órdenes. Con lo cual se refería si debían usar el método de encriptamiento dado por el Gobierno para transmitir la misma información.
Obviamente aquel sistema sería muy complejo y arduo de manejar si hubiese muchas variables. Además de que hubiese tardado una eternidad de tiempo en idearlo de haber sido así. Y tiempo era lo que no había tenido, precisamente. Así que tan solo ideo en una lista escrita unos pocos enunciados con sus pares correspondientes y su significado real al lado. Llegarían a unos treinta o algo más. Los que Groen había considerado suficientes. Si había problemas, si el barco zarpaba, si no zarpaba, si la misión se cancelaba, si había traición por parte de Joen Men, si el plan inicial no era más que una tapadera y se hallaban en problemas…
Los remitentes falsos serían la hermana de él mismo, y la supuesto padre del personaje que actuaba el sub-teniente Fenen.
La razón de todo aquello no era más que el teniente Sen no se fiaba en absoluto de las intenciones reales del ministrum de economía ni del gobierno en geneal.
Aquella gente no era más que parásitos de la sociedad, y que se le ofertará a él un ascenso tan exquisitamente sospechoso como recompensa si hacía aquel trabajo en el más sumo secreto, se le antojaba como una mísera tapadera para algo más gordo.
El qué, no lo sabía. Y no le preocupaba mientras no le afectará ni a él, ni a su carrera. Ya tenía bastante experiencia en caídas estrepitosas en su familia. Sabía lo repugnantes que pueden llegar a ser la clase gobernante.
Por eso, ideo un lenguaje paralelo. Para evitarse males peores. Si le traicionarán, se enteraría, y podría salvar su cuello antes de que se lo rebanasen cómo chivo expiatorio.
- Muchas gracias – le respondió Groen al joven soldado que le trajo el papel. – Iré ahora mismo a responderla.
- ¿Tiene usted una hija, señor? – preguntó el chico inocentemente.
El teniente le miró con furia a los ojos.
- Usted es el soldado Boen, ¿es así? Creo que es usted un novato – preguntó el oficial con severidad.
- Sí, señor – titubeó. – soy nuevo. Me aliste hace cosa de tres meses.
- Pues soldado, no pregunté cosas que no sonde su incumbencia. Y menos si estás responden a la vida personal de un superior. Si no quiere pasar el resto de la misión limpiando las letrinas de sus compañeros, ¡Cállese! – le ordenó tajantemente pero sin levantar la voz. – Es un consejo de veterano a novato.
- ¡Sí, señor! – respondió el asustado e inexperto soldado, oyéndosele perfectamente tragar saliva del susto.
Groen Sen, que se encontraba en aquel momento en la puerta del camarote, volvió a entrar violentamente en su camarote y cerró la puerta con firmeza. Afuera oyó perfectamente proferir un insulto a aquel estúpido novato contra él. Pero hizo oídos sordos. Tenía cosas más importantes en la cabeza que las insolencias de un pobre imbécil.
El teniente, todavía con el atuendo militar de campaña, apoyó su espalda contra la puerta y se frotó los ojos. Todavía tenía grabado a fuego la impresión que le había dado ver aquel monstruo de buque entrando en el puerto de Ásundol. Debía de tener al menos casi siete brazadas de largo.
Odiaba haberse tenía que ir en un momento cómo aquel. Pero el deber es el deber. Sin embargo, si le hubiesen preguntado su opinión, el sacar tanto armamento, como personal de la Guardia de Ise justo en un momento tan histórico cómo se vislumbraba aquel, sin saber las verdaderas intenciones de tan extraños visitantes, le parecía una temeridad.
Al principio pensó que aquello no podía ser obra humana. Imaginó que tenía que tener relación con los acontecimientos que se describían en aquel pueblo de mala muerte al noroeste de la isla Isune y que la propia capital corría serio peligro.
Sin embargo al mostrarse las primeras señales de aquel monstruo flotante claramente pacíficas, los dirigentes del país debieron tranquilizarse.
Realmente creía Groen que la misión sería abortada. Contra todo pronóstico, no fue así. Ahora se encontraba en alta mal, navegando al norte, en dirección a Ásundol.
Eran tres grandes Embarcaciones gemelas. De las más grandes de la flota. Bueno. Decir ‘grandes’, después de haber sido testigo de aquella bestialidad sobre el agua, era decir mucho. Pero sí, eran bastante ‘amplías’. Tenían nombres similares por razones funcionales y burocráticas. Siempre realizaban misiones conjuntas, y eran la insignia de la flota.
Sin más, eran los “Alas Casaben I, II y III”. El I y II tenían cómo misión ir directamente a la aldea de Basán y desplegar allí todo el material disponible. El “Alas Casaben I” protegería con artillería pesada al “Alas Casaben II” mientras este realizaba sus funciones de rescate e investigación, por si el evento que había destrozado la localidad volvía.
