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Capítulo 5º- La Noche
- Hace un poco de frío, ¿verdad? – se quejó la muchacha.
- Nunca había pasado la noche a la intemperie – informó el chico.
- Pues para no haberlo hecho, sabes mucho del cielo nocturno. – inquirió ella.
Laroen Saen y Semaren Buren estaban acurrucados el uno contra el otro en la cubierta de aquel barco pesquero. A la deriva en alta mar, que gracias a Etall había estado en completa calma todo el rato. No habían comido nada en todo el día. Ya solo el hecho de haber podido realizar las necesidades fisiológicas básicas había sido una odisea. Por vergüenza y por falta de medios adecuados.
Y eso que la mar es bien grande.
Temas escabrosos aparte, Semaren ya daba por supuesto una muerte segura en alta mar por inanición, o simplemente por insolación. Si el sol volvía a pegar como lo había hecho aquel día, estaban apañados. Casi no había habido ninguna nube que pudiera podido taparlo. La sed y el sudor les provocaron estragos.
Laroen había intentado usar la red de pescar cómo una pequeña sombrilla. Doblándola en varias partes, pues era de una superficie considerable, consiguió una zona traslucida en la embarcación sujetando los vértices de los dobleces entre la cabina del timón y el motor en la popa. No era precisamente sombra total, pero como la red era de malla muy fina, servía perfectamente para su cometido.
Al menos eso era mejor que nada, a pesar de su peste a pescado rancio.
Después de su encontronazo inicial, no habían vuelto a hablar mucho. Ciertamente, cómo la pidió ella, soltaron sus lágrimas por lo ocurrido. Sin embargo, el silencio había reinado desde entonces, salvo contadas excepciones, no habían vuelto a dirigirse la palabra.
Y mejor. Porque era desesperante. Cada vez que ella movía un labio, un insulto contra él hacía escena. Por supuesto, él siempre era el inútil, y ella la inteligente. Ella tenía la iniciativa, y él no era más que su títere.
Estaba realmente disgustado por ello. Estaba tan harto de aquella situación que volvió a tardar en volver a percatarse de a quién tenia delante, y lo peculiar que era en realidad. Ciertamente podría sentirse cómodo con que otra persona llevará las riendas de la situación para que él no tuviera que molestarse en pensar soluciones. Sin embargo aquella sensación de inutilidad que Laroen le otorgaba para él mismo, le irritaba.
Le irritaba, pero tampoco hacía nada para evitarlo. Ni siquiera la hacía patente en forma de pataleta o regañina. Se reprimía a sí mismo sensaciones que él consideraba demasiado “animales”. Cómo de costumbre. Le daba vergüenza. No quería molestar, pero el mundo le molestaba a él.
La verdad sea dicha, aunque Semaren se sentía responsable de su promesa al señor Saen antes de morir, la quién en realidad le cuidaba era ella a él. El chico ayudó a poner la red como sombrilla improvisada, pero fue Laroen la que tuvo la capacidad de antelación suficiente antes de que la necesidad se impusiese. También cooperó en el intento de pescar algo con la misma red, de manera tan infructuosa y patosa, que casi pierden la herramienta. Lo mismo ocurrió con las reglas creadas a la hora de hacer sus necesidades y con la solución de modificar la carpa improvisada para hacerse un pequeño refugio en la noche también en la zona posterior del barco.
A Semaren le rugían cada poco las tripas. Y Laroen había reconocido sentirse algo mareada. Ambos tenían bastante sed, pero se negaban a beber aguar marina.
El día se había hecho eterno por aquello mientras su desesperación aumentaban al ritmo que veían alejarse cada vez más la silueta de la isla Isune hasta llegar a desaparecer entre el oleaje de fondo.
En el mismo momento que la isla desapareció, y Semaren fue perfectamente consciente de lo improbable de un rescate, de su condición de náufragos a la deriva y de su inevitable muerte si no ideaban algún sistema para conseguir alimento y agua.
Le daba terror la muerte. Estuvo en un estado de ansiedad todo el día. Dando vueltas a la pequeña embarcación continuamente, o realizando tics nerviosos con la pierna cuando se sentaba. Quería tranquilizarse, pero no podía.
Siempre había tenido bastante fe. Incluso se planteó de niño si tendría vocación de religioso. Ahora que estaba tan cerca de un final certero, se preguntaba sobre el sentido de existencia. Se interrogaba si realmente habría algo más allá. ¿Era trascendente la existencia?
¿Por qué dudaba ahora de aquello? El sabía que sí. Lo era. Y sabía razón. Todo ser humano bebe de la trascendencia. Por eso tiene un alma inmortal.
¿Tenía sentido aquello? ¿No sería una excusa barata dada para no caer en la desesperación del peor de los infiernos? El absurdo de pasar de ser a ‘no ser’.
Tenía miedo. Mucho miedo.
No era el mismo miedo que había sentido cuando luchó por su vida en el terror de aquella mañana en Basán. La tensión del momento no le había permitido reflexionar sobre aquello. Pero una vez a la deriva en aquella ‘bañera flotante’ tuvo tiempo más que de sobra. Mucho más de lo necesario.
Al final dejó su pregunta sin responder, y sus nervios poco a poco se fueron disipando. No quería morir. Pero no podía hacer nada al respecto. Tal vez pudiera alargarlo un poco. Pero al final morirían allí. Y qué más daba si habría algo más allá o no. Lo sabrían de una manera u otra.
Semaren sabía que aquella solución no estaba alineada con lo que él creía correcto. Pero en aquella situación de agotamiento se dejó llevar. Habría que aprovechar lo poco que quedaba.
“¿Con que? ¿Con peces?” pensó Semaren en su momento.
“Estas con una chica a bordo. Podrías dejar de guardar voto de silencio y hablar. Así podrías aprovechar lo poco que te queda de inútil vida en algo provechoso” se respondió Semaren mentalmente al poco.
“¡Imbécil, ¿Quién te crees que soy yo? ¿Un borrego animalesco?” se insultó a sí mismo.
Así era el muchacho. Continuamente tenía batallas dialécticas consigo mismo. Batallas y guerras de represión interna que le volvían un maniático compulsivo a escondidas de los demás. Sabía que todo se lo decía él mismo. Y por eso tal vez tenía su autoestima tan baja. Por solo el hecho de tener pensamientos que él inmediatamente, por ser aberrantes para él, inmediatamente se reprimía.
Sin embargo, aquellos razonamientos que tuvo en su momento fueron contínuos. Se sobrepuso a sí mismo llegado el atardecer. Aprovechando que en el atardecer aparecían los primeros astros, empezó a comentarla sus conocimientos sobre astronomía. Al principio, la muchacha parecía pasar del tema. Parecía absorta buscando la nada entre las cosas de cosas inútiles que guardaba los cajones debajo del pequeño timón del barquichuelo. Así se había pasado casi todo el día. Buscando soluciones para un problema imposible. El chico suponía que era la reacción que podría esperarse de una persona cómo aquella, tan acostumbrada a la adversidad. ¿O tal vez no?
Durante muchos años el siempre fue contrario al lema “No hay quien entienda a las mujeres”. Siempre consideró que quien decía eso era porque carecía de empatía y cognición suficientes para con la otra persona, a pesar que uno nunca conoce a nadie al completo. Ahora resultaba que aquella muchacha era más opaca que un muro de ladrillos. ¿Era por la forma de ser de ella cómo persona, o era acaso porque el dicho popular masculino era cierto? Semaren aborrecía solo el hecho de hacerse esa pregunta. No tenía la cabeza para tener empatía por nadie… ¿o sí? Se iba a volver loco de tanto pensar.
Durante un tiempo ella respondía con frases cortas y secas a sus explicaciones sobre la bóveda celeste. Así era imposible mantener una conversación. Y Semaren se calló frustrado.
Sin embargo, al poco tiempo, no más de diez minus, ella preguntó por la estrella del atardecer, una de las más brillantes del cielo. Se refería al planeta ‘Fulol Un’, el único más cercano al Sol después del suyo, la Tierra, denominada a veces como ‘Terrio Do’. Aunque el nombre de “Terrio Do” tenía un origen morfológico desconocido, el de ‘Fulol Un’ tenía su origen en las leyendas de la antigua Evania. “Fulol Un’ era el mayor de los ‘Gonalith’, bestias mitológicas de gran poder. Puesto que aquel brillante astro, el cuarto de mayor magnitud después del sol y las dos lunas, había inspirado bellos poemas, tanto de pasión como de terror, tal y como ‘Fulol Un’ en sus leyendas había convertido todos los pensamientos del mismo tipo de sus pobres víctimas en realidad, decidieron llamar aquel astro de aquella forma.
Poco a poco, la conversación fue fortaleciéndose. Tras un rato uno frente al otro, la noche se fue cerrando, y en alta mar, solos y sin más cobijo que aquellos cuatro maderos. El calor agobiante del día a pleno sol, fue convirtiéndose en demasiado frío para aquellos dos. Acabaron sentados los dos en la proa del barco, abrigándose mutuamente con el poncho de ella y la chaqueta parda de él extendidas entre los dos, envolviéndoles en una tímida manta única. Y allí continuaban con su clase de astronomía. Semaren a izquierda, y Laroen a derecha. El compartimento del timón, por su lado delantero les servía de apoyo a la espalda. Estaba húmedo y frío. Ya llevarían allí cosa de media mera. Todo un record para ambos, que habían pasado todo el día sin parar en aquel lugar. Haría cosa de una mera entera que habría anochecido. Tal vez más.