Por azares de la política, la triada insignia de la flota se separaría por primera vez desde que fue fletada por primera vez a la mar. El “Alas Casaben III” tenía como misión recoger a los supervivientes ilesos que habían recogido las unidades de la isla, y trasportarlas a Ásundol. Volvería de nuevo a Ísundol al dejar a los primeros en la capital del país y esperaría en su puerto hasta que el resto de los supervivientes que se mantenían hospitalizados les otorgaren el alta médica. El buque estaba equipado con artillería, más bien ligera, salvo un cañón pesado en la proa del barco, por si se encontraba con el infortunio que ya había costado tantas vidas anteriormente en las aguas de la mar.
Cómo Teniente, su misión estaba centrada en la infantería transportada a bordo del “Alas Casaben II”. Había otros dos tenientes abordo, cada uno con su misión. La suya era la de organizar la búsqueda y ayuda de supervivientes en Basán, así como la investigación de las causas del siniestro. Todo aquello mientras se llevaba a cabo la dirección de la operación encubierta de Joen Men.
No pasarían por Ísundol. Se separarían de la embarcación “Alas Casaben III” poco antes de llegar a la isla, y ellos directamente se dirigirían a su objetivo. Con un poco de suerte llegarían antes del amanecer. Las maquinas estaban a toda potencia. Volvió a frotarse los ojos y salió de su habitación. Allí todavía se encontraba el soldado novato.
- ¿Qué hace usted aquí todavía?
- Su respuesta señor. – respondió – me informó que iba a escribirla en este mismo instante.
Aquel tipo era realmente idiota.
- ¡Lo iba a hacer personalmente, imbécil! – respondió gritando el Teniente Sen.
El soldado se turbó ante tales palabras. Era tan estúpida su espera que merecía un fusilamiento por insulto a la inteligencia humana. Una lástima que no existiera la pena de muerte en Ise.
Ciertamente, no le importaría darle el mensaje a él, e irse a descansar. Pero ante tal demostración de competencia, sería más seguro hacerlo personalmente.
- ¡Apártese! – le ordenó. – voy a la sala de comunicaciones.
- Sí, señor – se quitó de en medio titubeando. – otra cosa señor.
- ¿Cuál, soldado?
- El capitán solicita que haga acto de presencia en el puente en este mismo instante. – respondió tímidamente – se lo quería haber dicho antes, pero usted no me ha dado oportunidad.
El Teniente se puso blanco de ira.
- ¡¿Serás idiota?!
Mauen Buren se encontraba en el pasillo del hospital militar de la Guardia de Ise en Ísundol. Era un pasillo largo y blanco. Oscuro por tener una única iluminación en la lámpara que tenía cerca de ella en el techo. Estaba entre las habitaciones doscientos treinta y doscientos treinta y uno. Las centenas significaban que estaban en la segunda planta. Aquellas habitaciones eran dónde estaban, en ese orden, su hermana y su abuela, la cual se encontraba en esos momentos en una consulta médica de un psiquiatra del hospital. El pasillo tenía el suelo de baldosas de cerámica gris, con adornos florales romines, y las paredes pintadas de blanco impoluto. Desde su posición no se adivinaba ni principio ni fin al lugar. Pero a no muchas decbras a su derecha estaba las escaleras que llevaban directamente a la recepción del hospital, lugar dónde en ese momento había varios guaridas de Ise custodiándolos para que no se escaparan.
En aquel momento se encontraba sola sentada en posición fetal en un banco, macizo, de madera y barnizado, para cuatro o cinco personas. Llevaba así ya un buen rato. Antes incluso de que Elien despertará y entrase en un ataque de histeria. No se había sentido digna de entrar a ayudar.
En realidad no era digna para nada ni nadie.
No quería estar con nadie. No había sido capaz de hablar con nadie de lo ocurrido. La señora Lamoen Unien tampoco había dicho nada todavía.
Mejor así. Se estaba mucho mejor así.
Ella era una asesina. Merecía la muerte.
Peor aún que asesina, fraticida. Semaren también estaría muerto por su culpa. Le había dejado solo, y ahora estaba desaparecido.
Había matado a dos personas. Al invasor, y a su hermano. Uno con sus propias manos, y al otro por negligencia.
No quería hablar con nadie. Cada vez que lo hacía, veía en los rostros de los demás, la cara de su víctima, con el pecho ensangrentado, mirándola fijamente…
…fijamente.
Mauen soltó un gemido. Quería volver a llorar. Quería morirse.
Sí. Morirse. Eso sería fácil. Miró en rededor. Algo se podría usar.
Se meneó la cabeza. No. No era tan fácil. No podía pensar en hacer eso realmente. ¿Qué la estaba pasando?
Sin embargo existían personas que habían muerto por su culpa. ¿Por qué iba a merecer la existencia? ¿Es que acaso tenía miedo? ¿Tan poco valor tenía para ello? Fue capaz de suprimir la vida de un ser humano, y claro, ahora que se hablaba de quitarse la suya, la idiota de ella tenía miedo. ¿Ni una pizca de humanidad tendría?
Algún objeto. Sí. Tendría que haber algún objeto. Miró en rededor, pero no se la ocurría nada. El caso es que el solo hecho de pensarlo la aceleraba el corazón.
¿Ella muerta? ¿Cómo sería todo aquello?... ¿dolería mucho?
¿Y si dejaba de respirar? Optó por ello.
Todavía en posición fetal, Mauen aguantó la respiración.
Según pasaban los mecones, que se la antojaban eternos solo por el hecho de obsérvalos uno a uno aguantando el aire, un aire de lucidez le vino. ¿Estaba mal de la cabeza o qué? ¿Suicidarse aguantando tan solo la respiración? Semejante absurdo, y la sensación de miedo a estar haciendo algo inmoral otra vez, la hicieron volver a coger aire de manera suave. No habían pasado ni diez mecones.
Empezó a llorar de nuevo. La manera más silenciosa que pudo para que nadie la incordiara. Pero volvió a llorar.
¿Qué es la vida? ¿Qué es? Después de toda la muerte vista, de toda la muerte provocada, ¿realmente merece la pena existir? ¿Está realmente mal el suicidio?
Creía recordar que cortarse las venas de la muñeca con un objeto afilado mientras se tomaba un baño caliente era una muerte dulce y no dolorosa. Al menos eso la dijeron una vez sus amigas en una de esas conversaciones escabrosas y que nunca habría pensado una en verse envuelta en la realidad.
Se dio una bofetada bien fuerte en la mejilla derecha. ¿En que rayos estaba pensando? Matarse a sí misma era un pecado tan horrible como asesinar a otras personas. Sería la solución más fácil. Así no tendría que sufrir más, y pasaría esa carga a su familia, la cual lloraría su pérdida y se preguntarían el porqué.
En aquel momento el rostro del soldado sosteniéndose la sangre que la caía del pecho la regresó a la cabeza. Suspiró entrecortadamente.
Recordó todas las riñas con su hermanito pequeño. Todas las veces que le hacía rabiar. Todas las veces que él, en plan ‘erudito’ empezaba a hablar de las estrellas. Aquella vez que se le pidió comprar pan para comer aquel día, y cómo su madre no tenía una moneda de menos valor, le dio diez oncas, y él, de mala gana, fue y trajo todo el pan que se podía comprar con diez oncas, unas veinte piezas. Venía cargado hasta arriba. Su excusa no fue otra más que: “para no tener que ir en una buena temporada”.
En aquel momento no era más que un niño. Inocente niño pequeño de diez años. Pero se llevó una buena regañina. Ahora su hermano no estaba. Recordaba su última broma con él, haciéndole rabiar en el carruaje de tío Enren… su petición de que no abandonará el resguardo del bosque dónde se encontraban escondidos y que rezará lo más que pudiera…
Otra vez el rostro del hombre asesinado, cubierto de sangre la vino a su cabeza. Esta vez de forma tan violenta, y tan real que se sobrecogió aún más en su asiento.
¿Realmente su familia la lloraría?, ¿realmente se merecía a su familia? Ella había perdido a su hermano. ¡Debían de odiarla! No es que fuera la solución más fácil. ¡Es que era de justicia! ¡Debía morir!
Pero no quería hacerlo. Si Lamoen hablaba, sería peor aún para todos. Y para ella. ¿La llevarían a la cárcel? Se lo merecía. Pero no. Ella merecía más ser extinguida.
Paro de llorar de golpe, se levantó y se enjuagó las lágrimas con la manga de la blusa blanca que llevaba. Era parte del equipaje que habían salvado con el carruaje de su tío. También se había cambiado de pantalones por unos de cuero de color parduzco. Al resto de su familia les tuvieron que prestar ropa limpia nada más llegar al hospital.
No. No quería hacerlo. Pero lo haría. Era de Justicia. Merecía la muerte y el Infierno. Su vida no tenía valor. Estaba decidido. Se tiraría por la azotea del último…
- Hola Mauen. – le saludó timadamente una voz de un chico joven por la derecha.
- Hola, Eoren. – respondió ella secamente mientras terminaba se secarse las lágrimas con su brazo derecho. ¡Maldita fuera aquella interrupción!
- Quiero hablar contigo. – sentenció él.
El corazón de Mauen entró en crisis. Estalló en una explosión de pánico. ¿Acaso lo sabrían ya? ¿Lamoen había hablado?
- ¡Ah! – respondió la muchacha haciéndose aparentar sin interés.
- Estas muy callada. – confirmó él – con lo dicharachera que eres tú. – sonrió débil y amistosamente.
- Ya. – respondió ella. ¡Puñetas!¡No quería hablar!¿Por qué no la dejaba en paz para hacer lo que tenía previsto cuanto antes? No era fácil sacar el valor suficiente.