Por primera vez en todo el día, Semaren sentía que no era ya tan inútil. Y en el fondo estaba feliz de aquello. Tanto que casi se olvida que pronto iba a morir.
- Bueno –prosiguió el muchacho – en realidad alguna noche iba a mirar las estrellas a la Playa Azul, y allí observaba todo lo aprendido. Pero todo esto lo sé de ir a la Biblioteca del pueblo. Por ejemplo, ¿ves aquella estrella tan brillante a mano derecha?
- Sí. – respondió Laroen – ¿Aquella tan roja?
- No. Esa es ‘Alegría’. La estrella más brillante de la constelación “Sonrisa”. Me refiero a esa otra de ahí – la dijo acercando su brazo derecho al rostro de ella y señalando al cielo por estribor. – aquella blanca azulada tan potente que forma un triángulo con otras dos de color amarillo y azul.
- A tanto no llego. – se quejó ella. – ¡Ah, ya! ¡Ya la veo! Es la más brillante de todas.
- Es la más brillante del firmamento. Es la estrella Polar del Norte y pertenece a la constelación de la Esquina del Norte. Según ella, estamos orientados al noroeste. – terminó apesumbradamente y lanzando la mirada al suelo.
- Alejándonos de casa, parece. – sentenció ella girando la cabeza a él. O eso creía Semaren, pues seguía con la cabeza baja. Le costaba horrores mirar a la gente a los ojos.
- No lo sé. No sabemos si el barco sigue alguna dirección a la deriva, y si esta dirección coincide con la orientación de la proa. – explicó él.
- Lo que te diga. Alejándonos de casa. – terminó ella. – Pero prosigue. Has dicho que es la más brillante, ¿no? – dijo ella mirando en dirección a la Polar.
Semaren volvió a levantar la vista. Era de noche cerrada, seguramente cerca de medianoche, y aunque la luna Evan y la Cepeún estaban bastante llenas cerca del horizonte en el este, aunque ya en fase en menguante las dos, no impedía ver con enorme detalle el cielo, no sin ello iluminarles lo suficiente cómo para verse los rostros. Si algo era característico de aquel precioso cielo era lo brillante que eran la mayoría de las estrellas principales. Siguiendo una lista, su magnitud promedio era de…
- ¿No es una toda casualidad que la Polar sea la más brillante? – preguntó retóricamente ella.
- ¿Perdona? – inquirió Semaren distraído levantando la cabeza.
Laroen lanzó una débil risa sin quitar la vista del astro.
- Nos hemos conocido hoy, pero estoy segura que todo el mundo te destaca por tu atención. – se burló de nuevo – Había dicho que….
- Sí. – interrumpió Semaren molesto – Pero en astronomía hay muchas casualidades asombrosas. Que la Polar del Norte sea la más brillante del cielo con una magnitud del menos uno coma cuatro en su escala es de gran ayuda a la hora de orientarse. Es la más fácil de identificar del firmamento. – soltaba placenteramente el discurso. – Sin embargo hay muchas más.
- ¿Magnitud?
- Es el brillo de la estrella puesta en una escala. Cuando menor es el número, más brillante es. Puede ser menor que cero.
- ¡Ah…! – asintió Laroen. – Vale.
- A lo que iba. – siguió Semaren. – Los eclipses de Sol Evanes, que son totales, son todo un espectáculo que se da en raras ocasiones. La luna Evan es casi cuatrocientas veces más pequeña que el sol, pero está cuatrocientas veces más cerca. Ello implica que su tamaño aparente sea el mismo, y cuando se da un eclipse supuestamente se puede ver la corona solar. Eso es algo que no se ha dado en bastantes décadas. – paró un mecón para pensar – también está el caso que ambas lunas siempre muestran el mismo lado. Hay muchas casualidades asombrosas. Algunas tienen explicación, otras son pura suerte, cómo es el caso de la Polar del Norte.
Lamoen volvió su cara para mirarle a los ojos.
- Y sabiendo todo lo que sabes, ¿No te has planteado estudiar una carrera en Ásundol sobre esto? – quiso saber Laroen.
- No hay carrera de Astronomía. – respondió apesumbrado.
- No lo entiendo. Si es tan importante, aunque solo sea para saber orientarse, o en que época del año estamos, cómo es que no hay una ciencia que lo estudie.
- La astronomía, como otras ciencias, por ejemplo, geología, son estudiadas en otras mayores que lo abarcan. La Cartografía es el departamento de las Universidades que ha acaparado ambas ciencias, aunque no tengan mucho que ver a simple vista. Hay diferentes tipos de cartografías, y algunas pasan por la Geología si han estudiar el terreno por si es necesario edificar o excavar minas, y otras por la Astronomía si han de crearse mapas marítimos, o buscar las orientaciones de diferentes localidades. – hablaba con soltura el chico. –También se estudian conceptos de astronomía en marinería. Y más que me dejo sin explicar. Sin embargo, son conocimientos heredados de la Antigua Rominia, cuando el progreso científico estaba al orden del día. Lo que se sabía entonces se ha conservado, y es lo que he aprendido yo en manuales al tema que han sido…. – Semaren se maldijo. Había perdido el hilo de lo que decía. Le pasaba a menudo que cuando hablaba, su boca empezara a soltar frases por si misma mientras su mente divagaba en otros menesteres. Cuando su atención regresaba a la conversación, se colapsaba.
- ¿…. manuales al tema que han sido…? – insistió Laroen ante tan extraña pausa.
“¡Maldita sea! ¿De qué estaba hablando yo?” – pensó Semaren nervioso – “Sí, de astronomía… pero qué estaba diciendo…”
- ¿…. manuales al tema que han sido…? – volvió a insistir Laroen, esta vez con un tono mucho más exigente.
- … Perdona. – respondió recordando al fin – Manuales que han sido redactados por gente que cómo yo era aficionada. Pero no hay nada oficial, por llamarlo de alguna manera, que sea exclusivo de astronomía. Ya sabes que la tecnología y la ciencia es tabú.
- Sí, ya. El Cataclismo y la Guerra. Yo también leo. Sobre todo en temas referentes a la Constitución de nuestro país. Me encanta la historia. – sonrió la muchacha.
Semaren abrió sus ojos de par en par ante tal desvelo.
- ¿De verdad? – dijo. – Mi tío es catedrático de historia.
Ella sonrió placidamente ante tan desvelo. Sus brillantes ojos se entornaron para seguir el gesto, de tal modo que parecían dos luciérnagas. Sin saber bien porqué aquel gesto le cautivo y tuvo la extraña sensación de querer mirarla a inspeccionar más rato sus extrañas vetas luminiscentes, aunque no fuese más que por un puro placer inocente de belleza o conocimiento. Sin embargo su personalidad se impuso lanzo su vista avergonzado en dirección a babor.
- ¿En serio?, ¿en Isúndol? – quiso saber Laroen.
- No, en Ásundol. – respondió el chico a la vez que se volvía atrever a mirarla. Su corazón le dio un vuelco mientras poco a poco aceptaba mirarla al rostro. Se sentía como un insecto atraído a la luz de una vela. ¿Cómo podía lo que hacía pocas meras le aterraba con pavor, parecerle tan bonito en aquel instante? – Esta especializado en historia antigua. La anterior al Cataclismo.
- ¡En Ásundol! ¡Es tremendo! – admitió la joven totalmente interesada – Un día tienes que presentármele.
Semaren rió tímidamente de manera impulsiva.
- Claro que sí. Pero, ¿tú crees eso posible? – inquirió él.
La sonrisa de la chica se borró de su rostro. Semaren ya llevaba un buen rato consiguiendo mantener la vista en ella. Se fijaba mucho en las vetas mientras hacía que la miraba a los ojos. La cruz de la frente, con los vértices afilados era lo que más le encandilaba. Hecho una mirada por debajo de sus ojos y siguió con la mirada los intrincados dibujos formados por una serie de cinco líneas que se adaptaban a su cara desde la parte inferior de los párpados hasta sus mejillas, llegando casi hasta la boca. Otra línea más gruesa abarcaba en anchura a las otras, y naciendo desde la mejilla, bajaba de arriba a abajo hasta el cuello ocultándose por debajo de sus ropas. En la barbilla también tenía una especie de diseño triangular con su base en el mentón y que se veía reforzado por otras dos líneas paralelas a los dos lados superiores. Todas las vetas formaban un diseño simétrico longitudinalmente a ella.
Mientras, su media melena, verde cómo la hierba fresca, algo que jamás se hubiera podido imaginar como color de cabello, la caía grácil y liso desde el flequillo, peinado de forma asimétrica, hasta los hombros, haciendo sutiles curvas por encima del poncho y la chaqueta que les cubrían por encima a ambos. La verdad es que cuando ella se apoyó en él la tarde pasada, pudo notar, sobretodo, que era extraordinariamente sedoso y suave.
Todo aquello, además, lucía con un brillo dorado y verdoso que resultaba hipnótico. Daba tanta luz que hasta sería posible leer un libro en plena oscuridad. Mirándose a sí mismo, el chico notó cómo todo él estaba siendo alumbrado por ella como si fuera una hoguera lo que tenía delante y no una muchacha de su edad.
Semaren fue consciente de que estaba obnubilándose con todo aquello y decidió dejar de observar. Sin embargo no apartó la mirada y la clavó en los ojos. Consiguió mantenerla un buen rato.
“Es muy guapa” – pensó él. En cuanto se dio cuenta de que lo había reconocido, se asustó mucho. Ni siquiera lo había reprimido. ¿Qué le pasaba? No lograba controlar sus propios pensamientos. No es que tuviera nada malo reconocer su belleza. Es que le daba miedo el mero hecho de admitir un hecho que le abandonaría de su niñez y traicionarse provocando un acto de bajo instinto animal. Aún siendo solo en su mente. Él nunca se había fijado en ninguna chica todavía. Le asustaba.
Sin embargo era guapa. Muy guapa.
Semaren se pellizcó en una mano.
“Es una persona, es una persona. ¿Qué te diría ella si sabes lo que estás pensando” – se habló a sí mismo.
“Seguramente me insultara”
“Pues eso. Estate mejor atento a lo que ella va a decir y olvídate de sandeces. Esto no ha pasado. Esto no lo has pensado nunca. Punto.” – terminó respondiéndose.
- Claro. Conocer gente yo… ¡qué cosas tengo! – susurró lanzando triste la vista al frente. – La “fantasmita” conociendo gente…
Semaren notó el silencio incómodo posterior a aquella frase. ¿Habría metido la pata acaso?
- Yo no me refería a eso, mujer. Ni siquiera sé si mi tío está vivo o muerto a estas alturas… – se intentó disculpar – yo quería decir que estamos en alta mar y que nos es difícil…– Semaren se paró de golpe y lanzó la vista al cielo exageradamente en cuanto lo vio. Sería la excusa perfecta. – Mira allí – señaló con el dedo a la izquierda, sacando el brazo izquierdo debajo de las improvisadas mantas, y manteniéndolo en alto. – Eso es otro planeta.
Laroen giró la cabeza en dirección a dónde señalaba el chico, a la vez que este bajaba el brazo.
- ¿Esa estrella tan brillante? Es más aún que la estrella Polar del Norte. Igual que la del atardecer. ¿No decías que la Polar es la más brillante?
La treta había funcionado. Pudo cambiar de tema.
- Los cuatro planetas son todos más brillantes que todas las estrellas del firmamento. – explicaba con autoridad – Ninguno baja de una magnitud de menos dos. No tienen ese parpadeo tan familiar de las estrellas. Son más fijos. Además, su posición a lo largo de las noches no es fijo, si no que son errantes, moviéndose en una especie de caminos serpenteantes.
- ¡Ah! – respondió ella sin más. – No lo sabía.
- Ese de ahí es Cruaol Cu. – prosiguió – con un telescopio se le puede ver hasta su única luna girando alrededor de él. Su nombre viene de otra leyenda de la antigua Evania. Su luna se llama Cruaca.
- Menudo nombre. – rió ella. – ¿todos los nombres del firmamento son de leyendas? Poca originalidad…
Semaren suspiró satisfecho.
- No siempre. – la indicó – Cómo te dije antes, los planetas son errantes, no tienen una posición fija. Y todos se mueven en relación a una misma línea junto con el Sol, que cambia de posición en el firmamento según la época del año. A esta línea se la denomina “eclíptica”… – Semaren advirtió que su respuesta se le estaba yendo de las manos. – Pues bien, esa línea imaginaria que todos siguen más o menos cruza una serie de constelaciones, cada una con sus estrellas. Son unas doce.
- ¿Los signos del zodiaco? – adivinó ella.
- Sí. Cada parte del cielo está dividida en doce partes, y reciben el nombre de la constelación que contienen. Atocot, Fileca Mayor, Buque, Hombre, Mujer… - Semaren se paró un momento en su explicación – Fileca, Buque… - dijo en voz baja mirando los dedos de su mano izquierda. – ¿Cuántos llevo?
- Seis. Te faltan Evanes, Carruaje, Veloz, Paloma, Fúsil, Bala y Pez. – le respondió.Semaren se impresionó. Y esa sensación debió de dar. – ¿Qué pasa? –sonrió Laroen. –Yo también me informo y leo mucho. No sabes la de tiempo libre que suelo tener. – le comentó de manera jocosa. – Además, cada poco te pierdes en tu propia conversación. Muchacho, así poco puedes avanzar. ¿Te ha dicho alguien alguna vez ese defecto?
Semaren se avergonzó por aquellas palabras. Todo el ego que había conseguido acumular en la pasada exposición se esfumó de golpe. Bajo la cabeza, pero mantuvo la vista al frente, mirando a la nada.
- Yo solo quería decir que, por ejemplo en los nombres zodiacales hay casos de nombres mitológicos y otros de la vida cotidiana, o históricos en otras ocasiones. Las denominaciones en el firmamento suelen ser de esos tres tipos.
Una mano se le apoyó en su hombro derecho.
- No te enojes, chico. – le pidió Laroen – Sabes un montón de cosas del cielo, pero reconoce que eres muy despistado. Eres raro.
“Mira quién habla…” – pensó Semaren con desagrado a la vez que giró levemente la cabeza para mirarla.
- Eres raro – prosiguió ella – Pero eres muy buena persona. Se te ve. Me caes bien, en serio. – Semaren levantó el cabeza intrigado. Un halago en ella era algo nuevo. – No me hagas caso cuando te grito o te insulto. No te lo creas. Es que tengo muy mal repente.
Semaren no dijo nada. Aquella frase se le estaba quedando grabada sin saber bien por qué. Simplemente asintió mirándola de nuevo a aquel rostro iluminado.
El silencio posterior no tardó mucho tiempo en esfumarse.
- ¿Semaren? – preguntó Laroen lanzando la mirada por detrás de él.
- ¿Sí? – respondió atontado.
- ¿Eso es otro planeta? – quiso saber con cierto nerviosismo en su voz mientras meneaba la cabeza como petición de que mirará a dónde estaba mirando ella…
- ¿Cuál? - Semaren giró en dirección a dónde la había insinuado ella, por babor.
- Ese. – señaló con el dedo por delante de la vista de él. – Está muy bajo. En el horizonte… o más bien por debajo de…
No. No era una estrella. Ni un planeta. No era ningún astro celeste.
Eran las luces de un barco.
Un barco.
Y se estaba dirigiéndose directamente hacia ellos.
En el mundo hay muchas cosas importantes. La vida, las personas, la vida y su organización en leyes que se adaptaban más o menos a la ley natural.
Ciertamente la organización en una sociedad que se pudiera sustentar sin decaer devorada por las pasiones humanas era muy importante. Y ahí estaba Casaben, el centro neurálgico del poder político en Ise. Ellos dictaban las leyes. Ellos las ejecutaban.
Sin embargo, el ser humano no es simple. Es complejo. Y muchas de sus propias reglas son efímeras, perecederas. Se excusan cuando algo no les gusta, y lo deforman para aparentarlo ser malo. La ley de hoy puede ser el delito del mañana.
La leyes de los humano, sin un sustento fuerte, se derrumba cual figura de arena en la playa al ser barrido por las olas.
¿Qué es un sustento fuerte? Se refiere al la capacidad de discernir entre el Bien y el Mal.
¿Qué es el Bien o el Mal?, ¿cómo puede diferenciarlo el ser humano?, ¿y por qué es tan importante? ¿Realmente existe o es una ilusión de la propia conciencia?
Todas aquellas preguntas podrían parecer de una filosofía pedante que solo interesaban a estudiosos empedernidos convertidos en “ratas de biblioteca”. Nada más lejos de la realidad. Aquella preguntan eran básicas. Dependiendo de cómo se las respondiera uno, aunque fuese de manera inconsciente, así actuaría en la vida.
Y para eso estaban ellos. Para dar luz entre tanta sombra. Ise dividía su sociedad entre Generadores, Productores, Culturales y Gobernantes.
Los Generadores se dividían a su vez entre Mineros, Agricultores y Ganaderos. Los Productores entre Constructores, Manipuladores, Comerciales y Transportistas. Los Culturales a su vez podían ser Universitarios, Educadores, Médicos y Escritores. Por último, los Gobernantes, la clase superior, dividían su poder entre Legisladores, Jurídicos y Guardas de Ise.
Todas esas denominaciones se incluían en el grupo de los Seculares, o Secular.
Sin embargo, siendo cierto que siempre se enumeraban esos estratos sociales cuando se respondía a la pregunta de cómo estaba organizada la población en el país, era porque se daba por supuesto que se preguntaba por los Seculares. En un esquema más amplio, existía el grupo de Clerecía. La capa de la sociedad que organizaba a todos los religiosos. Desde el Patriarca Sacerdotal, al más humilde Aspirante.
Eso sin olvidar que esta escala social involucraba a los que libremente habían decidido ofrecer su vida a Etall. Todos eran iguales a los ojos de Étall, como hijos suyos en la Fe. Sin embargo, unos tenían que dedicarse a satisfacer las necesidades materiales de la persona, y otros las necesidades espirituales. De ahí la división.
Ciertamente existían personas denominadas “pobres”. Pero siempre eran denominados dentro de la clase de la que procedían.
Por eso la afirmación que Etallen es la zona de mayor importancia de Ise. De mayor importancia religiosa se querría decir. Allí vive el Patriarca Sacerdotal, el sucesor de Zet en Ise. El dirige el edificio de la religión Etalliana.