Eoren suspiró. Captaba la situación. Pero estaba claro que no dejaría su empeño.
Bueno. Un ratito, le despacharía pronto y después a ceñirse al plan previsto. Total, si hay algo seguro en la vida, es la muerte. Se sentaron en el banco, él a su izquierda, y ella simplemente se puso a mirar el suelo a contar baldosas.
- Mira, yo no soy quién para hablarte. No tenemos mucha relación. – se explicó Eoren hijo – La que manteníamos por la amistad que tenía con Semaren.
Era realmente horrible. ¡Semaren! El rostro de su hermano la vino a la cabeza. Quería llorar otra vez. ¡Qué la dejara en paz!
- Pero – prosiguió el muchacho – aparte de los cuatro saludos que pudiéramos cruzarnos, las conversaciones sobre el tiempo del día o acerca de cosas de poca importancia; lo que quiero comentarte es importante. Esta mañana nos ha cambiado la vida a todos. Y yo he estado a punto de perder a ambos progenitores. He estado a un soplo de quedarme huérfano, cómo lo son ahora mis amigos Vamen y Elien. – hizo una pausa. Mauen no le estaba mirando, así que no sabía si el puso alguna cara en especial. Pero se la intuía. – Elien también es tu amiga.
- Lo es más de Nuen. – respondió ella secamente.
- Me da igual de quién sea más amiga. – informó él – Mira. Yo fui quien la dijo la verdad, y ahora me odia. ¿Hice bien? Yo creo que sí. La verdad es un don tan valioso cómo escaso entre las personas. Pero ahora me detesta, y me siento fatal. Quisiera ‘morirme’. – habló haciendo hincapié en esa última palabra. – Todos hemos perdido a alguien esta mañana. Sin embargo nuestras familias han sido afortunadas por estar casi al completo. Somos el testigo vivo, el último reducto, de Basán. Y si esto ha sido posible, ha sido gracias a tu familia.
Mauen no quería abrir la boca. Pasaba de aquella conversación que ya había tenido con su madre. Y mucho mejor tratada, todo sea dicho. Aún así no había abierto la boca, ahora con alguien de fuera de la familia, mucho menos.
- Si no hubiese sido por tu tío Enren y tu padre Anren, el mío todavía estaría bajo las piedras de mi casa, muerto.
- ¿Debajo? Lo dudo. – respondió ella.
- Bueno sí. Mejor me lo pones. Si no hubiese sido por ellos, mi padre estaría muerto de seguro al volatilizarse la casa, y medio pueblo con él, en aquella tremenda explosión del final… - una pequeña pausa reinó por unos mecones – y Mauen…
Otro silencio. Esta vez más largo y menos llevadero.
- ¡Mauen! ¡Responde, maldita sea!
Más silencio. Se oyó a Eoren suspirar. Ella seguía mirando al suelo. Cómo siempre.
- Mauen… si no hubiese sido por ti, no solo habría perdido a mi abuelo, si no también a mi madre. Os debemos mucho en mi familia… – realizó la enésima pausa mientras la chica sintió cómo la cogió su hombro izquiedo. Ese acto tan incómodo para ella en aquel momento le obligó a mirarle a los ojos con disgusto –… Te debo mucho. Nunca estaré lo suficientemente agradecido. Hiciste lo correcto.
La reacción por parte de la deprimida, fue el último silencio de la conversación. Un silencio que tronaba cómo los relámpagos. Era claro a lo que él se refería.
- Mira, entiendo que la vida humana es lo más preciado de este mundo. Entiendo que aquellos puercos asesinos fuesen humanos. Y entiendo que hacerles lo que ellos nos han hecho esta mal, aunque lo que más deseamos en este mundo es apedrearlos hasta la muerte. Sí, les odio. – Confirmó él – y quiero encontrarles y hacerles pagar por cada amigo y familiar muerto. Pero yo no soy cómo ellos. Yo no mato. Y tú tampoco.
- ¡Tú que sabrás! – respondió en bajo decepcionada Mauen. Se esperaba más en aquella respuesta.
- Bastante más de lo que piensas. Puedo comprender que te sientas mal, sin razón, porque tengo entendido que dejaste solo a tu hermano, desobedeciendo a tu tío, con el objetivo de ayudar en el pueblo. Al fin y al cabo si no lo hubieras hecho, mi madre habría muerto. –se explicó pausándose de nuevo al final– Yo no soy un sacerdote. Pero sé algunas cosas. Y que tú no eres una asesina es una de ellas. – Afirmó Eoren – Sé que mataste a aquel hombre.
Mauen palideció. Es cierto que se lo esperaba después de todo aquel rato hablando. Pero aspiraba a que no fuese más que una mala jugada de su imaginación. Abrió los ojos de par en par, de tal forma que casi sentía salírseles de sus cuencas sobre los otros ojos del muchacho.