Había cinco tipos de religiosos en aquel esquema. Los “Etall Etall”, hombres y mujeres que no tenían que ser necesariamente sacerdotes, su fe se centraba en la totalidad de Etall centrándose en la persona “Todo”, con vocación contemplativa y viviendo en pequeños reductos o conventos en los interiores de las ciudades o algunos pueblos de Ise. Los “Etall Universal”, exclusivamente dedicados a la transmisión de cultura, tanto sacerdotes cómo no, cooperando bastante con los Culturales, llegando incluso a enseñar en las mismas Universidades. Los “Etall Espíritu” eran la clase, también cómo las anteriores, organizada entre sacerdotes o no, siendo la oración su estilo de vida, llamándoles simplemente monjes. Los “Etall Cuerpo”, eran los más dedicados al carisma de la acción, ayudando a los más desfavorecidos, y realizando actividades o predicando al pueblo.
Todos los carismas tenían voto de Castidad y Obediencia. “Etall Cuerpo” y “Etall Espíritu” también de Pobreza.
El Patriarca Sacerdotal era quien dirigía a todos, y su elección siempre se elegía en votación entre los Máximos Sacerdotes de las cinco clases, sus representantes de cada carisma, en una reunión a puerta cerrada. El elegido podría ser cualquiera considerado Etalliano, o sea, quien hubiese recibido el Pirismo, el sacramento por el cual alguien entraba dentro de la confesión. Consistía en quemar un mechón de pelo o un trozo de ropa perteneciente al que se quiere convertir como símbolo de purificación de los pecados innatos. Sin embargo, los requisitos que se imponían en la realidad obligaban casi siempre a ser uno de los veinte Máximos Sacerdotes, cuatro por carisma, o cómo mínimo a algún secretario o auxiliar de estos.
Las mujeres no podían ser Sacerdotes, solo Hermanas religiosas de los diferentes carismas. Pero eran las grandes Hermanas, superioras en su congregación de cada carisma, eran las únicas que podían dar visto bueno a la elección de los Máximos Sacerdotes por parte del Patriarca.
La línea sacerdotal era la siguiente de menor a mayor. Hermano religioso, Sacerdote, Secretario Sacerdotal, Auxiliar Sacerdotal, Máximo Sacerdote y Patriarca Sacerdotal.
El nuevo Patriarca abandonaría su carisma anterior, y velaría por todos y por su conjunto total para el resto de su vida. El cargo es vitalicio.
Esa era la organización a grandes rasgos. Así habían estado durante mil años. Alimentando con Etall a toda persona hija de Él con su palabra. Llenando esa necesidad llamada Trascendencia. Cuando el Cataclismo ocurrió, solo un sacerdote se salvó. Ren Foxen. Antaño, en la Antigua Evania, el Máximo Patriarca tenía su sede en un país llamado Zetania.
Zetania fue un país muy poderoso por aquel entonces, y allí nació la religión Etalliana. De hecho su nombre como nación tiene grandes tintes religiosos. Zet fue quien predicó el primero quién era Etall al haberle sido revelada su Palabra en los primeros años del siglo XI después de la creación del mundo. Obró con palabras y milagros, cómo muchos grandes Benditos posteriores a él.
Un Bendito es una persona que después de muerta se la otorga esa condición si en su vida demostró ser digno de llevar ese noble título. Podía ser tanto seculares como miembros de la clerecía. Se le oraba para pedir intercesión a Etall por medio de ellos. Generalmente se les vinculaba con alguno de los cuatro carismas.
Sin entrar en discusión acerca de la racionalidad de los milagros o no, algo que ocurre en escasas ocasiones manteniéndose cómo grandes misterios de Fe, Zet provocó que las religiones politeístas anteriores, herederas de la antiquísima raza de los Evanes, sucumbieran. De ellas solo quedaban leyendas. Aquella nueva religión era superior tanto en moral, como en mensaje. Al principio perseguida, sin pretenderlo, se extendió por todo el antiguo continente, otorgando una capacidad de influencia en momentos de crisis mundial. Zet murió mártir. Pero no su legado que siguió vivo durante los milenios posteriores. Sus sucesores eran los Máximos Patriarcas Sacerdotales, se hicieron llamar todos “Zetel” al ser elegidos. Cada país tendría sus Patriarcas Sacerdotales, elegidos por los “Zeteles”. La elección del Máximo era parecida a lo antes expuesto, pero con un grado más alto.
Ren Foxen después del cataclismo se dio cuenta de su delicada situación. Era uno de los religiosos que quedaban, que no superaban la decena. El último en poder ofrecer liturgia, pues era el último sacerdote. Pudo haberse dejado llevar por la desesperación y la tentación, pero no lo hizo. Ante la adversidad de la mayoría, restauró lo aniquilado, algo muy a tener en cuenta por toda las necesidades que sufrieron tanto él, como todos los supervivientes.
Si todo el mundo había sido destruido y solo quedaba él, había que reconstruir el culto a Etall tal y cómo lo fue en el antiguo continente de Evania, aunque en menor escala. Sin embargo, estipuló en las Actas de Restauración del Edificio Etalliense, cómo se denomina toda confesión que adora a Etall, que sí por un casual hubiese otros supervivientes del cataclismo, y el espíritu de Él habitaba en ellos, tenían que luchar por la unificación. No solo eso. Si el Edificio Etalliense sobrevivía, y Zetania no hubiese sido destruida, por dogma tenían que prestar obediencia al Máximo Patriarca Sacerdotal, figura que jamás volvería a ser reconstruida desde el Cataclismo. Ya no hubo “Zeteles”, si no “Foxeles”. Foxel I mandó a la muerte de Ren Foxen. Y en conmemoración a su lucha por mantener la religión, llebaban todos su nombre. Ren Foxen pasó a ser un Bendito. El patrono del país de Ise.
Durante todo ese tiempo, nada se había tambaleado. Con sus ‘pros’ y sus ‘contras’, la gente aceptaba aquel orden. Siempre habría quienes les menospreciaran. De todo había que haber.
Sin embargo, ahora el mandato obsoleto que el Bendito Foxen escribió en las actas resucitaba. Y desde dónde él se encontraba, todo aquello le venía una y otra vez.
El Máximo Sacerdote Gulen Selen-Et, del carisma “Etall Etall”, había estado recordando toda la organización interna del Edificio Etalliense y toda su historia durante casi media mera. Estaba nervioso. Muy nervioso. Y cansado. Era muy tarde ya. Medianoche.
Se encontraba en Etallen, saliendo de su pequeño aposento en el interior de las murallas que rodeaban al gran templo de “Bendito Zet de Ásundol”, el centro espiritual del país. Era un templo con forma de cruz de brazos iguales, cómo todos los de Ise. Pero grande, mucho más grande y sobrecogedor. Tenía doce brazadas y tres decbras de largo y ancho. Una enorme cúpula de dos brazadas y siete decbras de diámetro se lijaba en el centro del crucero. Estaba hecho del poco mármol que se encontró en Ise en su totalidad. Tenía mil años de antigüedad y se tardó en construir casi cinco décadas, finalizándose en al fecha del 23 de Invierno del 3.084. Todos los supervivientes, sus hijos, y sus nietos se volcaron en aquello incluso antes de colonizar Isuna e Isune. Ese templo fue la chispa de la reconstrucción de Rominia en un nuevo país, Ise. No solo es el centro espiritual, es el Corazón de Ise. Enclavado en el punto más alto de la ciudad, junto con Casaben, y rodeado de preciosas y altas montañas que se disponían como si estuviesen abrazando al templo, todo el que lo ve por primera vez no vuelve a ser el mismo al llegar al lugar dónde el Pico Casaben, por detrás, marcaba en el mapa lo más sagrado del País.
Incluso para Gulen, que ya la había visto infinitas veces, siempre le hacía sentirse sobrecogido por aquella majestuosidad que hablaba al alma.
No hacía mucho que había hablado con el Patriarca Foxel CXI en sus dependencias, el cual le llamó de improviso hacía cuarto de mera. Todas las habitaciones de la curia de Etallen se encontraban en el interior de aquellos edificios que rodeaban el gran templo de manera circular cómo si de una gran muralla se tratase abierta por el sur al camino que miles de peregrinos seguían y que llevaba a Casaben directamente. Dos grandes torres de una brazada de altura custodiaban aquella entrada.
Foxel era ya un anciano de ochenta y siete años. Y estaba enfermo de los huesos. El Regentor de Ise, Graden Faunen, bicho malo dónde los hubiera, le había pedido por primera vez en todo su mandato un favor. Ir al encuentro de él en el puerto aquella noche, dónde habían llegado unos extraños individuos, darse a conocer e informarle de lo ocurrido; y a la mañana siguiente oficiar una ceremonia de bienvenida en la Plaza Constitución a los nuevos allegados.
Cómo su beatitud estaba con su salud empeorando por momentos, le mandó a él suplirle en aquel cometido.
Esa era la misión que le había encomendado. Esa era la prueba que parecía que Etall le había impuesto. ¿Pero cómo podría abarcar algo tan trascendental? ¿Sería acaso consciente de que aquel primer contacto podría significar la búsqueda de una unión ecuménica entre las partes? ¿Cómo podría abarcarlo?
Gulen oró mientras cruzaba la Plaza de Etall, que abarcaba todo el lugar, mientras se acercaba al carruaje de vapor oficial que le esperaba a las puertas del Etallen, en la torre oeste.
Aquel día muchos fieles y sacerdotes habían ido a pedir consejo. Estaban aterrados ante lo desconocido. La tragedia de la Isla Isune se hizo pública aquel mismo día. Día en el que, además, llegaron los desconocidos. Todos creían que iban a sufrir el mismo desgraciado destino de la pequeña aldea llamada Basán.