- ¿Lamoen? – titubeó ella.
- Sí, mi madre. Tranquila. Me pidió no decir nada, y eso haré. No pienses, de todas maneras, que ella callará por siempre. Has de decir la verdad.
- ¡No! ¡No! – gritó ella levantándose de golpe, nerviosa.
- Baja la voz. La gente esta empezando a dormirse. – recriminó levantándose también. - ¿Conoces el término “legitima defensa”? Mauen, te debo a mi madre. No voy a decirte que matar está bien. No voy a asegurarte si no habría habido otras opciones mejores sin tener que pasar por matar. No voy a recriminarte que pudieras sentir un placer enorme al quitar la vida a aquel puerco con sus propias armas.
- ¿No? – se tranquilizó la joven sentándose otra vez en el banco mientras le seguía mirando a los ojos. Eoren prefirió seguir de pie.
- No. Pero sí voy a advertirte sobre lo que piensas hacer. – regañó él. – Yo no me arrepiento de haber dicho la verdad a Elien, a pesar de que con ello destruí mi amistad. Hice lo que tenía que hacer. Y no voy a quitarme la vida por ello. Tú tampoco deberías de hacerlo.
Mauen estaba perturbada por aquellas palabras.
- ¿Cómo sabes que…? – preguntó la chica.
- No deberías hacerlo – la interrumpió la pregunta – porque eres demasiado tan valiosa como los pocos supervivientes que somos. No deberías hacerlo por que harías daño a muchas personas, entre ellas tu familia. ¡Y mi madre que se culpabilizaría toda la vida que por salvar su vida, tú te suicidaste!– se paró un mecón para respirar – Eso no te lo perdonaría. – advirtió – No deberías hacerlo porque es egoísta, y porque si lo haces, entonces sí eres una asesina como lo eran aquellos hombres. Te daría miles de razones más. Desde religiosas hasta personales. No solo eso. ¡No te dejaré hacerlo! Tan solo lo intentes una vez, la verdad saldrá de mi boca.
Mauen no lo entendía. ¡No lo entendía! ¿Qué significaba aquello? ¿Cómo lo sabía? ¿Por qué lo sabía? Eoren se puso delante de ella y cogiéndola los dos hombros, la habló fijamente a los ojos. Ella se estremeció mientras sentía que su alma se relajaba.
- Y la próxima vez, si tienes un plan maquiavélico entre manos, vuelve a proferir a los cuatro vientos tus pensamientos en alto mientras susurras entre llantos lo mala hermana que eres. Tal y cómo hiciste antes, pues yo no pensaba haberte hablado antes de eso. Así nos ayudarás a evitar que hagas una locura.
Sin duda aquel buque era algo fuera de toda descripción. Si por fuera y a lo lejos era de otro mundo, por dentro era de otro universo. Tenían maquinarias enormes, aparatos voladores de todo tipo, armas inconcebibles diseñadas para defenderse de objetos que desconocían, personal de toda descripción física, tecnología que jamás habría pensado que existiría…
Era sencillamente inconcebible.
El capitán Walash Karen les había ofrecido subir a bordo a enseñarles la embarcación. Allí, después de la visita, les ofrecería una opulenta cena dónde les respondería a todas y cada una de las miles de preguntas que se podrían hacer.
Parecía un hombre afable. Sencillo. Casi parecía un pueblerino si no llega a ser por el atuendo que tan elegantemente vestía.
En aquel momento se encontraban reunidos en una sala, adaptada comedor oficial, el Regentor Graden Faunen, sudando de los nervios cómo un pobre animal asustado de una manera que nunca había visto en él jamás; el General Tien, serio como una piedra, incapaz de soltar un gesto que permitirá vislumbrar un mínimo de asombro; el primer oficial del buque dónde se encontraban, el “Nuenia Triada”, el Teniente Wharf Wonag, un hombre peculiar, de piel marrón, labios prominentes y pelo corto, rizado y oscuro; y el propio capitán Walash Karen, el cual ya había explicado que tenía ascendientes Romines. No entendían muy bien aquello. Pero todos asentían como corderos mansos cada vez que el se enorgullecía diciéndolo.
Por último, habría que decir que también se encontraba él mismo, el minitrum Joen, saturado de tanta novedad trascendental. Le dolía la cabeza de todo aquello. Y deseaba salir de aquel lugar en el que se hallaba cómo embajador improvisado desde que aquella cosa arribara aquel mismo mediodía.
Al menos, el barco con su familia y sus pertenencias ya viajaban a su destino en la Isla Isuna desde hacía algo menos de media mera.
Una preocupación menos. De momento.
Todos, menos el capitán, estaban sentados en opulentas sillas de madera labrada con una cantidad de adornos de animales y flores que rayaba lo enfermizo. No dejaban un puñetero hueco sin labrar. Era impresionante. De hecho toda la estancia lo era.