Al llegar al lugar indicado, pudo observar las lunas casi llenas saliendo entre los edificios de Casaben al fondo. La vía de comunicación estaba bien iluminada, y hacían un paraje que invitaba al recogimiento.
El Máximo Sacerdote, de sesenta y siete años de edad, asintió como gesto de saludo al joven conductor que le esperaba con la puerta abierta.
- ¿Cómo se llama, hijo? – preguntó con serenidad.
- Araren Caen, excelencia – respondió con una leve reverencia.
- No hagas el tonto. – le indicó con benevolencia. – Aquí somos todos iguales a los ojos de Etall. Llámame Gulen.
- Cómo usted diga – respondió.
Gulen, hombre bastante alto y delgado, acomodándose en la cintura su alba verde aterciopelada con el cíngulo, entro en la parte trasera del vehículo de color blanco por la parte izquierda, y acto seguido le cerraron la puerta. El chico, con el uniforme de la Guardia de Ise, se fue rápidamente al asiento del conductor, adelantándose por la parte anterior del carruaje, que miraba al sur. Cuando se hubo acomodado, arrancó.
- ¿Qué rango es usted? – quiso saber Gulen mientras el vehículo avanzaba.
- Alférez, exce… - respondió interrumpiéndose.- Alférez, ¿Gulen? – dudó
- Sí. Gulen – sonrió el sacerdote. – Es todo un honor que envíen a un alférez a recoger a este pobre viejo.
- El honor es todo mío, señor.
- Dejémonos de protocolos, hijo. – le pidió apesumbrado mientras giró su cabeza a la ventanilla para poder ver los árboles del camino, y las montañas ya iluminadas por las lunas al fondo. – Algo me dice que vamos a vivir una época difícil… muy difícil.
Madre e hija. Combinación explosiva en unas ocasiones, o indestructibles en otras. Con su hija Mauen siempre era explosiva. Siempre habían andado con bastantes discusiones por culpa de su carácter altivo cuando ella no era más que una niña. No podía pararse quieta. Quería hacer una cosa, y al cabo de un rato, cambiaba de opinión, y realizaba otra que tampoco terminaría antes de que un enésimo capricho la asaltara. Era desobediente cómo ella sola. Cuando no era por una cosa, era por otra por la que acaban enfadadas sin hablarse una temporada.
Sin embargo, era su primogénita. Y se llamaba igual que ella por deseo expreso de Anren. Como al resto de sus hijos, Mauen Gonen amaba con locura a su hija.
Siempre la había pedido que ayudara a su padre y a ella en el campo. Pero quería estudiar, no quería seguir el negocio familiar. Y la ayudó pagándola su carrera en Ísundol. La ayudó en lo que la pudo ayudar, en lo qué ella quería hacer con su futuro.
A veces hubiera deseado que se pareciera un poco más a su hermana Nuen. Pero los padres no pueden imponer sus gustos sobre sus hijos. Los padres deben educarles, no esclavizarles. Son terminos diferentes.
Mauen también tuvo encontronazos fuertes con su ya anciana madre, Tianen, y con su padre. Siempre parecía que Enren era mejor que ella, y lo detestaba. Cuando por fin se casó con Anren, se sintió aliviada. Sin embargo veía la historia repetirse con su hija. Y no quería. Entre su marido y ella, decidieron ayudar en lo que pudieran a la hora de labrar el futuro de sus hijos. Fácil era decirlo… pero hacerlo…
Aún así, aunque les disgustará enormemente que su pequeña se fuera, la apoyaron. Y ya estaba en tercer curso de “Leyes Romines” con muy buenas notas. Directa a la cima.
Siempre fue muy jovial y alegre. Gastaba muchas bromas, y la sonrisa nunca desaparecía de su boca.
¿Por qué después del horror ella parecía su propio Némesis? ¿Por qué no quería hablar? ¿Qué era lo que había pasado?
Mauen estaba angustiada. Entre una hija que se ahogaba en su propio sufrimiento sin decir nada a nadie, y entre que su pequeño Semaren estaba desaparecido, lo único que quería hacer era llorar. Habían dicho al resto de supervivientes, incluida su familia que iban a declarar. Era mentira. En realidad los únicos que declararón ante el psiquiatra fue su madre Tianen, y Eoren padre. Ella se había recluido en la azotea del hospital, en el quinto piso, y allí lloró en los brazos de su marido hasta no dejar ni gota dentro de su cuerpo.
Anren quiso quedarse mas tiempo que ella arriba, y al bajar por las escaleras después de aquella escenita, se la encontró.
Mauen Buren, su hija la esperaba en el descansillo del piso tercero con la cara desfigurada. Solo había dicho que quería hablar. La abrazó, y la llevó a los bancos del pasillo del tercer piso. Allí, en plena oscuridad, nadie las molestaría. Madre e hija juntas. Mauen y Mauen. La mayor a la derecha, y la menor a la izquierda.
Irónicamente, no había abierto la boca de nuevo. Se abrazó a ella y empezó a temblar incontroladamente. Intentó consolarla, pero fue imposible. Los minus se hicieron meras, o eso parecía en plena oscuridad. Aquello no podía seguir así. Eso se acaba sí o sí.
- Hija mía ¡Basta ya! – la ordeno - ¡¿Te paras?!
- Pero…. – titubeo. – levantando la cabeza de entre las piernas de la madre.
- O me dices que te pasa, o dejas de temblar. – la exigió. – Si no te pasa nada, no tiembles, pero si te ocurre algo, dilo ya. Hija mía, me estas angustiando, ¿sabes lo que estamos pasando todos por verte así? Todo el mundo ha vivido el mismo horror. Intenta sobreponerte.
Ella se echo en su regazo de nuevo y se hecho gritar.
- ¡No! ¡No es lo mismo! Madre.
- ¿Qué es lo que te ocurre? ¡Dime algo! ¿Tan grave es, mi niña?
- ¡No merezco vivir!
De los gritos, todas las habitaciones ocupadas, unas siete, del tercer piso fueron abiertas justo en aquel momento, iluminándolas con la luz interior. Una de las siluetas que aparecienron parecía el amigo de Semaren, Eoren. Al hacer un gesto de disculpa por parte de la progenitora, se volvieron a cerrar todas las puertas. Aunque las dos más alejadas, a su izquierda, se quedaron entreabiertas, seguramente para fisgar qué era lo que pasaba.
La madre silbo a su hija dulcemente para que bajara el volumen de sus gemidos. La chica lo hizo inmediatamente de manera tan avergonzada, al percatarse también de lo ocurrido, que paró de temblar de golpe.
- ¿Cómo que no mereces vivir? ¿Quién dice semejante sandez? – la acarició el pelo.
- ¡No lo merezco! ¡No lo merezco! – repetía en bajo.
- ¿Pero por qué? ¡Tú mereces vivir más que nadie! ¿Qué ha sido de la alegre Mauen que a toda adversidad la sacaba siempre lo positivo? – la animó la mujer.
Su hija volvió a levantar su cabeza, y ella tuvo que quitar la mano con la que la acariciaba el pelo. La joven se mantuvo de todas formas inclinada hacia ella. Con la poca luz que tenían, proveniente de las ventanas del fondo del pasillo que daban a una calle con luz artificial, pudo observar que con la cabeza baja.
- Madre. – soltó al fin entre susurros – He matado a un hombre.
Mauen Gonen sintió una punzada en el corazón.
Eoren hijo había podido escuchar los gritos de la hermana más mayor de Semaren afuera de su habitación. Cuando había abierto la puerta asustado de que hubiese hecho cualquier locura, pudo verla en los brazos de su madre. Parecía que el discurso que la había soltado con anterioridad había surtido efecto. Tal vez pudiera sentirse satisfecho dentro de todo aquel infierno.
Solo tal vez.
Estaba en el tercer piso. En la habitación inmediatamente superior a la de Elien, la trescientos treinta. Ellas estaban en el banco más cercano a las escaleras de aquel piso. En el mismo sitio, pero un número más arriba, dónde había estado hablando con la chica para quitarla sus ideas suicidas de la cabeza.
Allí en esa habitación solo se encontraba Vamen Ruen. Había tenido la mala suerte de además estar solo en la vida, estar también solo en el hospital.
- ¡Qué chica! Chilla cómo si estuviese poseída. – soltó el amigo tumbado en la cama con la pierna en alto con un cabestrillo de rodilla. – Y eso que solo perdió a la “Golondrina” – saltó con sarcasmo refiriéndose a Semaren.
- Déjala. Todos lo estamos pasando mal. – le pidió Eoren.
- Cierto. Ella salvó a tu madre. – admitió. – Ojalá hubiera salvado a la mía.
Eoren se disgustó.
- ¿Me estas recriminando que mi madre esté viva?
- Nada más lejos de la verdad, amigo mío. – soltó con una risa falsa. Podía verse que intentaba ser el mismo chico extrovertido de siempre. Pero todo le quedaba muy forzado.
Nadie era ya el mismo después de aquella mañana.
- ¿Entonces?
- Estoy muy cansado. No quiero hablar de eso. No quiero llorar cómo el resto. – soltó Vamen con cansancio – debo… quiero superar esto. El humor y alguna risa me ayudarán… siempre lo hacen.
Eoren meneó la cabeza y se acercó a la ventana para ver la Avenida Oeste iluminada de noche. Sin embargo se fijó más en su reflejo en el cristal del ventanal.
- Haz lo que quieras. Ya sabes dónde me tienes.
Hubo un rato de silencio algo prolongado. Eoren se giró sobre sí mismo y echó un vistazo a la habitación. Era exactamente igual que todas. Blanca y con camas grandes. Vamen iba ataviado con el pijama del hospital militar, tapado con una fina sábana blanca, salvo por la pierna izquierda que le sobresalía por culpa del cabestrillo anclado en una viga añadida a bastante altura por encima de la cama, y unida a está por unos simples hierros e hilos a su base.
- ¿Has oído los rumores? – preguntó Vamen.
- ¿Qué rumores? – quiso saber él.
- La gente que pasaba por el pasillo tenían decían que había habido un comunicado especial desde Ásundol.
- Instaurando el estado de excepción. Eso ya lo sabemos. – soltó con pesimismo mientras caminaba a la cama vacía más alejada a la ventana. Vamen estaba en la otra. – desgraciadamente nos afecta de lleno.
- No solo eso – afirmó el herido en cama. – hablaban de la aparición de algo enorme.
- ¿Enorme? ¿Dónde?
- En Ásundol. – respondió Vamen – se preguntaban por los pasillos, durante esta tarde, si no tendría que ver con nuestro ataque. Estaban muy asustados. Creen que la capital pueda ser destruida.
A Eoren se le hizo un nudo en la garganta al escuchar aquello.
- Tonterías. No hagas caso de todo lo que escuchas. – terminó Eoren tumbándose hacia arriaba con los brazos por detrás de la nuca. – Tenemos miedo, y el miedo nos hace pasar malos ratos haciéndonos creer ver y oír cosas que no son ciertas en realidad.
- Estamos aterrados.
- Buena puntualización, Vamen. – le felicitó. – Ásundol sigue allí, sin monstruos voladores, y sin visitantes enormes. Ásundol sigue allí esperándonos a ser trasladados a ello por la fuerza.
Otro momento extenso de silencio se hizo. A Eoren le entraba el sueño. Pero cada vez que cerraba un párpado veía los cuerpos de sus amigos y conocidos esparcidos por el suelo, e inmediatamente los volvía a abrir.
Jamás podría olvidar aquel horror.
Jamás.
Se le escapó una tímida lagrimilla que le recorrió su mejilla derecha.
- ¿Cómo está Elien? – quiso saber Vamen rompiendo el silencio.
- Me odia. – soltó secamente.
- Que te digo qué cómo está. – insistió.
Eoren suspiró todavía echado sobre aquellas sábanas.
- ¿Cómo va a estar? En cuanto la dije que su familia habría muerto, tuvimos que calmarla con sedantes. Ahí sigue medio dormida, balbuceando incongruencias.
- ¿Balbuceando? – inquirió Vamen.
- Sí. Cosas sin sentido ya. Llama a su familia y similares. – informó Eoren. – De paso insultos a mí persona por haberla dicho la verdad.
Vamen suspiró.
- ¿Y entonces que haces aquí?
- Acompañarte. – sentenció Eoren.
- Mira la hora que es. – le dijo. – ¿Crees que estoy cómo para hablar toda la noche? – soltó Vamen. – Vete abajo, acompáñala y arregla tus problemas de enamorado.
Eoren saltó de un brinco de la cama.
- ¡Para! ¡Para! ¿Quién habla aquí de estar enamorado? – le recriminó delante de su cama.
- Yo si sigues suspirando. Ve con ella. – le pidió – Yo necesito estar solo y a oscuras. ¿Eres capaz de captarlo, mi viejo camarada? – le agradeció a su manera Vamen.
Otra pequeña pausa hasta que Eoren, mirándole con la mirada entornada a los ojos, terminó por responder.
- Eres incorregible hasta en…
El susto fue tan tremendo, que casi se le escapa un grito a Eoren.
Un fuerte portazo abrió la puerta de par en par y un Guarda de Ise enormemente corpulente entró en la habitación. Era uno de los que les rescataron. Falen, creía que se llamaba. Detrás también estaban la madre y la hermana más mayor de Semaren. De pie y un con gesto de difícil descripción. La hija miraba al suelo con los brazos caidos, sin ganas y no se apartaba del regazo de su madre, que la abrazaba con el brazo izquierdo mientras andaba con ella. La madre, mientras, miraba con profundo rencor al militar.
- Siento la intromisión y el golpe. – informó el Guarda – nunca me acostumbro a estas viejas puertas. – admitió pasando la mirada del anonadado Vamen al asustado Eoren. - ¿Eoren Fen? ¿Hijo de Eoren Fen?
- Sí, soy yo – admitió con reparos.
- Los que estáis de alta tenéis que abandonáis este lugar. Ve inmediatamente a la recepción del hospital junto con estás mujeres.
- Pero si todavía… - se intentó quejar Eoren con la desesperación en la mano.
- ¡Inmediatamente! – exigió con contundencia el hombre.
Nuen Men recordaba a fuego aquellas frases de su hermano antes de partir.
El gobierno tiene los días contados.
¿Qué significaba todo aquello?
¿Qué significaba además el tremendo buque que atracó en Ásundol antes de partir ellas?
¿Estaría acaso soñando? La verdad es que jamás había visto tan serio, ni tan asustado, a su propio hermano. Joen siempre había sido un hombre altivo con mucho ego, capaz de comerse el mundo. Ahora se comportaba tan cautelosamente que parecía un ciervo asustadizo.
¡Menudas épocas de cambio! Parecía imposible que lo que no había cambiado durante décadas se comportase ahora de manera tan radicalmente distinta. Si un día antes la hubieran dicho que en menos de una jornada se iba a encontrar en alta mal de camino a la isla Isuna, le habría tachado de imbécil.
Sin embargo allí estaba. En un camarote de camino a Ésundol. Sería la primera parada de aquel viaje improvisado, por lo que no tendrían que estar mucho en la mar. Seguramente llegarían a su destino en cuanto amaneciera.
Ésundol era mucho menos majestuosa que Ásundol. Por algo la última era la cápital. Sin embargo era más confortable, sin esas odiosas cuestas que tanto costaban subir en la primera ciudad del páis. Estaba situada al suroeste de la isla Isuna, asentada en un llano que rodeaba a la bahía en la que se había construido la localidad.
Esa ciudad fue la primera colonia que se construyó fuera de la isla Isún. Cuando el Cataclimo ocurrió, solo hubo supervivientes en aquella. Según la población fue recuperándose de los primeros años de caos e inseguridad debida a aquella tremenda crisis de supervivencia, se atrevierón a asentarse en las otras dos islas más cercanas.
En realidad, desde una buena posición, generalmente en las cumbres de cualquiera de las tres islas, de cuarenta brazadas de altura de media, podían verse todo el archipiélago. Por lo que ir a aquellas islas fue por propio conocimiento de la situación, y no por un descubrimiento esporádico. Ise no estaba interesada en descubrir nada.
La primera misión, sobre el año 3.030, consistía en reconocer el terreno y averiguar si otras poblaciones humanas habían sobrevivido. Es necesario tener en cuenta que la población originaria, de la que descienden todos los habitantes del país, y la que sobrevivió a lo que debió de ser lo más parecido al fin del mundo que podría experimentar la humanidad, no superarían los cinco millares de personas. Casi todos los apellidos son originarios de aquella época, si bien es cierto que algunos se desvirtuaron, cómo era por ejemplo el suyo, cuyo origen era el inicial “Sen”. Aquel se transformó en “Men” y “Saen”.
La desvirtualización no se produjo por un cambio en el idioma. Si algo destacaba al idioma, era por su anquilosamiento. No se aceptaban nuevas formas ni por los académicos, ni por la población. Debió de ser un fenómeno no solo propio de Ise. Había referencias más antiguas.
El cambio fue provocado por una cuestión pragmática. No sobrevivieron muchas denominaciones familiares, y según la población iba en aumento, las coincidencias empezaban a ser demasiado frecuentes, provocando problemas legales de todo tipo. Para solucionarlo, muchas personas se cambiaron el apellido a uno parecido o afín.
Volviendo al caso, es que pronto se descubrió que las islas vecinas estaban deshabitadas, por lo que en los siguientes cien años se dedicaron a su repoblación y aprovechamiento. El primer asentamiento, y posterior ciudad, fue Ésundol.
Allí, su familia tenía grandes propiedades e influencia. Manejaban todo el comercio de la ganadería, economía principal de la isla, y gestionaban el uso del pequeño lago Zeten, único en todo el país, por los tres pueblos que dependían de él, siendo estos Purán, Arán y Grúan.
La madre de Joen y ella fue de hecho, durante muchos años, la alcaldesa de Ésundol. De origen de clase productora, cómo comerciales, muchos de sus miembros se lanzaron a alcanzar la clase gobernadora gracias a los beneficios de sus negocios.
Ahora sin embargo, el único que quedaba de clase gobernadora era su hermano Joen, el que más alto había conseguido llegar de todos. Sus padres ya habían muerto, y sus tíos y primos se centraron más en la vida comercial. Incluida Nuen misma, quien hacía de enlace entre el gobierno y la industria ganadera que manejaban sus familiares desde Ésundol.
El lugar dónde se alojarían sería un piso de lujo muy cercano a la plaza central, llamada “de la Constitución”, cómo todas las centrales de las tres capitales. Estaba deshabitado la mayor parte del año, salvo en raras ocasiones, que por trabajo o por vacaciones, volvían.
Seguramente recibirían muchas quejas cuando les vieran llegar al lugar. Pero ya se había estado preparando un arsenal de respuestas para que, al menos, pudieran salir del atolladero.