Una araña colgaba del techo. Tenía cómo mínimo veinte brazos, y abarcaba casi la envergadura de dos personas con los brazos extendidos. Dorada y con cristales con forma de diamante con múltiples facetas. Cada brazo estaba tan adornado con formas de ramas y hojas, que parecía realmente un árbol dorado colgando del techo, cuyo fruto eran esas piedras preciosas.
La mesa era alargada, cómo la sala. El capitán disponía de su asiento en una de sus cabeceras, la más cercana a la puerta, que era bastante amplia por cierto, lo suficiente para entrar hasta cinco personas a la vez. Volviendo a la mesa, esta estaba cubierta por un mantel blanco con múltiples adornos azules, en dos bandas simétricas dispuestas longitudinalmente en el espacio vacío, de siluetas de animales y árboles. Una escena campestre en la que muchas de las siluetas no le correspondían a ningún animal conocido. Los platos seguían el mismo diseño. Blancos y con adornos azules en una banda concéntrica cerca del borde del plato. Los vasos eran transparentes, de copa alta, y tan facetados cómo sus compañeros de la lámpara que estaba suspendida sobre sus cabezas. Los cubiertos, una barbaridad. Cinco pares de tenedores y cuchillos plateados de diferentes formas. También había una cuchara sopera y una pequeña de postre. Todo adornado con más vegetales. Era agobiante.
La sala por su parte, envuelta en una música melódica, agradable e instrumental que no sabía exactamente de dónde procedía pero que bañaba todo; estaba tapizada, con obras que parecían estar hechas por artesanos exquisitos, con más temas campestres. Solo que estos a todo color. Parecía que su riqueza era enorme, pues estaba claro que parte de los hilos eran de oro y plata.
El techo estaba labrado en madera. No seguían el típico diseño romín que se seguía en Ise para los edificios oficiales. En vez de vigas paralelas, era todo una superficie esculpida cómo si debajo de un árbol se encontrasen.
En una de las paredes, la que se encontraba en la cabecera del lugar dónde se hallaba el asiento del capitán Karen, estaba en relieve sobre el tapiz un enorme escudo. Era el mismo que portaba en los uniformes la tripulación de aquel barco, y por lo que habían podido averiguar, era el escudo de su país, los Estados Federados de Nuenia. O Nuenia, a secas.
Por último, unas columnas doradas, claramente de función estética, con los capiteles profusamente adornados con más motivos vegetales, el fuste estriado con adornos en forma de enredadera en toda su longitud, y unas basas con adornos en forma de raíces.
- Y bien señores – prosiguió el capitán Karen con su eterno monologo. Se encontraba de pie al lado de su asiento mientras algunos hombres les traían la comida en bandejas tapadas – habíamos pensado que tal vez les gustaría probar la gastronomía Nuentina. Sin embargo somos conscientes que nuestro choque cultural es amplio, y si no quieren nuestros exquisitos platos, pediremos a la cocina que nos preparé algo típico de Ise. Para que se sientan en casa. – su acento era horriblemente empalagoso. Confundía sonidos vibrantes con líquidos, y era desesperante.
En aquel momento todos los comensales, salvo el anfitrión, estaban sentados. Cómo la mesa era muy larga, casi un cuarto de brazada, solo ocupaban una parte de esta. A parte de la cabecera de Walash, el regentor y el ministrum, en orden de cercanía a la cabecera, se sentában en el lado más cercano a la puerta, el lado izquierdo. El primer oficial Wharf Wonag y el general Tien, también en ese orden, a la derecha. Pusierón cinco sirvientes una bandeja al lado de cada plato, y al abrirlo, mostraron una ensalada extrañísima de colores rojizos, que cubría unas costillas cubiertas de una salsa blanca y verde.
Joen Men solía comer de todo. Pero aquello le daba demasiado asco. Tendría que superarse. El olor era demasiado fuerte. Demasiadas especias.
- ¿Qué clase de animal es? – preguntó el general.
- Conce. El Conce es un animal parecido al elefante, más pequeño y manejable, de una carne exquisita. En Nuenia, al sur del Estado de Maconue, se les cría por pastorero. Tardan mucho en reproducirse, por lo que su carne es de las más caras del mundo.
- ¿Elefante? – preguntó Joen. – No sabía que todavía existieran elefantes.
- Hay muchas cosas que todavía no saben ustedes, mis queridos amigos. –afirmó el capitán.– Por eso estamos aquí.
- No lo entendemos. – se explicó Graden Faunen con clara incomodidad. Era una sensación que despedía desde que estrechó la mano a Karen en la Plaza Mar Romín. – Nos habla de elefantes, y de cosas que no sabemos y que nos dirán. A mi no me interesan los elefantes, cómo no me interesan los Gonarith, ni los Atocot, ni las Fileca, ni ningún otro animal de fantasía o que no haya visto jamás, cómo jirafas, hipopótamos o “galli-perros” –terminó sarcásticamente inventándose el término. – Me interesa saber más porque no hemos sabido nada de ustedes hasta hoy mismo. Vivimos en un mundo en el que no esperábamos más gente que a nosotros mismos en los últimos mil años. Y por las buenas, ustedes se presentan con una tecnología aplastante, con unos modales y una sonrisa sospechosa, ¿para hablarnos de elefantes? Por favor, seamos serios. ¿Qué quieren? – esputó con nerviosismo.
El capitán Karen soltó una risilla complaciente la vez que se sentaba a comer.
- Entiendo su malestar, apreciado regentor, pero no debe porque preocuparse. Para eso es esta cena. Venimos en son de paz.
- ¿Son de paz? Con esta tecnología podrían habernos encontrado incluso antes que ocurriera el Cataclismo. – respondió Joen tranquilamente. No lo hacía mal, según dadas las circunstancias.
- De hecho conocemos su existencia desde hace doscientos años. – informó el teniente Wonag. Tenía el mismo acento líquido, pero su voz era áspera y seca, además de pronunciar demasiado fuerte los acentos.
- ¿Entonces? – preguntó Faunen.
- Bueno – se sinceró el capitán – he de reconocerles que ustedes tuvieron una tecnología igual o superior a la nuestra durante quinientos años después… ¿cómo lo llamaban?
- El Gran Cataclismo. –respondió Tien.
- Sí. La Guerra Mundial termino en un grave accidente tectónico que destruyó la práctica totalidad de Evania, salvo ustedes y una zona mucho más al sur. – informó él. – Creo que el término “Gran Cataclismo” es el mejor de los que he escuchado. En Nuenia, simplemente lo llamamos el “Evento”.
- ¿El Evento?
- Bueno, los nombres no importan. En aquella época Rominia era el país más avanzado del mundo. Cómo estaba en guerra con el bloque de las potencias de nuestras desaparecidas “Madres Patrias”…
- Perdone – se disculpó falsamente Faunen – No le comprendó.
- Se refiere –indicó el general Tien.– a que en la Guerra Mundial, Rominia, nuestros antepasados, estaba aliada en el bloque demócrata, el cual se encontraba en guerra con el bloque orgánico…
- En los libros de historia, Nuenia era la región de las colonias orgánicas. Una región muy lejana en un continente al oeste…– terminó de explicar Joen Men.
El capitán Karen dio un sonoro aplauso y sonrió satisfecho. Tanto que sus hoyuelos parecían túneles.
- ¡Bravo! En Nuenia, uno no se encuentra fácilmente gente tan cultivada.
- Tampoco es para tanto – se extrañó el ministrum.
- Lo es, amigo mío. Lo es. – confirmó el capitán – créame lo que le digo. Bueno la cuestión es que tras la catástrofe de Evania, Nuenia, sin un gobierno central que lo guiara, estuvo en guerras fraticidas y permanentes, sumido en un estado feudal de nobles déspotas, y reyes inútiles, y luchas de religión durante medio milenio. No fue hasta la llegada de Triada Hoop…
¿Triada Hoop? A Joen Men cada vez le parecían más de chiste aquellos nombres de personas. Salvo el apellido del capitán Karen, ninguno terminaba en su debido sufijo de persona tan típico en Ise.
- … un gran general ilustrado, de origen humilde, que tras la peor de las guerras intestinas, reunificó de nuevo toda Nuenia en un nuevo estado federal. Nuestro país no nació hasta el año 3540. Nuestra tecnología y nuestra sociedad eran francamente inferiores a la vuestra por las causas que antes he descrito, mis queridos amigos. Una vez la razón se impuso al fanatismo, repuntamos hasta convertirnos en la gran potencia que somos hoy.
- ¿Y cuando nos descubrieron? – inquirió Faunen terminándose ávidamente su plato. La verdad es que a pesar de su apariencia exterior, no había palabras para describir lo delicioso que estaba.
- Hace dos siglos – respondió el Teniente bebiendo de la copa el vino de una de las botellas dejadas con anterioridad por los camareros. – Un barco mercante pasó por esta zona y entabló contacto con un barco pesquero a la deriva.
- ¿Contacto? – quiso saber Joen Men.
- Sí. –respondió el mismo. – Esta zona, si no se tiene un navío fuerte y bien preparado, es de muy difícil acceso, pues los fondos marinos de lo que fue antiguamente Evania crean corrientes muy fuertes que no paran de crear fuertes remolinos en la mar que hunden cualquier embarcación. Eso sumado a que estáis protegidos por continuas tormentas tropicales por el sur, el venir hasta aquí es toda una aventura.
- Por otra parte –prosiguió el capitán. – han de entender que hasta ahora no ha habido necesidad de entablar contacto. Ya que nuestra tecnología era muy superior, interferirles hubiera supuesto un trauma para su propia evolución. Lo que no sabíamos es que no querían avanzar por odio a la tecnología.