En ese mismo instante ella se encontraba con la luz apagada e intentando dormirse en el camarote que las habían sido asignadas a las tres. Allí descansaban plácidamente su cuñada Fianen Hien, y su sobrina recién nacida, la pequeña Maren Men.
El sitió no era malo del todo. No se tambaleaba demasiado, las habitaciones tenían el lujo suficiente, y las camas era cómodas. Era, aunque ahora a oscuras, una estancia cuadrada, de un decbra de lado, con dos camas separadas empotradas a la pared una a cada lado, Un pequeño y sobrio estudio de madera con su silla a juego en el lado más interior de la habitación, y la puerta de metal tapizada con un acolchamiento de motivos florales típicos. No había ninguna ventana. El color generalizado de la estancia era el de la madera, más o menos oscura, y tenía hasta cuatro puntos de luz. Dos en cada cabecera de cada cama, uno en el estudio, y el más general en una bonita lámpara de cristal colgada en el centro del lugar.
El suelo era de moqueta roja, y en el medio se encontraba la cuna de la criatura, dispuesta paralelamente a las camas de las adultas. Nuen estaba a la derecha entrando por la puerta, y Fianen a la izquierda. La niña estaba casi pegada a su madre.
Las dos profundamente dormidas. Ella sin pegar ojo en todo el rato, a pesar de todas las tilas tomadas.
No entendía cómo su cuñada podría pegar ojo. Era la que más objeciones había puesto, era la que más se había enfadado, era la que más temperamento había podido demostrar en toda aquella injusta situación de ser deportadas a la fuerza por el propio Joen.
Y ahora dormía tranquilamente. No lo entendía. ¿Había sido todo teatro entonces? Seguramente lo habría hecho para llamar la atención de su marido, y una vez desahogada, poco la importaba si partían o no. Total, se sentiría más cómoda lejos de él, pudiendo estar sola con la niña, a pesar de que un meneo cómo aquel era contraproducente para ambas en menos de venticuatro meras de haber dado a luz. A saber si haría lo mismo con ella misma una vez en Ésundol. Total, ella era la hermana de su marido, y no la tenía porque deber nada. Así podría educar a su hija sola sin…
O tal vez estaba siendo demasiado aventurada a la hora de hacer ese tipo de concepciones. Fianen era retorcida, pero no ilógica. Al fin y a la postre, ambas eran amigas. Pero habían sido muchas las amistades de las que se había aprovechado y aplastado para alcanzar el puesto de prestigio dentro de la medicina antes de alcanzar ser Catedrática. Como su cónyuge, era natural de Ísuna. Se crió en Listol, un pueblo al noroeste de la isla. Y como su cónyuge, era igual de rastrera a la hora de conseguir lo que se proponía.
Sabía muy bien que se había casado con su hermano solo por el poder que manejaba este. Cómo ministrum de economía, muchas extrañas subvenciones había ido a parar al departamento que manejaba Fianen dentro de la Universidad.
Así que no sabía cúan realmente podían fiarse cómo amigas, pues hasta la misma Nuen reconocía cómo había tenido que trepar hasta alcanzar el puesto que ostentaba ahora cómo enlace entre las dos islas. Que su hermano fuera el Ministrum de Economía no era ninguna casualidad. Desde que juró el cargo, las ventas habían ido muy, pero que muy bien. Y todo había sido disfrazado por ella misma. Era el plan que se labraron los dos hermanos desde ya hacía muchos años.
Entonces, amigas intimas pero con precauciones. Una nunca podría saber qué se podía esperar de la otra. Mientras fuesen aliadas, todo seguiría igual. Eso no significaba que mañana pudiera…
Un golpe enorme la tiró de la cama al suelo con gran violencia. Toda la estancia había sido tremendamente sacudida, y un sonido fuerte y seco la sacó de sus estúpidas reflexiones. Inmediatamente algo grande la aplastó. Entre tanta oscuridad no sabía que pudo ser. Lanzó un improperio.
- ¿¡Qué pasa!? ¿¡Qué pasa!? – se levantó Fianen con susto, encendiendo la luz de su cabecera inmediatamente. Fue entonces cuando Nuen se percató de que la cuna de la pequeña se la había caído encima de lado. Inclinada con la abertura todavía mirando con suficiente ángulo hacia arriba. La niña empezó a llorar incontroladamente.
- Maldita sea. ¡¿Qué ha sido eso!? – se quejó Nuen.
- ¡Por Etall! – gritó su cuñada - ¡Mi pequeña!, ¡Mi pequeña! – exclamó mientras saltaba de un brinco de su cama con su camisón de color azul.
Fianen cogió la pequeña dentro de la cuna, que debía de estar en uno de las aristas del interior. Inmediatamente, con la mano que la quedaba libre de coger al bebé, volvió a poner la cuna en pie liberando a Nuen.
- ¡¿Estás bien?! – quiso saber la mujer mientras la ofrecía su única mano sin ocupar para ayudarla a levantar. La niña seguía llorando sin parar.
- ¡Sí!, ¡Sí!, agarra bien a Maren, que yo me levanto sola. – la respondió incorporándose con cierta ligereza. - ¿Qué puñetas ha pasado…?
Otra sacudida idéntica casi las hace perder el equilibrio. La silla del estudió de calló al suelo, y los equipajes que tenían colocados en las estanterías encima de las camas de desplomaron como pesos muertos. La cuna volvió a caerse, pero Nuen la mantuvo en su sitio mientras una bolsa la arreaba un golpe en la cabeza.
- ¡Maldita sea! – se quejó la tía de la niña - ¡Salgamos de aquí ahora mismo antes de que esto se hunda con nosotras dentro!
Ambas se acercaron a la puerta lo más rápido que pudieron, apartando todos los estorbos de en medio, mientras el bebé no paraba de soltar llantos estruendosos de pánico.
Al abrir, pudo ver en el pasillo, con la misma moqueta roja y laminada con tablas de madera en la pared, a un miembro de la tripulación, con una barba oscura muy poblada, corriendo por el pasillo, a la vez que escuchaba las exclamaciones de otras personas de pasaje que salían de sus aposentos.
- ¡Perdone! – le llamó cuando la cruzó de izquierda a derecha sin que este parara por su llamamiento - ¡Perdone! – repitió quejándose.
- Lo siento señora, no puedo atenderla. – se disculpó el hombre alejándose a toda carrera – ¡Estamos siendo atacados!
“¡¿Qué hago?! ¡¿Qué puedo hacer?! Vamos, piensa, Laroen, piensa, piensa...” – se pidió a si misma.
- ¡Ya se acerca! ¡Estamos salvados! – saltó Semaren de alegría en la proa, en el lado de babor, de la barca.
- ¡Para, idiota, o lo volcarás! – se quejó ella. Sentada todavía dónde antes, tapada por el poncho y la chaqueta de chico.
Semaren se quedó quieto cuál estatua al decir ella aquello.
- Perdón, perdón – pidió con una alegría inusitada en él desde que le había conocido unas meras antes. - ¡Estamos salvados! ¡Estamos salvados! – exclamaba - ¡Eh! Aquí, aquí!, empezó a gritar.
- ¡Imbécil! – Se levantó ella abalanzándose sobre él para taparle la boca.
Él se zafó.
- ¡¿Pero que haces?! – se quejó – es que quieres morir.
“Lo suyo es caso perdido. No puedo contar con alguien tan torpe para salir de esta. ¡Qué voy a hacer! ¡No sé que hacer!” – pensó asfixiada Laroen para sus adentros.
Un pitido muy grave sonó al fondo, y pudieron oír una voz lejana gritar algo parecido a la palabra “barco”, o “embarcación”.
- ¡Nos han visto!, ¡nos han visto! – rió felizmente el chico. - ¡Hoy no moriremos, Laroen! ¡Hoy no! – la felicitó adelantándose a ella y cogiendo el poncho y la camisa que habían quedado tirados en el suelo cuando la chica se incorporó para intentar callarlo.
“¡Mierda!” – dijo mentalmente la joven.
- ¿Es que no lo entiendes, idiota? – lloró ella desesperada.
- Veamos – habló Semaren ignorándola – ¡Ya lo tengo! – afirmó al tiempo que volvió a mirar a babor. - ¡Aquí!, ¡Aquí! – repitió a voces.
- Estoy perdida – lloró Laroen tirándose de cuclillas al suelo y agarrándose la cabeza con fuerza, clavándose las uñas con saña a sí misma, intentándose arrancar el cuero cabelludo, y el resto de su patética piel.
El barco estaba ya muy cerca. Había tardado una eternidad, pero en menos de dos minus trabarían contacto. Ya se lo podía distinguir como otro pesquero. Pero este era un buque preparado para pasar largas temporadas en mar, y no la bañera en la que se pasaron todo el maldito día.
¿Por qué la tenían que pasar cosas tan horribles? ¿Qué mal había hecho para merecerse tan mala suerte en la vida? Laroen quiso empezar a chillar de desesperación. Dejarse llevar por la cólera y dar una bofetada a aquel negligente que no paraba de llamar a la otra embarcación sin darse cuenta…
- ¿Se puede saber que haces ahí? – le recriminó él – ¡Vamos!, levántate que no tenemos mucho tiempo.
Laroen levantó la vista con profundo odio a aquel subnormal. Se estaba marchando a la popa a esconderse detrás del compartimiento del timón., volvió a lanzar la vista al suelo angustiada.