Aquello sonó a insulto. Pero se pasó por alto por parte de los isunes presentes. Eso preferían hacer.
- No creo que solo fuera por esa razón tan… “humanitaria” – soltó con sarcasmo de nuevo el regentor Faunen. – Yo gobierno un país, y sé tan bien cómo ustedes que tras una cara bonita, hay un buen maquillaje. ¿Cuál es la verdad?
El capitán borró la sonrisa de su boca tristemente mientras la música de origen desconocido seguía envolviendo el aire felizmente. A Joen le parecía un excelente actor. No era posible saber si era sincero o tenía intenciones ocultas. Acto seguido tocó una campanita dorada que tenía a su izquierda, al lado de sus cubiertos.
- Estoy llamando al segundo plato. – informó él. Entonces Karen suspiró. – mi querido amigo, no quería amargarles tan agradable velada contándoles la verdad. Ciertamente hay intereses en sus zonas. Sabemos que esta mañana han sufrido un fuerte ataque en una de sus localidades.
Nada más decir eso se levantaron aterrorizados los tres invitados
- ¿¡Qué maldiciones…!? – vociferó el ya histérico Faunen - ¡¡Ustedes!!
- Cálmense y vuelvan a sentarse. Por su bien se lo recomiendo – les exigió educadamente Wonag. – escuchen al capitán, y no sean pasto de malentendidos.
Todos se sentaron de nuevo, pero nerviosos y tensos.
- Sospechábamos desde un principio, nada más aparecieran en el puerto, de su autoría en tales crímenes. – respondió severamente el general Tien.
- ¿Entonces por qué no atacaron nada más vernos en el puerto, amigos míos? – sonrió de nuevo el capitán, esta vez cómo si ellos se tratasen de infantes. – La aldea destruida esta mañana estaba indefensa, pero aquí tienen al grueso de su ejército.
- Primero, no es un ejército, al menos en su definición propia. – informó Joen Men.
- Es un ejército. Han de reconocerme eso al menos. – pidió el capitán. – llámenlo cómo les plazca. Pero es un ejército.
- Segundo, movilizar el ejército exige un referéndum a nivel nacional – prosiguió el ministrum.
- ¿No me habían dicho antes que habían instaurado el estado de excepción? ¿Eso no invalida ese tipo de leyes para casos de extrema necesidad? – se impresionó Karen – me llama la atención su admirable pacifismo.
- Bueno sí. En estado de excepción tenemos más libertad de movimiento. – reconoció Joen – Tercero, ¿está usted loco? ¿Atacar semejante buque como es este? Si hubieran querido masácranos, lo hubieran hecho hace meras. La mejor opción era aceptar su invitación diplomática.
El capitán Karen abrió sus ojos verdes impresionado.
- Admiro su sinceridad, señor Men. Como agradecimiento, yo también me sinceraré. Realmente es cómo usted indica. Tenemos aquí capacidad militar suficiente para invadirles la capital. No obstante esa no era nuestra misión. La razón por la que les encontramos en este mar de tan difícil acceso no fue solo por razones altruistas de descubrimientos promovidos por investigaciones arqueológicas varias sobre las aguas de la antigua Evania. – informó el capitan. – Buscábamos fuentes de energía. En especial gas y petróleo, que refinados mueven nuestras economías. Se encontraron y en cantidad en todo el archipiélago. Al menos eso indicaba los detectores por ondas de aquel entonces. Ese descubrimiento, realizado a la vez por nuestro país y un tercero aún no mencionado, perverso dónde los haya, amenazaba por poner en guerra a ambas naciones. En un acuerdo histórico, en aquel entonces se firmó un Tratado. El “Tratado de Zetania” se llama. Ha estado vigente con ciertas remodelaciones desde el año 3.820.
- ¿Un tercer país dice? – se preocupó Fauenen mientras entraban los camareros para retirarles los platos de los comensales que hubiesen terminado, y servirles los segundos.
- Hay muchas cosas que explicarles. – reconoció Karen – Hay muchos más países en el mundo que ustedes y nosotros. Bueno, no tantos. con ustedes sumamos ya ocho.
- Ocho… –repitieron al unísono por lo bajo e impresionados los isunes.
- Dos tienen la hegemonía mundial, y forman dos bloques diferenciados en una guerra fría que dura ya muchos siglos. –informó el mandatario de aquel buque. – Señores, puedo comprender que se sienten amenazados por nuestra presencia. Pero hemos venido a protegerles. La otra parte firmante del “Tratado de Zetania” ha incumplido su parte deliberadamente para debilitarles y hacerse fuerte con la zona y sus valiosos recursos.
- ¿Quiénes? – preguntó asustado Faunen.
- Nútelis – dijó el cápitan.
- ¿Quiénes? – repitió el general Tien.
- Nútelis. Quienes les han atacado, quienes han matado, y quienes les han destruido sus pueblos y gentes es el Imperio Nuteliense.