“Eres buena persona. Yo tengo mal repente.” –Se repetía sarcásticamente la chica en pensamientos, recordando lo que le había dicho antes en un acto de caridad, a la vez que ignoraba un sonido estridente que estaba realizando el muchacho por detrás. – “¡Seré tonta!, ¡seré…!”
- ¿Laroen? – preguntó volviendo a ella por estribor.
Cuando levantó la vista, su gesto cambió de odio a incomprensión. Semaren, de pie ante ella, portaba en la mano derecha el pañuelo que le había dejado antes ella para enjuagar las lágrimas. Se lo tendía hacia ella. En el brazo izquierdo colgaba su poncho y unos harapos blancos. El vestía ahora su chaqueta totalmente abrochada, con las solapas abiertas hacia fuera, intentando taparse el pecho desnudo.
Semaren debió de percatarse de los dos tipos de gestos que había expresado, pues mostró una cara de clara impresión.
- Mira, estoy seguro que tienes una idea mejor que la mía. – Se expresó él – pero no tenemos mucho tiempo antes de que lleguen, y tú estás ahí quieta sin hacer nada. – titubeó un rato sin atreverse a seguir – sientó que no estén limpios, y que lo haya sudado. Pero seguro que una vez en el barco encontraremos una solución más higiénica.
- ¿Cómo? – se sorprendió ella.
- Mira. ¿Qué te parece esto. El pañuelo te lo pones en la frente y te tapas la cruz. – le informó Semaren – como no tenemos otra cosa para tapar el resto, he trozeado cómo he podido mi camisa.
- ¿Qué has hecho qué? – preguntó sin saber bien que decir.
- Tápate con los harapos el resto de tus vetas. Creo que son suficientes. – Semaren se detuvo de hablar un silencio, y viendo claramente los desorbitados ojos de Laroen, retrocedió su brazo hacia él con miedo. - ¿Te parece mal? ¿En qué habías pensado tú? Siento no habértelo consultado. – reconoció - ¡He metido la pata! He sido impulsivo. – chasqueó los dientes - lo siento, lo siento. Tampoco te quiero llamar ‘monstruo’ con esto, en serio, lo…
Sin dejarle terminar, Laroen se abalanzó sobre el pañuelo y se lo ató por detrás de la cabeza, mientras por la parte delantera se ocultaba la cruz de la frente.
La bocina del barco volvió a sonar. Esta vez mucho más cerca. Los dos miraron en dirección al navío. Estaba casi encima de ellos. Era grande. Unas seis brazadas o más. De color blanco y azul, un puente con dos pisos en la zona delantera dónde tenían varías luces de corriente iluminándolo todo, siendo un gran foco móvil que se movía de un lado a otro, pareciendo buscarles, lo más potente. La parte trasera disponía de una pequeña grúa que tenía anclada una red bastante más grande de la que ellas habían usado. La chimenea, humante se alojaba en la parte superior de los compartimentos delanteros. Podían contarse unas siete cabezas de personas en la proa de aquella embarcación.
Los chicos volvieron a mirarse.
- ¿Se me nota? – preguntó ella señalando el pañuelo en su frente.
- No mucho. Y cuando te pongas el poncho por encima, y te tapes con él tu pelo y ocultes tu cara, mucho menos. ¡Ah! – recordó – No te olvides de taparte también los ojos, pues...
La luz proveniente del foco les encontró de improviso, iluminando todo cómo si fuese de día. Violentamente, algo inusitado en él, la puso el poncho encima como si solo fuese un trapo.
- ¡Rápido! Yo te cubro. – exigió él, colocándose delante de ella frente al barco. - ¡Aquí!, ¡eh!, ¡aquí! – chilló con todas sus fuerzas, tapándose la cara de la iluminación cegadora del foco.
Se oyeron unos cuantos ruidos que Laroen no supo identificar al estar tapada debajo de su prenda mientras se colocaba los diferentes trozos de lo que antes fue una camisa de algodón. Cómo eran bastantes, se los ponía varios por las mismas zonas.
Tenía que darle las gracias. Tenía que dárselas.
Laroen empezaba a sentirse culpable de lo que había pensado hacía escasos minus sobre él. El sí se había percatado perfectamente del enorme problema que suponía sus horribles dibujos luminosos a la hora de ser rescatados. La asustaba enormemente que la vieran desconocidos. La daba pánico que la volviesen a apedrear.
Sentirse repudiada, odiada. Considerada un monstruo.
Y tanto era su pavor, que se encontró bloqueada para encontrar una solución. El pobre muchacho la había sacado de aquel apuro sin pensárselo dos veces, pudiéndolo hacer, entregándola a cambio de volver a su vida normal sin deformes “bombillas” de luz. Le había juzgado mal. ¿Sería aquel muchacho desconocido lo único en lo que podría confiar? ¿Acaso su padre tenía razón sobre Semaren antes de morir?
- ¡Muchacho! – se oyó gritar a una voz ronca y masculina de fondo. - ¡¿Qué haces ahí, de noche y en alta mar?! ¿Acaso quieres morir?
- ¡Por favor! – respondió Semaren – Ayúdenos. Nuestro pueblo ha sido destruido. – explicó – Conseguimos escapar en esta barca. Pero no la sabemos funcionar y llevamos a la deriva desde esta mañana.
Hubo un silencio prolongado. Tal vez demasiado.
Laroen ya había terminado con casi todas las vendas. Una más el pañuelo para la cruz de la frente. Tres para la barbilla, boca, mentón y mejillas. Dos para el cuello, y la última, por instrucción de Semaren, en los ojos. Obviamente no podía ver nada.
Laroen se preguntaba cómo iba a explicarlo a aquella gente. Se dispuso a colocarse el poncho sin sacar la cabeza de su protección y la cabellera verde pocilga asomara a la vista. En aquel momento se la ocurrió intentar recogérsela con los dos trozos de camisa restantes. No podría ser entera, pero al menos ayudaría.
Mientras, se podían oír cuchicheos lejanos.
- ¡Por la Gloria de Etall! – gritó el mismo hombre – ¿eres un superviviente de la tragedia de Basán?
“Tragedia, dice” – pensó lacónicamente Laroen en la oscuridad. Claramente parecía lógico que se supiera ya en todas partes.
- ¡Lo somos! – gritó con todas sus fuerzas Semaren. - ¿Cómo saben ustedes? – preguntó con tono asustado.
- Hijo, lo sabe el país entero. – puntualizó la voz – El Gobierno de Ise ha promulgado un estado de excepción. Nosotros estamos regresando a Ísundol por orden expresa de esa gente, nada más nos dijeran la pasada tarde, cuando faenábamos en las aguas limítrofes conocidas. – Hubo una interrupción a la vez que se podía entender un leve cuchicheo – Dices que “lo sois”, pero yo no te veo más que a ti.
- Voy yo y una chica.
- ¿Dónde se haya entonces?
- Semaren, he acabado – le susurró, tirándole del pantalón. – ¿puedes mirarme a ver cómo estoy?
Semaren titubeo con sonidos guturales ante tanta conversación cruzada. Parecía haberse colapsado. Demasiado para él, sin duda. Tal vez había llegado a su límite.
Ojala pudiera ver la cara que habría puesto.
- ¡Está aquí sentada conmigo! – gritó al del barco mientras se agachaba por su izquierda para levantarla. – Estás perfecta. – la susurró mientras notaba cómo la colocaba la capucha – Ahora es mi turno. Confía en mí. Date la vuelta. – la pidió mientras el se colocaba detrás de ella cogiéndola por los hombros. Le sentía las manos tan rígidas cómo una piedra.
“Más te vale hacerlo bien” – aceptó Laroen en su mente.
- ¡Qué me aspen! – se escuchó al mismo de todo el rato.
- Es mi hermana. Tiene una deformidad horrible de nacimiento…
“¡¿Deformidad?!” – se espantó la chica por la enorme metedura de pata.
- … provocada por una enfermedad de los ganglios…
“¿Ganglios? ¿Pero este incompetente qué se cree?” – se enfadaba aún más la chica a al par que se iba poniendo más tensa.
- … que hasta la ha quitado la capacidad de la visión. Es ciega y muy retraída. Tiene bubones por todo el rostro…
“¡Toma ya!” – terminó por reírse, por no llorar, en pensamientos la chica.
- …No quiere que nadie la vea cómo es en realidad. Por favor, ayúdenos. Solo queremos ayuda. – se terminaba de explicar Semaren. – No tenemos ni agua ni comida. Ya habíamos aceptado nuestra muerte. Pero ante todo, respeten a mi pobre hermana. No la vean el rostro. Es traumático para ella, y prefiero morir antes de que se vea su honor pisoteado.
- ¿Pero que chorradas dices, chico? – respondió la voz – No tenéis que preocuparos por esa tontería. ¡Por Etall! Estáis horribles. – una pequeña pausa. – ¡Arriad el bote! ¡Vamos a recoger a estos pobres! – otra leve pausa. – No os asustéis. Ya habláremos de todo a bordo. Guardaremos vuestra intimidad si así lo deseáis. No tengáis miedo. Quedaos ahí sin hacer nada extraño. Ahora mismo os recogeremos.
La chica notó cómo una lágrima de sus ojos tapados por la venda improvisada era absorbida por esta a la vez que oía a Semaren suspirar, liberando toda su tensión acumulada.
Laroen se colocó a ciegas al lado suyo, y le cogió la mano izquierda.
- Muchísimas gracias, Semaren – le susurró emocionada al oído mientras le apretaba afectuosamente la mano. – De verdad, muchísimas gracias.